En apenas cinco meses de gobierno, el Presidente Javier Milei lleva acumulados más de 140.000 km en sus seis viajes al exterior, de los cuales, solo dos se trataron de cuestiones de Estado. El resto de las excursiones fueron por actividades vinculadas a su ideología política. Su último viaje le costará al Estado más de $500.000 dólares.
En apenas cinco meses de gobierno, el Presidente Javier Milei lleva acumulados más de 140.000 km en sus seis viajes al exterior, de los cuales, solo dos se trataron de cuestiones de Estado. El resto de las excursiones fueron por actividades vinculadas a su ideología política. Su último viaje le costará al Estado más de $500.000 dólares.
El Presidente libertario aprovecha sus minutos de fama para codearse con multimillonarios y líderes de la ultra derecha global. Siguiendo esa misma línea, viajó a Madrid para presentar su libro –que fue retirado de circulación por tener información errónea en la bibliografía– y posteriormente participar de un acto del partido VOX, partido que simpatiza con el franquismo.
Según una denuncia presentada por el legislador porteño, Gabriel Solano, los gastos de movilidad del avión presidencial AR01, un Boing 757 con capacidad para 39 pasajeros más la tripulación, alcanzarían los 500.000 dólares entre combustible y tasas aeroportuarias. Esto, en el marco de un fuerte ajuste hacia las clases medias y bajas, representa una contradicción en la idea libertaria de la austeridad estatal.
El 6 de mayo realizó un viaje relámpago hacia Estados Unidos, donde permaneció solo 36 hs. Una vez más por fuera de la agenda estatal, decidió reunirse con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino; y Elon Musk, dueño de Tesla y la red social X, entre otras empresas. Esta travesía fue la primera que realizó en el avión oficial alegando “motivos de seguridad”. Según publicaron varios medios, los costos de combustible, tasas y alojamiento para Milei y su comitiva superaron los 550.000 dólares.
Previamente el Presidente realizó cuatro viajes al exterior, iniciando por el Foro de Davos, donde alertó que los líderes occidentales “se encuentran cooptados por una visión del mundo que inexorablemente conduce al socialismo”. En febrero viajó a Israel -en medio del conflicto con Gaza- y lloró frente el Muro de los Lamentos. También utilizó el viaje para visitar a la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, y al Papa Francisco en el Vaticano. Durante el mismo mes asistió a la «Conferencia de la Acción Política Conservadora», en Washington, Estados Unidos. País que volvió a visitar en abril para recibir una mención de parte de la comunidad judia Jabad Lubavitch, en Miami. De paso, aprovechó y conoció a Musk.
Entre enero y abril los viajes se realizaron a través de aerolíneas nacionales o privadas en lugar del avión presidencial y, según informó esta semana el Jefe de Gabinete, Nicolas Posse, los viajes a EEUU, Israel e Italia tuvieron un costo de casi 145 millones de pesos.
Infografía de Belén Sobral de la Paz y Flor Valbusa
Desde España, Milei confirmó a los medios que el 27 de mayo volverá a visitar la potencia norteamericana, con el objetivo de reunirse con empresarios tecnológicos de Silicon Valley, como el creador de Meta, Mark Zuckerberg. Esta será la tercer visita a Estados Unidos solo en mayo, una clara señal de a donde apunta la política de gobierno del Presidente libertario.
De los 162 días que lleva al frente del poder ejecutivo, 28 los pasó en el exterior del país, en su mayoría con encuentros fuera de agenda oficial, pero utilizando recursos de la Nación. Cabe destacar que en estos casi cinco meses y medio de gobierno, Javier Milei visitó la localidad de Bahía Blanca -tras el temporal que sufrió en diciembre- donde aclaró que los bahienses debían recuperarse del desastre climático con sus propios medios. En el mismo mes fue a ver una presentación de su entonces novia, la actriz e imitadora, Fátima Flores a la ciudad de Mar del Plata. Durante el mes de febrero viajó a la Antártida y posteriormente participó en Corrientes del décimo aniversario del “Club de la Libertad”. Ya en marzo recorrió la expo agro de San Nicolás de los Arroyos, provincia de Buenos Aires, y en abril recibió a la comandante del Comando Sur de los Estados Unidos, Laura Richardson. Para esta ocasión, sonó el himno estadounidense por cadena nacional, algo inédito para nuestro país.
