Las redes sociales se han convertido en una parte integral de nuestras vidas, pero ¿qué efecto están teniendo en la salud de las personas obesas? A medida que la obesidad se convirtió en una preocupación global, surge la necesidad de comprender cómo las redes sociales pueden influir en los hábitos y la percepción de las personas con sobrepeso como también los posibles impactos positivos y negativos de las redes sociales en la salud de las personas obesas entre otros temas afines a la misma enfermedad.
Las redes sociales se han convertido en una parte integral de nuestras vidas, pero ¿qué efecto están teniendo en la salud de las personas obesas? A medida que la obesidad se convirtió en una preocupación global, surge la necesidad de comprender cómo las redes sociales pueden influir en los hábitos y la percepción de las personas con sobrepeso como también los posibles impactos positivos y negativos de las redes sociales en la salud de las personas obesas entre otros temas afines a la misma enfermedad.
Que dice la medicina de la obesidad
Según el doctor Guillermo Markus médico nutricionista, diabetólogo, sexólogo clínico experto en obesidad lo que motiva a las personas acercarse a una consulta con un profesional con un nutricionista es “su aspecto”. Los pacientes “hablan de su mala relación con la comida y lo mal que se ven estéticamente y al preguntarles si consideran a la obesidad como enfermedad actual y si consideran que están en riesgo, el 90% responde que es por aspecto“, completó.
Lo que mueve al paciente es la comida, aunque tenga mucho o poco sobrepeso, esto sería la punta del iceberg, ya que según nos cuenta el profesional de la salud es una forma de pedir ayuda para reconciliarse con su cuerpo y con su vida lo antes posible
Por otro lado, con relación a las creencias de larga data en el tema, Markus dijo: “La medicina nutricional ha evolucionado mucho y los médicos que se dedican a ello también lo hemos tenido que hacer, los viejos profesionales hemos construido mitos en este aspecto y por suerte hoy día en los Congresos Internacionales tratan otros temas, como por ejemplo de farmacología con la que puede tratarse la obesidad crónica y el tema del estigma de las personas obesas”
El INADI ha proporcionado un dato importantísimo acerca de los índices de discriminación por obesidad: es el más alto y, al mismo, tiempo uno de los menos denunciados.
Los médicos son conscientes que deben derribar muchos mitos sobre la obesidad y que los pacientes son víctimas de una enfermedad y no culpables de ella. Al mencionar a un paciente ya no se le dice obeso, sino paciente con obesidad.
Influencia de las redes sociales en los pacientes con obesidad
Por su parte, el Licenciado en Psicología Pablo Marcos Markus señala que las redes sociales pueden tener un impacto negativo en la imagen corporal de los pacientes con obesidad . La exposición constante a imágenes idealizadas de cuerpos delgados puede generar comparaciones y una percepción negativa de uno mismo, lo que puede desencadenar problemas de salud mental como la depresión y la ansiedad.
Seguidamente, agregó: “Las motivaciones que tiene una persona para consultar a un nutricionista depende del estado de conciencia de enfermedad que tiene cada persona, toda vez que la obesidad es la enfermedad pandémica número uno del mundo”.
Además, manifiesta que las redes sociales tienen un efecto negativo en estos pacientes porque la obesidad es una enfermedad multifactorial en la cual el factor social y cultural es muy importante.
A través de ellas “se bombardea en forma permanente” con dietas o con figuras inalcanzables. Estas influencias producen trastornos sobre la salud mental o distorsiones cognitivas que tienen más que ver con el pensamiento mágico de pretender tener un cuerpo que vio en las redes.
Algunos pacientes que llegan al nutricionista una vez que agotaron los consejos de las redes sociales y no les dio el resultado esperado o por consejo de otro médico de otra especialidad. A criterio de los profesionales consultados las redes generan un efecto negativo en obesidad.
