“SI TENÉS EGO, NO PODÉS HACER ESTA MÚSICA”


Lucas Ferrari respira jazz, es un apasionado, y cuando le toca hablar de lo que más le gusta, puede estar un largo rato respondiendo preguntas, como en esta entrevista con ETER Digital.

Por Franca Boccazzi (@BoccazziFranca)

Es uno de los días más fríos del año y la noche se asoma en el barrio porteño de Boedo. Un sonido irrumpe en la casa: es el timbre estridente que anuncia la llegada Lucas Ferrari. El joven pianista de jazz entra por la puerta como si viniera en una cápsula del tiempo directo desde 1920. Lleva puesta una camisa blanca, corbata y tiradores, con un traje gris y tapado en el mismo tono, zapatos inmaculados y un sombrero marrón oscuro que se saca educadamente, dejando al descubierto una escasa cabellera morena peinada perfectamente hacia atrás. En la mano lleva una bolsa de nylon blanca en la que se trasluce una pila de discos. Tiene 27 años, pero su conocimiento sobre este género musical tan particular pareciera el de un hombre centenario. Se acomoda en el sillón conteniendo la respiración mientras espera la primera pregunta como si fuera el inicio de una carrera. En cuarenta minutos ensaya con una de las siete bandas en las que toca y sabe que una vez que empiece a hablar, no va a poder parar. 

Foto: Fernando Ibarra

—¿Por qué elegís el jazz?

— Creo que uno no elige hacer esto. En su momento tuve la suerte de tener un acercamiento al jazz a través de una exposición y descubrí que es lo que me gusta. No es cuestión de elegir, la música te elige a vos, y si te encontrás en esa frecuencia es clave, no hay escapatoria.

¿Cuáles son tus principales influencias musicales?

—Es una pregunta difícil. Como hago diferentes estilos, tengo influencias en cada uno. Si estoy tocando swing, tengo como influencia en el piano a Jess Stacy. Si estoy tocando bop, tengo a Oscar Peterson. Y aparte hay otras influencias que no necesariamente son pianistas, porque también tengo en cuenta el contexto grupal. Si vamos al jazz tradicional, tengo a Louis Amstrong. Uno tiene en la cabeza los sonidos de esas bandas y artistas aunque toquen otro instrumento, porque la forma de pensar la música no se limita solamente al instrumento que uno toca. El músico muchas veces toca en conjunto, por eso está bueno conocer cómo funciona cada instrumento y cómo trabajar en equipo para lograr ese sonido, ya sea en el jazz como en cualquier estilo de música.

Hay muchas personas que dicen que el jazz es “aburrido” o que “no se entiende”. ¿Cuál sería el mensaje que vos le darías a esas personas?

—Que sea aburrido es una cosa subjetiva. A mí no me parece aburrido, pero si a otra persona le parece que sí, no está mal. A todo el mundo no le gusta lo mismo. A mí parece aburrida la  música electrónica, por ejemplo. La escucho y son seis metrónomos superpuestos. No hay nada interesante ahí, pero evidentemente es una cuestión de gustos.

Y en tu opinión, ¿cuál puede ser un motivo por el que existe gente que no le gusta el jazz?

—En el caso puntual del jazz quizás hay estilos, en especial en el jazz moderno, que tienen cierta complejidad que hacen que de entrada no sea atractivo o tan accesible a un público amplio. Tal vez es un estilo pensado desde un punto de vista más cerebral, matemático, una cosa hecha por músicos para músicos. Al público en general no le interesa que el músico esté tocando una sexta aumentada, le gusta la música rítmica, con armonías más convencionales o músicas que sean bailables. Y el jazz era música bailable hasta que apareció en jazz moderno con el bop, que justamente propone que no sea bailable, sino que tenga cierta complejidad armónica, melódica y rítmica. Esto hace que para el público en general sea difícil de digerir. Pero, en realidad, existen muchos estilos de jazz, y ahí entra la duda de qué es y qué no es jazz. Entonces seguramente hay gente que piensa “a mí el jazz me parece aburrido”. Pero escucharon una cosa que quizás no tenga nada que ver con el jazz. La utilización del término es tan libre, tiene tanta flexibilidad que a veces puede ser bueno y en muchos casos puede ser malo.

¿Qué artistas le recomendarías a alguien que se quiere iniciar en el jazz?