En estos meses, donde los indicadores de nuestro país muestran fuertes caídas en el consumo de la población y un desmejoramiento en la calidad de vida, pareciera ser que el Presidente piensa exprimir toda su popularidad, al menos, mientras esta dure.
En un contexto atravesado por la tecnología, reflexionar sobre los cambios que enfrenta la escuela ante la irrupción de los dispositivos y la inteligencia artificial es fundamental. Carlos Vigo es Doctor en Educación y especialista en Educación Digital; y publicó en 2025 el libro Educación Digital Integral en la Escuela, escrito junto a Lucas Raspall. Allí propone repensar el rol docente, la formación pedagógica y el acompañamiento a las nuevas generaciones en un entorno cada vez más complejo.
A lo largo de la entrevista, plantea la necesidad de una transformación profunda en la manera de entender la educación en la era digital. Lejos de soluciones simplistas, propone un enfoque integral que combine formación, acompañamiento y reflexión crítica para construir un entorno educativo más consciente y adaptado a las demandas del presente.
-¿Cómo evalúa la situación actual de la formación docente en este campo?
-La formación aún presenta debilidades, pero hay avances. En Misiones, por ejemplo, se están desarrollando propuestas de capacitación específicas en educación digital integral. Es fundamental que los docentes cuenten con espacios de formación continua que les permitan actualizarse y responder a los desafíos actuales. La educación no puede permanecer estática en un mundo en constante cambio.
-¿Cuáles son las principales resistencias que observa en los docentes frente a la incorporación de lo digital?
-La resistencia suele estar vinculada a la falta de formación y al temor frente a lo desconocido. Existe un desfasaje evidente, las instituciones responden a modelos del pasado: muchos docentes se formaron en otro contexto y los estudiantes viven en una realidad completamente digitalizada. Esto genera incertidumbre. Sin embargo, la mayoría de los docentes manifiesta interés en aprender y en encontrar estrategias para integrar los dispositivos en sus prácticas.
-¿Por qué crees que “Educación Digital Integral en la Escuela” es relevante para los docentes?
-El libro surge de una preocupación concreta: cómo abordar el uso de los dispositivos digitales en el ámbito educativo. No se trata de demonizarlos ni de ignorarlos, sino de promover un uso seguro, crítico, responsable y creativo. La escuela no puede quedar al margen de esta realidad.
Proponemos herramientas para que los docentes puedan integrar la tecnología de manera pedagógica, entendiendo que prohibir sin educar no genera soluciones sostenibles.
-¿Cuáles son las edades más críticas en relación con el uso de dispositivos? -Es fundamental limitar la exposición a pantallas en la primera infancia, especialmente antes de los tres años. En cuanto al acceso al primer teléfono, lo ideal sería retrasarlo lo máximo posible. Actualmente, en Argentina, muchos niños acceden a dispositivos propios a edades muy tempranas. Esto los expone a riesgos para los cuales no están preparados. El control parental es importante, pero no reemplaza el acompañamiento adulto.
-En relación con los jóvenes, ¿qué impacto tiene el entorno digital en su salud mental? -Estamos ante una situación compleja. La soledad adolescente es cada vez más frecuente, y eso afecta directamente la autoestima y el desarrollo personal. Las redes sociales, los desafíos virales y la exposición constante generan ansiedad y dificultades en las habilidades sociales.
La educación digital integral debe tener un enfoque preventivo, brindando herramientas para que los estudiantes puedan desenvolverse de manera saludable en estos entornos.
-Se suele hablar de los jóvenes como “nativos digitales”. ¿Qué opinión le merece este concepto?
-Es una idea engañosa. El hecho de haber nacido en un entorno digital no implica que los jóvenes tengan las competencias necesarias para usar la tecnología de manera adecuada. Este concepto muchas veces justifica la ausencia de los adultos, lo cual es problemático. Los niños y adolescentes necesitan acompañamiento, orientación y límites claros para poder desarrollarse de forma saludable en el mundo digital.
-¿Qué lugar ocupa la Inteligencia Artificial en este escenario educativo?
