VALPARAÍSO: LOS INVISIBLES DEL INCENDIO


Hace un mes y medio, el mayor incendio en la historia de la ciudad chilena dejó 15 muertos y 15 mil personas sin nada. Lejos de apagarse con las llamas, la catástofre pone al descubierto las desigualdades de una atracción para los turistas.

Por Maro Vidal Varela

Desde el centro, Valparaíso sigue siendo ese laberinto lleno de colores que trepa los cerros hasta perderse en el cielo. Desde las calles trazadas con planificación, del edificio de 7.000 metros cuadrados de la Armada en la plaza Sotomayor, o desde los 3.000 metros cuadrados renacentistas del  diario El Mercurio, nada parece haber cambiado excepto por los vidrios de las lunetas de los autos que mantienen intacta la inscripción: ¡Fuerza Valpo!

El mayor incendio en la historia de la ciudad dejó hace un mes y medio 15 muertos, 3.600 casas destruidas y cerca de 15 mil personas sin nada; esa nada parece algo abstracto, pero incluye la dignidad de una vivienda con servicios sanitarios, el derecho a la escolaridad de los hijos, a la privacidad, a los recuerdos, a los sueños.

Los accesos están cortados al tránsito y aquellos que llegaron con sus autos cargados desde otras ciudades chilenas tuvieron que pegar la vuelta o dejar lo que traían en algún centro de acopio municipal. De todos modos, donde el fuego hizo más estragos, en la periferia del cerro, sólo se puede llegar a pie; no hay trazado, ni calles, ni luz, ni pavimento. No lo había antes del incendio.

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Desde ahí bajaron familias enteras que no cargaban electrodomésticos, ni ropa, sino a sus hijos y a sus animales: gallinas, chanchos, cabras. Son las familias en situación de toma, pero para ellos, que no tiene  título de propiedad, tampoco hay respuestas claras de cuál será su destino. “Me dijeron que donde estaba mi casa no se puede construir porque el suelo es malo, pero a mí me da miedo que nos manden más arriba y que la próxima nos agarre durmiendo”, tiembla Celinda, que vivía con sus tres hijitas y su esposo en el Cerro La Cruz. Por ahora comparten con otras 70 familias un espacio para albergados. Mía, su hija de siete años, dibuja una casa y la llena de brillantina fucsia que es su color favorito. Dice que extraña a sus amigas de la escuela. Ese establecimiento y otro siete permanecen cerrados, la mitad por problemas edilicios a causa de siniestro. Los otros funcionan como albergues para los damnificados.

“Se está vulnerando también el derecho a la educación, porque el Estado no sabe articular la  ayuda que lo sobrepasa, se pisan la cola entre la Secretaría Regional Ministerial (Seremi) y la Oficina Nacional de Emergencia del Ministerio del Interior (ONEMI); es un asistencialismo vertical”, reprocha Pía Gallardo, voluntaria coordinadora de los centros autogestivos de ayuda de Valparaíso.

El espacio de acopio estatal, como el Parque Cultural Ex Carcel tuvo las donaciones hasta el techo y voluntarios esperando por horas sentados en el pasto a que un camión llegara para ser cargado y subir la ayuda a los cerros; mientras, los damnificados salían a vender los alimentos no perecederos, ya que no tenían dónde cocinarlos. “Llegamos mucho más rápido que todas las instituciones y armamos comedores; este trabajo no se puede hacer sólo a base de voluntarios, se necesitan a los pobladores, para que comiencen a reconstruirse”, asegura Consuelo, de la Red Popular de Alimentación Cerro Arriba, una de las organizaciones que coordina la creación de comedores autónomos en los cerros damnificados.

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El fin de semana largo de Semana Santa, las autoridades salieron a pedir en los medio de comunicación que los voluntarios no fueran a la zona de la catástrofe hasta el lunes siguiente, momento en el que comenzarían la remoción de escombros. Lo que no se publicó fue que las fuerzas de seguridad reprimieron una marcha espontánea de palas, encabezada por jóvenes y trabajadores que viven en las zonas bajas de los cerros y querían ayudar a las personas que permanecían en los lotes arrasados, durmiendo bajo plásticos, aferradas a su rectángulo de tierra hasta que Catastro llegara a relevarlos, ya que muchos se encontraron, el día siguiente al incendio, con que otras personas ocupaban sus terrenos.

