Manuel Longueira: “Cuando pienso la vida, la pienso de manera grotesca”

Desde la actuación y la dirección revive en el teatro la vida desde la pobreza. Con una óptica artística y antropológica, analiza la realidad desde el grotesco.


Manuel Longueira creció en el barrio porteño de Parque Patricios y empezó a estudiar teatro en plena dictadura. No se llevaba bien con las instituciones educativas pero se recibió de actor en la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD). Años después lo conquistó la docencia y se convirtió en vicerrector del lugar donde se formó. Actor, educador y director, por estos días reestrenó “Mishiadura Bailable”, un espectáculo repleto de música, energía y humor.

̶¿Por qué ser actor?

-Vengo de padres laburantes y ya desde mi adolescencia estaba en una cosa muy díscola con el sistema educativo, tanto es así que no terminé la secundaria y empecé a trabajar. En un momento estudié peluquería, pero no era para mí. Quien había empezado a estudiar teatro era mi hermano mayor, algo que por aquellos años resultaba raro. Un día tenía que hacer una muestra y me invitó junto a muchos amigos del barrio. Fui con todos los prejuicios, pero la vi y me emocionó.

̶ ¿Cuántos años tenías?

-Tendría unos 19 o 20 años. Empecé a cursar en un lugar privado que estaba en la calle San Luis, mi profesor era Horacio Medrano. Después decidí hacer la EMAD y entré en la carrera de formación de actor.

̶ ¿Alguno de los primeros trabajos que te haya quedado grabado?

-Sobre todo una versión de La Nona, con la cual sorpresivamente me fue muy bien.

̶¿Cómo llegaste a ser docente en la EMAD?

-Cuando empecé a estudiar teatro me interesaban mucho las devoluciones, reflexionar sobre el trabajo que se había hecho y aprender el lenguaje técnico. En mi última etapa en la escuela vino a la Argentina un director muy importante, Eugenio Barba. Dio un seminario que me enganchó y aprendí muchísimo. De a poquito fui mutando a dar clases de actuación, aprendiendo sobre la marcha, y “robando” de los maestros.

Durante los primeros años, Longueira trabajaba en la compañía de teléfonos Entel. Sabía que mucho no duraría y entonces intentó ingresar como docente en la EMAD. La situación no era fácil.

-¿Era cuestión de esperar?

-Claro. Al principio me dijeron que no tenían horas, hasta que en un momento le dieron a la escuela un anexo, que hoy es la Sede Jufré. Era un galpón bastante desmantelado donde se empezó a estructurar la carrera de Dirección y Puesta en escena. Entonces allí fui a trabajar de coordinador, y tres o cuatro años después me llamó un docente de la carrera de Formación del Actor, Roberto Castro, para ser asistente de la escuela. Fue un gran maestro para todos. Me formé como docente con docentes, trabajando como docente. Ese fue mi periplo.

-¿Qué es para vos la docencia?

La actuación está muy cerca de la observación, la observación está muy cerca de la devolución, la devolución está muy cerca de la pedagogía, y la pedagogía está muy cerca de la dirección. Son todos escalones de una misma escalera.

-Vos rumbeaste para el otro lado, ¿qué fue primero?

Primero fue la docencia y después la dirección, que son dos aspectos que me gustan mucho. Son como abismos distintos.

̶¿Qué aprendiste como profesor?

-Todo el tiempo seguís aprendiendo, porque estás transmitiendo algo que se supone sabés de sobra. Sin embargo, lo reaprendés haciéndolo. Además, en este caso sos docente, pedagogo, actor y director. Estás todo el tiempo pensando en esos problemas y teniendo muy en vivo cuál fue tu propio proceso.

-Hablaste de tu periplo como actor y justamente trabajás con la Compañía Teatral “Periplo”, que vuelve con una nueva función de Carniceros de la Lírica, que es como una metáfora de la sociedad…

-Más que de la sociedad, de las historias del país. Una mancha de sangre en un piso que no sale en una carnicería barrial argentina, como que todo resuena a otra cosa. Pensando en nuestro  país, podés pensar en una gran carnicería. Lamentable y tranquilamente.

Manolo, como lo llaman sus alumnos, volvió a dirigir la obra Mishiadura Bailable, versión de La Ópera del Mendigo, del británico John Gay. Bajo su dirección, y con un título que homenajea a la emblemática discoteca Fantástico Bailable, un grupo egresado de la EMAD recrea el mundo de cartoneros, manteros y otros oficios. Entre los actores y actrices, hay músicos.

-Existe un hilo conductor entre Carniceros de la lírica y Mishiadura Bailable, esto de exponer la pobreza, la miseria o los personajes más vulnerados a través del grotesco. ¿Por qué es necesario retomar este tipo de humor?

-Es un género que habla mucho de nosotros. Lo identifico mucho con el humor nacional, con los grandes capocómicos, con la tradición teatral nuestra. Si a mí me dicen “teatro antropológico”, yo digo “el grotesco”; esa es nuestra antropología teatral, la rioplatense. Cuando pienso la vida, la pienso de manera grotesca. Cuando hago humor, lo hago de manera grotesca, no es un esfuerzo para mí. Me sale fácil porque me parece que estoy como cortado con esa tijera. Tengo la sospecha de que si quisiera hacer otra cosa me saldría igualmente un grotesco.

-Y Mishiadura tiene esos recursos.

Mishiadura Bailable no es en sí un grotesco, en realidad es comedia musical, pero no una de la calle Corrientes. Es un musical más barrial, más de abajo. Para que a vos te consideren una obra musical la acción tiene que avanzar a través de la música, que es lo que pasa en Mishiadura. Entonces, entramos en la categoría “Musical”.

-¿Qué se intenta mostrar de la realidad en Mishiadura? ¿Qué hay del otro lado del humor?

-No hay nadie que vaya al teatro a enterarse de la realidad, ya la gente sabe cómo es. Mishiadura no la plantea como una especie de bajón, porque la verdad es que si vos recorrés la calle, no vas a encontrar esa mirada derrotista, de tristeza. La gente más humilde (y esto lo conozco de primera mano), si bien tiene muchísimos problemas y no la pasa bien, no pierde el humor, y no está todo el tiempo poniendo por delante sus problemas, salvo que tenga una crisis muy grande, claro. Lo que pone es el ímpetu de salir adelante, de querer trabajar, encontrarse con los otros, ver cómo pueden sacar una ventaja en este sistema donde todos estamos viendo qué podemos hacer. El famoso “rebusque”.

-Y dentro de esas vivencias la gente se divierte.

-Por supuesto. Y eso no quiere decir que no luche por salir de esa situación. Hay como una cosa de pintar a los pobres y bajar línea. Por supuesto que ya sabemos qué está mal. No van a poder quitar ese espíritu de rebeldía, de adaptación para poder decir “bueno, acá hay que hacer algo porque si no con la moral no vamos a ningún lado”. Como dice Mishiadura o como decía Evita: “Primero comer, después la moral”. Ese es un poco el espíritu de Mishiadura: festejar lo que nos toque a pesar de lo que nos toca.

-¿No podrán quitarnos la alegría, entonces?

-Claro, esa cosa que es constitutiva de nuestro pueblo y del pueblo latinoamericano. Que responde a nuestra tradición de ser alegres. Esto debe pasar en los suburbios de Irlanda, no creo que sea demasiado diferente.