Aunque las redes sociales pueden ofrecer beneficios potenciales, como comunidades de apoyo y acceso a información útil, es importante tener en cuenta los posibles efectos negativos. La distorsión del inconsciente y la negación de la obesidad como una enfermedad son preocupaciones planteadas por expertos.
Raquel ese día tuvo la posibilidad de mirar a los ojos al torturador de su padre. Lo vió sentado, por fin, frente a un tribunal rindiendo cuentas. Ese hombre, el ex marino Roberto Guillermo Bravo asesinó a tres de los compañeros de su papá e intentó fusilar a Alberto Camps, quién finalmente sobrevivió para contarlo. Ese día era 2 de julio de 2022.
Hoy, Raquel Camps, lleva la voz de su papá y lo hace frente a un tribunal en el Distrito de Florida en los Estados Unidos. La voz de Raquel, al igual que la de su papá, reclama justicia por los fusilados en la Masacre de Trelew. Esa bandera de lucha y de dignidad, finalmente da un paso muy grande en esta historia porque el asesino fue declarado culpable por aquellos crímenes. Lo que sigue será el reclamo para extraditarlo y poder juzgarlo en la Argentina.
Roberto Guillermo Bravo, uno de los militares que disparó y que dio inicio a los tiros.
Décadas agitadas: los eventos que llevaron a la Masacre de Trelew
Las décadas del 60 y 70 estuvieron marcadas por agitaciones políticas y sociales que sacudieron al mundo entero. Desde las protestas obrero estudiantiles del mayo francés en 1968; las manifestaciones masivas en contra de la guerra de Vietnam en los Estados Unidos; la aparición de la píldora; y la minifalda; y el fenómeno masivo del rock de la mano de los Beatles; todas marcaron a una generación que se vio movilizada por estos fenómenos.
Líderes como Martin Luther King en los Estados Unidos quién se transformó en un referente en la lucha por la igualdad de derechos para los afroamericanos, habían optado por la vía pacífica para lograr sus objetivos. Mientras, Fidel Castro, Ernesto “Che” Guevara y Camilo Cienfuegos, como cabezas del ejército rebelde en Cuba, lograron derrocar al dictador Fulgencio Batista y tomar el poder en 1959 por medio de las armas. Estos acontecimientos mostraron que era posible cambiar el orden de las cosas.
Sin embargo, en la Argentina de aquellos años, las dictaduras militares gobernaban el país. En 1955 se produjo un golpe militar que derrocó al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. De esta manera se proscribió a una inmensa parte de la población y el líder del movimiento peronista se vió forzado a un exilio que duró 18 años. Durante el transcurso de este tiempo se fueron alternando gobiernos democráticos con dictaduras. Las medidas económicas antipopulares y la represión constante a las manifestaciones generaron un clima de asfixia en la población.
En 1970 hizo su aparición pública la agrupación político militar Montoneros, con un hecho que conmocionó al país: el secuestro y ajusticiamiento del dictador Pedro Eugenio Aramburu, quien fue presidente de facto en 1955 y era la cara más representativa del antiperonismo.
Luego del hecho provocado, sumado a la movilización obrero estudiantil en la provincia de Córdoba (el famoso Cordobazo), el dictador Juan Carlos Onganía se vió obligado a renunciar y en su lugar asumió Marcelo Levingston que duró en el cargo aproximadamente un año; cuando finalmente asume al Gobierno, el general Alejandro Agustín Lanusse.
Un afiche de la Policía Federal Argentina del 1 de junio de 1970.
Las guerrillas argentinas se mantuvieron muy activas durante aquellos años. Tanto Montoneros, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) seguían sumando militantes y su fama crecía debido a las espectaculares acciones de propaganda que realizaban.
Montoneros fue una agrupación de identidad peronista y cristiana; la mayoría de sus miembros militaban en la Acción Católica y provenían de la clase media. Por su parte, el ERP era el brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), partido político militar de orientación marxista-leninista. Y, las FAR, tenían una identidad cercana al marxismo pero finalmente se terminaron fusionando con Montoneros.
