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EL NIETO 130


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Luego de recuperar su identidad, Javier Matías Darroux Mijalchuk cuenta los momentos claves que le tocó vivir desde su niñez hasta su acercamiento a Abuelas de Plaza de Mayo.

Por Valeria Silva

El 13 de junio pasado las Abuelas de Plaza de Mayo presentaron en sociedad al nieto recuperado 130. Javier Matías Darroux Mijalchuk encontró su identidad luego de haber sido separado a los cuatro meses de los brazos de su madre desaparecida por la dictadura militar. La desesperada búsqueda de su familia biológica dio sus frutos: Matías pudo volver a ellos y, comprometido con la causa de los derechos humanos, el joven decidió contar su historia con el fín de encontrar a sus padres, algo que todavía el Estado no le devolvió.

abuelas_3-¿Cómo te llevabas con tu familia adoptiva?

-Tuve una infancia que se encontró dividida por un antes y un después del fallecimiento de mi madre adoptiva. Ella falleció cuando yo tenía cinco años. Hasta esa edad yo era muy mimado por mis padres adoptivos porque estuvieron buscando durante mucho tiempo tener un hijo y, cuando me adoptaron, me criaron con un exceso de cariño y de protección. Cuando mi madre adoptiva falleció, me quedé solo con mi papá adoptivo un año. Él se enamoró de una mujer y se volvió a casar. Si bien los primero años fueron muy felices, convengamos que tener tres madres en seis años no es algo muy común para un chico, y yo fui empezando a mostrar actitudes muy conflictivas.

-¿Por qué llegaste a irte de tu casa a los 15?

-Porque la relación se fue deteriorando por cómo se fue configurando psicológicamente en mí la construcción de la figura materna y del abandono. Yo me escapé de las manos de la crianza que me querían inculcar. En un momento, mi padre adoptivo se lo planteó a mi abuelo, que era abogado. Le dijo que yo me estaba yendo de las manos, que no sabía si dejarme bajo un juez de menores y mi abuelo le dijo que no, que le parecía un error. Una vez, un amigo de mi mamá me vio durmiendo en un subte y le comentó a mis tíos que no sabían nada porque a partir de que ella murió estaban distanciados. Entonces, cuando me encontraron mis tíos en Caballito, me llevaron a su casa a dormir una o dos noches, y en una charla me dijeron: ‘Mirá Santi -porque así me llamaba- nosotros a nuestros hijos los educamos bajo ciertas normas y ciertos límites. Si vos te querés quedar acá tenés que respetar los mismos límites que nosotros les ponemos a ellos’. Y mi respuesta fue: ‘Yo no quiero límites’. Al otro día me fuí, por más que me abran las puertas de su hogar.

abuelas_2-¿Cuándo empezaste a considerar que podrías ser hijo de desaparecidos?

-Cuando estudiaba en el secundario la historia me aburría un montón. Sirvo para entender conceptos pero no para memorizarlos, y no me entusiasmaba. Entonces, más grande, cerca de los 20 años, me empezó a interesar la historia desde el lado de lo social y así tomé consciencia de lo que había pasado durante la dictadura cívico-militar en nuestro país. Siendo consciente de que era adoptado y que había nacido en el ‘77 era una posibilidad que mis padres biológicos hayan sido víctimas del terrorismo de estado. Después, hablando con amigos y con mi pareja, me decían por qué no me acercaba a dejar una muestra de sangre que, por las características de mi personalidad y por la fecha de adopción, era posible. Y yo les decía que sí, que podía ser posible, pero que a mí no me cambiaba eso en nada, que estaba bien así. Bueno, pasaron varios años hasta que en 2006, con 30 años, me doy cuenta de que mi postura era muy egoísta. Entonces empecé a ver todo desde el otro lado: quizás que sí había alguien en ese momento que me estuviera buscando hasta 30 años, un hermano, un tío o abuela. Mi postura era muy errada en no acercarme a dejar una muestra, que en vez de hacerlo por mí, debía hacerlo por el otro. Y finalmente fue así, mi tío me estuvo buscando por casi 40 años.