-La Inteligencia Artificial (IA) representa una oportunidad. Ya no se la puede pensar únicamente como una herramienta, sino como un agente que interactúa con los usuarios. El desafío está en recuperar el valor de la pregunta. Para obtener buenos resultados, es necesario saber preguntar; lo cual implica comprensión, pensamiento crítico y capacidad de análisis. En ese sentido, la IA puede potenciar los procesos de aprendizaje si se utiliza adecuadamente.
-En algunos países se debate la prohibición de redes sociales para menores. ¿Cuál es su postura?
-Estoy de acuerdo con restringir el acceso de menores a redes sociales, ya que existen evidencias de sus efectos negativos. Sin embargo, no considero adecuado prohibir el uso de dispositivos en el aula.
El problema no es el dispositivo en sí, sino el uso que se le da. La escuela debe asumir un rol activo en la enseñanza del uso responsable de la tecnología, aprovechándola como una herramienta pedagógica.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Raquel ese día tuvo la posibilidad de mirar a los ojos al torturador de su padre. Lo vió sentado, por fin, frente a un tribunal rindiendo cuentas. Ese hombre, el ex marino Roberto Guillermo Bravo asesinó a tres de los compañeros de su papá e intentó fusilar a Alberto Camps, quién finalmente sobrevivió para contarlo. Ese día era 2 de julio de 2022.
Hoy, Raquel Camps, lleva la voz de su papá y lo hace frente a un tribunal en el Distrito de Florida en los Estados Unidos. La voz de Raquel, al igual que la de su papá, reclama justicia por los fusilados en la Masacre de Trelew. Esa bandera de lucha y de dignidad, finalmente da un paso muy grande en esta historia porque el asesino fue declarado culpable por aquellos crímenes. Lo que sigue será el reclamo para extraditarlo y poder juzgarlo en la Argentina.
Roberto Guillermo Bravo, uno de los militares que disparó y que dio inicio a los tiros.
Décadas agitadas: los eventos que llevaron a la Masacre de Trelew
Las décadas del 60 y 70 estuvieron marcadas por agitaciones políticas y sociales que sacudieron al mundo entero. Desde las protestas obrero estudiantiles del mayo francés en 1968; las manifestaciones masivas en contra de la guerra de Vietnam en los Estados Unidos; la aparición de la píldora; y la minifalda; y el fenómeno masivo del rock de la mano de los Beatles; todas marcaron a una generación que se vio movilizada por estos fenómenos.
Líderes como Martin Luther King en los Estados Unidos quién se transformó en un referente en la lucha por la igualdad de derechos para los afroamericanos, habían optado por la vía pacífica para lograr sus objetivos. Mientras, Fidel Castro, Ernesto “Che” Guevara y Camilo Cienfuegos, como cabezas del ejército rebelde en Cuba, lograron derrocar al dictador Fulgencio Batista y tomar el poder en 1959 por medio de las armas. Estos acontecimientos mostraron que era posible cambiar el orden de las cosas.
Sin embargo, en la Argentina de aquellos años, las dictaduras militares gobernaban el país. En 1955 se produjo un golpe militar que derrocó al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. De esta manera se proscribió a una inmensa parte de la población y el líder del movimiento peronista se vió forzado a un exilio que duró 18 años. Durante el transcurso de este tiempo se fueron alternando gobiernos democráticos con dictaduras. Las medidas económicas antipopulares y la represión constante a las manifestaciones generaron un clima de asfixia en la población.
En 1970 hizo su aparición pública la agrupación político militar Montoneros, con un hecho que conmocionó al país: el secuestro y ajusticiamiento del dictador Pedro Eugenio Aramburu, quien fue presidente de facto en 1955 y era la cara más representativa del antiperonismo.
Luego del hecho provocado, sumado a la movilización obrero estudiantil en la provincia de Córdoba (el famoso Cordobazo), el dictador Juan Carlos Onganía se vió obligado a renunciar y en su lugar asumió Marcelo Levingston que duró en el cargo aproximadamente un año; cuando finalmente asume al Gobierno, el general Alejandro Agustín Lanusse.
Un afiche de la Policía Federal Argentina del 1 de junio de 1970.
