David Ospina: de goleador a golero

David Ospina soñaba con ser goleador. De chico era común verlo patear un zurullo de medias con forma de pelota con el que rompía vasos, floreros y platos de su casa. El destino se torció y de convertir goles pasó a ser el encargado de impedirlos.


A sus seis años comenzó en una academia de fútbol en la que se desempeñaba justamente de delantero. De hecho, tenía las condiciones para serlo, podía patear con sus dos piernas con la misma potencia, pateaba penales con serenidad, tenía gambeta, definición y hasta era el encargado de la pelota parada. Un día, el arquero del equipo faltó y David, como buen líder, se ofreció para reemplazarlo. Ese día atajó de gran manera y, a pesar de que a él no le gustaba, comenzó a entrenarse en ese puesto. Con el correr de los entrenamientos se dieron cuenta de que, a pesar de que estaba por debajo de la media en cuanto a la estatura de un portero, era muy ágil e intuitivo, dos características fundamentales para ese puesto. A pesar de que actualmente le tiene miedo a los pájaros, motivo por el cual rechazó el pedido de sus hijas para adoptar uno, cuando era niño hacía notar su madurez, ya que no solo jugaba los torneos con categorías mayores a la de él, si no que también se relacionaba con gente más grande y disfrutaba de su compañía. Ospina comenzó a hacer horas extra de entrenamiento en una finca de Alexis García, el coordinador de la escuela. Allí, no solo entrenaba, si no que también se divertía haciendo apuestas con sus entrenadores desafiandolos a que le pateen penales. A pesar de ser mayores que el arquero, no le podían convertir y se veían obligados a pagarle con gaseosas y golosinas. 

David fue creciendo y mostraba muy buenas condiciones para convertirse en profesional. Su padre, Hector, acompañaba a David a todos lados y cuando su hijo cumplió 13 años lo echaron de su trabajo por este motivo, pasaba mucho tiempo en las canchas detrás de él. Por lo que en ese momento, tomó la decisión de dejar de trabajar y se dedicó a hacer de David un profesional. El arquero también tuvo que tomar decisiones duras, ya que en noveno grado decidió dejar el colegio para dedicarse pura y exclusivamente al fútbol. Su decisión se apoyaba en que para estudiar iba a tener tiempo pero que para el deporte había etapas. Ante esta situación, Ospina redobló sus entrenamientos con un objetivo en mente: jugar en Nacional de Medellín, el club de sus amores. Cuando asistía a la cancha, solía preguntarle a su padre desde la inocencia, si alguna vez podría atajar allí como lo hizo el gran René Higuita. A los 15 años se le dio la oportunidad de sumarse a las divisiones juveniles del club. En el 2005, con 17 años, lo llamaron para atajar en el primer equipo, ese mismo año se adueñó del arco y se consagró campeón. El arquero seguía viviendo con sus padres en el mismo barrio de Itagui. Tras esa consagración, sus vecinos fascinados de tenerlo allí, iban todas las noches a la puerta de su casa a cantarle y pedirle autógrafos. Algo que al principio Ospina disfrutaba pero que con el tiempo empezó a serle una molestia ya que no podía dormir. Como consecuencia, él y su familia se tuvieron que mudar. 

En el 2009, el OGC Niza lo compró por 2,4 millones de euros. Fue la primera vez que Ospina se separó de su familia y no la pasó nada bien. El primer año, en el que no tenía oportunidades, estuvo encerrado en su hotel y solía llamar a sus padres llorando y diciendo que quería volverse. Sin embargo, empezó a jugar con el primer equipo y con las visitas de sus familiares se pudo adaptar bien. Un año después comenzó su historia con la selección colombiana, ya que era convocado para disputar el mundial de Sudáfrica, en donde tuvo breves apariciones en varios encuentros. En el 2011 fue parte del plantel que disputó la Copa América pero una lesión no lo dejó participar. Sin embargo, tuvo su momento en las eliminatorias para el mundial 2014, en donde fue titular en 16 encuentros y fue elegido el mejor arquero de la competencia con solo 13 goles encajados. Su actuación en el mundial fue memorable, fue nombrado uno de los mejores arqueros del mundial y a partir de allí su presencia en el arco fue indiscutible. Con 32 años, Ospina sigue siendo uno de los puntos más altos de la selección colombiana, Aparece cada vez que lo necesita y demuestra partido a partido que sigue vigente. Con el partido de hoy se convirtió en el jugador que más partidos disputó en la historia de la selección cafetera con 112 encuentros superando a Carlos Valderrama. En esta Copa América, acumula tres vallas invictas en cinco partidos disputados, una estadística que asusta. Durante los 90 minutos del partido de hoy, se encargó de ahogar el grito de gol a los uruguayos en varias ocasiones y salvando a Colombia en momentos claves para llegar a la definición por penales. Por si fuera poco, se hizo grande abajo de los tres palos y le tapó los penales a Jose María Gimenez y a Matias Viña para darle a Colombia el tan ansiado pase a semifinales. El arquero que le teme a los pájaros, voló mejor que nunca.