Milagros rojos

Foto: Crónica

¿A quién pedirle cuándo no hay alternativas? A todos los protagonistas de esta nota los une lo mismo: el Gauchito Gil. Historias de milagros realizados por él en la voz de sus fieles.


2 de octubre de 2014. Entra al quirófano y en su mano izquierda tiene una estampita del Gauchito Gil. Se aferra de la misma manera en que se aferra a la vida. Con fuerza. Una mala praxis durante la cesárea de su segundo hijo la dejó en coma inducido. Cuando la estaban cosiendo pincharon un órgano. Los médicos dicen que necesita un milagro. Es la tercera operación de la semana. Y Jesica, una vez más, trata de esquivar la muerte.

Todo el tiempo entra y sale gente del hospital. Algunos piden turnos, otros visitan familiares, o simplemente están en una especie de limbo esperando algún parte con buenas noticias. El marido de Jesica está sentado en el pasillo. Nunca rezó tanto. “Ya salió, ella está bien”. Las palabras del jefe de cirugía traen la calma. Entra a la habitación y le agarra la mano. Con alguna lágrima cayendo por su mejilla y con más certeza que las veces anteriores, le susurra que todo va a estar bien. Un pedacito de papel bañado en pervinox sobresale de la cama: es la estampa del Gaucho. Le pregunta a la enfermera por qué está así, y ella le cuenta que no se la pudieron sacar de la mano cuando ingresó a la sala de operaciones. Ya no había más tiempo y el cirujano dio la orden para que se la dejaran, pero previamente había que desinfectarla.

Ella y su familia son creyentes desde hace más de diez años. Hoy, le agradece al equipo de médicos y al Gauchito Gil por salvarle la vida. Se tatuó un crucifijo rojo en la mano izquierda. El milagro se cumplió, dice. Con la voz quebrada y los ojos humedecidos por el llanto, Jesica recuerda ese momento difícil como un antes y un después: “ese día volví a nacer”. ¿Quién le puso la estampita? No se sabe. Creer o reventar. Ellos, eligen creer.

Foto: TN

La mayoría de los fieles de este santo popular piden por lo mismo: salud y trabajo.

En cada rincón de las rutas argentinas hay un altar rojo, el color que caracteriza al Gaucho. Los camioneros agradecen la protección en sus viajes. Otros tocan bocina o se bajan a dejar algún pucho. La ciudad de Mercedes, provincia de Corrientes, tiene el santuario principal. Antonio Gil falleció en esas tierras. Banderas rojas indican la entrada y avisan que estás llegando. Gente de todo el país va a pedir y agradecer. Todos tienen puesta una cinta roja. Los vehículos tienen pegadas calcomanías en alguna parte. Y la gente que va a caballo siempre usa algo que hace alusión al Gaucho.

Cada ocho de enero se vive una fiesta. Se mezcla la cultura popular y la fe. Es similar al clima que se vive en un recital pero guiado por la devoción ciega de sus fieles. La amabilidad de los vendedores y la gente bailando chamamé es algo muy característico del santuario. Todo se viste de rojo. Las temperaturas que superan los cuarenta grados no son obstáculo para demostrar la lealtad. Los que van hace mucho tiempo saben cómo funciona. Llegan, agradecen, se emocionan y la mayoría elige quedarse a pasar el día. Las personas que van por primera vez suelen ir a pedir para que les cumpla algún milagro y se impactan por tanta multitud.

Hace dieciséis años, Néstor tuvo su primer acercamiento al Gauchito. La familia lo invitó para que los acompañara. Viajaban para pedir por la salud de su sobrino. Era bebé y lo tenían que operar de adenoides. Salió todo bien. “Siempre escuché sobre el Gauchito, pero cuando viví la experiencia de ir a Corrientes me llamó mucho más la atención”, recuerda. Jugando al fútbol se rompió los ligamentos y los meniscos. Lo operaron y quedó bien, pero no estaba en condiciones de volver a pisar una cancha nunca más. Esto terminó de acercarlo. Agarró una estampita que compró en el santuario y con el corazón le pidió que lo dejara volver a jugar. Para algunos, es solamente un deporte. Para otros, la vida entera. Después de algunos meses de rehabilitación y del pedido, la rodilla empezó a funcionar mejor. Logró que el médico le diera el sí para volver. Pero nada es gratis. Cuando pedís, prometés algo que tenés que cumplir. Después de su partido de regreso viajó a Corrientes y le llevó los botines. Cumplió.

“Yo camino y él va al lado mío, ¿entendés?”. Para muchas personas puede ser más que un santo. Una compañía. Hermano. Amigo. Nestor, después de tantos años, siente que es parte de su familia. 

Foto: El país

Matías Segreti, autor de “Gauchito”(una novela que reconstruye la historia del santo popular), dice que siempre está. En algún santuario de la ruta. Retratado en un bar de Palermo ahora que está de moda. O en algún conocido que se hizo devoto. Pero siempre está. Espera que lo necesites. En momentos de desesperación, uno acude a fuerzas místicas superiores. Hay varios para elegir. Dios, la Virgen de Luján, el Gauchito Gil… Jonatan cree en los tres. Pero tiene más presente el color rojo.

Su papá era creyente y él fue quien lo llevó por primera vez. Es el legado familiar. Cuando lo necesita, le pide. Mientras tanto siente su compañía. Es su amigo. Va en la ruta y se persigna cuando pasa por uno de esos altares de la banquina. Cuando llega de viajar pasa por un santuario que está cerca de su casa para agradecerle por cuidarlos a él y a las personas que lo acompañan.

En momentos difíciles también le pide y confía. Su suegro estuvo en terapia intensiva por problemas del corazón y acudió al Gauchito buscando un poco de consuelo. Yamila es su esposa y también es devota. Todos los años viajan en diciembre para agradecer la compañía y los favores recibidos. Así como también para cumplir alguna promesa. Por la pandemia, este año no pudieron ir a Mercedes. Pero buscaron la manera de cumplir con lo que prometieron. Si su familiar salía vivo, iban a hacer el último tramo arrodillados hasta llegar al santuario. No fue en Corrientes, pero pudieron hacerlo en el santuario de Colón. Desde la YPF que está en la ruta hasta el lugar, de rodillas.

Pasan los años y la cantidad de creyentes aumenta. Para que el Gaucho escuche hay que pedir con el corazón. Sin miedo. Cada palabra tiene que estar guiada por la fe. Lo importante es confiar y cumplir con la promesa que se haga. Pedido y favor es igual a promesa.