Recuerdos de la Champions: cuando se concretó el Imperio de Abramovich

Se cumplen diez años de la primera Liga de Campeones que conquistó el Chelsea, el día que los londinenses llenaron el último hueco de la vitrina ante el Bayern.

Cuatro semifinales, unos cuartos de final, dos octavos y aquel subcampeonato con el penal fallado por Terry ante el United. Eso habían archivado en la Champions desde la llegada de Roman Abramovich en 2003. En 2012 se encontraban de vuelta en una definición.

No solo la historia y el escenario eran rivales de los Blues, sino la actualidad misma. Se enfrentaban a un temible Bayern Munich en su casa, luego de haber sobrevivido a la llave ante el todopoderoso Barcelona, que dejó suspendido a su capitán (Terry), lesionado a otro de sus defensas fiables (Ivanovic) y con la sensación de que aquel milagro no podría repetirse en el Allianz Arena.

Así salieron del túnel comandados por su vicecapitán, Lampard. Enfrente, miles de alemanes rojos. Y rodó la pelota. El trámite fue lo esperado. Los bávaros dominaron gran parte de la noche. Con insistencia más que con claridad. La muralla azul no facilitó las intentonas individuales de Ribéry y Robben. Con un zurdazo, el holandés tuvo a los 20 minutos el primer remate entre los tres palos: atajó Petr Cech, quien luego le iba a negar el grito en toda la velada.

La única chance de los dirigidos por Roberto Di Matteo, el italiano que llegó a mitad de temporada con la dicha de haber levantado dos copas internacionales con el club como jugador, fue un tiro libre de Mata al 33´: pasó lejos.

Cuarenta y cinco minutos cumplidos. Se marcharon al descanso. Los anfitriones mostraron su superioridad, mas no les había alcanzado para una estocada profunda.

A los 6´ del complemento hubo un suspiro corto en la grada. El crack francés capitalizó un rebote y abrió la cuenta para el local, pero estaba en offside y se anuló el tanto.

Corrió el tiempo con alguna aproximación del Chelsea ocasional, una por cada cinco del Bayern. Hasta que un cabezazo de pique al suelo, del siempre bien ubicado Müller, rompió la meta del checo cuando faltaban 8´. Se sentían campeones. Lo más difícil parecía hecho. Sin embargo, el de los goles importantes apareció otra vez.

Fernando Torres, no, no él, él consiguió un córner sobre el final. Lo ejecutó el zurdo Mata del lado derecho, para que fuese cerrado. ¨No hay problema, no seré yo el que marque¨, le dijo David Luiz, el cual jugó casi en muletas dicho día, a Schweinsteiger cuando lo vino a defender en el tiro de esquina, segundos antes que Didier Drogba se elevara hacia el primer palo y con el giro del cuello clavara el empate en el ángulo de Manuel Neuer.

Terminaron yendo a la prórroga. No cambió nada. La localía apretó. Pasaron cinco minutos y el héroe de los londinenses volvió a demostrar por qué no era zaguero. Tocó desde atrás al #7 dentro del área: ¡penal! Robben era el designado para volver a ponerlos en ventaja, y otra vez Cech, al detener un disparo flojo, declinó esa opción mientras una pelota inflable bajaba de la grada, como para invalidar cualquier acción de un rebote, o solo por torpeza de la afición. Lo indudable fue el aliento con el puño cerrado del ausente Terry en la tribuna.

El resto del suplementario careció de juego. Dos equipos cansados, uno en lo físico por resistir, otro en lo mental por habérsele escapado de esa manera la gloria. Se decidió desde los doce pasos, misma distancia en la que el cuadro inglés sufrió cuatro años atrás.

Lahm acertó el primero, Mata, el asistente del marfileño en la igualdad, no batió al guardameta germano. Nuevamente lucía favorito el tetracampeón. Gómez optó por abrir el pie e ir rastrero, efectivo, David Luiz fuerte y arriba. Neuer cruzó, Lampard fusiló. Cech salvó el zurdazo de Olic, Cole puso paridad.

Arribaron 3-3 al quinto. El de Bastian dio en el palo. Drogba, con carrera corta, habiendo sido expulsado en 2008 contra el Manchester y cometido dos penales que hubieran podido eliminar a los suyos en partidos seguidos, selló la hazaña. Balón a un lado, portero al otro. Chelsea levantó la Orejona por primera vez en su historia. El Imperio de Roman Abramovich se extendió de Inglaterra a Europa finalmente.

“Jugué 120 minutos. Celebré, la adrenalina era alta y después empezó mi recuperación. Todavía tengo mis cicatrices, son de por vida”, dice el central brasileño de tal vez su noche más recordada como futbolista profesional.

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A una década del éxito continental, y un año después de alzar la segunda de la mano de Thomas Tuchel (además de más metales a nivel local), el magnate del petróleo se vio obligado a vender el club por las sanciones provocadas debido a su vínculo con el gobierno ruso, cuya invasión a Ucrania hizo que debiera alejarse de Londres.