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Santa Cruz habilitó la caza deportiva entre abril y agosto
Todo aquel que cuente con un arma y licencia correspondiente puede salir a cazar legalmente guanacos, visones, liebres, conejos y jabalíes.
Desde el principio de los tiempos, la humanidad se embarcó en una odisea por la supervivencia, una cruzada implacable para asegurar la continuidad de la especie. La caza, desde tiempos inmemoriales, se erigió como el motor primordial de la evolución, siendo el sustento vital y la fuente primaria de alimento y abrigo para las poblaciones ancestrales.
Hoy, en un escenario totalmente diferente, en donde el bullicio urbano eclipsa las antiguas tradiciones, surge con sorprendente eco el término “caza deportiva”. Aunque parezca anacrónico en la era contemporánea es una realidad arraigada en la cotidianidad de miles de personas que todavía viven en los campos y zonas rurales de nuestro país. Un claro ejemplo de esta realidad se manifiesta en la resolución 117/24 del Consejo Agrario de la provincia de Santa Cruz (actualizada en 2025), que dio luz verde a la temporada de caza deportiva en la provincia.
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Dos hombres montados a caballo avanzan con determinación flanqueados por una jauría de perros que ladran con ferocidad. En el centro de esta imagen de crudeza y desigualdad, sujetada con una soga de su pata y cabeza, una majestuosa puma lucha desesperadamente por su vida. La tensión en el aire es palpable, los gritos de los hombres y los ladridos de los perros crean una cacofonía que resuena en el alma.
La puma, acorralada, se defiende con fiereza, sus garras y colmillos destellan en la luz del día mientras enfrenta a sus agresores con valentía. Sin embargo, la grabación se corta abruptamente dejando al espectador con el corazón en un puño y la incertidumbre palpitando en el pecho.
Este es un video que se hizo viral en las redes sociales provocando diferentes reacciones y comentarios entre los espectadores. Decenas de fotografías también tomadas en algún lugar de la estepa patagónica retratan a los animales que yacen inertes, algunos sobre las rocas y otros sobre los hombros de sus cazadores, trofeos de caza para locales y extranjeros que orgullosamente muestran a su presa.
El contraste entre la dureza de la piedra y la fragilidad de los cuerpos sin vida crea una atmósfera desoladora donde la naturaleza parece rendirse ante la mano humana.
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El crepúsculo tiñe el cielo de Santa Cruz cuando un avión procedente de Buenos Aires se prepara para aterrizar en Río Gallegos. A bordo viaja Karina Maschio, mejor conocida como “Kai Pacha” para aquellos que han sabido de su labor en la provincia de Córdoba. Ella es la directora de Pumakawa, “La que cuida con el sigilo del puma”, una ONG comprometida con la preservación de especies autóctonas en peligro de extinción en la región central Argentina.
Su llegada a tierras santacruceñas tiene lugar para el Primer Encuentro Provincial de Reflexión y Diálogo en Temática Ambiental. Es 24 de abril de 2024 y la luna rosa se mira obnubilada sobre las aguas de la ciudad portuaria, el frío y la aparente indiferencia de la capital envuelven el salón de la caja de servicios sociales.
Adentro, las emociones están encendidas, el lugar está colmado por defensores del medioambiente; las voces de Fernando Pieroni, Franco Peruggino y Kai Pacha se amplificaban y despiertan a quienes las oyen.
Luego del encuentro, en una entrevista radial con un medio local, Kai Pacha expresó su desconcierto ante la resolución 117/24, su visión de un mundo en armonía con la naturaleza choca contra esa instrucción. “Fue un golpe con la realidad, pero también una oportunidad para la acción”, decía cuando se enteró del inicio de temporada de caza que es entre el 1° de abril y el 31 de agosto.