La fuga del penal de Rawson y los fusilamientos de Trelew en 1972
El 22 de agosto de 1972 en la ciudad de Trelew, provincia de Chubut, se produjo un hecho que marcaría el preámbulo de lo que se desarrollaría de forma sistemática a partir del 24 de marzo de 1976. En la Base Aérea Almirante Zar son fusilados 19 presos políticos, integrantes de las principales organizaciones revolucionarias del país.
La dictadura autodenominada “Revolución Argentina” ejercía una presión social sobre estudiantes, trabajadores y militantes políticos. La censura estaba a la orden del día y cualquier manifestación era reprimida con severidad. Las cárceles de todo el país estaban abarrotadas de presos políticos. En el penal de Trelew se encontraban presos los principales líderes de las guerrillas argentinas.
Penal de Rawson.
El 15 de agosto de ese año, un grupo de combatientes de las diferentes guerrillas argentinas tomó el penal de Rawson desde adentro. El plan era minucioso y salió casi a la perfección. Primero, redujeron a los guardias internos (ninguno de ellos estaba armado). A medida que iban avanzando, los líderes de la toma se iban vistiendo con la ropa de los oficiales militares para camuflarse y facilitar el avance.
La otra parte del plan era coordinar la ayuda externa mediante señales que permitieran el avance de los vehículos en los cuales escaparían 120 guerrilleros que esperaban formados en el patio de la cárcel. Pero, un malentendido en las señales hizo que el plan se viniera abajo.
Mario Roberto Santucho (PRT-ERP), en una entrevista para la revista Punto Final de Chile contó: “Se hicieron las señales y, en vez de entrar los cuatro vehículos que tenían que entrar, entró uno solo. De manera que no se pudo sacar a toda la gente. No estuvo bien esa parte de la operación”.
“Los 19 compañeros que ahora han sido asesinados tuvieron que retirarse de la cárcel para alcanzarnos a nosotros. Tuvieron que recurrir a los taxis, llamar a un taxi para tratar de llegar al aeropuerto en orden, y eso no fue posible. Esos compañeros se tuvieron que quedar en el aeropuerto”, siguió.
Estos 19 militantes revolucionarios llegaron tarde al aeropuerto. El avión que llevaba a seis de los más importantes líderes guerrilleros ya había despegado rumbo a Chile. La decisión en caso de que algo saliera mal, ya la habían pensado antes y era rendirse. Los guerrilleros retuvieron a los pasajeros en el aeropuerto, esperaron a que llegaran los jueces y la prensa para tener garantía sobre sus vidas; y luego sí, entregaron sus armas y fueron trasladados a la base aeronaval.
La Masacre de Trelew: como ocurrió
Es la madrugada del 22 de agosto y el sonido del viento es lo único que se escucha en aquel paraje desolado y frío. La quietud del lugar o la pausa del tiempo en aquella base aeronaval de Trelew se ve interrumpida por los gritos de Bravo, Luis Emilio Sosa y otros dos militares que los acompañaban. La orden era que salieran todos a formar en el pasillo. Luego de eso, sin previo aviso, desde uno de los ángulos del corredor empezaron las rafagas de ametralladora.
Alberto Camps, sobreviviente de la masacre contó: “La primera reacción fue mirar hacia el costado, y ahí vi cómo recibía varios tiros (Miguel Ángel) Polti e inmediatamente se zambullía cuerpo a tierra adentro de la celda, cosa que hice yo también y seguían las ráfagas”.
“Cuando paran, se escuchan entonces quejidos, estertores de compañeros, incluso puteadas. Y empiezan a sonar disparos aislados. Me doy cuenta que están rematando”, continuó Camps con su relato. De aquella masacre sobrevivieron 3 de los 19 militantes: Camps,María Antonia Berger y Ricardo René Haidar. Los testimonios de aquellos revolucionarios fueron registrados en una entrevista al periodista, poeta y militante Francisco Paco Urondo. Esas declaraciones fueron fundamentales para condenar a los asesinos.
