UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD


Desde 2005, Lirio forma parte de la Fundación Favaloro, con la función de apoyar en lo anímico a las personas que están por trasplantarse y rehabilitar a las ya trasplantadas. Además, es miembro de la Asociación de Deportistas Trasplantados (ADETRA), donde da clases de natación y atletismo para gente trasplantada. Y desde 2011 es el jefe de la delegación argentina de trasplantados, que participó en el Mundial que se organizó en Mar del plata, el pasado año.
Nació en Junín de Los Andes, provincia de Neuquén, y ya desde su infancia el deporte fue parte de su vida. “Hacía vóley y básquet. Entrenaba de lunes a viernes y los fines de semana iba a competir a San Martin de los Andes, Villa La Angostura y Bariloche. Además hacía caminatas y andaba en bicicleta”, le expresa Lirio a ETER. Tal es así que en marzo de 1995, con 17 años, escaló el volcán Lanín, de 3800 mts.
Sin embargo, una mañana de ese año, en la clase de educación física, llegó la primera alerta. En el calentamiento previo de un partido de fútbol comenzó a sentir cansancio, dolor abdominal y casi no podía correr. El profesor lo sentó en el banco. A pesar de eso entró a jugar, pero no pudo moverse. Fue al arco pero siguió con la misma sensación de agotamiento.
Días después fue a participar de un torneo de básquet, en Villa La Angostura. “El profesor me preguntó si iba a entrar y le respondí que no”, explica. Y continúa: “Me miraba el pecho y veía el latido del corazón. Era como que me empujaba la caja torácica”. Estuvo diez días en esa situación, hasta que lo llevaron al hospital donde le diagnosticaron miocardiopatía dilatada. Ese mismo día lo trasladaron a Neuquén capital.
“Estuve dos semanas ahí. Mi vieja pidió la derivación a Bs As porque se dio cuenta que no encontraban la solución, y llegué a la Fundación Favaloro”, describe. Allí sufrió dos paros cardiorrespiratorios y gracias al buen trabajo de los médicos, siguió con vida. Pero su estado de salud era delicado. Necesitaba de dos tubos. Uno para comer y otro para respirar. Su corazón ya no servía más y debía trasplantarse para seguir viviendo.
“Un día vino un médico y me dijo ‘tu situación es esta: necesitás un trasplante de corazón. Es la única forma de seguir viviendo y si vos te querés trasplantar, ya está el órgano. Entrarías al quirófano en una hora’. Yo lo miré, asentí con la cabeza, porque no podía hablar, y me entregué a los médicos y a la buena de Dios”, comenta Lirio.
Su trasplante fue una revolución en su pueblo. Unas tres mil personas se movilizaron para hacer cadenas de oración y juntar dinero para ayudarlo. “Toda esa energía positiva fue también la que me salvó”.
Pero después del trasplante, la rehabilitación fue muy costosa: “Salía a caminar una cuadra o dos con mi hermano. El me llevaba del brazo. Tenía 17 años y parecía alguien de 80. De a poco fui mejorando hasta recuperarme”.
Un año y dos meses después, en 1996, se llevó a cabo, en el CENARD, el primer torneo nacional para trasplantados. Allí participó obteniendo dos medallas de oro. Una en atletismo y otra en ciclismo. Gracias a eso obtuvo una beca para participar en el Mundial para trasplantados, del año siguiente, en Australia. “Fue como un volver a vivir”, dice emocionado.
“El mensaje para los que esperan un trasplante es que aunque cueste y haya días nublados hay que mantener una actitud positiva. Eso los va a salvar”, expresa. Volvió para ayudar. De eso se trata su vida.

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