Con voz firme, compartía su convicción de que la protección del medio ambiente no debería conocer de fronteras políticas y compartía la necesidad de discutir sobre las prácticas para mitigar los impactos del puma en la ganadería mediante la exploración de soluciones alternativas.
El “Plan Cacu” era una de ellas, un plan no letal para la protección del ganado ovino que consiste en la aplicación de burros y mulas y de perros de raza pastor de Maremma o Maremmano-Abrucense como protectores, la introducción de vizcachas o presas alternativas y luces intermitentes en los corrales de encierre nocturnos para ahuyentar a los predadores.

Kai Pacha en su reserva natural Pumakawa.
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Sobre el mismo suelo pero en otra latitud de la provincia, cuando el sol se retira sobre la majestuosa cordillera dejando los últimos destellos de luz en su camino, las costumbres arraigadas en el corazón de los pueblos se entrelazan con la vida cotidiana.
Son las siete de la tarde y el frío se instala con firmeza y el termómetro marca implacables -4°. Una tenue luz brilla desde la ventana del viejo almacén del pueblo. Es allí donde se encuentra Pedro, un hombre cuya identidad se resguarda bajo el manto del anonimato. A sus casi 70 años aún se aferra a los trabajos del campo desafiando al tiempo y a las inclemencias del clima patagónico.
En una entrevista concedida en su casa bajo la única condición de mantener el anonimato, me recibe con un mate en la mano. Sentados frente a una salamandra que arde con fuerza, el aroma ahumado que envuelve el ambiente mientras compartimos unos amargos y charlamos sobre la vida en el campo. “¿Sabés cuál es el problema con la gente que defiende al puma y al zorro? Es que no conocen estos lugares, ni el frío de esta época ni el daño que hacen. A veces matan decenas de ovejas y lastiman a otras solo para enseñarle a cazar a los cachorros. A veces ni siquiera las comen”, comparte.

Pedro cuenta que las estancias son cada vez menos productivas y la hacienda es cada vez más escasa. La poca gente que queda en el campo sobrevive haciendo el doble o triple trabajo del que deberían hacer y recuerda que en el año 72, a sus 17 años, fue la primera vez que fue a trabajar a una estancia. “Éramos alrededor de 45 personas en un solo establecimiento y había cerca de 7.000 cabezas de ganado”, recuerda y sigue: “Hoy apenas hay la mitad con suerte y no más de cinco hombres por casco de estancia”.
La caza del puma y el zorro es, para los puesteros y peones de campo un ingreso extra. A veces en los tres meses de la temporada pueden hacer todo el sueldo de un año en la estancia. Pedro nos cuenta que no está de acuerdo en que se prohíba la caza pero sí en que se controle y se prohíba a los extranjeros cazar aquí porque, según sus palabras, solo vienen a dañar a los animales.
En este rincón remoto del mundo, donde las costumbres se entrelazan con la naturaleza salvaje y la vida transcurre al ritmo de las estaciones, Pedro encarna la esencia de una tradición que se niega a desaparecer en la inmensidad de la Patagonia.
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Es 7 de mayo de 2024 y han transcurrido casi dos semanas desde la primera visita de Kai Pacha a Santa Cruz. En un video de Instagram de la ONG Pumakawa se puede ver en una pantalla la imagen de Kai, su voz resuena en la Cuarta Reunión de la Comisión Ordinaria de Producción Agropecuaria y Pesca de la Honorable Cámara de Diputados de la provincia.
Su exposición es atentamente escuchada por productores ovinos, personal del INTA, legítimos usuarios de armas, investigadores del CONICET, agentes de turismos, el presidente del Consejo Agrario Provincial y diputados de toda la provincia.
Lo que antes parecía una cruzada, hoy es una realidad. Es crucial destacar cómo se puede abrir el diálogo en torno a esta cuestión, especialmente en una época donde la violencia verbal y la confrontación desmedida parecen ser moneda corriente. En lugar de recurrir a la discordia y la hostilidad, es necesario buscar puntos de encuentro, entendimiento y respeto mutuo entre aquellos que pensamos diferente.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
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