Las guerrillas argentinas se mantuvieron muy activas durante aquellos años. Tanto Montoneros, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) seguían sumando militantes y su fama crecía debido a las espectaculares acciones de propaganda que realizaban.
Montoneros fue una agrupación de identidad peronista y cristiana; la mayoría de sus miembros militaban en la Acción Católica y provenían de la clase media. Por su parte, el ERP era el brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), partido político militar de orientación marxista-leninista. Y, las FAR, tenían una identidad cercana al marxismo pero finalmente se terminaron fusionando con Montoneros.
La fuga del penal de Rawson y los fusilamientos de Trelew en 1972
El 22 de agosto de 1972 en la ciudad de Trelew, provincia de Chubut, se produjo un hecho que marcaría el preámbulo de lo que se desarrollaría de forma sistemática a partir del 24 de marzo de 1976. En la Base Aérea Almirante Zar son fusilados 19 presos políticos, integrantes de las principales organizaciones revolucionarias del país.
La dictadura autodenominada “Revolución Argentina” ejercía una presión social sobre estudiantes, trabajadores y militantes políticos. La censura estaba a la orden del día y cualquier manifestación era reprimida con severidad. Las cárceles de todo el país estaban abarrotadas de presos políticos. En el penal de Trelew se encontraban presos los principales líderes de las guerrillas argentinas.
Penal de Rawson.
El 15 de agosto de ese año, un grupo de combatientes de las diferentes guerrillas argentinas tomó el penal de Rawson desde adentro. El plan era minucioso y salió casi a la perfección. Primero, redujeron a los guardias internos (ninguno de ellos estaba armado). A medida que iban avanzando, los líderes de la toma se iban vistiendo con la ropa de los oficiales militares para camuflarse y facilitar el avance.
La otra parte del plan era coordinar la ayuda externa mediante señales que permitieran el avance de los vehículos en los cuales escaparían 120 guerrilleros que esperaban formados en el patio de la cárcel. Pero, un malentendido en las señales hizo que el plan se viniera abajo.
Mario Roberto Santucho (PRT-ERP), en una entrevista para la revista Punto Final de Chile contó: “Se hicieron las señales y, en vez de entrar los cuatro vehículos que tenían que entrar, entró uno solo. De manera que no se pudo sacar a toda la gente. No estuvo bien esa parte de la operación”.
“Los 19 compañeros que ahora han sido asesinados tuvieron que retirarse de la cárcel para alcanzarnos a nosotros. Tuvieron que recurrir a los taxis, llamar a un taxi para tratar de llegar al aeropuerto en orden, y eso no fue posible. Esos compañeros se tuvieron que quedar en el aeropuerto”, siguió.
Estos 19 militantes revolucionarios llegaron tarde al aeropuerto. El avión que llevaba a seis de los más importantes líderes guerrilleros ya había despegado rumbo a Chile. La decisión en caso de que algo saliera mal, ya la habían pensado antes y era rendirse. Los guerrilleros retuvieron a los pasajeros en el aeropuerto, esperaron a que llegaran los jueces y la prensa para tener garantía sobre sus vidas; y luego sí, entregaron sus armas y fueron trasladados a la base aeronaval.
La Masacre de Trelew: como ocurrió
Es la madrugada del 22 de agosto y el sonido del viento es lo único que se escucha en aquel paraje desolado y frío. La quietud del lugar o la pausa del tiempo en aquella base aeronaval de Trelew se ve interrumpida por los gritos de Bravo, Luis Emilio Sosa y otros dos militares que los acompañaban. La orden era que salieran todos a formar en el pasillo. Luego de eso, sin previo aviso, desde uno de los ángulos del corredor empezaron las rafagas de ametralladora.
Alberto Camps, sobreviviente de la masacre contó: “La primera reacción fue mirar hacia el costado, y ahí vi cómo recibía varios tiros (Miguel Ángel) Polti e inmediatamente se zambullía cuerpo a tierra adentro de la celda, cosa que hice yo también y seguían las ráfagas”.
