DE ALMACÉN A COMEDOR

Natalia tenía un comercio al frente de su casa en el barrio Cuartel V de Moreno. En 2019 notó que los clientes no podían pagar los alimentos, que le pedían fiado o le rogaban un plato de comida. El hambre de sus vecinos la determinó a dejar de vender y pasar a cocinar una olla que alimenta a más de 170 personas en el conurbano bonaerense.

Por Lucía Ávalos

Hay olor a tierra, no es el típico aroma que queda después de que limpian las veredas o cae una llovizna, es solo olor a tierra acompañada de una nube de polvillo que invade las fosas nasales. La peluquera del barrio cierra una de las ventanas de su casa sin antes decir por lo bajo: “Boludos”. Son las once y pico de la mañana, el sol pega fuerte y como cada sábado un grupo de adolescentes juegan a la pelota en la esquina de Tres de Febrero. Ellos son los culpables de levantar polvo y llenar todo de un color marrón medio cobrizo.

 “¡Dale gil, pegale bien!”, grita Tomás mientras corre desde una de las mangueras que están en el suelo hasta donde está su amigo. Tiene la cara llena de polvo y transpiración. De vez en cuando mira para uno de los árboles en busca de su hermanita Camila, luego de verla sigue jugando. Ella come el chupetín que la encargada del comedor le dio. Cada sábado es lo mismo, es como un ritual: Tomás se encarga ensuciar las casas de sus vecinos y Camila come una golosina en la sombra de la vereda del Comedor Luz Maria. 

En el comedor el día empezó mucho antes. Nati, la dueña, se levantó a las siete de la mañana para empezar a organizar las cosas. “Estamos en pandemia, es todo más difícil”, comenta mientras cuenta los paquetes de arroz que le quedan en las cajas de cartón, solo hay tres. Eso no va a alcanzar para las 170 viandas que hay que hacer.  El comedor/merendero abrió en 2019. Primero era algo chiquito, Natalia tenía un almacén y a medida que pasaba el tiempo empezó a notar que en el barrio había muchas necesidades. Nati dice que la zona está olvidada, que Cuartel V es la parte fantasma de Moreno, que hay hambre, mucho hambre. Los vecinos del barrio le pedían comida fiada o le rogaban, con vergüenza, que por favor les diera algo para comer. No podía quedarse con los brazos cruzados. Armó precariamente unas mesas con unos tablones de madera y les daba de merendar a diez chicos todas las tardes, luego pasaron a ser veinte y después casi cincuenta. 

Para el segundo semestre del 2019 el 53 por ciento de niñas y niños eran pobres, y de repente llegó el Covid-19. “Cerré el negocio”, cuenta Natalia. Con la primera fase de cuarentena obligatoria decidió que tenía que bajar las cortinas de su local para poder enfocarse a pleno en el comedor. “Ya no era solo darle de comer a los niños, sus papás por ahí no podían ir a trabajar y era un plato más. Lo necesitaban, y lo siguen necesitando.”, dice. Nati agarra una y otra vez el celular, lleva el pelo rubio atado en un rodete y una calza negra con puntitos rosas. Ya son las nueve y todavía no llega el auto con la mercadería que unos donadores le están mandando. Hoy toca cocinar milanesas con arroz. El comedor se sustenta así, sin ayuda del Estado, solo de agrupaciones como Fundación Sí, quienes estuvieron el 27 de octubre, y la olla popular móvil de La Juana Azurduy. Agustin, el hijo de 17 años de Nati recuerda con emoción el día que la olla popular móvil llegó al barrio Anderson: “Vinieron a hacer la fila desde las nueve de la mañana. Ese día pudimos dar más de 600 viandas. Pudieron comer 600 familias”. 

Cecilia, una de las voluntarias que tiene el comedor, empieza llenar de agua unas botellas de Coca-Cola vacías que tienen agujeritos en las tapas hechos con clavos calientes. Pone dos abajo de su antebrazo derecho y las pega a su cuerpo, las otras dos las lleva agarradas en la mano izquierda. Baja las escaleras oxidadas en forma de caracol de la casa de Nati, le pide a su hija que la ayude. “A los chicos les gusta jugar al fútbol mientras esperan la comida”, cuenta Cecilia, también dice que le piden que jueguen sobre la calle Granaderos ya que está asfaltada, pero a ellos les gusta jugar en la tierra y ensuciar toda la ropa. 

El “comedero”, como se le dice vulgarmente en el barrio, está a dos cuadras de la Avenida Saavedra Lamas  y a cuatro de “las casitas”. Las casitas de José.C.Paz son una viviendas que el gobierno inauguró en 2008 para personas que necesitaban una casa digna, pero gran parte de ellas aún no están terminadas y fueron tomadas ilegalmente en 2018. Josè. C. Paz es un municipio donde existen 37 asentamientos y un 12 % de la población, es decir unas 31.917 personas, no tienen cubiertas las necesidades básicas según el Observatorio Metropolitano. “¿Cómo le vamos a negar la comida a ellos? cruzas Lamas y es Josè.C.Paz, pero el hambre no entiende un carajo de ciudades, intendentes y esa mierda”, dice Cecilia mientras deja chorrear el agua de las botellas sobre la tierra de las calle o para intentar que los vecinos no se quejen por la mugre que levantan los pibes. 

