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A 42 AÑOS DEL GOLPE


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Arqueólogxs y especialistas en conservación resguardan las huellas del Terrorismo de Estado. Trabajan en los cinco Sitios de Memoria de la ciudad de Buenos Aires conservando restos materiales y objetos vinculados al funcionamiento de los centros clandestinos. Piden más presupuesto para poder expandir la experiencia a otros lugares.

Por Ricardo Andreu

La restauración y conservación del patrimonio cultural generalmente nos remite a la idea de la puesta en valor de edificios, objetos antiguos. No obstante, desde hace más de diez años y al amparo de las políticas públicas de memoria, un grupo de profesionales (arqueólogxs, técnicxs en conservación, personal de mantenimiento) viene profundizando una arista poco conocida de aquellas disciplinas: el rescate y resguardo de las huellas del terrorismo de estado en los edificios que funcionaron como centros clandestinos de detención durante la última dictadura cívico-militar.

“Yo soy artesana y trabajaba restaurando textiles. Pero no sabía nada de la materialidad que estaba detrás de toda esta historia. Esto era algo inédito, de lo que no sabíamos mucho. Empezamos a trabajar en el Casino de oficiales de la ESMA en el 2005, primero por sólo 15 días”, cuenta Cristina Godoy. Detrás suyo, en una pequeña oficina/laboratorio de uno de los edificios de la ex-Escuela de Mecánica de  la Armada, cuelgan sobre la pared fotos que muestran algunos de los trabajos que han hecho desde aquel año en lo que fuera el más paradigmático de los centros clandestinos que funcionaron en el país durante la última dictadura, hoy recuperado como Sitio de Memoria.

“Nos dimos cuenta que no había mucha información ni experiencia previa para tomar. Venimos haciendo un camino propio dentro de la disciplina y queremos que se pueda replicar en otros lugares, por eso es importante sumar más gente a estas tareas”, reclama Valeria Contissa, Licenciada en conservación y restauración de bienes patrimoniales. Desde 2009 trabaja en otro de los Sitios de Memoria de la ciudad de Buenos Aires, en lo que fuera el centro clandestino “Club Atlético”, que había funcionado en el sótano de un edificio que luego fue demolido para construir la autopista 25 de mayo hacia fines 1978 y que recién en el año 2002 fue excavado.

Los datos de la última investigación publicada por la Secretaría de Derechos humanos muestra que al día de hoy se han identificado cerca de 700 lugares vinculados a la represión ilegal; 40 de ellos han sido recuperados como Sitios de Memoria. Pero sólo en los de la ciudad de Buenos Aires hay equipos conformados para esta tarea. El Archivo Nacional de la memoria, del cual dependen y que además tiene otras tareas, cuenta con un presupuesto de 29 millones anuales que sólo alcanza para los sueldos. Mientras tanto, otros Sitios de Memoria del país solicitan colaboración, pero las manos no alcanzan. Por eso el reclamo de estxs trabajadorxs para que haya más presupuesto y personal. “A medida que pasa el tiempo más se deteriora todo. Muchos de estos lugares están abandonados y se pierde la posibilidad de obtener información”, se lamenta Valeria.

La faena es dura. Cristina cuenta que desde el momento en que empezaron a trabajar en la ex-ESMA fue fundamental poder estar acompañadas y conversar acerca de lo que les tocaba vivir “porque emocionalmente es muy fuerte lo que pasó en estos lugares, mucho sufrimiento, pero a la vez es conmovedor poder dar a conocer estas cosas, esta historia”. Allí se han encontrado hasta el día de hoy más de 200 objetos y 23 grafías o inscripciones en las paredes. “Toda las marcas y objetos son pruebas para la justicia”, afirma Stela Gavilán, la otra especialista en conservación que trabaja en la ex-ESMA desde 2005, dando cuenta de uno de los aportes fundamentales de este campo en el proceso de Memoria, Verdad y Justicia. Es que se trata de un trabajo que ha producido un importante caudal de información sobre un período del que no ha quedado documentación oficial y reina un inconmovible pacto de silencio entre los represores.

En el ex “Club Atlético”, Valeria recuerda que uno de los primeros objetos con los que trabajó (de los más de mil que se hallaron en las excavaciones) fue una placa de cliché (o de impresión directa) que se utilizaba para imprimir publicaciones en la década del 70. Poco después, ese objeto fue cimentando una particular historia. “Buscábamos pruebas por la desaparición de un compañero del Partido Comunista Revolucionario (PCR), Manuel Guerra. Fuimos al Sitio de Memoria “Club Atlético” porque allí había un testimonio de un sobreviviente que lo mencionaba. En el laboratorio donde se guardan los objetos, al ver una placa de cliché, la reconocimos como propia, ya que en la imagen se veía una bandera del partido”, cuenta Claudio Balaclav, compañero de militancia de Manuel Guerra. Tiempo después se encontró la imagen de esa placa estampada en una edición del diario del PCR del año 1973, además de actas oficiales que daban cuenta del allanamiento de la vivienda de Manuel luego de su secuestro. El hecho de que el militante desaparecido fuera en aquel tiempo el encargado del área de publicaciones del partido completó una pieza más del rompecabezas. “Gracias a esto, logramos que el juzgado lo tome como prueba para que el caso de Manuel ingrese en la próxima etapa del juicio”, cuenta satisfecho Claudio, dando cuenta de la cantidad de pequeños cabos que en muchas ocasiones es necesario atar para reconstruir lo que pasó durante la última dictadura.

Pero otro punto clave de este trabajo es su costado de reparación y sanación, para sobrevivientes y familiares, en particular, y la sociedad entera en general. “Todo el tiempo que estuve ahí se escuchaba el peloteo de una pelotita de ping pong, como si alguien estuviera jugando, o era una grabación”, cuenta Carlos Leibovich, sobreviviente del “Club Atlético”, y agrega: “En el año 2010 volví de visita y supe que en la excavaciones habían encontrado la pelotita de ping pong. Desde ese día puedo dormir sin el ruido de la pelotita de ping pong en la cabeza”.

Valeria afirma que por cosas como estas “se revierte parte de esa carga tan dolorosa en alegría”, aunque “la materialidad no habla por sí sola, hay que hacerla hablar investigando y contextualizando los hallazgos”.


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