Deportistas trans: rompan todo

La decisión que tomó la Federación Internacional de natación (FINA) de excluir a las deportistas trans de las competencias femeninas de elite pone en jaque la hegemonía del deporte y deja de manifiesto que, en virtud de la “ética deportiva” se asume como válida la exclusión y discriminación por cuestiones de género. Matilde Fontecha, licenciada en educación física y deporte y doctora en filosofía argumentó: “El deporte es el ámbito que más discrimina por su estructura antidemocrática y androcéntrica”.


El debate sobre la competencia y la incorporación de otras identidades de género a categorías binarias, de las que el ámbito deportivo no quiere salir, es válido y necesario, pero para comenzar a darlo no podemos obviar ciertas realidades. En primer lugar, el deporte, como lo conocemos, tiene su historia propia y es producto de una serie de decisiones que fueron tomadas en relación a distintos paradigmas dominantes en cada época. Pero, además, es fundamental reconocer que esas decisiones siempre dependieron de varones, blancos y cisgénero.

Por otro lado, el hecho de que hoy estemos haciéndonos preguntas en relación a cuáles son los parámetros medibles que sirvan para determinar quiénes son mujeres y quiénes varones deja de manifiesto que llevamos cientos de años de marginar a personas trans y no binarias del alto rendimiento y, por ende, del acceso al deporte en general.

En este caso la FINA determinó (con el 71% de votos a favor, entre 152 miembros de las distintas federaciones) que las nadadoras transgénero deben completar su transición antes de los 12 años para poder competir en pruebas femeninas. El principal argumento fue presentado en el comunicado oficial, a través del presidente, Husain Al Musallan quien dijo: “Tenemos que proteger los derechos de nuestros atletas a competir, pero también tenemos que proteger la equidad competitiva de nuestras pruebas, especialmente la categoría femenina en las competiciones de FINA”.

Quien lleva la bandera de la incorporación de atletas transgénero en la natación actualmente es Lia Thomas cuyo caso fue el disparador de la polémica decisión. Es estadounidense, tiene 22 años y en marzo de este año se convirtió en la primera persona trans en ganar una competencia universitaria de natación de elite, en la disciplina de 400 metros libres. Se viralizó una foto de ella en el podio sola dando a entender que sus rivales no quisieron acompañarla, pero era mentira, algo que podríamos leer como una estrategia de estigmatización. Lo más grave fue que, cinco días después de su consagración el gobernador de Florida, Ron Desantis, proclamó como ganadora a quien había ocupado el segundo puesto por considerar que Lia tenía ventaja deportiva. 

Cientos de atletas comenzaron a manifestarse en favor y en contra, pero, la postura que se impuso fue que “la incorporación de nadadoras trans es una amenaza para el deporte femenino”. FINA advierte haber hecho énfasis en la “competitividad justa”, pero ¿qué parámetros se utilizan para medirla? Entre quienes hicieron la presentación previa a la votación podemos mencionar al fisiólogo Michael Joyner que determinó: “La testosterona durante la pubertad masculina altera los factores fisiológicos determinantes del rendimiento humano y explica las diferencias de rendimiento humano basadas en el sexo, que se consideran claramente evidentes a la edad de 12 años”. Y con ese criterio, listo, quienes no hayan resuelto su identidad de género antes, afuera.

Pero, entonces, caben algunas preguntas: ¿el rendimiento deportivo depende sólo de los niveles de testosterona?; si se exige una transición previa a los 12 años, ¿se pone en debate qué pasa con el abordaje del deporte de las niñeces trans?; si esas niñeces crecen sin ver representación deportiva en las grandes competencias, ¿están invitades a formar parte del deporte?; crecer en un mundo que no acepta las diversidades de géneros, ¿no es una desventaja en sí misma?

Lo cierto es que en el mundo del deporte para incluir, la única respuesta que aparece es excluir. Por eso una de las propuestas, en base a esta nueva medida, es consolidar un grupo de trabajo que durante seis meses estudiará la forma más eficaz para crear una nueva categoría denominada “abierta” para deportistas cuyas identidades de género son diferentes al sexo asignado al nacer. Por ahora es una medida muy ambigua, pero claramente contradictoria. ¿No influyen en esta categoría los niveles de testosterona? ¿Es lo mismo ser varón o mujer trans? Y si siempre les excluimos, ¿podemos imaginarnos una categoría con muchos competidores y competidoras?

Además, entender cómo excluye el deporte implica reconocer que les deportistas trans no forman parte del debate, por eso es fundamental escucharles. Lia Thomas, quien sueña con ser olímpica, se somete a un tratamiento de hormonación que regula la testosterona, reglamentario para su participación (previamente a las nuevas medidas) y explicó: “La diferencia es que ahora soy feliz. Tuve mis mejores marcas deportivas compitiendo con varones y me sentía miserable. No somos una amenaza para el deporte femenino. Lo que la gente no entiende es que no nos sometemos a un proceso de transición de sexo para competir, lo hacemos para ser felices, auténticas y para ser nosotras mismas”.

Insisto en que el debate es necesario, pero también es necesario romper lo establecido. No podemos esperar que todas las personas encajen en dos categorías, así como no podemos ignorar que es hipócrita condenar ciertas “ventajas” sin hacernos cargo de las desventajas que conllevan esas decisiones. No podemos permitir que en nombre de la competencia se atente contra los derechos de las personas. ¿El problema es la testosterona? Listo, que las categorías sean eso, una medida de las hormonas en cantidad: alta, media, baja, ni varón ni mujer. Deportistas trans: rompan todo.

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