Hernán Boyero: historias de un goleador

Hernán Boyero festejando.

El exfutbolista cordobés, nacionalizado boliviano, recordó cuando le regalaban carne por goles metidos y terminó abriendo un comedor comunitario, sus encuentros con Caruso Lombardi y la madrugada que esperó a Diego a la salida de una disco sólo para saludarlo.

Por Nicolás Huapaya y Luciano Israel Castro

Hernán Boyero nació el 30 de diciembre del 79 en Río Segundo, Córdoba. Debutó en Instituto a los 22 años, aunque su primer partido en el fútbol grande fue con la camiseta de Argentinos Juniors en 2013. En nuestro país además vistió las camisetas de Juventud Antoniana, Tigre y Tristán Suarez. En el exterior se desempeñó en Colombia y Bolivia. Hoy, ya retirado de las canchas, trabaja en el negocio de la construcción.

De familia muy humilde, alguna vez reveló que cuando jugaba en Juventud Católica de su ciudad, juntaba chatarra junto a su padre. Fue mago, heladero, vendedor ambulante de sandías y también de bicicletas. Llegó a primera, también estudió para ser Martillero y Corredor Inmobiliario, además de entrenador. Pasen, lean sus historias…

– ¿Cómo fue tu debut en la primera de Instituto?

– El debut fue algo que se me dio muy rápido. Yo tenía 22 años y pensé que ya no iba a subir. Cuando llegaron Carlos Compagnucci y Juan Amador Sánchez me subieron al plantel. Hice una gran pretemporada y sabía que era esa mi oportunidad. Mordí el bozal, arranque de titular y no salí más.

– ¿Es verdad que un carnicero te regalaba falda por gol, cuando jugabas en la Gloria?

– Sí, el día que debuté, volvimos a mi pueblo a comer el asado para festejar y el carnicero me dice: “Hola, Leslie…, así me llaman en el pueblo, escuchamos el partido por la radio. Por cada gol que hagas, te voy a regalar dos hilos de falda”. Cuando empecé a hacer varios goles se sumaron un montón de carnicerías de Alta Córdoba y después, verduleros. Se armó un comedor comunitario que se llamaba “Vamos Los Pibes y Los Abuelos”, en donde llegaron a comer hasta 150 personas ahí en el club Instituto. Fue una linda época.

– Después pasaste por algunos clubes y te fuiste al exterior. ¿Te costó mucho la adaptación al fútbol boliviano?

– Me tenía que adaptar a dos cosas: a la altura y al ritmo de ellos. A la altura no me adapté nunca durante los siete años que estuve y adaptarme al ritmo de ellos, fue rápido porque yo venía de uno mucho más ligero.

– ¿Por qué te nacionalizaste boliviano?

– Porque tuve la posibilidad. Me parece un excelente país. Tengo un hijo nacido en Bolivia, lo que me ayudó con los papeles. En un primer momento tuve la idea de quedarme a vivir allá hasta que salió la posibilidad de venir a Argentinos Juniors y ya me quedé acá, pero no descarto la idea de ir a vivir a Santa Cruz de la Sierra en un futuro.

– Hasta tuviste la chance de jugar en la selección de Bolivia…

– Sí. Tuve la posibilidad de jugar en la selección boliviana. Los papeles tardaron casi tres años para nacionalizarme y cuando al fin llegaron, yo estaba mal de la rodilla y no me sentía preparado para jugar en una selección. Entonces tuve que decir que no.

– ¿Cómo fue el momento en el que te llamó Caruso Lombardi?

– Con Caruso tuve varias etapas. La primera vez que me llamó fue para jugar en Tigre, pero yo ya había arreglado para jugar en otro club en Buenos Aires y él me llamaba constantemente. Todavía no había dirigido en primera. La segunda vez que me llamó, yo estaba yendo en mi camioneta hacia Buenos Aires, me pidió que nos reuniéramos en un bar y que le dé la chance de charlar un rato. Me convenció.

– ¿Cómo era el vestuario con Caruso?

– Siempre me voy a quedar con lo que nos decía antes de entrar a los partidos. La arenga me hacía salir con los dientes apretados y lágrimas en los ojos. Yo sentía que salía a una guerra. Nos hacía entender que teníamos una posibilidad única de poder ser jugadores de fútbol.

– ¿Te quedó algún sueño por cumplir, en el fútbol?

– No, pero sí me hubiera gustado conocer a Maradona. Cuando estuve en Buenos Aires quería coincidir con él en algún canal de televisión, pero no se me dio. Hasta llegué a esperarlo a la salida de una discoteca que se llama Sunset, porque sabía que él estaba ahí, y no pude verlo.

– ¿A qué te dedicas hoy?

– Fabrico estructuras, galpones, tinglados, naves industriales; todo el tema relacionado al fierro, que es a lo que se dedicó mi familia, siempre.

– ¿Instituto, Argentinos o Blooming?

– En los tres me fue muy bien. Con Instituto, tengo un cariño muy especial porque fue el que me abrió las puertas en su momento para llegar a ser profesional. Con Argentinos, fue sacarme una espina que tenía clavada de ver si podía ser un jugador de Primera División. Y Blooming fue un club que me acogió la mayor parte de mi carrera y estaba tan cómodo en esa ciudad y en esa institución que lo extraño mucho, por eso si tengo que elegir a uno, elijo a Blooming.