“Cuando paran, se escuchan entonces quejidos, estertores de compañeros, incluso puteadas. Y empiezan a sonar disparos aislados. Me doy cuenta que están rematando”, continuó Camps con su relato. De aquella masacre sobrevivieron 3 de los 19 militantes: Camps,María Antonia Berger y Ricardo René Haidar. Los testimonios de aquellos revolucionarios fueron registrados en una entrevista al periodista, poeta y militante Francisco Paco Urondo. Esas declaraciones fueron fundamentales para condenar a los asesinos.
En el año 2012 son condenados a prisión perpetua Sosa, Emilio del Real y Carlos Marandino por crímenes de lesa humanidad ocurridos en la masacre de Trelew. Mientras, Bravo, en el año 1973, se radicó en los Estados Unidos y aún hoy vive allí.
Haidar, Berger y Camps
Dignificar la memoria de los fusilados en la Masacre de Trelew: juicio a Roberto Bravo
La lucha de los familiares de las víctimas de Trelew en busca de justicia dio sus frutos. Sobre el caso Bravo y el juicio del 2 de julio de 2022 realizado en Florida, Estados Unidos, Raquel Camps compartió: “El jurado de ocho personas, comunes, que ni siquiera conocían dónde queda la Argentina y mucho menos Trelew, lo encuentra responsable. Y esa sola palabra cuando lo dice la persona que lee el veredicto… ¡era como que se abrió una grieta de luz de un dolor demasiado viejo!”.
Familiares de Trelew a la salida del juzgado en Florida, Estados Unidos.
“En ese momento, me desplomé en llanto. Respiré por mí, por mi familia. Por las madres, por mi abuela. Por los hijos de Trelew. Por los que sobrevivieron un corto tiempo como mi papá y buscaron esa justicia. Ahí entendí la sensación de que la Justicia no borra la tragedia, pero dignifica la memoria. Y, aunque hayan pasado 50 años, creo que por un instante, ahí el alma descansa”.
Lo que realmente la conmovió, recuerda, fue lo histórico de condenar a alguien tan importante, protegido por los Estados Unidos. Para ella fue un gesto de quienes los esperaban: “Nosotros cuando bajamos de la Corte a festejar, a desplegar la bandera que no habíamos podido desplegar durante toda esa semana, nos encontramos con dos de los miembros del jurado. Ellos se paran y, sin decir nada, nos aplauden”. Entonces, Raquel pudo dimensionar lo que había trascendido. “La muerte, la espera, la impunidad, el dolor. Las ausencias”, cerró la hija de uno de los sobrevivientes.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
A siete años, el eco de la tragedia en San Miguel del Monte sigue vivo. El murmullo de la laguna se corta de golpe. No hace falta que nadie diga nada. Entre la cumbia que satura un parlante portátil y el ruido de una moto al ras del asfalto, el destello azul de la baliza rebota en el agua y cambia el clima, todo se templa y el ambiente se vuelve pesado. Es lunes por la noche y cinco amigos avanzan a paso de hombre por la costanera en un Fiat 147.
En el pasto, los pibes que se pasaban el mate congelan el gesto. Las espaldas se enderezan, las miradas se clavan en el piso o se cruzan en silencio, y las capuchas suben un poco más. Nadie corre, pero todos calculan la distancia. Siete años después de la madrugada del 20 de mayo de 2019 que partió al pueblo en dos; el miedo ya no es un concepto: es un reflejo físico.
A unos kilómetros de ahí -sobre la Ruta 3-, la chapa del kilómetro 111 sobre la ruta junta humedad bajo la brisa del otoño. Ya no hay móviles de televisión estacionados en la banquina ni micrófonos de alcance nacional en la vereda. El silencio de ese recordatorio improvisado contrasta con la tensión que se respira en el centro de los corazones de los familiares de las víctimas.
Créditos: Sandra Cartasso / Página 12
Los adolescentes de Monte esquivan con la mirada a los uniformados, los mismos que en mayo de 2019 eran apenas chicos viendo cómo sus vecinos de la escuela, de la noche a la mañana, habían sido baleados por los que deberían cuidarlos. La Justicia ya dictó las prisiones perpetuas y archivó los expedientes, pero en las calles la noche es más oscura y distinta.