—A quien quiera empezar a escuchar jazz le recomendaría escuchar a Louis Amstrong, que es la figura más famosa e importante del jazz, sin dudas. Mi época favorita de él es entre los ‘20 y los ‘30. Aparte, es un claro ejemplo de cómo era el jazz antes, porque Amstrong era uno de los músicos más famosos del mundo y hacía entretenimiento y arte logrando una masividad impresionante. Prácticamente no hay ningún músico que haya venido después, que no tenga su influencia. Otra recomendación es Jelly Roll Morton, que es menos conocido, pero el tipo decía que había inventado el jazz. Y puede sonar un poco presumido e irreal, pero si te ponés a analizar un poco, inventó un gran porcentaje de lo que después se estableció como jazz. Con eso ya se puede empezar a ver de dónde surge el jazz. Incluso si uno quiere entender lo que tocaba Amstrong hay que comprender el contexto, el ambiente musical que se vivía en Nueva Orleans, también se podría partir desde las bandas militares del siglo XIX que terminan derivando en muchas cosas del jazz. Pero con Amstrong y Morton es más que suficiente para arrancar.

Foto: Fernando Ibarra

¿Qué evaluación hacés del jazz actualmente en Argentina?

—En relación al ambiente en el que estoy, que es el del jazz tradicional, veo que en los últimos dos o tres años hay cierto interés en este estilo, cosa que hace unos diez años no ocurría. Pero también siento que muchas veces es un estilo que se lo toma con una cierta falta de respeto y liviandad, por así decirlo. Tocar jazz tradicional o jazz clásico quizás no sea muy difícil técnicamente, pero es complejo porque requiere muchas horas diarias, durante años, de escuchar el estilo para incorporarlo. Yo no estudié de forma académica, pero aprendí tocando, por ejemplo, con el gran Toto Pomar, en el potrero. Creo que falta un poco de de barro, de calle, de tocar como se tocaba antes. Porque no olvidemos que el jazz, moderno o tradicional, tiene raíces folklóricas, y la forma de aprenderlo es en un ambiente estimulado, que si no lo tenés porque no naciste en Nueva Orleans en 1904, tenés que generarlo artificialmente con discos. Estaría bueno que haya más músicos escuchando discos y que se tomen esto de forma más seria, porque existe el gran riesgo de que el jazz tradicional se termine estigmatizando. En el caso del jazz moderno hasta puede ser más fácil si sabés teoría musical, porque se puede pensar de forma matemática. En cambio, en el jazz tradicional no hay lógica matemática, es una música folklórica que tenés que entenderla, tenés que sentirla y hablar ese lenguaje.

Tocaste con gente muy grossa. ¿Alguna experiencia o enseñanza que quieras compartir?

—Cuando empecé a tocar fui directamente con personas que no necesariamente son grandes mentores, pero que vienen tocando hace 60 años y te pueden trasmitir experiencia. No sabría mencionarte una cosa, porque todo el tiempo aprendés de todo el mundo, sobre todo cuando se trata de gente con tanto recorrido. Por ejemplo, empecé tocando con Coco Sofía, que nació el mismo día que yo pero en 1926, imaginate la cantidad de experiencia que puede tener un tipo así. Y lo que pasa es que te vas dando cuenta de cómo interactuar con otros músicos. También aprendí mucho con los discos. Nunca fui tan caradura de tocar con esa gente sin haber hecho la tarea en casa de escuchar los discos y saber los temas.

Viajaste a Nueva Orleans.

—Sí, tres veces. La primera vez que fui me encontré de todo y escuché de todo. La segunda, ya sabía qué me había gustado y qué no. Y en el tercer viaje fui directo a lo que me había gustado y me enfoqué, puntualmente, en cosas que disfrutaba y que sabía que me servían para seguir creciendo.

¿En qué te enfocaste?

—En el jazz más tradicional. En Nueva Orleans encontrás de todo, pero fui a directamente a escuchar gente que toca el estilo que me gusta y de la que puedo aprender simplemente estando ahí sentado viendo dónde meten los garfios. Aparte estánahí hace algunas décadas, y te cuentan historias de cuando tocaban con Danny Barker, algo increíble. Por otra parte, son personas que uno viene escuchando hace años, y un día caes y estás almorzando en su casa, y son gente como uno. Pero uno tiene escuchados discos de hace décadas y después decís “existen, no sólo los graban”. Y algo que noto que pasa en el jazz clásico es que hay mucha camaradería. A diferencia del jazz moderno que es más individualista, donde uno puede estar haciendo un solo cuarenta minutos y cuando termina puede ir al baño mientras sigue tocando otro, el jazz clásico es una música que requiere de trabajo en equipo para tocar. Al ser una música cooperativa, y como hay mucho egoísta en cualquier parte del mundo, es difícil encontrar gente que tenga ese sentimiento de cooperación. Esto hace que sea una música que puede tocar poca gente.

