TODAS LAS LUCHAS SON LA SUYA


Una tarde junto a Nora Cortiñas, la referente de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. De la desaparición de su hijo hasta la tragedia de Once o los estragos agroquímicos de Monsanto. Una incansable compañera de las luchas populares.

Por Agustina Valle

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Apenas llega al metro cuarenta, tiene una nube de pelo gris y la contextura física de una muñeca. No lleva puesto su pañuelo blanco ni tampoco una gota de maquillaje. La miro. Sólo estamos ella, yo y las cientos de caras de desaparecidos que miran desde las paredes de la sala. Una de las miradas es la de Gustavo, su hijo.
Abril de 1977. Catorce mujeres. Una caminata alrededor de la Plaza de Mayo. Así empezó todo. Hoy revela que la presencia de las Madres en un juicio puede provocar un cambio de carátula. Ellas son la lucha de los derechos humanos en carne y hueso. El tiempo y algunos desencuentros las dividieron. Nora forma parte de la Línea Fundadora, que surgió en 1986 por diferencias con la conducción de Hebe Bonafini. Se caracterizan por tener una estructura horizontal y por no ser partidistas. Y por tener las convicciones intactas.
Tienen diferente metodología y diferente lenguaje. Sus pañuelos blancos no tienen precio y la posibilidad de entablar amistad con el represor no existe. “Hebe Bonafini se abrazó con (César) Milani, ex jefe del Ejército acusado por delitos de lesa humanidad; le dio un pañuelo a Aníbal Fernández, pero no me representa a mí ni a los 30 mil desaparecidos. Es un sacrilegio, el pañuelo es de todas, es un gesto de gran hipocresía”, sentencia Nora y agrega: “La desaparición es el crimen de crímenes. No es posible reconciliarse con los genocidas”.

—¿La ruptura debilitó la lucha?
—No, mirá, para entrar en una madera un clavo hace fuerza. Si le das dos golpes entra mejor.

No hay tema que a Nora se le escape, no hay conmemoración ni marcha en la que no esté. Todas las luchas son la suya. Cromañón, tragedia de Once, los movimientos indígenas, la toma de fábricas, el Congreso de la FUBA y más. Por eso, cuando la llaman y le dicen que la esperan en el Obelisco para marchar contra Monsanto, la empresa multinacional de agroquímicos acusada de daños ambientales, ella contesta sin rezongar que ahora va. Había estado pensando todo el día en volver a casa, allá por Castelar. Pero después de nuestra charla se iba a tomar el subte para luego subirse al tren, y horas más tarde volver a la casa baja con patio trasero y delantero donde sus plantas esperan que llueva. El domingo estaba en Salta, el lunes en Catamarca, hoy marchando en el Obelisco y mañana quién sabe. La búsqueda de su hijo Gustavo, incesante, lo atraviesa todo.
Cuando le pregunto cómo es un día en su vida, ríe. Después de conocerla un poco, la pregunta pierde validez. Ninguno de sus días se parece al anterior. Tal vez algunos domingos cuando se reúne con sus cuatro hermanas y el resto de su familia. “Llego a mi casa, escucho el contestador y veo la computadora, y ya hay para mañana lo que no llegué a hacer hoy”, explica.
Nora, que empezó como profesora de costura, sabe y mucho. Da charlas e investiga sobre la deuda externa. Desde 1998 es titular de la cátedra Poder Económico y Derechos Humanos en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Hace unos cuantos años se recibió de psicóloga social y desde entonces va por el mundo tejiendo relaciones con otras personas, como ella dice, “interaccionando”.
Hoy la tragedia de Once tiene un lugar especial en su vida. “Ese día tenía que tomar ese tren pero a último momento me pasaron a buscar unos amigos. Había apagado el celular y cuando lo prendí estaba lleno de mensajes, mi familia me buscaba ahí”, cuenta y agrega: “Más de una vez los he preocupado, fui muchas veces presa, amenazada”. Pero no se arrepiente de ni una de esas cosas.
Nora tiene una familia grande esparcida por todo el país. Va y viene sola sin pedirle favores a nadie, más bien los demás le piden a ella que por favor se cuide, que se quede en la casa. Recuerda que por entonces “no se podía parar, había que seguir”, su lema hasta hoy. Define a su marido como el que más acompañó la lucha de las Madres, su lucha, hasta que falleció hace algunos años. Del ojo izquierdo de Nora cae una lágrima que se confunde con la emoción, aunque más tarde dirá que tiene un problema de lagrimales.
Me pide que la espere, que va al baño. Pasa por la cocina y se mete en una sala que no alcanzo a ver. Creo que no cierra la puerta. Sale lista: cartera grande, bolsa en la mano y sobretodo puesto. Cuenta que no le da miedo andar de noche sola y que casi nunca toma taxi.
Recuerda el día que murió el dictador Jorge Rafael Videla. Estaba sola en su casa escuchando la radio y no le produjo alegría sino conformidad. “Murió como tenía que morir, solo y encerrado. Estas cosas hacen que la lucha de tanto años valga la pena”, expresa. Cuando salieron las leyes de Punto Final y Obediencia Debida sintió tristeza, después lo que hizo Néstor Kirchner fue “lo que se tenía que hacer”, porque “el único éxito hubiera sido abrazarnos con nuestro hijos, los demás son logros”.
Nora cree en Dios, le da gracias y le pide. Recuerda la tarde de sábado en que su nieto de cinco años, entró con ella a la iglesia de Castelar. “¿Dónde está Dios?”, preguntó después de recorrer el lugar. “Él está en todas partes”, le dijo su abuela. “Si existiera, mi papá no estaría desaparecido”, reflexionó el pequeño. Su nieto, Damián, que tenía dos años cuando su padre fue secuestrado, creció en un ambiente donde no se le podía ocultar nada.

—¿Cómo entiende Damián su lucha política?
—No me atrevo a preguntarle. Todos esos años no se podía parar porque eso era lo que querían. Las pintadas en mi casa, las llamadas telefónicas, todo eso le tocó fuerte a la familia y mi nieto creció en medio de eso, donde veía que la abuela entraba y salía.
Ya de grande nunca se sintió atraído por la militancia ni participó de H.I.J.O.S. “Sus hijas preguntan poco sobre lo que pasó, pero cuando hay una fecha importante él las lleva a la orilla del río y tiran flores”, cuenta Nora.
Piedras 153, una de esas callecitas angostas del centro. Allí se encuentra la oficina de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. El 1º A está lleno de afiches y panfletos. Un cartel ruega no fumar y otro exclama “Ni una menos”. En otra de las paredes, un retrato de Azucena Villaflor, la madre que empezó todo y que fue secuestrada por la misma dictadura que se llevó a sus hijos. En el centro de una mesita un cuadro del pañuelo blanco, ese que alguna vez fue un pañal de bebé representando la búsqueda de unos hijos. Salimos juntas y nos cruzamos con una madre y una hija que nos abren la puerta. Me explica el camino pero después recuerda que vamos para el mismo lado. Esta vez, Nora me acompaña a mí.
En dirección a Corrientes, Cortiñas me indica cómo llegar al subte B y, a paso lento, esquivamos cada uno de los obstáculos que aparecen: adoquines, basura, arena, escombros. Su destino: Plaza de Mayo, aquella que recorrió tantas veces buscando respuestas, aunque sea otra razón la que la convoca. “¿Cómo no sabés qué es Monsanto?”, se sorprende y asegura que sus favoritas son las causas que el Estado desatiende, esas que parecen perdidas.

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