¿Por qué te decían que por tus “rasgos en la personalidad” podrías ser hijo de víctimas del terrorismo de estado?

-Por mi línea de pensamiento. Con mi abuelo discutíamos de política, yo sin ser militante de ningún partido político tenía pensamientos más sociales, tirados un poco a la izquierda, y mi abuelo siempre me hablaba mucho de las cuestiones burguesas, de la meritocracia. Cuando las discusiones terminaban, él decía ‘son los genes’ por las características de mi pensamiento ideológico afín a la militancia de los 70.

-¿Vos pensás que tu familia adoptiva sabía que eras hijo de desaparecidos?

-Nunca tuve ninguna evidencia de que supieran algo.

-¿Cómo te acercaste a Abuelas y cuáles fueron tus expectativas?

-Fui con mi novia, mi compañera de vida. No tenía ningún tipo de expectativas, quizá porque es parte de mi personalidad y cómo me muevo en la vida. Si vos no querés sufrir grandes desilusiones, no tenés que generarte grandes expectativas. Pero sí tenía la certidumbre interior de que mis padres eran víctimas del terrorismo de estado. No puedo precisarte por qué tenía esa certeza.

-¿Cómo fue el proceso cuando conociste a tu familia biológica?

-Al primero que conocí fue a mi tío Roberto, el hermano de mi mamá que, junto con mi abuela -que lamentablemente falleció dos años antes que recuperé mi identidad y no la pude conocer- habían iniciado la búsqueda aportando material genético e información. Una vez que lo conocí, me comentó que conservó por 40 años su línea de teléfono esperando alguna novedad. A partir de ese primer encuentro, de los mates, las charlas y las comidas se fue dando una relación con un grado de intensidad emocional muy alto porque los familiares de los desaparecidos también fueron víctimas del terrorismo de estado. En un momento podemos tener una charla muy cálida, con mucha alegría y, de pronto, en un segundo, los recuerdo te vuelven al dolor, a la tristeza porque fue una época muy fuerte.

¿Te sentiste identificado con tu familia biológica?

-Hubo cosas que me fuí enterando de mis padres y me encuentro identificado con mi papá que era asmático como yo, y con mi madre por los gustos del ajedrez y las matemáticas. Pero yo no sé demasiado cuál era su ideología.

El 5 de agosto de 1977, en el Hospital Alemán de la Ciudad de Buenos Aires, nació Javier Matías. Como lo relató Estela de Carlotto, los padres de Matías, Juan Manuel Darroux y Elena Mijalchuk se conocieron en la Universidad de Morón. Él trabajaba allí y ella estudiaba contabilidad. Luego del nacimiento de su primer hijo, ella volvió a quedar embarazada. La Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad empezó a investigar el caso luego de que el tío de Matías, Roberto Mijalchuk, denunciara la desaparición de su hermana embarazada, su cuñado y el sobrino en mayo de 1999.

abuela-nieto-argentina-¿Qué es lo último que sabés de tus padres?

-Por el lado de mi mamá, poco y nada. Desde la justicia simplemente han llamado a declarar a mi tío para que vuelva a narrar lo mismo que narró tantas veces en diferentes instituciones. Por mi parte, me he acercado a la Universidad de Morón, adonde ella asistía, para poder acceder a la lista de compañeros con los que cursó los primeros años para encontrar y reconstruir desde el relato de alguno de ellos pero, hasta ahora no hay nada.

Por el lado de mi viejo es donde se ha centrado más la investigación de la justicia, porque él tenía una formación militar y trabajó en Prefectura con vínculos en la Marina. Esperábamos que las respuestas las pudiera dar la Marina y el Estado. Se solicitaron expedientes y nos han ido dando información a cuenta gotas, contradictoria. Lo único que se sabe es que él desapareció un 2 de diciembre, en una estación de servicio, con una Chevi celeste que luego fue visto un 26 de diciembre cuando desapareció mi mamá conmigo. Todas las circunstancias llevan a que las desapariciones se dieron producto del terrorismo de estado.

-Al ver que la investigación no avanzaba, ¿qué decidiste hacer?