Teresa trabaja en un hotel del centro, tiene 22 años, y vive en el Cerro Litre con su novio. Afortunadamente su casa no sufrió daños, pero la de su familia sí. Ahora esos siete adultos viven con ellos, en un dos ambientes que alquilan y esperan poder obtener el Bono de Enceres Básicos y un subsidio de arriendo, que prometió el gobierno. Pero los trámites demoran. “Algunos quieren irse más abajo, tiene miedo que les vuelva a pasar, pero nosotros vivimos siempre en el cerro, sabemos que los porteños estamos a la voluntad del viento ¿dónde más vamos a ir?”, confiesa Nelson, de setenta años.

“Casi todas las instituciones estatales son muy burocráticas y demostraron una enorme torpeza al no saber qué hacer, vino muy encima de lo que pasó en Iquique con el terremoto” –decribe Milca Galea, una voluntaria, mientras entrelaza los dedos de las manos en un gesto que parece de rezo o un reflejo que le quedó del espanto de la primera noche­  “Uno caminaba por Valparaíso y se encontraba con los abuelos que evacuaban de los incendios y los dejaban en el hospital, pero como no tenían nada volvían a la calle; las personas se juntaban en las plazas sin saber a dónde ir, mientras las llamas crecían y saltaban de un cerro al otro”.

Parece fácil desviar la atención del conflicto precedente al siniestro, basta con farandulizar un par de historias, como la del bombero que mientras apagaba uno de los focos del incendio veía como otro foco devoraba su casa. O la historia de la casa milagrosa que sigue intacta en medio de los escombros carbonizados de las seis casas colindantes.

“En el último incendio, el 14 de febrero de 2013, se repartieron esas “dos aguas” como vivienda de emergencia que un año y medio después se convirtieron en viviendas permanentes”, denuncia Rodrigo Letelier, director del Centro Cultural Trafón. Asegura que ellos deben ser facilitadores de ayuda para la reconstrucción de Valparaíso, por los habitantes de Valparaíso.

Como contracara, la primera respuesta estatal fue la construcción de 1.000 viviendas de Techo Chile, un rectángulo de seis por tres de madera inflamable, sin servicios sanitarios, sin aislantes, sin luz, sin gas, sin nada. El intendente de Valparaíso, Ricardo Bravo, aseguró a un diario local que están haciendo todo lo posible, que se han entregado 1.500 viviendas, pero se han levantado menos de la mitad debido al mal estado del terreno y la falta de mano de obra. “Se está sometiendo a la gente a vivir como ratas, en un cajoncito de manzanas, en lugar de capacitarlos para que desarrollen proyectos a través de las universidades que tengan que ver con la bio­construcción. Es fundamental la educación para que puedan romper con ese karma que es el de ser pobre y no instruido”, reclamó Letelier.

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Sólo quienes cuentan con recursos propios están levantando sus casas de nuevo, y corren contra reloj, porque en junio se inicia la temporada de lluvias y toda esa vegetación que sostiene el agua en las pequeñas quebradas de los cerros se va a encontrar con un suelo arrasado. Temen que esto provoque aludes de barro.

“Algunos se están sectorizando, se dividen entre los que tienen documentación de sus terrenos y quienes están en situación de toma, y eso grave, porque fragmenta en lugar de unir”, se lamenta Letelier.

Aun así, hay quienes creen que frente a esta catástrofe, y con este gran número de voluntarios, puede renacer el sentido de comunidad y de pertenencia a una red de apoyo, que le permita a la ciudad no sólo restituir lo perdido, sino también, dar un salto cualitativo en las condiciones de vida de aquellos que sobreviven en la periferia, atendiendo a sus derechos como individuos y ciudadanos. Quizás, logren una reconstrucción en la que todos los actores sociales, públicos y privados, cooperen multiplicando capacidades y ya no exista una periferia mal trazada e invisible, oculta detrás del boom turístico que vive, hace años, Valparaíso.

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Juan Pablo

Excelente punto de vista. El que vale, el de la gente que sufre la realidad.

María

Qué trsiteza…me quedo con la esperanza del fin del artículo: “Quizás, logren una reconstrucción en la que todos los actores sociales, públicos y privados, cooperen multiplicando capacidades y ya no exista una periferia mal trazada e invisible, oculta detrás del boom turístico que vive, hace años, Valparaíso.”

Eleonora

Gracias por acercarnos al sufrimietno de nuestros hermanos chilenos. Ojalá no se los ovide, cuando el tiempo tome distancia de esta catástrofe.

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