SOLEDADES DE ALTAMAR: EL AISLAMIENTO SE PARECE A LA VIDA DE UN MARINO


En medio de la cuarentena, una joven decide ayudar a su abuela a usar la computadora y encuentra, entre los archivos, el diario de viajes de su bisabuelo, marino y miembro de la tripulación de YPF.

Por Ángela Castillo

Hacía más de un mes que Benito estaba encerrado. El tedio de su día a día se repartía entre las tareas cotidianas, los libros y un diario escrito en una vieja libreta negra de carnicero, que tenía dibujado, a fuerza de punzón, el logo de YPF. Era el 1 de abril de 1956 y en el interior de su camarote, en Birkenhead, el comisario a bordo de un barco petrolero, abrió la primera página y escribió:

“Querida Angélica y queridos hijos:

Hace muchos años que pensé hacer esto. Tuve la primera idea, cuando en el año 1948 me encontraba en Nueva York, separado de ustedes por aquella tan larga temporada.”

Exactamente 64 años después, Ana María, una de las hijas de Benito, también se tuvo que encerrar, pero no en Inglaterra, sino en Argentina. En noviembre de 2020 cumplirá 76 años y por la pandemia del coronavirus no sale de su casa. Así fue como ella, que es mi abuela, me mandó su computadora para que la ayudara a reinstalar el procesador de texto, entre otras yerbas de la era de lo virtual. Lo que menos esperaba era cumplir mi sueño de encontrar ahí un diario. Muchísimo menos, que estuviera transcripto en una notebook, que éste fuera de mi bisabuelo, y encima, que yo estaría en una situación similar a la suya, gracias a que me encontraba en cuarentena. ¿Qué más parecido al aislamiento obligatorio que la vida de un marino, meses rodeado por el mar?

—Obviamente eran travesías de muy largo tiempo… según las épocas eran viajes de cuarenta, sesenta días. Subirse a un barco era estar meses en los que no podía salir a la calle. Era el mar. Y yo, esto de los largos tiempos, lo asocio con el tema de la cuarentena —me cuenta mi abuela, Ana María, en diálogo por videollamada.

Su padre había empezado a navegar en 1937. El primer día que escribió en su diario de viajes, puntualizó los datos que resumen su trayectoria: “Para que alguien pueda, si se le ocurre, escribir la historia de mi vida. Pero no nos hagamos ilusiones”, expresó, sin saber que, más de medio siglo después, su deseo se haría realidad.

El primer barco del que fue tripulación fue el Santa Cruz. El primer lugar que conoció fue el puerto de Mar de Plata, seguido por Comodoro Rivadavia, el río Paraná, San Lorenzo, Santa Fe y Rosario. Ya iniciada la Segunda Guerra Mundial, en 1939, recorrió aguas extranjeras. Conoció Aruba, que tenía la destilería considerada la más grande del mundo, y vio los gajes de la guerra, al participar en el rescate de náufragos estadounidenses del SS John Carter Rose, y holandeses del SS Ombilin.

“Vino la 2ª guerra mundial y salimos al extranjero. La guerra llenaba los mares de náufragos. Pudimos cumplir la humanitaria tarea de recoger a muchos, que de otra forma hubieran perecido.”

Pergaminos “souvenir” en agradecimiento por el rescate de náufragos

Fueron muchos los viajes de Benito. En enero de 1948 lo nombraron 1° Comisario y lo enviaron a Estados Unidos con el objetivo de buscar un barco, el Caleta Córdoba. Aquella fue la ocasión que narró, en la que le surgió por primera vez la idea de escribir un diario.

—Cuando era chica los momentos en los que no estaba papá eran largos, pero mi mamá lo hacía estar presente. Por ejemplo, un disparate, pero cuando él fue a Estados Unidos viajó en avión y en la familia, en aquel momento, nadie lo hacía. Entonces mi mamá, cada vez que pasaba uno, decía: “Ahí va papá”. Y nosotros por muchos años, cada vez que pasaba un avión y papá no estaba, lo saludábamos —recuerda Ana María riéndose de la ocurrencia infantil de su madre.

Su carrera como marino estuvo marcada por el viaje a Nueva York, que también selló el recuerdo de la ausencia en sus hijos. Aunque más que ausencia, Benito estaba presente sin estarlo. De eso se encargó Angélica, maestra de escuela, su esposa y madre de tres niños: Ana María, en su momento de 4 años, Eduardo de 2 y María Victoria, quien nació 2 años después pero creció saludando a los aviones. Sin embargo, extrañar no solo sucedía en la casa que alquilaban en Remedios de Escalada. Aquel 1 de abril de 1956, Benito finalizó el primer capítulo de su diario.

