SOCIEDAD
“Hola, amor”: cómo la hiperconexión está cambiando las relaciones sexuales
De un lado del celular, hombres que buscan sexo, amor o la combinación de ambas cosas. Del otro, mujeres que convierten esa demanda del mercado en una salida laboral. La virtualidad, ¿trae consecuencias?
Julieta es madre soltera. Se levanta antes de que amanezca para preparar a su hijo y llevarlo al jardín. Se abriga y camina mientras simula escucharlo pero en realidad piensa cuántos penes tendrá que ver sin su consentimiento ese día. Llega a su casa, finge una sonrisa que no siente y hace caras pícaras frente a la cámara. Le da vida a Jules, su alter ego. Tiene 23 años y es novia virtual.
Existe una generación de mujeres latinoamericanas de entre 18 a 40 años -requisito excluyente de una de las tantas agencias de Novias Virtuales (NV)- que encuentra en la venta de vínculos afectivos una forma de supervivencia. Como también es el caso de Sofía que recién termina el secundario y quiere estudiar medicina pero, mientras tanto, elige otro camino: sigue a varias influencers y “creadoras de contenido” que promocionan distintos consumos, una de ellas muestra en una historia cuatro billetes de 100 usd que ganó en una semana de trabajo.
El mes anterior a esta situación, la joven había ido a una entrevista laboral que le ofrecía ese mismo monto mensual aunque distribuido en 8 horas de lunes a sábado atendiendo un local de ropa. Sofía no dudó y optó por crear un perfil en la app Olive para la agencia virtual She’s Agency. Ahí se llama MissSof, no tiene contrato ni derechos -igual que le sucedería en el trabajo presencial que no aceptó- pero tiene la promesa de “estar mejor paga”. Y, en efecto, lo logró: en una semana ganó 20 usd.
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Ysabel Velasquez es psicoterapeuta y sexóloga, vive en Venezuela y compartió en su Tik Tok un video sobre la naturalización y proliferación de estos casos estableciendo que uno de los principales problemas es la integridad y reputación de las mujeres ya que no termina de ser un espacio seguro para ellas.
En esta misma red es donde más mujeres comparten y promueven estas prácticas de relacionamiento. Asegura la especialista que “a través de estas agencias” el sexo se convierte, en muchos casos, en entretenimiento y placebo instantáneo y advierte una tendencia a la deshumanización de los vínculos.
Por su parte, José Díaz, psiquiatra y presidente de la Asociación Española de Sexología Clínica (AESC) compartió con el diario El País que “cada generación tiene menos sexo que la anterior y que este escenario se arrastra hace por lo menos cuatro décadas”. Esta tendencia se la atribuyó a varias razones entre las cuales la influencia de la tecnología es la más notoria, seguidas por la precariedad laboral, la vivienda o el feminismo.
En este marco, las NV ocupan un lugar importante ya que los hombres construyen con ellas una relación virtual más no real. Es decir, los hombres son capaces de pagar grandes montos de dinero por una videollamada con una mujer y hasta forman se animan a formar “pareja” de esta manera.

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Nicolás tiene 20 años y vive en Caracas, Venezuela. Nunca tuvo novia, por lo menos no en los términos tradicionales de la palabra. Hace un año conoció a Tati, una mujer de 34 años que vive en Colombia. Una o dos veces por semana tenían sexo virtual. La relación, que se sostuvo a cambio de dinero, duró apenas unas semanas porque él se enganchó, unos meses después, con una compañera de curso.
Cuando empezaron a salir resultó que “no podía tener sexo” con ella. Consultó a un urólogo y clínicamente “todo estaba bien”. Lo derivaron a una sexóloga y descubrió que su relación con lo digital le había traía problemas a la hora de tener sexo. El hábito de masturbarse había provocado que, con la penetración, no llegase a eyacular. La virtualidad había cambiado su forma de vincularse sexoafectivamente.
En relación a esto existe un nuevo término en internet llamado “gooning” y este describe un estado mental alterado en el que una persona, generalmente varón, entra en un estado hipnótico tras mirar porno durante mucho tiempo, acompañado de masturbación repetitiva. Se describe como un “viaje mental”, en el que el placer no está tanto en el orgasmo, sino en prolongar el proceso de excitación al máximo. En resumen, se corren los límites donde se encuentran satisfacción y placer.
“Los hombres entre 25 y 30 años tienen más ansiedad, son más violentos y padecen disfunción eréctil a partir de las pantallas y el consumo de pornografía temprana que retrasan los vinculos presenciales”, asegura Velasquez y agrega: “Mientras más se prohíbe educar, más espacio gana la pornografía como referencia de aprendizaje”.
En ese escenario, gran parte de las experiencias afectivas y sexuales comienzan a formarse en entornos digitales donde predominan el consumo inmediato y la fantasía de control sobre el otro. Esto crea un círculo vicioso donde los jóvenes no solo adquieren información errónea sino que reproducen patrones dañinos de sexualidad, violencia y relaciones basadas en el consumo y la objetificación.
