CRÓNICAS DE EX COMBATIENTES


Desde hace seis años, la postal de la Plaza de Mayo incluye un campamento de ex soldados movilizados durante la Guerra de Malvinas, que piden ser reconocidos por el Estado. Mientras miles de personas pasan a diario junto a estas lonas improvisadas a metros de la Casa Rosada, dos periodistas de Eter prefieren meterse en el corazón del acampe para saber qué piensan quienes forman parte de él, cómo viven y qué es exactamente lo que reclaman a 32 años del conflicto bélico.

Por Nicolás Gómez Ivaldi

Fotos: Brenda Fuentes

Los hombres, al menos diez, toman unos últimos mates o juegan al truco antes de preparar la cena. El televisor –de 14 pulgadas y tubos catódicos– muestra el partido de Crucero del Norte con Independiente por el Nacional B, y el toldo corrido de la casucha de lona y maderas deja entrar el viento frío y húmedo de la fuente.

“No hay veteranos continentales, como no hay veteranos insulares. Sólo hay veteranos de guerra que cumplieron funciones. Unos, en las bases aéreas; otros, en las islas”, dice Luis Giannini, líder del acampe que llevan adelante desde hace seis años los veteranos del Teatro de Operaciones del Atlántico Sur (Toas) en la Plaza de Mayo, que buscan ser reconocidos como ex combatientes de Malvinas.

A pocos metros, 17 cruces blancas que colocaron junto a la carpa recuerdan a los caídos del Toas, espacio que abarcaba desde Trelew hasta Tierra del Fuego. Los fallecidos sí son considerados como ex soldados de pleno derecho.

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“Si yo fuese el número 18, mi madre tendría un héroe de guerra. Pero como no morí, no soy nada”, reflexiona Giannini. “Cuando volví –recuerda– mi familia me hablaba de la viejita que había donado un arete: a mí que carajo me importaba. Nos hicieron sentir vergüenza, nos ocultaron. Es una herida que nunca cierra; de la que no se vuelve.”

La plaza está vacía. En el acampe no le temen a los robos. “Nos truncaron la vida; nos quitaron la identidad. ¿Qué más nos pueden sacar?”, dicen.

“En esta misma plaza, los pibes que vinieron a Buenos Aires vieron decirle el 30 de marzo del 82 `basta´ a los militares y el 2 de abril vieron ovacionar a Galtieri. A nosotros, en Córdoba, nos mentalizaron para la guerra”, cuenta Eduardo Ochoa, integrante de la Cuarta Brigada  Aerotransportada de paracaidistas. “Durante el conflicto –explica–, nos hacían tirar al mar, con todo el equipo salvo los paracaídas, para que no se arruinasen por la humedad. También nos hacían realizar saltos de diez metros desde el helicóptero, sin nada. Muchos se rompieron las piernas”.

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El “Negro” Ochoa cuenta que fue parte de la frustrada “Operación Buitre”, cuyo fin era infiltrar a su brigada por aire en la retaguardia de los ingleses: una misión suicida.

“Muchos dicen que fue suerte que la misión no se haya producido; para mí es una materia pendiente. Nunca pude volver de ahí. Quedé marcado”, dice Ochoa, y muestra una cicatriz cerca de su tobillo: “Me prendí fuego la pierna con un tacho con aceite”.

– Y ahí te volviste negro- retruca José, otro ex combatiente, entre risas.

A José le cuesta moverse por su peso y tiene problemas de salud. “Yo –dice- sólo volvería para encontrar a la familia que me dio un baño y me lavó la ropa. ¿Sabés lo que es sentir el olor a jaboncito después de meses de oler a mierda?”.

José dice que se siente más a gusto en el acampe que en su casa con su familia: “No sé si llego al final de esto. Tengo cáncer de pulmón y se me colgó el corazón. Ya estoy jugado. Un día agarro un bidón de nafta y me prendo fuego en la Rosada”.

“Hay que tomar la Casa Rosada”, insiste José.

“Nos cagaron por ley y es por la ley como nos van a reconocer. Hay que mantener el reclamo de modo pacífico”, interviene Ochoa, desde un costado.

En medio del intercambio de opiniones, llega la hora de la picada.