En el año 2012 son condenados a prisión perpetua Sosa, Emilio del Real y Carlos Marandino por crímenes de lesa humanidad ocurridos en la masacre de Trelew. Mientras, Bravo, en el año 1973, se radicó en los Estados Unidos y aún hoy vive allí.
Haidar, Berger y Camps
Dignificar la memoria de los fusilados en la Masacre de Trelew: juicio a Roberto Bravo
La lucha de los familiares de las víctimas de Trelew en busca de justicia dio sus frutos. Sobre el caso Bravo y el juicio del 2 de julio de 2022 realizado en Florida, Estados Unidos, Raquel Camps compartió: “El jurado de ocho personas, comunes, que ni siquiera conocían dónde queda la Argentina y mucho menos Trelew, lo encuentra responsable. Y esa sola palabra cuando lo dice la persona que lee el veredicto… ¡era como que se abrió una grieta de luz de un dolor demasiado viejo!”.
Familiares de Trelew a la salida del juzgado en Florida, Estados Unidos.
“En ese momento, me desplomé en llanto. Respiré por mí, por mi familia. Por las madres, por mi abuela. Por los hijos de Trelew. Por los que sobrevivieron un corto tiempo como mi papá y buscaron esa justicia. Ahí entendí la sensación de que la Justicia no borra la tragedia, pero dignifica la memoria. Y, aunque hayan pasado 50 años, creo que por un instante, ahí el alma descansa”.
Lo que realmente la conmovió, recuerda, fue lo histórico de condenar a alguien tan importante, protegido por los Estados Unidos. Para ella fue un gesto de quienes los esperaban: “Nosotros cuando bajamos de la Corte a festejar, a desplegar la bandera que no habíamos podido desplegar durante toda esa semana, nos encontramos con dos de los miembros del jurado. Ellos se paran y, sin decir nada, nos aplauden”. Entonces, Raquel pudo dimensionar lo que había trascendido. “La muerte, la espera, la impunidad, el dolor. Las ausencias”, cerró la hija de uno de los sobrevivientes.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
A siete años, el eco de la tragedia en San Miguel del Monte sigue vivo. El murmullo de la laguna se corta de golpe. No hace falta que nadie diga nada. Entre la cumbia que satura un parlante portátil y el ruido de una moto al ras del asfalto, el destello azul de la baliza rebota en el agua y cambia el clima, todo se templa y el ambiente se vuelve pesado. Es lunes por la noche y cinco amigos avanzan a paso de hombre por la costanera en un Fiat 147.
En el pasto, los pibes que se pasaban el mate congelan el gesto. Las espaldas se enderezan, las miradas se clavan en el piso o se cruzan en silencio, y las capuchas suben un poco más. Nadie corre, pero todos calculan la distancia. Siete años después de la madrugada del 20 de mayo de 2019 que partió al pueblo en dos; el miedo ya no es un concepto: es un reflejo físico.
A unos kilómetros de ahí -sobre la Ruta 3-, la chapa del kilómetro 111 sobre la ruta junta humedad bajo la brisa del otoño. Ya no hay móviles de televisión estacionados en la banquina ni micrófonos de alcance nacional en la vereda. El silencio de ese recordatorio improvisado contrasta con la tensión que se respira en el centro de los corazones de los familiares de las víctimas.
Créditos: Sandra Cartasso / Página 12
Los adolescentes de Monte esquivan con la mirada a los uniformados, los mismos que en mayo de 2019 eran apenas chicos viendo cómo sus vecinos de la escuela, de la noche a la mañana, habían sido baleados por los que deberían cuidarlos. La Justicia ya dictó las prisiones perpetuas y archivó los expedientes, pero en las calles la noche es más oscura y distinta.
El calendario marca que hoy es miércoles 20 de mayo de 2026. Pasaron exactamente siete años, pero en Monte el tiempo parece medirse más pesadamente. A esta edad, rondando los 20, los pibes deberían estar rindiendo parciales para un título universitario, terminando un turno en el trabajo o, simplemente, pateando estas mismas calles tranquilas antes de volver a cenar a sus casas. Sin embargo, hoy su presencia es de lona, pintura y lágrimas.