-Al ver que por la vía judicial esto no estaba avanzando, a tres años de recuperar mi identidad, me comuniqué con Pablo, el abogado que me representa como querellante de Abuelas y le dije ‘no sé qué te parece a vos, pero voy a empezar a escribir sobre mi historia y las de mis viejos para compartirlas por redes sociales, porque al hacerlo público por ahí podemos conseguir más datos para reconstruir los hechos’. Él entendió y en la asamblea de Abuelas decidieron hacer pública mi restitución en la conferencia de prensa, aunque la justicia no haya hecho ningún dictamen en el que el Estado se haga responsable sobre la decisión de mis padres.

-¿Por qué creés que la justicia da tantas idas y vueltas con la investigación?

-No tengo la totalidad de herramientas para tomar una postura sobre eso. Pero sí lo puedo analogar con otras situaciones. Hay un montón de causas que están sin resolver luego de 40 años y la Marina nunca desclasificó los archivos. Lo mismo sucede con causas actuales en democracia: la desaparición de los compatriotas de la causa del Ara San Juan y de Santiago Maldonado, siendo estos hechos mucho más recientes, el Estado nunca mostró una respuesta, pareciera que no hay voluntad política, ya sea del Poder Ejecutivo y el Poder Judicial -organismos independientes que sabemos que no lo son-, y la justicia no da una respuesta en un corto plazo. Imaginate con cuestiones que se dieron más de 40 años.

-Los primero resultados genéticos fueron negativos. ¿Qué sentiste en ese momento?

-Sentí que yo había cumplido con mi parte. Me había acercado y había proporcionado mi ADN, pero en ese momento me explicaron que el banco podría no estar completo porque hay ciertos familiares que no se acercan a la institución para aportar material genético. La que estaba más sorprendida es mi compañera que no podía creer del resultado, ella estaba más convencida que yo sobre mi origen. Igualmente, en ese resultado de 2007 había un 13 o 17 por ciento de coincidencia con algún grupo familiar del banco. En 2008, CONADI (Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad), se trasladó a San Antonio de Areco donde vivía parte de mi familia paterna -por los datos que había dejado mi tío Roberto- y le tomaron una muestra de ADN a mi abuela de mi padre biológico.

-¿Qué cambió en vos el hecho de conocer tu verdadera identidad? ¿Hay un antes y un después?

-El antes y un después en cuanto a la construcción de la personalidad es todo los días, nosotros nos construimos y nos deconstruimos a diario. Capaz muchas veces hay circunstancias o situaciones que nos llevan a procesos de crisis -que los griegos entendían ‘crisis’ como cambio- de cambios más fuertes o más intensos. Pero esto significó una continuidad, no una ruptura, en mi caso por lo menos. Debe ser mucho más difícil vivir una mentira toda tu vida, por ser criado por asesinos o cómplices de los asesinos de tus padres. En mi caso que yo supe desde el primer momento que tenía un origen desconocido. Me viene a agregar un montón de cosas, porque sé de dónde vengo, de mis antepasados.

A raíz de encontrar mi identidad me empecé a involucrar más con personas afines a la lucha por los Derechos Humanos y a acercarme más a la historia, a una parte de la historia que no deja de ser dolorosa.

-Por el camino que recorriste, ¿qué les decís a aquellos que dudan sobre su identidad?

-Es difícil dar un consejo porque cada uno tiene su tiempo y sus procesos personales. Es importante verlo desde el otro lado, desde lo social: ¿qué pasa si alguien te está buscando hace 40 años, que hace 40 años algo le falta porque le arrebataron un hermano, un sobrino o un nieto? Sobre todo en el caso de las Abuelas que esperan encontrar a sus nietos, cada vez están más grandes y todos esperan que encuentren a sus nietos estando vivas. Es muy importante tomar consciencia del otro, yo hasta lo tomo como una responsabilidad civil y ojalá en algún momento se busque la forma desde políticas de estado no solo para aquellos que tienen dudas sobre su origen ya que como fue tan cruel el método de apropiación, es muy probable que hayan nietos cuyas familias les hayan ocultado y criado como hijos biológicos y ni siquiera tienen dudas.


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