En la mesa se sirve sopa paraguaya, salame y morcilla cruda. “En vez de morcilla, por qué no me chupan la pija”, bromea el Negro. Y entre plato y plato, vuelve la camaradería entre los ex combatientes, al igual que hace 32 años.

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De Trelew para abajo

Por Mailén Fox

Fotos: Brenda Fuentes

Apaciguados por el vino y los restos de achuras del mediodía, ocho cincuentones juegan dos trucos virulentos en medio de un sábado de fin de semana largo. El clima de tensión no cede: dos mesas, dos partidas de cuatro en medio de la sobremesa pública.

No se sabe cómo viene la mano, quién gana o pierde, pero ni bien los jugadores se percatan de que alguien anda por ahí, mandan a uno a ver qué pasa.

La sobremesa es pública, porque los ocho ocupan el lado sur de la Plaza de Mayo; la habitan en un acampe desde las entrañas, con vistas a la Casa Rosada. La misma plaza que ha visto amores y odios, alberga un campamento; una medida de fuerza que se tomó como algo circunstancial, pero que ya lleva seis años.

Los ocho jugadores de truco de este mediodía porteño representan a un colectivo de 400 veteranos de Malvinas que se nuclean en el Campamento Toas (Teatro de Operaciones del Atlántico Sur).

Fraboschi

El 25 de febrero de 2008, un grupo de ex combatientes que cumplieron funciones en la costa patagónica durante la guerra de la que se cumplen 32 años tomaron una porción de la Plaza de Mayo. Era su respuesta frente al silencio del Estado a su reclamo por un reconocimiento para quienes “pusieron el cuerpo con los pies en continente”.

“Los vivos y muertos en las islas fueron reconocidos; los vivos y muertos en el mar, también; los muertos del continente fueron reconocidos, pero los vivos no”. Ese es el argumento del acampe, tal como explica Sergio, ex soldado de 52 años, que viene desde La Matanza.

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El conflicto por el reconocimiento comenzó en la década del 90, cuando Carlos Menem sancionó la ley que reconoció a los ex combatientes que habían luchado en las islas y en el mar, conjuntamente a los 17 muertos en tierra continental, y dejó afuera a quienes formaron parte del TOAS. Los argumentos esgrimidos fueron cuestiones presupuestarias y la falta de aval del Estado Mayor de cada una de las fuerzas.

“De Trelew para abajo”, es el criterio que se repite una y otra vez en el relato de Sergio, quien dice que se enganchó en el acampe seis meses después de que arrancara. Distingue su identidad de los que estaban en el aire, en el mar o en las islas, pero también de los que cumplían servicio de Trelew para arriba. Cuenta que se organizaron a partir de la negación del Estado a reconocerlos tanto mediante los subsidios en forma de pensión vitalicia como a través del tratamiento simbólico del sector al que representan.

Ellos, los ex soldados que cumplieron funciones entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982, ya consiguieron el respaldo de los libros de guerra que había pedido el ex presidente Néstor Kirchner para reconocerlos. Pero el resto sigue pendiente.

Por eso sostienen el acampe y se convirtieron en parte del statu quo de la plaza.

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Hoy sólo esperan que desde la Casa Rosada se avance en el tema. “Ya se habló con las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora –dice Sergio-, con Adolfo Pérez Esquivel y con Aníbal Fernández; se juntaron firmas y avales internacionales”. Y con esos avales hacen frente a las acusaciones. “Ustedes no están luchando; están comiendo asado y jugando al truco”, les han dicho. A simple vista, se comprueba lo contrario: frente a una injusticia que hicieron carne, se plantaron. Lo hicieron organizados. Nada salió a las apuradas, porque saben que la disputa no es simple: reclaman un reconocimiento material y simbólico en el marco de una guerra más de 30 años después permanece en un lugar incómodo para los políticos, los historiadores y la sociedad civil.

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Moco

Algún día alguien se debería prender fuego en La Rosada, o en el Congreso, y si lo propaga mucho mejor.
Las textuales calzarían perfecto en Los Pichiciegos de Fogwill: excelente novela, triste realidad.
¡Muy buena nota!

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