Créditos: Infocielo
Bajo un cielo oscuro que cala los huesos, la plaza principal empieza a poblarse. De a poco, los brazos montenses desenrollan las primeras pancartas. Los rostros impresos de Camila López, Aníbal Suárez, Gonzalo Domínguez y Danilo Sansone, ahí están, congelados para siempre en la adolescencia, alzados junto al nombre de Rocío Quagliarello, el único milagro de aquella madrugada.
La multitud se amontona buscando calor humano en medio de la ausencia. Entre las rondas que se van armando sobre el cemento frío, el vapor del agua para el mate no pasa desapercibido contra el aire helado del otoño. A un costado, la brasa roja de algún cigarrillo encendido a las apuradas sube y baja entre los dedos cruzados; pitadas hondas y silenciosas que intentan engañar a la angustia y desestresar el cuerpo.
No hay ningún ruido ensordecedor de tambores. Lo que envuelve a la plaza es un murmullo espeso, el abrazo colectivo de quienes todavía se niegan a soltar a los chicos que alguna vez corrieron por estas mismas calles.
Créditos: Lucía Merle / Clarín
En medio de esas rondas donde el frío aprieta y las miradas se cruzan, la voz de Kevin Fiscina le pone palabras a esa tensión silenciosa que flota en el aire. Él es uno de los tantos jóvenes que transitó su adolescencia con este duelo colectivo. Al preguntarle qué quedó de aquel vínculo histórico entre los vecinos y los uniformados de la ciudad, su respuesta no deja margen para la duda. “Ya prácticamente no hay confianza”, dice con un tono que mezcla resignación y la dureza de quien aprendió a caminar a la defensiva.
Después de la masacre es muy difícil volver a creer en quienes, en realidad, deberían cuidar. Para su generación, el punto de fricción fue definitivo. El mapa del pueblo sigue siendo el mismo, pero la forma de transitarlo cambió para siempre. Fiscina explica que el temor se convierte en “un invitado” cada vez que se arma un plan de fin de semana fuera de una casa. “Hoy los pibes salen con miedo a la calle, no quieren saber nada con que la policía los mire”, relata.
Conseguir que un policía bonaerense hable sobre aquella madrugada es como romper un pacto de silencio de la fuerza. Un exfuncionario policial con años de servicio, que caminaba y patrullaba a diario esas calles, accede a conversar cara a cara bajo una condición innegociable: el resguardo total de su identidad. El miedo a los temas legales y al trato de sus propios excompañeros de turno pesa más que la chapa que lleva en el pecho. Sin embargo, cuando la charla entra en confianza, se apagan las formalidades y las cámaras o micrófonos, su testimonio desarma cualquier intento de justificar el horror institucional.
Confesó que, por más que algunos piensen “otra cosa” o quieran “buscarle una vuelta”, esto es “toda culpa de la policía”. Por más que los pibes hubiesen hecho cualquier cosa, “no pueden hacer jamás lo que hicieron”. Refiriéndose al tiroteo a campo abierto de parte de la fuerza policial al auto en que viajaban los adolescentes.
Créditos: Diario Hoy
Lo más escalofriante de su relato no es esa persecución fatal, sino la confirmación de que la tragedia se gestó a la vista de todos los que compartían la guardia. La masacre no fue un error de cálculo; fue el estallido de una descomposición que los propios conocían. La Policía Bonaerense en ese entonces había iniciado una persecución que se extendió por varios kilómetros.
La situación escaló, de acuerdo a la reconstrucción judicial, porque los uniformados empezaron a disparar contra el Fiat 147 que estaba en movimiento. Por los disparos y la alta velocidad en la que iba el vehículo, el conductor -Suárez, que tenía 22 años- perdió el control y chocó violentamente contra un camión estacionado. Solo se salvó Quagliarello, que quedó gravemente herida.
