PARIR EN CUARENTENA


El coronavirus lo cambió todo. Desde que estalló la pandemia los hospitales aplicaron nuevos protocolos, prohibieron por completo las visitas, también la compañía, y miles de madres tuvieron que traer al mundo a sus hijos con barbijos y en soledad. ¿Cómo es dar a luz en medio del aislamiento? Dos mujeres cuentan su experiencia.

Por Oliver Quiroz Salazar (@oliverquirozok)

“Cuando llegué al hospital, la gente de seguridad no dejó entrar a mi novio, a nadie. Solo entré yo con una prenda para el bebé y un camisón. Estar sola era lo que más miedo me daba y pensaba si iba a aguantar. No quería que me hagan cesárea. Me generaba mucha angustia todo, pero sabía que no podía decaer.” Quien habla es Thalía Quintana, madre primeriza, de 23 años. Su voz se oye cansada porque todavía no se acostumbra a pasar los días sin dormir al cuidado de Liam.

Su hijo nació el 7 de mayo en el Hospital Materno Infantil Ramón Sardá. Tenía fecha para el 16 pero todo se adelantó. Thalía forma parte de las más de 3000 mujeres que dieron a luz en la Ciudad de Buenos Aires desde que se decretó la cuarentena. Mientras las unidades de cuidados intensivos se empiezan a llenar de pacientes críticos con Coronavirus, en las salas de parto nacen nuevas vidas en medio del aislamiento. 

La madrugada del jueves Thalía estaba durmiendo y, en un momento, sintió algo raro. Como que se había hecho pis. Al principio pensó que no era nada. Se bañó, se cambió, pero otra vez comenzó a sentir líquido entre sus piernas. Ahí se dio cuenta de lo que pasaba. “Estaba sola, mi novio estaba en la casa de sus papás. Más allá de que fue un embarazo planeado, teníamos otra perspectiva. Pensábamos que iba a empezar con contracciones, no que iba a romper bolsa”, relató la joven. 

Camino al hospital, estaba nerviosa y Joel García, su novio, intentaba calmarla. Le acariciaba la panza que ya no daba más de grande. Cuando llegaron al lugar el movimiento que había no era mucho. Solo estaba el personal mínimo. Se acercaron hasta la puerta, y a él le bloquearon el paso. Un hombre le señaló un letrero: “Debido al estado de emergencia se suspende el parto con acompañante”, decía.

El personal de seguridad era el encargado de tomarle la temperatura a cada persona que ingresara al edificio con un termómetro infrarrojo. Cumplía con el protocolo: llevaba puesto su uniforme, una máscara de protección transparente, barbijo y unos guantes de látex. Al lado de la puerta había un dispenser con alcohol en gel.

Thalía entró y Joel quedó esperando afuera. Una enfermera la recibió y la ayudó a subir hasta el primer piso donde estaba su habitación. En realidad, “en esa sala había cinco chicas más y seis camas”, cuenta. “Todas estaban rodeadas de un plástico, como si fuesen carpitas. Me ponían nerviosa los gritos porque estaban a punto de parir, pero mi cabeza  estaba en otra, pensando qué pasaba afuera”, recuerda.

Tres horas estuvo esperando allí. A las seis de la mañana llegaron los médicos con los que se sintió más cómoda: “Me explicaron que me iban a poner una vía con un goteo para poder dar dilatación y apurar el parto. El médico me dijo que me iba costar un poco más el parir, porque ahora tenía que pujar sola y con barbijo”. Desde que llegó hasta que se fue Thalía no se lo sacó para nada dentro de la clínica.

A las siete empezó con el trabajo de parto. Contó con la contención de Oscar, un comadrón, personal de la clínica, y una enfermera que permaneció todo el tiempo a su lado. Si bien Thalía ahora se sentía más contenida, no bastaba para calmar sus nervios y la constante incomunicación que seguía manteniendo con su pareja.

Joel tuvo que esperar sentado a los pies de un guardia de seguridad que le informaba sobre el estado de su mujer. Tampoco, pudo acompañarla su padre, que vive en Formosa, y que no pudo viajar.  Eso también mantenía apagada. 

“En todo momento sentí que me faltaba fuerza. Me sentía muy sola. Los parteros no son los que tienes durante los nueve meses, son de turno. Pero sentí que me prepararon bien. Tenía vergüenza de gritar, pero pasé de uno de dilatación y después aumente a cinco y a siete”. Y ahí ya estaba casi lista para tener a su bebé

 “Pujá, respirá. Pujá, respirá. Pero tranquila”, le decía Oscar, mientras cada tanto le iba relatando cada uno de los avances: “Ahí se ven los pelitos del bebé”, le dijo en un momento. La joven madre apretaba los dientes, se agarraba de las sabanas, aguantando la rabia y escupiendo lágrimas. Sintió que le faltaba el aire por el barbijo. Al segundo intento y en medio de un dolor profundo, Liam llegó al mundo.   

Liam García Quintana pesó 3,100 kilos, nació a las dos de la tarde, según consta en su certificado. Recién entonces fue cuando dejaron a Joel subir a conocer a su bebé. “Sentí un alivio”, recordó ella. Pero a la media hora les informaron que se tenía que ir. “Fue doloroso todo. Aunque, ya tenía a mi hijo, no era lo que habíamos planificado”, resaltó la mamá, mientras detrás se oye un llanto entrecortado y suave.

