Un muerto que no para de crecer

Entre el vínculo entre el campo y la ciudad, habita nuestra identidad nacional. De ahí emerge una figura, la de una leyenda que se transformó en santo popular. 


El gaucho ha representado, dentro de la historia literaria argentina, ese personaje conflictuado con una nación en expansión y que no lograba insertarse y mantener sus costumbres y estilo de vida. El campo, las llanuras y los valles significaban ese contexto de conexión entre gauchos y naturaleza, en un estilo de vida rural que nada tenía que ver con urbanidad y modernidad. Gauchito de Matías Segreti condensa ese universo y sus conjuros milagrosos en la figura del Gauchito Gil como mítico héroe popular que pervive gracias a la transmisión de su leyenda, aun en el siglo XXI, y que es capaz de transmitirse desde la oralidad hacia la escritura para reafirmar y alimentar una tradición tanto literaria como oral.

Para valerse de todo el universo que configura la cosmogonía gauchesca, el campo debe sobresalir como ese espacio indómito que sólo es posible conquistar al habitarlo y poblarlo, conocer sus entrañas, o a través de la violencia, por medio de lo que se denominó progreso. Entonces la relación gaucho y ciudad se volvió problemática. 

Ya desde el primer capítulo titulado “Lo que se sabe” la antinomia gaucho-soldado se percibe y se comprende gracias a la liturgia que se viene construyendo junto con la identidad nacional. En esa tensión entre dos sectores sociales tan disímiles es que se empieza a construir la historia: “…los soldados lo encapuchan por temor a su mirada”. Ese miedo que la ley tiene para con sus transgresores también es motivo de disputa y de acción-reacción que lleva la violencia a manifestarse con toda su potencia donde “el cuchillo entra cortando la carne”. La utilización del tiempo presente en la narración reafirma y realza la continuidad de una fábula lista a mantenerse por generaciones. El mismo Segreti, en una entrevista para la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, dijo que “el Gauchito está ahí, te ve pasar, se te va haciendo presente de diferentes maneras”. La literatura, su novela, también es una manera de que se vaya haciendo presente y llegue a lugares donde antes quizás no tenía tanto peso. Si escribir su historia es perpetuarla, la oralidad de su narración, de su canción, es la génesis de esa leyenda. El tiempo presenta la sitúa desde ese lugar donde se hablará del pasado, pero manteniendo viva la llama de poder comunicar.

A medida que la narración progresa se despliegan los recursos heredados de una literatura local, la gauchesca, y muy identificada con Argentina y su historia socio-política. De esta manera, el gaucho y el paisaje rural, bonaerense, parecen combinarse para engendrar y englobar ese rito místico de los gauchos y el campo. “Ojo de tigre, dirá la madre un tiempo después, lo confirmará la leyenda”. Antonio Gil Núñez absorbe todo ese compendio y ese cosmos en su pecho, listo para ser carneado cuando el tiempo y la historia lo dispongan, y así volverse mito. En esa concepción transformadora de la muerte pervive una visión sanadora al dejar el mundo material para volverse espíritu libre, y condición de transformarse en canción y poesía: “…le recuerda el consejo, la muerte mijo, no el día en que nacemos, ahí está lo importante, por cómo se muere lo recordarán”. Ese consejo, transmitido de forma casi chamánica de rito espiritual, lo recuerda por la enramada del quebrachal. Es la naturaleza que retroalimenta pensamientos y reflexiones que está estrictamente circunscrito a esa ruralidad de la llanura pampeana. El quebracho, árbol típico argentino, usado para hacer cueros y como leña, representa esa imagen que se sostiene tanto como contexto geográfico de la singularidad que ofrece ese espacio determinado, pero también como un modo de vida totalmente ajeno a la modernidad que todo lo deglute, identificado con la poderosa Buenos Aires que envía a sus milicos para conquistar esos territorios lejanos y, según la visión capitalina, abandonados.

Ricardo Rojas, en su gran estudio Historia de la literatura argentina, vio en la gauchesca ese fenómeno local, desde los primeros indicios del folklore hasta el poema de José Hernández, y que luego se transmigran hacia otros géneros. En este género propiamente del Río de la Plata, identificó las intenciones de una integración nacional y la oportunidad de observar, sucesivamente, los aportes con que el indio, el conquistador y el gaucho contribuyeron a enriquecer el filón literario en crecimiento. Según Rojas “una literatura nacional es fruto de inteligencias individuales, pero éstas son actividades de la conciencia colectiva de un pueblo, cuyos órganos históricos son el territorio, la raza, el idioma, la tradición”, entonces el Gauchito de Segreti mantiene esta dimensión colectiva identificada con personajes típicos de una tradición literaria que también se comunican, aún hoy en día, entre el pueblo para seguir manteniendo esa posición tradicional de ritual y religión, fusionadas en la figura mítica de un gaucho matrero que defendía a los débiles y luchaba contra la ley que no respetaba regiones “bárbaras”. Claro que toda esta concepción histórica, y que se plasma en la literatura, también deriva de estudios sociológicos y políticos de la época como el caso del Facundo de Sarmiento, que intentó plasmar la realidad de un país en el conflicto con el gaucho y el indio que representaban una sociedad en decadencia que no permitía el crecimiento de un país rico en territorios. Sarmiento, que también clasificó los distintos tipos de gaucho para insertarlo en ese estereotipo que se necesita para creer que se conocen sus dinámicas y modos de ser, veía en la gran extensión de Argentina, con muchos campos vacíos sin poblar, y donde el progreso no había llegado, como un problema que si no se resolvía iba a llevar a la perdición. El Gauchito Gil se mueve dentro de este territorio, pero que también a través del diálogo y los recuerdos que va dejando en quienes conoce, evidencia que el lenguaje y la transmisión de una tradición puede aún más que un problema geográfico de extensión. El lenguaje parecería recorrer todo ese territorio sin perderse en el viento de una llanura vacía.

Por ende, la transmisión de esa leyenda, que recorrió siglos y que logra perpetuarse aún hoy en día gracias a toda una liturgia que se sostiene y se mantiene en una tradición que llega hasta las raíces de la gran extensión argentina, es posible gracias a toda una cosmovisión que se fue acentuando para nunca realmente dejar de sobrevivir en el lenguaje, en costumbres y modos de ser, y en las expresiones artísticas y poéticas. Más allá del tiempo, de una expansión o un retroceso, las leyendas son más potentes que su asentamiento histórico o su época precisa de producción, porque la canción y la poesía siempre sobrevivirán cuando haya alguien que las cante.

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