El oficial confiesa que, tiempo antes del 20 de mayo, él mismo se había sentado frente a Rubén García (uno de los efectivos hoy condenados a perpetua) para darle una clara advertencia. Le pidió, casi como un ruego entre colegas, que “se mantuviera lejos” de Leonardo Ecilape y Mariano Ibáñez.
Puertas adentro de la comisaría local, esos apellidos ya eran un murmullo de suposiciones que terminaron siendo más que claras luego de esa noche: todos sabían que cobraban coimas y que estaban empapados por la corrupción. Esa advertencia ignorada fue el camino directo de la noche que terminó con la vida de cuatro chicos contra el acoplado de un camión.
El trauma de la masacre no solo habita en las veredas compartidas o en el costado de la ruta; también se coló en los comedores de cada casa y cambió para siempre a las familias. Lucio tiene hoy 14 años, la misma edad que tenían Danilo, Gonzalo o Camila si aquella madrugada no los hubiera cruzado con su destino. En 2019 era apenas un niño, quizás demasiado chico para terminar de procesar la muerte de golpe, pero con la lucidez suficiente para absorber el terror que se instaló en su hogar, las secuelas quedaron y “ya nada es lo mismo”, confiesa mirando hacia los costados.
Hoy, esa herida invisible se activa en el pueblo como un reflejo condicionado. Basta con que la sirena policial corte el silencio de la noche montense para que el miedo se despierte de golpe. Dentro de las casas, ese sonido ya no es un símbolo de que las autoridades persiguen al delito; significa peligro.
Es una sensación amarga que empuja a los padres, de forma casi instintiva, a manotear el celular. En un instante, las pantallas se iluminan en la oscuridad de las habitaciones y un mismo mensaje de WhatsApp sale disparado en cadena hacia los hijos que están en la calle: “¿Dónde estás? ¿Estás bien?”. No importa que ya tengan 20 años, no importa si la plaza está a tan solo tres cuadras; en Monte, el instinto de supervivencia de los padres aprendió a desconfiar del patrullero.
Créditos: Camila Flores / Pulso Noticias
La noche avanza y el frío termina de vaciar la plaza. Los adolescentes, con los cuellos hundidos en las camperas, emprenden el regreso a casa. A sus espaldas, la ciudad entra en esa vela tensa que la caracteriza desde hace años. Sin embargo, a cuadras de allí, en el límite exacto donde el asfalto urbano se rinde ante la inmensidad de la Ruta 3, el silencio nunca es absoluto.
En el kilómetro 111, el viento de la llanura choca contra el paredón con banderas desteñidas por el sol y estrellas amarillas. También hay una pintura levantada a la fuerza por la tragedia, que vigila a San Miguel del Monte como una herida que la humedad y el tiempo se niegan a cicatrizar. Cada vez que los faros largos de un camión de carga iluminan el lugar por una fracción de segundo, los rostros impresos comienzan a encenderse en la banquina, congelados para siempre en esa noche de 2019. Son las sonrisas interrumpidas de un pueblo que perdió la inocencia de un balazo.
Ya no hay móviles satelitales transmitiendo en vivo la indignación, ni políticos prometiendo purgas policiales frente a los micrófonos nacionales. La noche de Monte sigue su curso. A lo lejos, rebotando contra la quietud del agua en la laguna, el eco de una sirena policial vuelve a erizar la madrugada. No es una persecución; quizás sea solo un cambio de guardia o un patrullaje de rutina, pero el sonido viaja por las calles vacías, atraviesa las paredes y aprieta el pecho de quienes lo escuchan desde la cama. Es, en esencia, la banda sonora de un duelo infinito.
