Las siete vidas del hotel Gondolin 

La resiliencia como forma de vida en la comunidad travesti trans que habita esta casona del barrio de Villa Crespo.


El 20 de junio, una gran bandera desplegada sobre la fachada azul del hotel muestra el orgullo que sienten de ser argentinas: “Nosotras tenemos una única bandera, la celeste y blanca, somos patriotas“, dice Zoe, mientras prepara un locro conmemorativo. Ella es la principal referente y Presidenta de la Asociación Civil sin fines de lucro que administra en forma autogestiva el Hotel Gondolín, exclusivo para la comunidad  travesti-trans. Días como éste preparan comidas típicas para compartir con antiguas habitantes con las que mantienen lazos afectivos, con colaboradorxs de la casa, amigxs, vecinxs.

El Gondolín fue cambiando con el tiempo. En los años 90 era una pensión familiar. En un momento, el propietario de ese entonces dejó de alquilar sus 20 habitaciones a familias de escaso poder adquisitivo. Optó por alquilarlas, en su lugar, a mujeres travestis y trans, estigmatizadas por la sociedad y rechazadas en otras pensiones. Les exigía valores muy superiores y pagaban sin protestar. El dueño del Gondolín descuidó su mantenimiento, y así el edificio de tres pisos llegó a límites peligrosos, al borde del derrumbe. Esto provocó la rebelión de las habitantes, que resistieron un intento de desalojo, lograron permanecer en el lugar y comenzaron a escribir su propia historia. 

El sábado 4 de junio de este año, en las penumbras de las seis de la mañana, el hotel Gondolín sufrió un atentado: “El Messi nomás estaba dentro de la habitación; las llamas salían por debajo de la puerta”, me cuenta Yamira, casi temblando, un día después de lo ocurrido. Yamira estaba a cargo, ese día, del cuidado de la habitación y de Messi, el perrito blanco  de “Tía Zoe”, como es llamada por todas. Zoe estaba ausente, había viajado a Salta para visitar a su  familia biológica. 

Ese sábado Yamira había regresado a las cuatro de la mañana en taxi. Buscó a su perra y a Messi, y los sacó a pasear. En la esquina, por su espalda, apareció un hombre; le ofreció flores.  “Yo no fumo”, respondió. Al regresar, percibió a dos jóvenes parados en la vereda de enfrente mirando  con insistencia hacia el hotel. Se asustó; entró rápido. Dejó a Messi en la habitación de tía Zoe con comida y agua, apagó el televisor y las luces del cuarto. Cerró la puerta.  

A las 6 de la mañana la despertaron los gritos desesperados de la “abuela Marisa”, la habitante de mayor edad:  “¡Fuegoo, Fueegoo!”. Yamira bajó corriendo las escaleras, intentó abrir la puerta.  Sus “hermanas”, también. El picaporte parecía falseado por los intentos fallidos y no consiguió entrar. Temió lo peor en relación al perro Messi. “El chico de arriba logró abrirla”, recuerda. En la oscuridad de la noche, ellas extinguieron el fuego con un matafuegos; la luz se había cortado. La policía llegó rápidamente. Los bomberos lo hicieron unos minutos más tarde, que a Yamira le parecieron eternos.

La expectativa de vida de las mujeres trans es, en la Argentina, de 35 años. La discriminación las arrojó, mayoritariamente,  al ejercicio de la prostitución.

Marisa  tiene  64 años, vive en el hotel  desde hace 18, y está escribiendo su libro autobiográfico que se llamará: “Hoy te lo puedo contar”. Marisa junta sus  manos como buscando protección, y cuenta:  “Para soportar el frío y las agresiones en los tiempos en que ejercí la prostitución, caí en la droga y el alcohol”. En la época de la dictadura fue perseguida, torturada y pasó meses en calabozos. Tuvo tuberculosis, perdió un pulmón. Hoy es una sobreviviente. Recibe una pensión por discapacidad y además es la cocinera del Gondolín por las noches.  La abuela Marisa se siente muy querida: “Otra cosa no puedo pedir a la vida”. Ella se refiere al hotel como el Nuevo Gondolin. 

En 2015 el hotel fue allanado y clausurado, la orden de desalojo estuvo a punto de ser ejecutada. Zoe y Marisa buscaron ayuda. Gracias al apoyo inmediato que obtuvieron de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad lograron la transformación que anhelaban:  la creación de la asociación civil.  “Antes no había organización, no había compañerismo, no había nada. Nosotras cambiamos todo el sistema”.

El Gondolín tiene a Zoe como Presidenta, y a Nayra, como Secretaria. Luego tiene también vocales. Una chica se encarga del pago y cálculo de impuestos; otra, del mantenimiento del edificio; y una más,  de la limpieza de las áreas comunes. Todo es comunitario. Desde que se formó el nuevo Gondolín no se paga alquiler. Comparten los gastos comunes: ABL, luz, gas, Aysa y arreglos necesarios para la casa. 

