EL RUIDO DE LAS ESPUELAS


No hay charangos, erkes ni quenas, pero sí un mate preparado, buena predisposición y respuestas con tonada paisana. Francisco Cerro vive solo en un departamento sin muchos más colores que los de un tablero de ajedrez. A punto de cumplir una década como profesional, el volante de Racing asegura que “hay que estar loco” para disfrutar jugar al fútbol. Por eso, estuvo a punto de dejarlo cuando estaba en Quilmes. Por eso, también, estudia derecho como lo hizo su padre, quien combinó sus pasiones más grandes y lo instaló en el Club de Abogados, primer cuadro del ex Vélez.

Por Matías Ciancio (@matiashciancio)

El santiagueño más rebelde de una familia sin rebeldía nació en un verano ochentoso que retrotrae todo a sepia. Un mes antes de ser mayor de edad, bailó su primera introducción de chacarera simple a seis compases: se mudó a Buenos Aires para hacer inferiores en el Cervecero. “No lo dudé ni un momento”. Aquel enganche lagunero de Central Córdoba -de SdE- se transformó en un 5 de quite y presión que ya acumula cuatro títulos con dos equipos. “Yo jugaba con pantalón blanco y así terminaba, no me tiraba al piso ni en pedo. El deporte profesional es muy diferente, exigente, no podés relajarte nunca porque tenés la presión de ganar”. A la hora de contar logros, sonríe con picardía inocente y enfatiza el frote de las manos sobre las piernas. El sol pega en el balcón terraza del décimo piso y Cerro se estira y acomoda el pantalón cada dos frases. El jean no es tan cómodo como la bombacha de campo.
A los 23, Francisco interpretó un interludio de ocho, llegó a préstamo a la institución de Liniers. Con el Fortín, salió campeón del Torneo Inicial 2012, la Superfinal local 2012/13 y la Supercopa Argentina 2013. Cuando enumera lo conseguido, aprieta fuerte el mate y baja la mirada. Transpira como si vistiera una encarrujada. Aunque echó raíces profundas en el barrio del oeste porteño -su hermano y sus hermanas (mellizas) se hicieron hinchas de Vélez-, cambia de tema: “Siempre quise estudiar porque el fútbol se termina muy temprano. A los 35, sos viejo para jugar, pero joven en la vida”. La plena vigencia de su carrera no evita que se desmienta como futbolista. “No me considero un jugador”. Pero, ¿y Racing?
El 5 de febrero de 2014, cuatro días antes del cumpleaños número 26 de Cerro, la Academia oficializó la compra del 90% del pase del santiagueño. Desde su entorno, le dijeron que estaba loco, que cómo iba a fichar para un club atravesado por problemas institucionales, más cerca de pelear el descenso que el campeonato. “Sentí que tenía que hacerlo, siempre tomo las decisiones con el corazón”. Vaya brújula la del mediocampista, quien llegó a la entidad de Avellaneda y una temporada le bastó para tallar su nombre entre los grandes del club. Campeón y a la Libertadores. “Nunca pensamos que se nos escapaba”, dice con los ojos bien abiertos. Fue su chacarera doble con estrofa de doce compases.
Aunque la intención de Cerro es respetar su vínculo con Racing (“Me quedan dos años de contrato y no me quiero ir, ¡estoy chocho!”), los cañones no pierden de vista a las leyes, la tradición familiar. “Quiero recibirme de abogado y especializarme en Derecho Deportivo. Sé que los jugadores tienen muchos quilombos con el tema contratos, por eso me gustaría brindar asesoramiento”. Es que el chacarero siempre regresa a su lugar de origen. Tras competir a lo largo y ancho del país, luego de dejar chatas las suelas de las botas, vuelve para transformarse en maestro y ayudar a otros a bailar como él.

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