“Mis queridos: supongo que ya estarán en casa, todos reunidos, comiendo o por comer, pues si aquí son las 10 y pico de la noche, ahí recién serán las 7 y pico. Me los imagino a todos alrededor de la mesa, y a María Victoria en su sillita alta, y a mamá repartiéndoles la comida. Y yo aquí, en mi camarote, recordándolos, con mucho cariño y deseando estar  junto a ustedes para compartir esa felicidad.

(No me refiero a la felicidad de comer, que tampoco es de despreciar, sobre todo cuando se tiene hambre, sino a la felicidad de estar reunidos).”

En sus largas travesías, su encierro remoto era móvil. A pesar de estar en su camarote, en las cocinas o en la popa del barco, a pesar de estar rodeado por mares y océanos, las líneas que escribió Benito dan cuenta de que la vida de un marino no eran simples soledades. Eran, también, viajes y recorridos por el mundo, al alcance de paisajes y encuentros que los lugares más recónditos del planeta podían ofrecer.

“Estas soledades, pues lo son en toda la extensión de la palabra, son impresionantes por su belleza, por sus montañas nevadas, por sus cascadas y chorrillos de agua. En el estrecho de Magallanes, se ven algunos glaciares, que llaman su atención por las distintas tonalidades de color que toman según la profundidad del hielo y la forma en la que les da la luz. En toda esta travesía no se ve ni un alma, solo un puesto donde hay un destacamento radiotelegráfico a cargo de dos hombres blancos que lo dirigen. También vienen unos 40 indios alacalufes, últimos sobrevivientes de la gente que antes poblaron estas regiones. Vienen a bordo de sus canoas, a cambiar algunas pieles de lobos, etc. Pero están ultra civilizados… piden whisky.”

Pero para él no era suficiente. ¿Qué podía querer ver un hombre que, alejado de su familia, recorrió tantas aguas y territorios? Incluso en su casa, él nunca dejó de viajar. Devoto solo a su trabajo y a su familia (“la tribu”, como él la llamaba), para Benito la vida en tierra firme fue puertas para adentro, casi la reclusión. Con los pies sobre el suelo, sólo abandonaba su casa con dos propósitos.

Uno de ellos era llevar papeles sobre sus excursiones a la central de YPF. Si uno no conociera la otra de sus pasiones, solo vería un hombre entregado a su labor, como esos empresarios de traje del siglo XXI, respondedores de mail seriales y con el celular adherido a la oreja. O también, uno podría ver a los amantes del arte y de crear, que están meses sin terminar esa obra de la que se enamoraron, puliendo hasta el más mínimo de los detalles. Pasados sus años sesenta, el desarrollo de un cáncer que finalmente le quitó la vida, lo obligó a retirarse. Así y todo, su lealtad seguía intacta.

—Falleció por un cáncer, al principio de pulmón, aunque después le agarró de todo porque fumaba mucho. Tenía hemorragias, por lo que lo venían a buscar para hacerle transfusiones de sangre —explica su hija—. Como vivíamos en un barrio y la gente veía que venían a buscarlo en la ambulancia, cuando llegaba él decía: “Voy a cargar nafta. ¿Qué otra cosa puede hacer un empleado de YPF?”. Y eso quería decir que se iba a hacer una transfusión.

Sin embargo, además del trabajo y la familia, Benito se dedicaba a la lectura. Su escritura y su manera de ver la vida fueron marcadas en gran medida por las letras, cosa que transmitió a su hija mayor, quien luego se convirtió en profesora de Lengua y Literatura.

—Papá llegaba a la casa, se instalaba y todos los demás salíamos, recibíamos amigos nuestros —narra Ana María—. Él se divertía con ellos, pero además de los trámites de trabajo, la única salida que hacía era ir a Lomas de Zamora a una librería, conmigo, a comprar para leer en el viaje y para que yo comprara. Se aprovisionaba de cosas para las travesíasen los barcos. Al estar tanto tiempo separado, llevaba libros, cigarrillos y no sé qué otra cosa, pero más que todo, libros.

Él siempre había sido un hombre de letra y poesías. Hablar de morir era hablar de la dama blanca, la parca, y todos los nombres que los libros le han dado. Pero, como una vez charló con su hija, para quien pasó gran parte de su vida navegando por el mundo, la muerte era asimilada como la situación de naufragio.

—Él lo mezclaba con el destino y el libre albedrío —explica Ana María— Yo le decía que en situación de vida o de muerte, poco vale el libre albedrío si el destino o la situación da para que te mueras, o te ahogues o naufragues. Y él me contestaba que no, que el ser humano siempre tiene la posibilidad de morir puteando o morir diciendo cosas lindas.

Tal vez fuera por su experiencia en el salvataje de náufragos que ante esa idea que a muchos desesperaría, él podía verlo con tranquilidad. Quizás fuera por eso que, en la noche que falleció, confesó a su hija que hubiera preferido morir naufragando antes que en la cama de un hospital.

—Yo le contesté que El Quijote se había muerto en la cama. Murió literariamente.

En definitiva, Benito murió como vivió: marino y lector.

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