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Desnudar lo roto: el arte intenso de Natacha Avellaneda
Lo monstruoso, lo que no encaja. Una invitación a conocer la obra de la artista tucumana que, en La Rioja, busca ser un reflejo de todo lo que no nos atrevemos a confrontar.
Su trabajo, cargado de símbolos inquietantes y figuras metamórficas, invita a los espectadores a mirar más allá de lo evidente, a confrontar lo roto, lo monstruoso y lo no dicho. A través de materiales reciclados y una estética cruda, su arte no busca la comodidad, sino la reflexión y la incomodidad, creando un espacio donde lo imposible se convierte en posible y lo visible se descompone.
“Creo que lo monstruoso, lo que no encaja, dice mucho más de nosotros que cualquier forma idealizada”, cuenta Natacha Avellaneda, artista plástica tucumana y radicada en la provincia de La Rioja desde hace varios años; al mismo tiempo que agrega: “No creo que el arte deba ser simplemente bonito o fácil de digerir”.
Su camino de transformación personal y creativa la ha llevado a alejarse de la docencia pública para sumergirse por completo en el arte, una disciplina que para ella es tanto un acto de liberación como de resistencia. Su obra desafía constantemente los límites entre la pintura, la escultura y la instalación.
-Tus obras invitan a mirar más allá de lo evidente, incluso en lo inquietante o lo roto. ¿Hay una intención de incomodar o de abrir preguntas en quien observa?
-Claro que hay una intención de incomodar. No creo que el arte deba ser simplemente bonito o fácil de digerir. Mi trabajo está lleno de rupturas porque creo que es ahí, en lo roto, donde se esconden las verdades que muchas veces preferimos no ver. Lo inquietante, lo perturbador, lo que nos hace dudar, es lo que nos empuja a cuestionar lo que nos han enseñado a aceptar como normal. Yo no busco que el espectador se quede cómodo frente a mis obras; busco que se incomode, que se haga preguntas, que sienta algo.
Si al final del recorrido alguien no siente una tensión, entonces siento que no cumplí con mi propósito. El arte no es un espejo para que nos veamos bonitos; es una ventana para mirar todo lo que no nos atrevemos a confrontar.
-En varias de tus piezas aparece un ojo adicional y figuras humanas con elementos metamórficos. ¿Qué significado tienen para vos esos símbolos?
-El ojo para mí es una especie de conciencia que no siempre es racional. Es ver más allá de lo que nos quieren mostrar, o incluso de lo que uno mismo puede entender a simple vista. Y las figuras humanas que aparecen mutadas, mezcladas con otros elementos, hablan de eso: de que somos cuerpos en transformación constante.
No somos rígidos, no somos puros. Vivimos en mutaciones, en tensiones internas. Yo creo que lo monstruoso, lo que no encaja, dice mucho más de nosotros que cualquier forma idealizada. Son símbolos de ruptura, de desobediencia a las formas fijas que nos imponen.
-¿Cómo decidís qué técnica usar para cada obra?
-No lo pienso demasiado de manera racional. Cada obra me va pidiendo su propio lenguaje. A veces una idea necesita volumen, necesita cuerpo, y entonces la escultura o el objeto aparecen de forma casi inevitable. Otras veces todo se resuelve en el color, en una pincelada o en una mancha.
Me dejo guiar mucho por lo que siento en ese momento, por el material que tengo a mano también porque trabajo bastante con materiales reciclados o encontrados. No es tanto una decisión técnica como una necesidad expresiva. La obra me va marcando el camino.
-En tu experiencia, ¿cómo se da el pasaje de la idea a la materia? ¿Tenés rituales o momentos clave en ese proceso?
-El pasaje de la idea a la materia es casi como una lucha. No hay algo suave ni ordenado en ese proceso. La idea llega, a veces de manera caótica, como una chispa que me consume, y es ahí cuando siento que la obra empieza a tomar control de mí.
No tengo rituales tradicionales, pero sí momentos claves donde la obra se adueña del espacio. A veces empiezo con un material que encuentro, algo que me habla, y eso me lleva a pensar, a trastocar la idea inicial. No me interesa hacer algo hermoso o perfecto, me interesa que haya tensión, que haya algo crudo en lo que estoy creando.
Hay algo en el caos del proceso, en la desestructuración, que es el verdadero ritual para mí. Todo fluye de una forma desordenada, pero es esa desorganización la que termina dándole vida a la pieza.
-Pasaste por la educación pública como docente. ¿Pensás que ese tiempo marcó tu forma de ver el arte y de estar en el mundo?
-Sí, y no siempre para bien. La educación pública me marcó en carne viva. Me mostró todo lo que se pierde cuando una estructura aplasta la curiosidad y la diferencia.
Vi cómo chicos y chicas con un potencial enorme eran obligados a adaptarse o ser expulsados simbólicamente. Eso me dejó una herida y también una certeza: no quiero pertenecer a ningún sistema que premie la obediencia por encima de la sensibilidad.
Mi forma de hacer arte y de estar en el mundo nace de esa incomodidad, de esa urgencia de no repetir el daño, de buscar siempre los bordes, los espacios donde todavía se puede respirar.
-¿Qué grietas encontraste en la educación pública que te llevaron a abandonarla?
-Las grietas son muchas, y todas tienen que ver con la imposibilidad de pensar fuera de los márgenes impuestos. En la educación pública había una estructura tan rígida, tan conformista, que no permitía espacio para la experimentación genuina. Necesitaba un espacio donde se pudiera fallar, donde se pudiera crear sin miedo a ser juzgado por lo que no encaja en lo aceptable.
En las aulas, las emociones y la creatividad eran vistas como secundarias frente a la disciplina y la norma. A mí me faltaba aire, me faltaba libertad. No podía quedarme en un lugar donde me pedían constantemente que me adaptara a algo que no representaba ni mi voz ni la de los estudiantes con los que trataba.
La grieta más grande fue esa: el sistema, en vez de abrir puertas, las cerraba, y yo necesitaba salir. Llegó un momento en que para ser coherente conmigo misma tuve que salir de ese esquema y buscar otros modos de enseñar y de crear.

-¿Pensás que el arte en La Rioja está encontrando nuevas formas de expresión?
–En La Rioja el arte siempre tuvo que pelear contra una estructura muy cerrada, muy clientelista, donde si no respondías a ciertos nombres o circuitos, quedabas afuera. Hoy hay una necesidad de romper con todo eso. Hay artistas que no esperan ser legitimados por instituciones que hace años están oxidadas; directamente crean sus propios espacios, sus propias movidas.
El arte real, el que incomoda, el que habla de lo que nos atraviesa de verdad, casi siempre nace por fuera de las instituciones. Lo que está cambiando no es tanto el apoyo que recibimos, porque sigue siendo mínimo; sino las ganas de no pedir permiso para hacer. Eso es lo más revolucionario que está pasando.
-¿Hay algo que el arte te haya permitido descubrir de vos misma que no habrías encontrado de otro modo?
-El arte me permitió encontrar una verdad que nunca me hubiera atrevido a mirar de frente. Es una forma de ir hacia lo más oscuro de uno mismo y de lo que nos rodea. Me mostró que la vulnerabilidad no es una debilidad, sino una fuerza. Y también me dio la oportunidad de descubrir que la creación no es algo solo estético, es un acto de supervivencia.
A través de las piezas que hago he podido dar forma a pensamientos, a emociones, a heridas que, de no ser por el arte, habrían quedado atrapadas en un rincón de mi ser. El arte me enseñó a hablar con lo que no podía decir con palabras, y en ese proceso me encontré con una parte de mí misma que no sabía que existía.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
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