La encargada de cobrar es Nayra, 34 años. Es salteña. Fue expulsada del colegio en séptimo grado por su identidad de género. En Salta, los fines de semana, apenas salía de la calle era encarcelada durante dos o tres días.  A los 18 años, al enterarse de que en Buenos Aires solo le correspondería una contravención por el ejercicio de la prostitución, decidió venir. Desde hace 12 años vive en el Gondolín. Para ella hubo un cambio sustancial desde el 2015 cuando emergió el hotel en su nueva versión gratuita, organizada y solidaria, “¡El nuevo Gondolín!”, exclama satisfecha. Desde el año pasado trabaja en Vialidad Nacional; el cupo laboral trans le abrió esa posibilidad.  Como secretaria se encarga no solo de cobrar sino también de organizar reuniones cuando viene gente a hacer cursos, y de promover que las chicas participen. El  nuevo Gondolín “está pensado para que las chicas cumplan sus sueños, y también para que piensen qué quieren hacer de sus vidas”, dice Nayra.

Zoe, con cuarenta y seis años, ya lleva 22 viviendo en el Gondolín. Señala que hoy en día cuentan con  muchas herramientas para capacitarse, que tienen mucho mayor acceso a la educación, a la salud y al trabajo en comparación a cómo era años atrás.  Las mujeres trans del hotel fueron excluidas de sus familias de origen, encarceladas en sus provincias y por eso formaron una familia propia. “Marisa es la abuela, yo soy la tía; las demás, hermanas o primas”, dice.  Por el lema del Gondolin: “Unidas y organizadas, nunca abandones tus sueños” lucha todos los días, por ella y por su familia.

El Observatorio Nacional de Crímenes de Odio contra la comunidad LGBT+ presentó su último informe: en 2020, el 84 por ciento  de las  víctimas de crímenes de odio eran mujeres travestis y trans: fueron 184 las asesinadas durante el 2020. Las mujeres trans del Gondolín están expuestas a todo tipo de violencias. El fuego de los pasados días alimenta sus temores. 

Los bomberos especularon que un cortocircuito lo habría provocado; para  las primeras pericias policiales fue  un cigarrillo encendido. Sin embargo, las cámaras de las casas vecinas demuestran, según afirma Ana -vecina y visitante asidua del hotel- la participación de dos hombres que habrían arrojado una bomba molotov.  No hay certezas. Sí hubo una reacción inmediata de muchas organizaciones, que colaboraron de inmediato tanto en lo estrictamente judicial como en recomponer el cuarto ultrajado de Zoe.

La Ley de cupo laboral travesti-trans (ley 27.636/2021) fue promulgada hace exactamente un año, el 8 de julio de 2021. Zoe, casi de inmediato, pudo conseguir un empleo formal, en blanco, así como otras 14 chicas del lugar. La referente del nuevo Gondolín trabaja en Casa de Gobierno desde mediados de julio de 2021 como empleada administrativa. Señala que la ley no exige experiencia previa. Eso les facilita la posibilidad de conseguir un trabajo. La máxima aspiración de Zoe es lograr jubilarse en su trabajo actual; le encanta, se siente muy bien tratada.  

Magui, estudiante de derecho y habitante del Gondolín, se acerca al escuchar el relato de Yamira el domingo 5, el día posterior al incendio. Magui cuenta que vino de Salta sin nada. Está muy agradecida  a “tía Zoe”, ya que le dio un hogar, le facilitó la posibilidad de terminar la secundaria, empezar su carrera universitaria, conseguir un trabajo formal. “Necesitamos tener una vida digna, como todo ser humano”. No entiende el  por qué del ataque de odio a la persona que más hace por conseguir derechos para todas. De repente  la mirada de Magui se pierde, su cuerpo se paraliza; como si estuviera imaginando una escena no deseada, dice: ¡Mirá si hubiera estado durmiendo y se moría incendiada!

Zoe está sentada en el patio del hotel. Toma un aperitivo. Es el mediodía del 20 de junio.  El locro que preparó con tanta dedicación desde las 6 de la mañana está casi listo. Está sonriente, parece contenta. Al regresar de Salta, días atrás, se encontró con su  cuarto sin mayores huellas del incendio sufrido, un colchón nuevo, las ventanas arregladas, su espacio limpio.  Agradece a las chicas que se ocuparon de todo. Messi, su perro nacido durante el Mundial de Sudáfrica, sobrevivió al incendio;  está sentado y mira a Zoe cuando dice:  “agradezco a la vida  estar viva, respirar, despertar cada día”. Aunque  le ofrecieron dos casas  para que no esté expuesta  a nuevas violencias, decidió volver y estar con su grupo de pertenencia, su verdadera familia. Solo lamenta que el televisor quedó dañado, ya que lo utilizaban para uso comunitario. Pide que en esta nota proponga la donación de un televisor. Zoe se despreocupa del atentado: “Todo está en manos de la justicia”. 

Minutos después una gran mesa es desplegada en la vereda de la calle Aráoz al 900. El almuerzo comunitario está por comenzar. El temor quedó atrás.  El Gondolín continúa su marcha. “Y la vida continúa”, concluye Zoe. 

1 comentario

Dejá tu comentario

  • Hay que visibilizar estas historias, tratar de que ellas/os formen parte de la sociedad en la que vivimos, que no haya mas exclusión. Gracias por compartirla.-