LOS DÍAS CON MEMO


Es un día como cualquier otro. Bueno, no. Es un día más de cuarentena. El número diecisiete, en realidad. En la habitación del al lado se escucha la cama rechinar, eso es señal de que “Memo” se ha levantado. 

—Creo que tiene hambre tu tío. Voy a darle de comer —afirma Pablo.

José Guillermo Cruz Ariza, conocido por la familia y amigos como Memo. A sus 18 años se vino a vivir a Buenos Aires. Estudió medicina pero nunca ejerció, en cambio, trabajó toda su vida en la planta de energía hasta que se jubiló. Hoy, tiene 86 años. Vive con su sobrina y con Pablo, su novio, mientras se termina la cuarentena. 

Memo se sienta en un banquito de madera que está en frente de la heladera, la abre, agarra una lata de cerveza y le da un trago. “No cae mal mientras está la comida, chico”, afirma con tono jocoso. Se gira un poco y apoya una servilleta sobre la mesita blanca que tiene al lado, troza un pedazo de pan hasta convertirlo en miguitas y luego se las pone en el balcón a las palomas.

Paso seguido se dirige a la sala, se sienta en su sillón verde claro y mira hacia el piso. Al frente de él hay una mesita de centro, unos pasos más al frente se encuentra una ventana con cortinas de encaje blancas; a su izquierda, hay una biblioteca grande repleta de libros, un tocadiscos, de los antiguos, y un par de discos de vinilo y, a su derecha, un sofá verde oscuro. Cuando está listo el desayuno, Pablo y su sobrina se sientan con él.

—¿Qué decían de mí en Colombia, chica? —pregunta Memo.

—Que eras un buen muchacho, que habías estudiado y que te había ido muy bien —responde la sobrina.

—¿Dijeron que me vine a estudiar? —vuelve a preguntar mientras se lleva una mano a la oreja.

—Sííí… que fuiste muy juicioso —responde Pablo elevando un poco la voz.

—Está bien que tengan un buen concepto de uno —dice Memo riéndose. 

Transcurren un par de minutos en silencio mientras se lleva un par de galletitas de agua a la boca y de nuevo Memo vuelve a preguntar: “Pero, ¿Qué decían de mi en Colombia, chica? Que no me has contado. ¿Qué había sido un buen chico?…”, repite las mismas preguntas una y otra vez, con la misma inocencia, cómo si no las hubiera preguntado nunca. Y se ríe. Se ríe como un nene de ocho años cuando le cuentan un chiste. Se emociona con cada respuesta, las mismas que le dicen siempre porque saben que lo hace feliz. Levanta su vaso de café y brinda a la salud de su sobrina. Toma el último sorbo y dice: “Thankyou very much, my friend”, y vuelve a reír. 

Toma un poco de impulso y se pone de pie. Da tres pasitos y antes de ir a su habitación, voltea y pregunta:

—Pero ustedes, ¿cómo me ven?. 

—Como de 20 años —responden los dos a una sola voz. Y vuelve a sonreír. 

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