“HAY QUE REINVENTARSE PARA NO PERDER EL LABURO”


Algunos venden barbijos o alcohol en gel, y otros lo de siempre. Los vendedores ambulantes se la rebuscan para sobrevivir en medio de la cuarentena.

Por Magalí Rodríguez Farías

“¡Uno por sesenta, dos por cien!”, se escucha por los andenes casi vacíos. “Barbijos para toda la familia, de todos los tamaños y colores ¡Elija sin compromiso!”. Los asientos están desocupados y la gente alejada entre sí. Una señora estornuda tres veces y alguien la mira con cierto recelo. Mientras un guarda camina con pasos firmes, pero tranquilos, usando un tapaboca negro que le cubre casi toda la cara. Los primeros rayos del sol empiezan a entrar por la ventana del tren.

Joaquín se había subido en Remedios de Escalada, tiene cincuenta años y lleva puesta una campera cuadrillé con una bufanda bien finita que deja pasar el frío. “Hay que reinventarse rápido para no perder el laburo, no es fácil esto”, dice mirando la cantidad de tapabocas que le quedan en una especie de caja improvisada. Pero Joaquín se las había ingeniado: junto a su esposa cosen y venden barbijos. “Hace ya unos años largos que ando por estos lados, pero tan poca gente a esta hora nunca”. El celular ya marcaba las 7:45 y el tren estaba desierto.

Las medidas que el gobierno de Alberto Fernández había tomado hacía solo unos días atrás, con el motivo de desalentar la circulación de las personas, habían quedado en evidencia en el Ferrocarril General Roca. Así, la situación se vuelve muy difícil de sostener para los trabajadores cuentapropistas, cuyos ingresos están limitados por la actividad del día a día.

El Ministerio de Transporte de la Nación realizó un relevamiento para saber cuántas personas se movilizaron en el área metropolitana desde el comienzo del aislamiento en colectivo, tren y subte. Como punto de referencia, el organismo tomó la cantidad de personas que circularon hasta una semana antes del comienzo de la cuarentena, del 1 al 13 de marzo. Y el resultado fue una circulación promedio de 4.242.450 pasajeros. Mientras que en las dos primeras semanas de mayo el número cayó a 1.055.587, es decir alrededor del 25 por ciento de lo que suele ser un día cotidiano.

El tren está llegando a la ex estación Avellaneda, el silencio es extraño. “Te recordamos mantener al menos un metro de distancia con otras personas. Cuidarte es cuidarnos”, se escucha desde el altavoz, mientras Joaquín que ya había recorrido los vagones de principio a fin vuelve a su punto de origen y gana algunos clientes más. Una mujer le compra dos barbijos con estampa animal print y un joven que recién se había subido también apuesta al producto novedoso que traía: “Vas a ver que la calidad es de diez”, le agrega antes de darle el vuelto.

Así, la venta ambulante se presenta como un mundo muy variado, en términos de edad, niveles educativos, experiencias laborales y también en la organización interna de la actividad. Es un sector que no encuadra dentro de una normativa legal, y un tipo de trabajo distinto a la forma salarial regulada, por lo que va a ser difícil de afrontar en una situación de emergencia sanitaria como la que se está atravesando.

La realidad laboral de nuestro país arroja estas cifras: hay 20,6 millones de personas ocupadas, de las cuales 6,2 millones son asalariados formales privados y 3,8 millones son empleados públicos. Después, según los mismos datos de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL), hay casi 11 millones, de los cuales más de 7 millones son informales y el resto son semiformales (monotributistas sociales, trabajadoras de servicio doméstico).

Después de unos 30 minutos de viaje, sin ningún tipo de interrupción, el tren comienza a descender su velocidad y arriba a la dársena ocho de Constitución. Allí un nuevo grupo de vendedores se está preparando para subir y empezar su viaje, esta vez de regreso al sur del conurbano.

Alan tiene 42 años y está sentado en un costadito de un puesto de comida rápida, de esos que te inundan de olor a hamburguesa. De repente saca el celular del bolsillo del jean e intercambia unas palabras con uno de los trabajadores del ferrocarril: “No puede ser. Mirá, no bajó nadie”. Entra al último vagón con sus cajas de golosinas y con una voz que pareciera que sale de lo más profundo de su cuerpo: “Ricos y deliciosos los alfajores triples rellenos de dulce de leche, lleve uno por treinta, dos por cincuenta”, empieza su jornada de trabajo. Aunque los asientos estaban vacíos otra vez.

Hace más de diez años que Alan, con lluvia o en pleno enero, se encarga de tener vendido todos los alfajores triples y los tubitos de gomitas azucaradas que compra a primera hora de la mañana en una distribuidora de su barrio.

“Hay muchos pibes y pibas para pocos lugares de trabajo”, relata Alan. La venta ambulante es un tipo de economía informal y selectiva en la que no hay lugar para todo aquel que quiera entrar, entonces los elegidos son pocos y la selección se hace a través del “nivel de confianza” que se tenga con aquella persona. Esto hace que en situaciones como la actual, los vendedores no quieran abandonar sus puestos de trabajo, más allá porque sea su única fuente de ingresos, sino también por el miedo a no poder volver más tarde.

Según un informe del Ministerio de Transporte, en 2019 viajaron en las siete líneas metropolitanas (Roca, Sarmiento, Mitre, San Martín, Belgrano Sur, Belgrano Norte y Urquiza) casi 1 millón y medio de pasajeros por día, mientras que en 2015 eran menos de un millón. Este incremento de casi un 60 por ciento significa también un aumento de trabajo exponencial para Alan, Joaquín y todo el resto de trabajadores ambulantes, ya que “cada pasajero es una oportunidad de venta” para ellos.

Ahora sí, ya habían pasado algunos minutos de las ocho de la mañana, y la gente caminaba sin chocarse como peces atolondrados. Solo había el 20 por ciento de gente que suele haber en aquel lugar; en cambio había cámaras de televisión y algún que otro notero entrevistando al laburante que no tenía muchas ganas de dar sus declaraciones. La pantalla luminosa, que irrumpe con la estética del hall de Constitución estaba ahí, como siempre, indicando cuál era el próximo tren a partir. Pero ahora, por fin los dibujos de las baldosas azules y anaranjadas que se unían entre sí formando romboides se dejaban descubrir en aquel piso de Plaza Constitución.

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