Mujeres que sienten miedo pero que todos los días salen a cumplir con su trabajo. Mujeres que curan, que cuidan, que limpian. Mujeres que, si se presta atención, están por todos lados.

Por Samanta Soraire (@lasoraire)

Nélida Paz viste un ambo azul. Sobre su uniforme lleva un camisolín quirúrgico, las manos enfundadas en guantes de látex, barbijo en la cara, antiparras protectoras y la cabeza coronada con una cofia. Si estuviera en un quirófano podría parecer que está lista para realizar una cirugía, pero está en el hall de un centro médico limpiando el piso con paciente meticulosidad. Detrás del mostrador de la recepción, otra empleada es testigo del silencioso trabajo de Nélida, que corre un sillón individual para poder asear debajo y después lo devuelve a su lugar original. Cuando termine su horario laboral, Nélida deberá desechar la protección descartable, lavarse bien las manos, ponerse su ropa de calle y encarar las tres horas de viaje en colectivo hasta su casa en Merlo. Pero mientras higieniza el hall insólitamente vacío que, en circunstancias normales solía lucir desbordado de gente preocupada y de gente contenta, de gente que charla y de gente en silencio. Las medidas de cuarentena por el Coronavirus lo vaciaron. Nélida ya casi termina de limpiar y debajo del barbijo, quizás, su gesto sea distendido, sereno. “Me gusta mi trabajo, me siento cómoda. Lo mejor es que puedo tener un trabajo. ¿Y lo peor? Nada”, susurra.

Cuando el 20 de marzo el Gobierno nacional dispuso el aislamiento social, preventivo y obligatorio para minimizar el contagio de COVID 19 también estableció como excepción al personal esencial; aquellos afectados a tareas y servicios relacionados con salud, alimentación y seguridad. “El trabajo siguió, hicieron cambios de horarios y nos pusieron día de por medio. Después nos llamaron un viernes a la empresa y nos derivaron a otros lugares. A mí me trasladaron al ICBA (Instituto Cardiovascular de Buenos Aires) cuando cerraron momentáneamente los consultorios del Centro Médico Bazterrica”, cuenta Nélida, trabajadora de limpieza desde hace más de dos años. A principios de marzo se enteró de los primeros casos de Coronavirus y aparecieron los primeros temores cuando vio lo que pasaba en otros países. Por eso cuando el confinamiento se convirtió en obligatorio lo aceptó conforme. “Si es para cuidarnos está bien”, pensó.

Nélida cuenta que había trabajado un tiempo con su hermano vendiendo artículos regionales e insignias patrias en el microcentro porteño, pero siempre estuvo “a cargo de la casa y de los chicos, mayormente”. Los chicos son sus hijos, un varón de 21 y una mujer de 26. “Tuve que trabajar de nuevo porque me separé después de 28 años. Estuve mal mucho tiempo pero pude salir adelante por mis hijos”, dice. Con 48 años se presentó en una agencia para postularse para un empleo y quedó. 

Hoy su día empieza temprano “por costumbre”, su jornada laboral es de 4 horas. Disfruta de  los descansos donde puede conversar con sus compañeras y apuntala económicamente, con su sueldo magro, a su hijo, al que el padre “ni siquiera ayudó sabiendo que empezaba una carrera”. 


Si le toca hacer guardia en la entrada de ambulancias, protegida con barbijo y las manos oliendo a alcohol en gel, apunta con lo que parece una pistolita al personal que se presenta a trabajar. Si la destinan al hall central, espera sentada detrás del mostrador que ahora aseguraron con una mampara transparente. Al principio de la cuarentena, el teléfono sonaba menos, las consultas en guardia y las camas ocupadas en internación se vieron reducidas en un 50% en el centro de salud donde trabaja. Ahora se reactivó un poco el tránsito de personas, las consultas, los comentarios. Pero a Nancy Torres le gusta su trabajo. A pesar del tipo aquel que le preguntó cómo podía atender “con esa cara de bruja”, después de que tuviera un entredicho con su esposa. O de la tristeza que siente cuando ve hijos llorando las muertes de sus mamás. Cuando trabajaba en comercios le decía a la gente dónde ubicar las prendas (si ahora le parece hasta frívolo), pero en la actualidad contiene a los familiares de los pacientes que la luchan. Y pone límites cuando la gente no entiende que no puede entrar más de una visita a la vez. 

