La tarde del sur menos tranquila

Foto de Clara Schajris

A metros de donde ocurrió el asesinato del mapuche Rafal Nahuel en los alrededores de la Villa Mascardi, Bariloche, dos amigas se vieron envueltas en una situación violenta que rompió con la tranquilidad de su viaje de mochileras.


Clara y Catalina estaban sentadas en el tronco de lo que alguna vez fue un árbol más en esa playa del Lago Mascardi. Cortaban zanahorias y cebollas en unos platos que tambaleaban por el desnivel obvio de la naturaleza. El lago brillaba frente a ellas con los últimos rayos de sol que asomaban desde atrás de las montañas. Estaban preparando la cena de la noche. Sus amigos, los que también acampaban con ellas en esa playa encerrada entre el agua y la Ruta 40, se habían ido a buscar leña.

Catalina se dio vuelta porque sí, para mirar otra cosa que no sea el lago por un momento. El paisaje de la ruta no era de lo más entretenido, pero esta no fue la ocasión. Cinco jóvenes con las caras tapadas, de negro, con palos y piedras en las manos, marchaban en fila por el costado del asfalto. Se dirigían a un objetivo. Unos boyscouts que acampaban en esa playa y que hacía unas horas se habían atrevido a pasar a una zona privada para robar leña. Los encapuchados se acercaban cada vez más a donde estaban las carpas. Los jóvenes exploradores empezaron a gritar. “Pará, pará, calmate”, “Nosotros no hicimos nada”.

De repente, en el aire de esa playa patagónica se respiró violencia. Las dos amigas vieron la situación y en menos de un segundo recordaron lo que habían visto unas horas antes en los alrededores del lugar. No muy lejos de ahí, del otro lado de la Ruta, un territorio mapuche se hacía notar con carteles y telas rojas que rodeaban los árboles y aclamaban: “Prohibido pasar, territorio mapuche. Prohibido pasar, territorio mapuche. Acá fue asesinado Rafael Nahuel.” Y la cara del joven, impresa en una fotocopia blanco y negra y pegada en los troncos y medianeras del lugar, como si el rojo y los carteles que gritaban RAM (Resistencia Ancestral Mapuche), no fueran impacto suficiente. Estaba clarísimo que a ese lugar sagrado (y lleno de leña) había que dejarlo en paz.

Las dos amigas empezaron a retroceder espantadas. Dejaron olvidadas las zanahorias y corrieron para alejarse de las escenas de terror que pasaron como una película por sus cabezas. Se imaginaron un posible enfrentamiento con la gendarmería. Se acordaron de las imágenes que habían visto en los noticieros un año atrás con la muerte de Santiago Maldonado, de los jóvenes tapados con los mismos palos que tenían los que habían visto pasar recién. Del hotel incendiado y abandonado que encontraron esa tarde al lado del territorio mapuche, de las camionetas de Parque Nacionales tiradas al costado de la ruta con sus puertas abolladas y vidrios estallados. De la cara de Rafael Nahuel en los árboles y la palabra Asesinato. Todos estos escenarios pasaron como una ráfaga por sus cabezas. ¿Era posible una casualidad tan grande? ¿Las habrían visto a ellas también investigar el hotel incendiado unas horas antes? ¿Podía ser que todos los enfrentamientos que se imaginaron esa tarde llegarían a suceder en frente de sus narices ahora?

Mientras corrían por las orillas del lago, vieron bajar a la zona de acampe a tres motoqueros que también venían tapados y con la actitud de ser dueños del lugar. Clara y Catalina van a mantener hasta el fin de sus días que esas motos tenían algo que ver con los otros muchachos. El imaginario de las amigas empeoró con estos nuevos personajes, que se acercaban de manera lenta y amenazante.

Cuando llegaron a una zona suficientemente apartada, una familia de dos mujeres y tres niños les preguntaron si estaban bien. Ellas contaron lo que habían visto, con las caras aterradas, y el corazón latiendo por el pánico y el mal estado físico. “Deben ser los chicos de la RAM, los mapuches de acá al lado, que no les gusta que acampemos acá”, les contestaron las dos mujeres, con la liviandad propia de una lugareña acostumbrada a los conflictos de la zona. Confirmar que lo que habían deducido era cierto no les tranquilizó el miedo pero ver que a lo lejos el asunto no había pasado a mayores sí. Se sentaron cerca del agua, todavía lejos de su carpa y cocina rustica de troncos, y se abrazaron para sacarse el espanto de la piel.

Caminaron juntas hasta llegar a su zona otra vez. Los boyscouts que tenían la carpa al lado de la suya ahora brillaban por su ausencia. Ese lugar donde antes había una mesa con cacharros y una carpa azul y blanca ahora volvía a ser un espacio más de playa de piedras y árboles. Como si nada hubiera pasado. En ese momento sus dos amigos llegaron con los brazos abarrotados de leña. Les sonreían mientras se acercaban y les gritaban: “¡Miren todo lo que encontramos!”. Clara y Catalina todavía tenían el susto impregnado en sus caras.

“¿De dónde la sacaron?”.