—¿Qué pasó con lo de la nena que se quemó la cara?— pregunta Romina, otra de las voluntarias. Está poniendo en agua  uno de los paquetes de arroz que Alan trajo como donación hace más o menos media hora. 

—No se quemó,—aclara Nati —le tiraron gas pimienta sin querer. Le recetaron Platsul, una donadora nos depositó la plata para que podamos comprarlo.

El comedor no solo se encarga de hacer que muchas familias tengan por lo menos una comida por día, sino que también intenta involucrarse en todo lo que pueden. Si una piba fue rociada con gas pimienta, intentan conseguir la crema para las curaciones. Si un bebé necesita pañales, intentan conseguir esos pañales. “Crecimos acá”, dice Nati, entre comentario y comentario también explica que para ella hay que curtirse en la calle para entender la realidad. “No es lo mismo que venga una cheta de un country a traer un paquete de fideos una vez por mes a que el vecino que por ahí no llega a fin de quincena nos de una curita”, dice y agrega: “La gente con plata viene a ayudar y se olvidan de esta realidad, en cambio los que nacimos en la pobreza no queremos que nuestros chicos pasen el hambre que pasamos nosotros”. Este año el gobierno presentó el mapa de la nueva pobreza infantil, son más de 110.000 los niños que padecen desnutrición en Argentina y según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de Naciones Unidas, hay más de dos millones de Argentinos con déficit alimentario. 

Ya son las doce del mediodía. Hay olor a tierra. Nati no se queja, se pone un barbijo negro, guantes y lleva en la mano un cucharon de madera para servir el arroz en las bandejitas transparentes. Tomas, él pibe que juega al fútbol mientras mira a su hermana, se tira al piso para recuperar una pelota. Nati se ríe y dice que él siempre quiso ser jugador de fútbol. El hijo de Nati va hasta donde están los pibes jugando y les dice que van a empezar a dar la comida, pero ellos le preguntan si se copa para unos penales rápidos. La fila avanza, son dos cuadras de cola para poder llevarse dos milanesas de pollo y un poco de arroz en un recipiente de plástico. Algunos chicos traen ollas en las mano, si sobra por ahí pueden darles un poco más. 

—¡Pendejos, ya está la comida!— grita Cecilia, es bajita y tiene el pelo teñido de rojo, la mayoría de los chicos que asisten al comedor le dicen “ma”, y a ella le encanta. 

—No les digas pendejos— le dice Nati sirviendo una bandeja, se la da a una nena de más o menos siete años, también le da un chupetín.

—Son pendejos Nati, miralos todos chivados los boludos, la próxima les podríamos dar jabón en vez de caramelos— contesta Ceci riendo —¡Mirales la ropa!, los van a matar en las casas.

Tomás mira una vez más a su hermana y le hace un gesto con la cabeza, ella asiente, agarra su mochila rosa, saca una ollita de aluminio, también agarra un barbijo con florcitas y se lo pone. Él se pasa el brazo por la cara, tira la cabeza para un lado, sorbe la nariz y escupe en el suelo. Se pasa las manos llenas de tierra una y otra vez por el pelo queriendo peinarse mientras camina hasta las mesas donde están las ollas del arroz y las bandejas con las milanesas. Nati apunta su propio barbijo, Tomas arruga la cara, toca sus bolsillos buscando algo y le sonríe a Nati llevando los hombros hacia arriba. “Enana dame el tuyo”, le dice a su hermana. Camila se saca su barbijo, se lo da, también le da la olla. Tomas se pone el barbijo, ahora si llega hasta donde están las encargadas del comedor. “Gracias ma” le dice a Cecilia cuando le pasa dos viandas, una para él y otra para su hermana. 

—Dame la olla— le dice Nati 

—Pero no termino de dar todavía doña— Tomás mira para la fila. Todavía quedaban algunas personas contra los árboles, que estaban en frente de la casa, esperando su turno.

—Llevale un poco de arroz a tu mamá— le dice Ceci, el chico con el barbijo de florecitas no se queja, no dice ni “a”, solamente le pasa la olla. 

Nati llena la olla hasta el tope, sabe que a veces la mamá de Tomás no tiene para comprarse un té. Él agacha la cabeza, parece avergonzado de que le estén dando de más. Quizá cree que no es justo para los otros chicos, pero no dice nada. “Gracias doña, de verdad”, le dice cuando le pasan la olla. 

Según Daniel Arroyo, el ministro de desarrollo social, aseguró que más de once millones de personas recurren a comedores para poder comer en la actualidad. Tomas es uno de ellos. No acepta el chupetín que Nati le quiso dar, pero le sonríe, aunque tenga puesto el barbijo se nota porque sus ojos se achinaron. Se despide con la mano y le hace un gesto de “vamos” a Camila. Pasan por donde están todavía los pibes jugando. “Dale puto, con florcitas ahora”, le grita Juan. Tomas se saca el barbijo y se lo da a la menor. “Callate que el sábado que viene te voy a ganar gil”, le grita a su amigo para soltar una carcajada antes de desaparecer en la esquina de Granaderos.