LA CAMPEONA PANAMERICANA QUE TERMINÓ UN ACOSO A LAS PIÑAS


La taekwondista Aylén Romachuk, tras meses de recibir cartas, regalos y fotos por parte de un pervertido, terminó enfrentando a su acosador en el medio de la calle.

Por Bárbara Roskin | @barbararoskin

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La cargaba siempre porque tenía una edad en la que las chicas se ponen de novias o empiezan a salir con alguien, pero ella nada. Siempre estaba en otra sintonía, dedicada al entrenamiento. Huía de todos. Todo fue un chiste hasta el día siguiente, cuando Aylén Romachuk salió para el colegio y encontró una carta en el jardín de su casa. Tanto ella como su hermano se rieron por las ironías del día anterior. Ambos pensaban que la carta no era para ella, que se habían confundido de casa. Esa carta fue la primera de muchas que Aylén comenzó a recibir cada mañana. En esas cartas, las describían tal cuál era, daban cuenta de qué hacía, a dónde iba, cómo estaba vestida. A veces, hasta tenían canciones, poemas, dibujos, tarjetas y eran acompañadas por flores. Obviamente, sin firma. La letra era fuerte y particular, en imprenta y tenía faltas de ortografía.

En algunas, el misterioso personaje le contaba sobre su vida, le decía que era su salvación y que había encontrado en ella la razón de sus sonrisas. En otras dibujaba cinco puntos, esos que hacen alusión a los tatuajes tumberos, tal como explicó Eloy Torales, coordinador del Programa Nacional de Criminalística en 2005, en el diario Página 12: “Sobre un mismo dibujo puede haber distintas interpretaciones. El clásico tatuaje de cinco puntos negros puede significar una muerte de policía en la mano derecha o una amenaza si está en la izquierda. Un encierro si está en la espalda o en la panza. Y además que, como otros símbolos, cambian de sentido de acuerdo con viejas o nuevas prácticas o generaciones”. Tras haberse informado sobre el significado de esos puntos, cuando la última campeona panamericana de taekwondo en la categoría de II Dan salía a la calle miraba para todos lados y todas las caras que se cruzaban en su camino. Su casa vivió una revolución: su hermano y su papá permanecían despiertos hasta la madrugada para ver si podían observar justo cuando ese anónimo dejaba la carta, pero nunca lo lograron.

Un día recibió un cd adentro de una cajita. En la tapa estaban escritos los nombres de las canciones que incluía y en un borde, casi arrinconado, había algo tachado. Parecía un nombre, pero Aylén no estaba segura. Por fin lo descifró: “A…Ama… Amadeo Rivera”. Empezó a preguntar en el barrio si esa persona existía y dónde vivía. Los vecinos de Burzaco supieron identificarlo rápidamente como si se tratara de Marcelo Tinelli. “Tené cuidado, ese pibe es de lo peor”, le advirtieron.

En otra oportunidad, volvía de hacer compras y observó que alguien de la vereda de en frente salía del quiosco y cruzaba hacia donde ella se dirigía. “Pensé que podía ser él”, creyó. La alcanzó y caminó a su lado unos pasos, le mostró, sin emitir media palabra, una tarjeta de ositos, esas que reparten en el tren o subte con almanaques donde cada mes es un corazón. Tomó coraje: “¿Sos Amadeo, no?”. A lo que le respondió: “¿Cómo sabés?”. Le explicó lo de las postales diarias y lo del cd con el nombre tachado. Le preguntó de dónde la conocía y dijo que la había visto pasar un día en una escuela cerca de su casa y la siguió.

El chico tenía tez blanca, 19 años, 1.70 metros de altura, pelo desprolijo de color amarillo y ropa descuidada. Vivía a tres cuadras de su casa y ella nunca lo había visto. Luego de ese encuentro escribió más cartas e insistió con que era su amor. Sin más escapatoria, fue a hacer la denuncia con su mamá a la comisaría de la mujer de Burzaco. Amadeo tenía un prontuario: antecedentes de robo, tenencia de drogas y un perfil de psicópata pervertido.

Apareció nuevamente en reiteradas oportunidades. En el gimnasio donde ella se entrenaba y en la esquina del negocio de su madre. Ella le pidió que se fuera, y agregó que ya estaba cansada de sus persecuciones. Amadeo la miró, se puso serio y su mirada cambió. Ya no era la de alguien de baja autoestima o sumiso, su mirada se puso dura y desafiante.

Ella iba al gimnasio cuando volvió a cruzarse en su camino. Aylén, sin dudarlo, mostró sus dotes: “Dejé mi bolso en el piso, lo agarré del cuello y lo crucé hasta la otra vereda. Lo barrí, lo tomé de los pelos, lo traje de nuevo hacia mí y comencé a pegarle en la cara. Sólo podía hacer que lo entienda por las malas”. Dedos marcados en el cuello, sangre en la nariz y la boca. “Me habían quedado los nudillos negros de pegarle, jamás había reaccionado así”, contó ella. No hubo más cartas.

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El jirugui que evitó el robo

A los 19 años, la taekwondista Aylén Romachuk tuvo que enfrentar un hecho posterior al de Amadeo Rivera. La joven iba a entrenarse un domingo a las siete de la mañana. Estaba con su madre en la parada del colectivo, que no pasaba hacía ya veinte minutos. A un costado, sentado en la vereda, intentaba recostarse un vagabundo.

El chico tenía algo en la mano. Un papel de diario. Una botella de cerveza de pico ancho envuelta en su interior. Algo así. Cuando las dos vieron que el colectivo se acercaba, Romachuk agarró su teléfono para mandarle un mensaje de texto a su entrenador.

Enseguida, aquél que se replegaba en el piso pegó un salto de la vereda y apareció junto a ella con su celular en la mano. Ella no recuerda cómo fue que sucedió. El muchacho le pegó en la cabeza a su madre. Cuando vio eso, la taekwondista no se contuvo. Usó su técnica de golpe con el puño, pinchando los dedos de la mano, conocida como “Jirugui”.

“Él abrió su distancia hacia atrás y me pegó en la cabeza”, describió Aylén. Ella, sin haber sentido el golpe, continuó pegándole con el celular en la mano. Lo llevó hasta la mitad de la avenida, hasta que escuchó la voz de su madre que le pidió que regrese ya que el ladrón no había logrado su objetivo. Lo miró y él comenzó a correr desaforadamente. Ella lo siguió a los gritos, hasta que su madre reiteró que lo dejara. No se había dado cuenta, pero tuvieron que darle cuatro puntos en la cabeza producto del golpe del ladrón. Aliviada, Aylen confesó: “Reaccioné porque me di cuenta de que no tenía armas, sino no lo hubiera hecho”.

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