EL OTRO MARADONA


Julio César Giménez fue un jugador uruguayo que desempeñó gran parte de su carrera en Argentina. Quienes lo vieron jugar hablan de un talento pocas veces visto, pero al que le faltó un guiño de la suerte para poder plasmarlo por completo en los equipos que jugó.

jimenez hoy

Por Hernán Matías Gérez Torres | @hgereztorres

“Tenían un equipo que era un relojito (…) Ellos sí que eran regulares: tenían a Cúper, a Garré, a Saccardi, al paraguayo Cañete. Y al uruguayo Jiménez (sic), que la rompía” (Diego Armando Maradona, en su autobiografía “Yo soy el Diego de la gente”, sobre el equipo de Ferro del Metropolitano 1981).

Jorge nació en Artigas, al norte de Uruguay. Enumera y relata la vida de jugadores brillantes y amateurs, pero que por variados motivos (parrandas, indisciplinas, y hasta tragedias, entre tantos otros) dejaron truncas sus carreras. Inclusive, él es uno de ellos. Pero también cuenta sobre aquellas excepciones que lograron gambetear infortunios. Una de ellas es Julio César Giménez. Y asegura que era un crack. “Era un espectáculo. Rápido y encarador. De chiquito ya lo veías jugar y sabías que iba a ser futbolista”. Paradójicamente, fuera de Artigas, Giménez no tiró paredes con la buena suerte.
Julito no es alguien que camine por las calles de Buenos Aires y en cada cuadra tenga que sacarse una foto. Sin embargo fue tricampeón con Peñarol y jugó el Mundial de 1974 para su selección; en Argentina, estuvo tres años en Vélez y en 1981 formó parte del mejor Ferro, en donde al año siguiente se consagró con el título del Campeonato Nacional. Además pasó por varios equipos del interior. Con San Martín de Tucumán logró el ascenso en 1988 y se lo recuerda con mucho cariño. Pero también jugó fuera del continente cuando en 1982 fue comprado y cedido a préstamo por el Barcelona. En realidad allí no había lugar para él. El cupo de extranjeros estaba lleno. Uno de ellos lo ocupaba nada menos que Maradona.
“Le sobraba talento”, dice otro Julio, uno que es docente, gordo y canoso de cincuenta años (y socio de Ferro hace treinta y seis). Lo define como “alguien que arrancaba a encarar desde la posición de un 8, pero con gol y asistencia”.
Los hinchas de Peñarol más veteranos recuerdan un partido ante Boca en 1972, por la extinta Copa Atlántico. Fue un 3-2 para el Carbonero. Giménez hizo un golazo con una apilada de argentinos detrás de él. Pero esa noche no se sentía ligero como siempre: una hepatitis lo aquejaba y él perdería un riñón. Y mucho tiempo fuera de las canchas.
A la vez, los de Ferro saben que el título se dio en 1982, pero que la epopeya comenzó un año antes con la obtención de los subcampeonatos del Metropolitano y del Nacional. La formación titular del equipo, entre un año y otro, varía en un solo nombre: Alberto Márcico por Giménez.
“Él era titular, se desgarra y queda un mes y medio afuera de las canchas. Entro yo a jugar por él y al final Timoteo Griguol me dejó a mí” cuenta el Beto. ¿Habrá habido algún tipo de resquemor entre un jugador que ya había jugado un Mundial y uno que hacía sus primeras armas? “Nos reíamos en los entrenamientos. Me acuerdo que él en joda me acusaba a mí de ser su mejor amigo y de quitarle la titularidad”. Pero enseguida aclara: “Julio fue uno de los grandes jugadores del fútbol uruguayo y del argentino también. Un fenómeno. Mirá si era crack, que yo recuerdo una transmisión de Ferro-Argentinos en el ’81: Víctor Hugo Morales avisa que va a entrar a la cancha ‘el otro Maradona’. Y era Giménez”.
Por las dudas, el periodista uruguayo deja en claro su admiración ante ETER Digital: “Un gran jugador. De los más inteligentes y hábiles; de los que mejor comprendían el fútbol. Y mejor persona. Un jugador excepcional, de los mejores que he visto.“
Julio César Giménez tiene como principal déficit no haber logrado plasmar todo su talento en el imaginario colectivo, aunque eso no significa que no haya dejado su huella en la gente, por la brillantez de su juego. Así sucedió alguna vez con Jorge en Artigas, con Julio desde la tribuna, o con el Beto Márcico como compañero. Y también con Víctor Hugo en Montevideo, aquella noche del 15 de junio de 1976, esta vez ocupando el papel de relator en el Centenario: “Uno de los mejores goles que vi se lo relaté a él en un partido de Peñarol y River por la Copa Libertadores de América (victoria 1-0 para el equipo uruguayo). Fue una corrida de veinticinco metros. Es uno de los mejores relatos de mi vida”, dirá uno de los pocos en haber disfrutado a un jugador que podría haber sido Maradona.

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