Claro, hay que encontrar el equilibrio del ego para trabajar en conjunto.

—Es que el ego no puede existir. Si tenés ego, directamente, no podés hacer esta música. Y eso hace que haya poca gente del mundo tocando esto. Somos pocos, y lo digo sin agrandarme, porque sé que no soy uno de los mejores del mundo, pero he estado en contacto con los mejores del mundo porque existe esa camaradería que te decía. Sé que en Nueva Orleans, Chicago o New York tengo lugar para quedarme, y los músicos de allá, que vienen acá, se quedan en casa. Existe esa cosa. La ayuda que nos damos el uno al otro en todo el mundo surge de la naturaleza misma de esta música, cosa que en otros géneros no pasa.

—Los cuarenta minutos están llegando a su fin, el hechizo está a punto de romperse. Sin embargo Lucas está sediento de más preguntas. Su mano izquierda juega con la cuchara de un pocillo de café que ya está vacío y la derecha acaricia a Mora, que ronronea sobre el regazo trajeado. Es que la calidez del músico se destaca en el aire, es indudable que cuando le toca hablar de lo que más lo apasiona, se ilumina como una lámpara que irradia luz hasta en los rincones más oscuros. “Sigamos, llegaré un poco más tarde al ensayo”, dice resignado, como si esto le pasara todo el tiempo. Seguramente en la Antigua Jazz Band, el CC Quintet, la Delta Jazz Band, Pimienta Negra, Purple Rush, los Stampy Stompers o en su propio proyecto, Lucas Ferrari Swing Deluxe, deben estar acostumbrados a lidiar con este pianista desbordado de talento y conocimiento que aprovecha cada oportunidad para hablar acerca de un género que, en Argentina, pasa desapercibido.

¿Qué te parece el Festival Buenos Aires Jazz?

—Noto que hay una bajada de línea de priorizar el jazz moderno y dejar el clásico como un anexo. Por eso no hay difusión del jazz clásico, porque se piensa que es una música de viejos  o que, como tiene un ritmo constante, tiene menor nivel artístico, y no necesariamente es así. Tristemente en el festival se termina poniendo al frente el jazz más moderno y menos accesible y eso tal vez hace que la gente se queje del jazz. Sin decir que sea música mala, para nada. Igualmente, creo que en línea generales las instituciones bajan línea de que el jazz clásico es una música muy inferior al jazz moderno, y se sigue perpetuando esa pelea estúpida y sin sentido entre el jazz tradicional y el jazz moderno. El arte es arte, no podés comparar arte con arte.

¿Qué opinás de los conservatorios?

—No estoy en contra de los conservatorios, estoy en contra de que sea la única fuente para aprender este estilo de música. Creo que lo que tienen que brindar son herramientas para que puedas desarrollar lo que quieras tocar, pero no como una solución mágica que te haga pensar que esto es así y se toca así. A lo que no le encuentro mucho sentido es a tener un título de músico. Amstrong no tenía título de ningún conservatorio, Toto Pomar, ¿de qué tenía título? Te puede servir si querés enseñar, pero en el arte no podés medir si sos músico o no por un título.

Si pudieras pedir un deseo ahora, ¿cuál sería?

—Creo tengo lo que deseo, vivo de tocar la música que me gusta. Tal vez, mi mayor deseo es seguir haciendo esto y perfeccionarme. Otra cosa que desearía es que haya más gente que se interese seriamente por este estilo. Quedan unos pocos y se van muriendo. Y las camadas no se están renovando con la misma fuerza. Antes había un pianista en cada banda, ahora el pianista de cuatro bandas históricas soy yo. Como no hay a quién llamar, voy cubriendo huecos. Estaría bueno que aparezca alguien que realmente se meta en esto y que coleccione discos, que se interese en la historia de la época. Es lo que yo intento hacer y no hay mucha gente que lo haga. Estamos en un momento en el que no hay suficiente gente jóven para armar una banda. Es algo que está muriendo de a poco. Trato de revertirlo con lo que se pueda, pero no es fácil.

¿Qué es la música para vos?

—No sé cómo responder a eso. Nunca me lo pregunté. ¿Cómo podés ponerte a pensar eso? Es como ponerte a pensar “¿qué es la vida?”. La vida es estar vivo. ¿Qué es la música? La música es la música. Es algo básico de la existencia que está todo el tiempo. ¿Qué es el tiempo? ¿Qué es el universo? Qué sé yo, están y no pueden no estar. La música está y no puede no estar.

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