Este fenómeno está montado en algoritmos. La app tiene lo que se denomina “refuerzo intermitente”, es decir, scrolleás, ves lo que te gusta, le ponés like, pasás de video y no parás. Resulta similar a los mecanismos de las apuestas online: estas plataformas funcionan para los usuarios bajo “lógicas de adicción” y generan una dinámica estudiada en juegos de azar y redes sociales que es casi automática. El usuario ve transmisiones contínuas y esperan que la siguiente “oferta” sea mejor o más satisfactoria, lo que los mantiene pegados a la pantalla.
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Otro de los grandes problemas de la hiperconexión y las relaciones virtuales está en la huella digital. Si bien algunas plataformas ofrecen opciones para restringir la visibilidad del contenido por países, no garantizan la seguridad ni el control sobre el contenido difundido. Lo que se sube a internet deja de pertenecer al ámbito de la intimidad.
Muchas NV desarrollan un alter ego, una personalidad paralela que les permita soportar el contenido que deben generar y la exposición constante. La sexóloga sostiene que esta disociación es un mecanismo de defensa psicológico. “No es una cuestión moral, es una cuestión de salud mental. Sin embargo, esto no solo afecta la autoestima sino que puede dejar secuelas duraderas en las conductas. La presión por complacer, la vergüenza internalizada y la constante exposición generan un daño que va mucho más allá de lo económico”, comparte.
Organizaciones como Amnistía Internacional y Fundación Activismo Feminista Digital reportan un crecimiento constante de casos. Frente al robo y difusión no consentida de contenido privado, algunas trabajadoras pueden acudir a la Ley Olimpia, legislación sancionada en Argentina en 2023 que protege contra el acoso y la violencia digital. Esta ley se originó en México donde colectivos feministas reportaron decenas de suicidios o tentativas vinculadas a la difusión de imágenes íntimas desde 2014.
A raíz de esto aparece otra cuestión: el consentimiento que, en espacios digitales, es más difuso y vulnerado. Tradicionalmente, en el trabajo sexual callejero, la negociación con el cliente y el consentimiento son explícitos y los límies están más claros antes de iniciar cualquier acto, excluyendo los casos de abuso. En las plataformas de NV, por ejemplo, durante transmisiones en vivo donde “se busca matchear”, los usuarios suelen masturbarse sin acuerdo mutuo generando un ambiente de violencia simbólica y psicológica constante. Esta desprotección también se debe a la individualización que proponen estas modalidades de trabajo.
Georgina Orellano es la Secretaria General Nacional de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR), sindicato de trabajadoras sexuales, y afirma que la pandemia de COVID-19 impulsó una nueva transformación: la migración masiva a la digitalidad. Los antecedentes en Argentina de este cambio -cuenta Orellano- se situan en el 2012 tras la aprobación de la Ley 26.842 de Tratas de Personas que “criminalizaba el trabajo sexual” y, al no diferenciar claramente entre la trata de personas con fines de explotación sexual y el ejercicio voluntario, dio lugar a una política de persecución sistemática: se prohibieron cabarets, whiskerías, casas de citas, bares y clubes nocturnos, así como publicaciones de servicios sexuales en medios gráficos.
Las principales consecuencias fueron la reconfiguración de las formas de organización entre las trabajadoras, el cambio de los espacios públicos como lugares de encuentro a departamentos privados y la individualización del trabajo. Se eliminó el contacto entre trabajadoras reduciendo los lazos de apoyo colectivo: redes de trabajadoras, grupos de WhatsApp, listas de clientes peligrosos, y un sentido de comunidad que permite establecer cuidados y códigos compartidos.
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Julieta ahora se saca sus medias de red y deja a Jules de lado. Va a buscar a su hijo al jardín, luego de una jornada laboral de seis horas donde no tuvo mucha suerte. Pocas videollamadas, pocas “monedas”. Igualmente, logró llenar el changuito del día. Hace una historia para Instagram y muestra los productos desplegados en la mesa del comedor: un papel higiénico, unos fideos, unas galletitas surtidas, algunos elementos de limpieza. Hace la cena, acuesta al nene y se conecta a un zoom donde le prometen “aprender herramientas de marketing digital para poder mejorar sus habilidades”.
Se capacita con la coordinadora de la agencia con la promesa de convertirse “en su mejor versión”, “ganar moneditas” -es decir, más dinero-. Se debe de tomar este trabajo “en serio”: sonreír en todo momento, ser coqueta, extrovertida y procurar estar en un ángulo que te favorezca”. Las “managers” (caras visibles de las agencias) son mujeres latinoamericanas que operan en ese contexto regional donde la desigualdad marca las opciones laborales disponibles.
*Estudiantes de la carrera de Periodismo.
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