El calendario marca que hoy es miércoles 20 de mayo de 2026. Pasaron exactamente siete años, pero en Monte el tiempo parece medirse más pesadamente. A esta edad, rondando los 20, los pibes deberían estar rindiendo parciales para un título universitario, terminando un turno en el trabajo o, simplemente, pateando estas mismas calles tranquilas antes de volver a cenar a sus casas. Sin embargo, hoy su presencia es de lona, pintura y lágrimas.
Créditos: Infocielo
Bajo un cielo oscuro que cala los huesos, la plaza principal empieza a poblarse. De a poco, los brazos montenses desenrollan las primeras pancartas. Los rostros impresos de Camila López, Aníbal Suárez, Gonzalo Domínguez y Danilo Sansone, ahí están, congelados para siempre en la adolescencia, alzados junto al nombre de Rocío Quagliarello, el único milagro de aquella madrugada.
La multitud se amontona buscando calor humano en medio de la ausencia. Entre las rondas que se van armando sobre el cemento frío, el vapor del agua para el mate no pasa desapercibido contra el aire helado del otoño. A un costado, la brasa roja de algún cigarrillo encendido a las apuradas sube y baja entre los dedos cruzados; pitadas hondas y silenciosas que intentan engañar a la angustia y desestresar el cuerpo.
No hay ningún ruido ensordecedor de tambores. Lo que envuelve a la plaza es un murmullo espeso, el abrazo colectivo de quienes todavía se niegan a soltar a los chicos que alguna vez corrieron por estas mismas calles.
Créditos: Lucía Merle / Clarín
En medio de esas rondas donde el frío aprieta y las miradas se cruzan, la voz de Kevin Fiscina le pone palabras a esa tensión silenciosa que flota en el aire. Él es uno de los tantos jóvenes que transitó su adolescencia con este duelo colectivo. Al preguntarle qué quedó de aquel vínculo histórico entre los vecinos y los uniformados de la ciudad, su respuesta no deja margen para la duda. “Ya prácticamente no hay confianza”, dice con un tono que mezcla resignación y la dureza de quien aprendió a caminar a la defensiva.
Después de la masacre es muy difícil volver a creer en quienes, en realidad, deberían cuidar. Para su generación, el punto de fricción fue definitivo. El mapa del pueblo sigue siendo el mismo, pero la forma de transitarlo cambió para siempre. Fiscina explica que el temor se convierte en “un invitado” cada vez que se arma un plan de fin de semana fuera de una casa. “Hoy los pibes salen con miedo a la calle, no quieren saber nada con que la policía los mire”, relata.
Conseguir que un policía bonaerense hable sobre aquella madrugada es como romper un pacto de silencio de la fuerza. Un exfuncionario policial con años de servicio, que caminaba y patrullaba a diario esas calles, accede a conversar cara a cara bajo una condición innegociable: el resguardo total de su identidad. El miedo a los temas legales y al trato de sus propios excompañeros de turno pesa más que la chapa que lleva en el pecho. Sin embargo, cuando la charla entra en confianza, se apagan las formalidades y las cámaras o micrófonos, su testimonio desarma cualquier intento de justificar el horror institucional.
Confesó que, por más que algunos piensen “otra cosa” o quieran “buscarle una vuelta”, esto es “toda culpa de la policía”. Por más que los pibes hubiesen hecho cualquier cosa, “no pueden hacer jamás lo que hicieron”. Refiriéndose al tiroteo a campo abierto de parte de la fuerza policial al auto en que viajaban los adolescentes.
Créditos: Diario Hoy
Lo más escalofriante de su relato no es esa persecución fatal, sino la confirmación de que la tragedia se gestó a la vista de todos los que compartían la guardia. La masacre no fue un error de cálculo; fue el estallido de una descomposición que los propios conocían. La Policía Bonaerense en ese entonces había iniciado una persecución que se extendió por varios kilómetros.
La situación escaló, de acuerdo a la reconstrucción judicial, porque los uniformados empezaron a disparar contra el Fiat 147 que estaba en movimiento. Por los disparos y la alta velocidad en la que iba el vehículo, el conductor -Suárez, que tenía 22 años- perdió el control y chocó violentamente contra un camión estacionado. Solo se salvó Quagliarello, que quedó gravemente herida.