Mientras el patrullero dobla la esquina y el destello de sus balizas azules desaparece, el kilómetro 111 sigue ahí, inmóvil, tragando el polvo y la neblina del invierno. No hace falta pararse en el borde del asfalto para sentir su peso. Porque siete años después, el llanto de esa madrugada de mayo ya no es solo el recuerdo de fierros retorcidos en la ruta; se convirtió en la respiración misma de un pueblo que, cada vez que un móvil frena en la esquina, se promete a sí mismo que el olvido es un lujo que jamás se va a poder dar.
Fundación CONIN es una institución dedicada a la prevención y tratamiento de la desnutrición infantil, con más de 30 años de trayectoria y presencia en todo el país a través de numerosos centros. Su trabajo se enfoca en niños con distintos grados de desnutrición, especialmente en contextos vulnerables, aunque la problemática también puede afectar a otros sectores.
El abordaje que realiza la fundación de Mendoza es integral: no solo contempla la alimentación, sino también el acompañamiento, la estimulación y el cuidado. La desnutrición se clasifica en tres grados: leve, moderado y grave, lo que determina el tipo de tratamiento, que puede ir desde un seguimiento ambulatorio hasta la internación en los casos más graves.
El médico Abel Albino, fundador de la institución, explica las causas de la decisión de cerrar sus puertas; si bien analiza las posibilidades de una reapertura. “Sobre 3.000 chicos atendidos en mi hospital, deberían haber fallecido unos 800, pero solo murió uno”, cuenta.
Créditos: Infobae
-Recientemente ha informado que el hospital cerró sus puertas, ¿qué lo llevó a este desenlace?
–El hospital cerró básicamente por falta de financiamiento. El aporte estatal no se actualizó durante cinco años, lo cual hizo imposible sostener los sueldos del personal. Inicialmente, el Estado incluyó a la Fundación en el Presupuesto Provincial, pero con el tiempo ese apoyo quedó desactualizado.
Grandes empresas, como Coca Cola y Carrefour, al irse del país, dejaron de ser los mayores inversores y desde hace seis meses que no puedo pagar los sueldos de los médicos. Esta situación se empezó a hacer insostenible en el tiempo y es por ello que recurro hoy a la comunidad.
-¿Qué consecuencias cree que trae el cierre del hospital? ¿Por qué esos niños desnutridos no pueden ser atendidos en un hospital común?
-Un desnutrido es un inmunodeprimido. Si lo llevo a un hospital general, lo pongo en peligro, incluso de muerte. Este hospital era el único en Argentina especializado en desnutrición infantil grave; atiende pacientes de todo el país con modelos y tratamientos específicos para evitar infecciones y mejorar la recuperación, que en promedio demora dos meses.
-¿Cómo continúan con los tratamientos tras el cierre?
-Los niños más graves no pueden recibir el tratamiento adecuado, especialmente aquellos que son de otras provincias. Intentamos realizar los seguimientos y tratamientos ambulatorios, pero están en un peligro constante dado que no tienen la atención necesaria, los medicamentos, controles y seguimientos. A los que recibían tratamiento ambulatorio los seguimos atendiendo en las unidades de los centros CONIN, distribuidos en gran parte del país.
-Realizó una campaña solicitando a la comunidad una cooperación para lograr reabrir el centro hospitalario. ¿Qué respuesta tuvo ante esto?
-Una avalancha de nuevos socios. Hubo un aumento exponencial en las donaciones y el apoyo de la gente, aunque no hubo respuestas del Estado ni de las empresas privadas. La sociedad argentina es muy solidaria, pero aún nos falta mucha inversión para reabrir.
-Desde su mirada, ¿la desnutrición está subestimada en Argentina?
-A nivel internacional, se estima que muere el 28% de los niños por desnutrición. Sobre 3.000 chicos atendidos en nuestro hospital, deberían haber fallecido unos 800, pero solo murió uno. Esto demuestra que la desnutrición está subestimada por el Estado, dado que este debería brindarnos los recursos necesarios para cuidar a la población más frágil. CONIN replica su trabajo en Paraguay, Perú, Guatemala, Ecuador y Venezuela, donde ya se recuperaron 45.500 niños.
