SE JUEGA CUANDO TODOS DUERMEN


¿Alguna vez jugaste al fútbol con botines con punta de acero? Aquí la pasión no comprende de límites. Estos compañeros viven al revés de todo. Cuando la ciudad duerme ellos juegan al fútbol y desayunan asados. Son corderos atados que visten uniformes de basureros para despuntar el vicio del fútbol.

Por Alvaro Garay (@GarayAlvaro)

[800] Fùtbol 1 (Copiar)

Un arco apunta hacia calle Pichincha. Un lateral corre por avenida Brasil, que limita con el Hospital Garrahan, y el otro con el predio del Polo Circo que levantó Mauricio Macri. Este encuentro no está reglamentado por AFA ni corre como fecha FIFA por más que haya varios jugadores internacionales. Hoy juegan al fútbol los basureros. No existe árbitro, ni tiempo, ni cantidad de goles que indique el final del encuentro porque de eso se encarga la cocción del asado.
Se juntan los jueves a las 4 am; el último turno de trabajo va de 20 a 3. Las reglas están pautadas. Como el arco no se ve a lo lejos dejan al pie del poste una campera con fajas reflectoras mirando al frente para la visión periférica. Solo hay una pelota y hay que cuidarla. Todos visten pantalón verde ¿Y los que no juegan? Son responsables de las bebidas y de hacer los mejores chistes.
“Tenemos los torneos inter-empresas pero esos van los viernes en el predio de camino de Cintura y es solo para veteranos. Muchas veces preferimos organizar más cerca” le cuenta a ETER Digital el delegado Marcelo Churro Carballo, de la base de calle Alberti 1774 esquina avenida Brasil.
Si llueve se suspende y no justamente porque el campo de juego no resista el agua. Es que la ciudad no filtra por tanta mugre que anda flotando y obstruye las alcantarillas. Esos días son cruciales. Una cadena de Whatsapp en el grupo de “Futbol de los jueves” a modo de gacetilla de prensa alcanza para poner al tanto a todos de que el partido se cayó.
El duelo arranca. Hay poca luz. No existen dorsales pero es notorio que el más habilidoso es el más vago. De repente un ajuste de cuentas se lleva la acción. Patada traicionera de un defensor al delantero rival. “Eso es de la semana pasada ¿Te acordás?”. Todos gritan penal pero no exactamente de esos que te hacen cumplir una condena, porque de esos hay varios. Ahora el equipo que patea hacia Combate de los Pozos debe sacarse el chaleco por tirar la bocha a la vereda de enfrente. Es allí que los apodos florecen: Paty, Peter La Anguila, Chichón, Miss Bolivia, Bola ocho. Por momentos es un concierto de risas.
El talento está. El Uruguayo –que no quiere ser nombrado por el apellido– la rompe. Trata de modo diferente a las mujeres y a la pelota. Muta según el escenario. Vestido de verde, a las chicas les promete acción y cosas con su lengua. Y sin remera, a la pelota, le da el cariño que necesita. Diferente al Gordo Paty que, escaso de habilidad, aprovecha la punta de acero para ejecutar los mejores puntinazos con fuerza, velocidad, aunque falto de precisión. El marcador puede ir un millón o dos millones a cero pero eso no importa. Lo importante se cocina al costado de la cancha. “Eh vo´ – le habla a su compañero – echale más coca, está muy suave”, exige el Pájaro, mientras toma de la cintura a la botella cortada.
—¿Por qué te dicen pájaro?
—Porque soy libre, amigo— respondió y dejó ver que tenía pocos dientes.
Pájaro ya no comete la infracción del artículo 17 del Servicio Penitenciario del código de convivencia; sonreír en alevosía.
Pablo Teta Ortega es otro delegado que la tiene clara. Está al frente de la base de Brandsen y Amancio Alcorta, Barracas. Ellos se juntan a las 6 de la mañana pero en cancha de cinco. En total existen nueve empresas que hacen negocio con la basura y sólo siete bases de Urbasur en CABA. “Con Camioneros está todo más que bien, somos hermanos” cuenta.
Muchos llegan a jugar solo unos minutos porque los juanetes se hinchan y duelen al costadito del pie. Todos juegan con el uniforme y con el botín del trabajo, de esos que pesan como una tonelada después de tanto andar, de esos botines con plataforma grandes sin tapones, que no se consiguen en ninguna casa deportiva. Un pibe, apodado Monchi, jugó en Barracas Central, disputó un par de fechas por la Copa Argentina, pero le duró poco; su “jermu” se embarazó.
No llama la atención que el fútbol llame la atención. Los médicos y las prostitutas que merodean el hospital miran el partido. También los atletas anónimos que dan vueltas al parque ven jugar a los basureros. Los cartoneros se arriman a la parrilla para ver si reciben algo más que el calor del fuego. Todos ven jugar a ellos, con sus botines de acero.

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