El oficial confiesa que, tiempo antes del 20 de mayo, él mismo se había sentado frente a Rubén García (uno de los efectivos hoy condenados a perpetua) para darle una clara advertencia. Le pidió, casi como un ruego entre colegas, que “se mantuviera lejos” de Leonardo Ecilape y Mariano Ibáñez.
Puertas adentro de la comisaría local, esos apellidos ya eran un murmullo de suposiciones que terminaron siendo más que claras luego de esa noche: todos sabían que cobraban coimas y que estaban empapados por la corrupción. Esa advertencia ignorada fue el camino directo de la noche que terminó con la vida de cuatro chicos contra el acoplado de un camión.
El trauma de la masacre no solo habita en las veredas compartidas o en el costado de la ruta; también se coló en los comedores de cada casa y cambió para siempre a las familias. Lucio tiene hoy 14 años, la misma edad que tenían Danilo, Gonzalo o Camila si aquella madrugada no los hubiera cruzado con su destino. En 2019 era apenas un niño, quizás demasiado chico para terminar de procesar la muerte de golpe, pero con la lucidez suficiente para absorber el terror que se instaló en su hogar, las secuelas quedaron y “ya nada es lo mismo”, confiesa mirando hacia los costados.
Hoy, esa herida invisible se activa en el pueblo como un reflejo condicionado. Basta con que la sirena policial corte el silencio de la noche montense para que el miedo se despierte de golpe. Dentro de las casas, ese sonido ya no es un símbolo de que las autoridades persiguen al delito; significa peligro.
Es una sensación amarga que empuja a los padres, de forma casi instintiva, a manotear el celular. En un instante, las pantallas se iluminan en la oscuridad de las habitaciones y un mismo mensaje de WhatsApp sale disparado en cadena hacia los hijos que están en la calle: “¿Dónde estás? ¿Estás bien?”. No importa que ya tengan 20 años, no importa si la plaza está a tan solo tres cuadras; en Monte, el instinto de supervivencia de los padres aprendió a desconfiar del patrullero.
Créditos: Camila Flores / Pulso Noticias
La noche avanza y el frío termina de vaciar la plaza. Los adolescentes, con los cuellos hundidos en las camperas, emprenden el regreso a casa. A sus espaldas, la ciudad entra en esa vela tensa que la caracteriza desde hace años. Sin embargo, a cuadras de allí, en el límite exacto donde el asfalto urbano se rinde ante la inmensidad de la Ruta 3, el silencio nunca es absoluto.
En el kilómetro 111, el viento de la llanura choca contra el paredón con banderas desteñidas por el sol y estrellas amarillas. También hay una pintura levantada a la fuerza por la tragedia, que vigila a San Miguel del Monte como una herida que la humedad y el tiempo se niegan a cicatrizar. Cada vez que los faros largos de un camión de carga iluminan el lugar por una fracción de segundo, los rostros impresos comienzan a encenderse en la banquina, congelados para siempre en esa noche de 2019. Son las sonrisas interrumpidas de un pueblo que perdió la inocencia de un balazo.
Ya no hay móviles satelitales transmitiendo en vivo la indignación, ni políticos prometiendo purgas policiales frente a los micrófonos nacionales. La noche de Monte sigue su curso. A lo lejos, rebotando contra la quietud del agua en la laguna, el eco de una sirena policial vuelve a erizar la madrugada. No es una persecución; quizás sea solo un cambio de guardia o un patrullaje de rutina, pero el sonido viaja por las calles vacías, atraviesa las paredes y aprieta el pecho de quienes lo escuchan desde la cama. Es, en esencia, la banda sonora de un duelo infinito.
Mientras el patrullero dobla la esquina y el destello de sus balizas azules desaparece, el kilómetro 111 sigue ahí, inmóvil, tragando el polvo y la neblina del invierno. No hace falta pararse en el borde del asfalto para sentir su peso. Porque siete años después, el llanto de esa madrugada de mayo ya no es solo el recuerdo de fierros retorcidos en la ruta; se convirtió en la respiración misma de un pueblo que, cada vez que un móvil frena en la esquina, se promete a sí mismo que el olvido es un lujo que jamás se va a poder dar.