-Sin embargo, usted dijo que en un principio el Estado los incluyó en el presupuesto provincial. ¿Qué sucedió con eso?
-Cuando tomé contacto con el Dr. Fernando Mönckeberg decidí replicar en Argentina el modelo chileno. Allí se logró combatir la desnutrición con una red de micro hospitales y un fuerte respaldo del Estado. En Chile creyeron, lo acompañaron y sostuvieron el proyecto en el tiempo. En nuestro país, si bien al principio fuimos incorporados en el presupuesto provincial gracias al impulso de Raul Baglini y Paco Pérez, ese apoyo no se mantuvo en términos reales.
El presupuesto nunca fue actualizado. Hoy contamos con los mismos recursos de hace décadas. En un contexto inflacionario como el argentino, ese presupuesto es ínfimo.
-¿Qué ocurrió con los médicos y el personal tras el cierre?
-Muchos de ellos trabajan en los diferentes centros, o visitan a las familias en sus lugares para hacer los controles. Pero muchos otros no pudieron seguir con su labor. Claro que aquellos niños que estaban en tratamientos por desnutrición grave siguen bajo estricta supervisión.
-¿Qué tipo de pacientes atienden y de qué zonas provienen principalmente?
-Generalmente trabajamos en zonas carenciadas, aunque la desnutrición también puede afectar a niños de sectores “acomodados”. No se trata solo de falta de comida, sino de falta de nutrientes, que puede deberse a enfermedades, ausencias de órganos o problemas de absorción. Un niño no se recupera solo con alimento: también necesita afecto, estimulación y cuidado. Siempre digo: “Un beso, un vaso de leche”. Sin eso, aunque coma, su desarrollo cerebral no es completo.
-¿Cuál es la clasificación de los niños desnutridos y cómo es el abordaje del tratamiento en cada uno de los casos?
-El tratamiento es personalizado y depende del origen de la desnutrición, la cual puede ser por falta de alimentos, falta de algún órgano o la desnutrición propiamente dicha que serían ambas características juntas. La desnutrición se divide en tres grados: primer grado es leve (8 a 7.5 kg) es el llamado “flaco”; segundo grado es moderado (7.5 a 6 kg) y el tratamiento es ambulatorio y domiciliario; tercer grado es grave (menos de 6kg) y necesita internación.
Créditos: Marcos Garcia / MDZ
-Por último, ¿alguna historia que lo marcó? ¿Algún mensaje que quiera darle a la sociedad?
-En 54 años de esta profesión hay muchas anécdotas. Un día se me acerca en un restaurante una mujer y me dice: “Soy la mamá de fulanito que fue paciente suyo en CONIN. Quiero agradecerle. Se acaba de recibir de ingeniero, y eso es gracias a que usted le salvó la vida”. Eso… eso es satisfacción por la profesión de uno.
Y, a la sociedad en general, me gustaría dejar en claro qué es lo esencial más allá de lo médico: alimentación adecuada, estimulación afectiva, saneamiento (cloacas), agua potable y electricidad. Sin esto, no hay erradicación posible de la desnutrición.
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El cierre del hospital de la Fundación CONIN deja una marca profunda que va más allá de lo institucional: deja a muchos niños sin el espacio seguro y especializado que necesitaban para recuperarse. Mientras los hospitales públicos intentan dar respuesta desde la atención general, sobreviviendo ante la falta de sustento del Estado, los centros CONIN continúan sosteniendo tratamientos y acompañamiento en distintos puntos del país, pero los pacientes más vulnerables se encuentran desamparados ante la falta de una atención especializada.
El futuro de estos niños depende de la mirada colectiva: de entender que la desnutrición no es solo una estadística, sino una realidad que “se puede prevenir y revertir”, como indica el Dr. Albino. Porque detrás de cada tratamiento interrumpido hay una vida en desarrollo; y detrás de cada esfuerzo, la posibilidad de que ese niño no solo sobreviva, sino que tenga un futuro.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.