Algunos, después del alta, vuelven a los controles y se hacen un ratito para venir a saludarla. A veces, le preguntan si los recuerda. “Ese es mi mayor reconocimiento, mi satisfacción más enorme”, dice. Y por eso se alegra de dedicarse al trabajo de seguridad, aun cuando signifique convertirse en personal esencial y eso la obligue a correr riesgos bajo esta pandemia.

Según la Cámara Argentina de Empresas de Seguridad e Investigación (CAESI), el sector de seguridad privada emplea a alrededor de 140.000 vigiladores, aunque se estima que este número es de casi 200.000, dado que se calcula que cerca del 40% trabaja en la informalidad.

Nancy hace 16 años que se desempeña en este rubro: “Conseguí el trabajo medio así, a lo desesperada. Me separé de mi marido, una amiga trabajaba en seguridad y me recomendó. Me presenté, volví a casa sin ninguna expectativa, porque nunca había trabajado de esto, y cuando llegué mi mamá que estaba cuidando a las nenas me dijo que me habían llamado y empezaba al otro día. Contentísima fui a buscar mi uniforme y comencé a laburar”. Nancy tiene 56 años y dos hijas de 31 y 26, que son sus grandes amores. Dice que le hubiera gustado ser secretaria bilingüe, de hecho estudió muchos años inglés, pero después se casó y nacieron las chicas.

Si bien las jornadas laborales continúan siendo de entre 8 y 12 horas, con un franco semanal, las condiciones de cuidado han cambiado por el Coronavirus: “El protocolo que nos dieron es usar barbijos, lentes o algún otro protector, lavarnos las manos, hablar con los familiares o los pacientes a través de un vidrio o con una distancia preventiva, siempre. Tomarnos la temperatura cuando llegamos y eso”. Trabajando en un sanatorio es de esperar que surjan miedos: “De las vacaciones vine muy estresada, no sabía lo que teníamos que hacer, cómo proceder, ni si se abría el hall. Después lo fui tomando con más calma. Sí, tengo miedo de contagiarme, capaz que estoy enferma y no lo sé”. Porque las mujeres en actividades esenciales no sólo lidian con su propio cuidado sino también con el cuidado de los suyos: “No veo a mis papás hace dos meses –se le quiebra la voz–. Hablo por teléfono todos los días con ellos pero son grandes. Decí que pudimos festejarle los 80 a mi mamá justo en febrero. Ellos están bien pero yo los extraño, mis hijas también. Hace unos días mi hija, que vive a cuatro cuadras, vino a casa a traerme ropa. A mi otra hija hacía dos meses que no la veía, vino el viernes pasado y me daban ganas de besarla y abrazarla”.

Según el Instituto de Estadísticas y Censos (INDEC) en abril una familia con dos hijos necesitó ingresos por $42.593,98 para no caer en la pobreza y $17.896,63 para no ser indigentes. El salario promedio de un trabajador de limpieza ronda los $18.000, y el de un vigilador privado los $25.000.