En Argentina nacen unos 750.000 bebés al año. La pandemia del Coronavirus cambió todo. Los protocolos se modificaron por completo. Para evitar que ocurriera lo que sucedió en algunos países de Europa, las restricciones en los hospitales se hicieron costumbre. Desde restringir las visitas, a la movilidad, hasta no recibir visitas. Todos se hace rápido, con barbijo y las madres, en general, permanecen solas.

Filipo tuvo la suerte de nacer el 25 de marzo en el Sanatorio de la Trinidad de Palermo. Su mamá, Belén Martínez, de 38 años, tenía parto programado para esa fecha. A diferencia de Thalía pudo estar acompañada por su marido, Alberto. En casa de su abuela materna había quedado su primera hija, Catalina, de 5 años.

“No tenía miedo a contagiarme porque no era tanta la información de lo que estaba pasando. Veía muy distante al tema del coronavirus. Lo que sí me generó mucha angustia fue no poder abrazar a mi mamá antes de entrar a dar a luz”, comenta Belén mientras arrulla a Filipo de dos meses, que permanece a upa.

Cuando el matrimonio ingresó al sanatorio las medidas no eran tan estrictas como ahora. Por ejemplo: el uso del tapaboca, no era obligatorio hasta ese momento. La circulación en el lugar era “normal”, aún no había tantas limitaciones.

Instalada en el cuarto con Alberto donde esperaba para ser llevada a la sala de partos, Martínez reconoció que en ese momento sintió que le faltaba el abrazo, los besos y palabras de aliento de su familia. Así y todo rescata: “El obstetra un genio me tocó con la rodilla y me decía que esto era el abrazo más parecido que iba a tener”.

A las 16 la trasladaron a la sala de operaciones. “Me anestesiaron, me sacaron al bebé y luego me llevaron al cuarto otra vez. A los minutos me trajeron a mi hijo, al ser uno de los primeros pudimos estar con mi esposo los tres”, comentó Martínez.

 “Cuando te dan a tu hijo es el mejor momento de tu vida, no te lo olvidas nunca más. Yo no tuve un lindo primer parto porque tuve presión alta y no lo disfruté. Éste fue mejor”, señaló. Detrás se escucha una canción de cuna. Filipo dormía.

El alta médica la recibió a las 72 horas. Para ese entonces, el panorama era totalmente distinto a cuando ingresó. “El restaurant estaba cerrado, en vez de siete personas habían dos en la administración, en lugar de cinco personas de seguridad había una. Ahí notamos mucho más el aislamiento”, contó.

Ya alojada en su casa en el barrio porteño de Villa Crespo, la familia completa pudo disfrutar de aquellos primeros días, a pesar de todo. No obstante, la realidad ya era otra. Las noticias constantes en los medios de comunicación y los nuevos hábitos que se habían impuesto en las calles hicieron que fueran tomando conciencia de la “nueva co cotidianidad”.  La pareja fue incorporando lógicas tan extravagantes como fastidiosas.  Máscaras, barbijos, lavajes, entre otras, que auguran una entrada a un tiempo dominado por la fatiga de mantener a raya una amenaza invisible.

Belén, además, tenía que seguir bajo cuidado de su obstetra por la herida de la cesárea, y tuvo que esperar los 15 días que le recomendaron para sacarse los puntos. Pero transcurrido el tiempo indicado ya no pudo acudir al consultorio, las medidas del aislamiento estaban en su etapa más estricta.  “Entonces lo fuimos viendo por videollamada con mi médico que nos fue indicando como seguir. Mi marido me saco los puntos”, relató. Y agregó: “Él agarró una pinza, levantó despacio el hilo del corte, con una tijera cortó el punto de sutura y lo jaló hacia afuera”. Hoy, ya más relajada, reconoce que ese día lo vivió con mucho nervio y pánico.

Los controles también fueron engorrosos. Belén tuvo que conseguir un pediatra cerca de su casa que solo atiende a recién nacidos . “Tuve mucho miedo de sacar al bebé porque después de parir se vuelve todo más real. Él ya no está adentro de la panza y sacarlo de mi casa al pediatra que era solo 70 metros, lo viví como si fuera a irme a la primera guerra mundial”, ilustró.

“Lo único que le podemos agradecer a la pandemia es que estamos los cuatro en casa, juntos. Así, él puede ayudarme y darme contención. Aunque, después está la incertidumbre, y  pensamos que va a pasar  a la hora que salgamos a la calle. ¿cómo será esta nueva vida con COVID-19?”, pensó. 

Ambos recién nacidos llegaron en medio de una nueva realidad, distinta a la que imaginaban sus padres. Así que, por el momento, solo reciben visitas de sus abuelos y familiares a través de videollamada.  Estas madres anhelan el levantamiento del confinamiento y que sus parientes puedan tener contacto físico con sus hijos.

Por su lado Belén Martínez comenta: “Estamos respetando la cuarentena a rajatabla, pero también estamos esperando que nos dejen salir un poco. Por un lado pienso que las medidas que toman están bien y que todos mi seres queridos están perfectos. Pero después pienso en que no los puedo abrazar, quiero que conozcan a Filipo y lo tengan a upa”.

Thalia Quintana también espera que su padre pueda viajar desde Formosa a Buenos Aires para conocer a Liam: “Es el primer nieto de la familia. Mi papá está re baboso. Me llama a cada rato y quiere que se levante la cuarentena para venir a visitarnos y darle mucho amor a mi hijo”. Y reveló: “El aprendizaje que me dió parir sola, es de valorar más a las personas que me rodean”.

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