UNA OPORTUNIDAD MÁS

Any Martiarena pudo volver a jugar al fútbol, tras alejarse por cuestiones económicas. Ahora, está jugando en Excursionistas.

Por Gastón Germone

Cuando tenía ocho años, junto con sus padres, dejaron Jujuy, su lugar natal, para mudarse a la Villa 31. Querían progresar, conseguir trabajo y tener una vida mejor. Ahora, el fútbol femenino se hizo profesional y la defensora central comenzó a ganar plata haciendo lo que le gusta y quiere cumplir su sueño: vivir a través de este deporte y ayudar a su familia.

No va a fallar. Está tranquila. Mira hacia arriba al techo bajo de chapa que cubre unos pequeños metros cuadrados que tiene su casa. La luz de una modesta ventana recubre la cocina-comedor mientras que el olor a mate cocido y galletitas avisa que llegó la cena. Sí. Esa era la cena para una familia que vino desde Jujuy, con esperanzas y sueños. Pero la más joven de la familia, pese a la escasez y dificultades, confía en cumplir su sueño. No va a fallarle a su familia.

Así como aquellos autodidactas van hacia Estados Unidos a cumplir el sueño americano, algunos otros caen en la gran ciudad de Argentina, su capital, para tener un mejor trabajo y un mejor pasar. Ese ha sido siempre el objetivo de Samuel y Cali, una pareja jujeña que dejó todo. Para tenerlo todo.

Hace más de una década Samuel y Cali aterrizaron en la Villa 31, ubicada en la ciudad de Buenos Aires. Su hogar era chico. Muy chico. Pero la pareja, al menos, estaba convencida de que era el lugar donde debían estar en ese momento. Necesitaban salir de Cangrejillos, su pueblo natal de Jujuy de tan solo 5000 habitantes que sobrevive a base de agricultura o ganadería.

Ese mismo año, 1996, llegaron a Buenos Aires Samuel y Cali y tuvieron su primera hija: Any Martiarena. Con el paso del tiempo, a corta edad, entendieron que el destino de esta joven no sólo estaba marcado por cenas precarias o un lugar poco confortable. Su destino estaba marcado por unos botines y una pelota de fútbol.

“Mi papá fue el primero en enseñarme a jugar, a amar este deporte. También mi mamá, que fue la primera mujer que vi jugar. Las personas con las que empecé a practicar son de mi pueblo. Con ellos aprendí lo que es amar una camiseta y sentirla tatuada en el corazón”, expresó Any con una sonrisa perfecta y sincera.

Y añadió: “Mi inicio en el fútbol fue en una asociación deportiva que se organizaba en la Puna, donde jugaba con mi familia. Éramos un equipo. Luego, acá en Buenos Aires, mi papá me alentó a jugar en el club “La Nuestra”, una escuelita de fútbol de la Villa 31.”

La vida por fuera del césped y la pelota era muy dura: peligro, violencia en las calles y no había dinero. “Al principio fue complicado. Hubo días en las que escaseaba la comida. Un mate cocido con galletitas era la comida principal. O a veces iba a los merenderos de la villa a comer. Mis padres se la rebuscaban para traer la cena”, confesó Any.

Había una salida, una escapatoria: el fútbol.

Después de jugar en el club “La Nuestra”, fue a probarse a River Plate y quedó. Llegó a jugar en la Primera. Luego la volvieron a bajar a Reserva, donde estuvo un tiempo y, a los 18 años, decidió dejar el deporte para dedicarse al trabajo y al estudio.

Con sus 18 años recién cumplidos, Any terminó la secundaria, comenzó a trabajar y hacer un terciario en comunicación. Tras cuatro años de esta rutina incansable, su sueño volvió a llamarla.

Sonó el teléfono y le llegó la noticia. Quizás la más importante de su vida: el técnico de River se fue del Millonario y ahora estaba en Excursionistas. Era una señal, del destino, del fútbol o una especie de karma. Sea cual sea, Any, con sus 22 años, debía ir a buscar lo que le pertenecía.

La joven defensora central se probó en Excursionistas y quedó. El comienzo de su sueño empezaba. Pero esta vez iba en serio. Any dejó el estudio terciario –aunque más adelante iba a anotarse en Educación Física-, siguió trabajando y entrenándose en el club. Los días empezaron a ser extremadamente largos.

“Trabajo desde las 8 hasta las 14 en el microcentro, soy cadete en una empresa financiera. Salgo a las 6 de la mañana. Llevo papeles, hago trámites. Lunes, miércoles y viernes entreno en el club, y los lunes también curso a la noche tres materias que me faltan para recibirme de profesora de educación física”, expresó la zaguera de 23 años.

Ahora todo cambió. Any cambió. El fútbol cambió. Este año, con la incorporación del fútbol femenino al profesionalismo, las mujeres pueden tener un ingreso fijo por jugar. “El día que me dijeron de firmar un contrato por jugar mi cabeza empezó a imaginar cosas, a creer que vivir de esto es posible”, sentenció la jujeña que hoy reside en Wilde.

Excursionistas es uno de los clubes de fútbol que más importancia le da a la inclusión de los jóvenes más humildes. Aunque a veces no es posible complacer a todos cómo les gustaría. “Me siento cómoda en el club; lo malo es que tenemos pocos recursos porque es un club chico y no tiene como sustentar el femenino”.

Y agregó: “hay solo 8 chicas que tenemos contratos profesionales. Y entre todas decidimos repartir la plata para las demás jugadoras que no tienen contrato porque todas hacemos el esfuerzo de entrenar”.

Baja la mirada. Sabe que en sus pies tiene la posibilidad de vivir del fútbol. De cumplir su sueño que parecía remoto. Tiene la posibilidad de no fallarse a si misma. De no fallar a su familia. Y no lo va a hacer. Está preparada para lo que se venga. Y lo que se viene es increíble, cree.