Quería ser contadora, así que cuando tuvo que elegir en qué polimodal cursar, optó por el de económicas. Cuatro años le duró el convencimiento, pero cuando llegó al último se dio cuenta que estaba saturada, cansada, que no podía seguir. Hizo un test vocacional con una licenciada: su futuro estaba en la biología o en la medicina. Aprovechó una monografía que tenía que presentar para hacerla sobre un tema que la entusiasmaba; cómo afecta el estrés al sistema inmune. Ya no le quedaban dudas, quería ser médica. A los 24 años se convirtió en la doctora Magalí Gobbo y cree que desde el CBC sabía que quería seguir cardiología. Después, el internado de un año y un sopapo de realidad: “Cuando salís de la Facultad tenés un título pero no sabés nada, contás con un cúmulo de información, pero ignorás cómo pararte frente a un paciente”. El destino obligado era la residencia, rindió y por buen promedio pudo elegir en qué hospital de la Ciudad de Buenos Aires formarse: el Ramos Mejía. Pero vivía en San Justo, lo que la obligaba a viajar entre hora y media y dos, de ida y después de vuelta. Si hasta se alegraba de tener guardias porque eso le permitía dormir algo más. La carga horaria y la presión de la formación era tanta que al grupo de tres residentes que formaba le decían “Las Lloronas”, por cómo terminaba alguna de las tres después de cada pase de guardia. Después fue jefa de residentes y cuando terminó la jefatura comenzó como fellow para especializarse en cardiología nuclear. Ahí pudo desarrollar la parte de investigación que antes no había hecho. También hizo la especialidad de medicina nuclear en la UBA y ahora está haciendo una beca nueva en desarrollo de medicina nuclear en PET CT. 

“Hoy disfruto mucho, tanto lo asistencial como lo científico, de investigación y de publicaciones. Mirando para atrás veo que la carrera en algunos momentos se padece. Renunciás a mucho tiempo con tu familia, con tus amigos, con tu pareja. Pero estoy totalmente convencida de que elegí bien. Me encanta lo que hago, voy todos los días contenta a trabajar y apuesto a seguir creciendo en mi profesión”, dice. 

Magalí se enteró en enero de la existencia del Coronavirus COVID19, pero jamás se imaginó que la pandemia sería de esta magnitud ni que traería aparejados enormes cambios en el país. No obstante, como agente de salud, está conforme con el plan implementado por el Gobierno: “Creo que la cuarentena administrada es una gran decisión para controlar el número de casos y no colapsar el sistema sanitario de golpe como pasó en Europa”. Toma todas las medidas de cuidado, usa protección en todos sus trabajos, se lava las manos permanentemente pero no se obsesionó, no es de las que lavan todo con lavandina. Magalí admite que algunos protocolos fueron flexibilizándose con el correr de los días: “En mi ámbito laboral en principio se hicieron grupos pequeños de trabajo, pero actualmente ya son más numerosos y no fijos. Creo que la crisis económica hizo que se priorizara más el trabajo que el cuidado. Claramente no estoy de acuerdo, pero son las condiciones que imponen nuestros empleadores”.

Una de las ocupaciones más feminizadas es la medicina, junto con las relacionadas a la educación. En un informe realizado en 2018 por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo se observó un crecimiento notable de la participación femenina en las diferentes áreas. Mientras que en 1980 3 de cada 10 puestos eran ocupados por mujeres, en 2016 ellas alcanzaban el 59,3% de representación. Así lo consigna Magalí: “En la medicina, en los últimos años, predomina el sexo femenino. Ya desde la facultad la mayoría de mis compañeras eran mujeres. En cardiología también. En todos mis lugares de trabajo somos mayoría”.

Sin embargo, según el informe de la PNUD, el crecimiento de la presencia de mujeres en el área no ha logrado dar solución a la desigualdad de género: la brecha de ingresos mensuales entre las y los profesionales alcanzaba el 19,6% en 2016, y no se identifica una reducción en los últimos años.

En relación al acceso a puestos de decisión, los varones siguen ocupándolos y la brecha entre el porcentaje de trabajadoras y el de las que acceden a lugares de jefatura y dirección aún es amplia. Se experimentaron mejoras entre los años 2003 y 2016, aunque no han sido impulso suficiente para promover la paridad en las tareas de mayor responsabilidad y jerarquía. 

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