SOCIEDAD
Vivir de noche
Por pasión o necesidad, cuando trabajamos en lo profundo de la noche, la economía y nuestro cuerpo funcionan diferente. ¿Qué pasa cuando se vive al revés?
Por
Ezequiel Delfino
Por pasión o necesidad, cuando trabajamos en lo profundo de la noche, la economía y nuestro cuerpo funcionan diferente. ¿Qué pasa cuando se vive al revés?
La vida de Pablo ya no es la misma. La pandemia le vació la economía y tuvo que aprovechar el tiempo para aplicar su perfil en LinkedIn. Atrás quedaron sus intentos de emprender dar clases de guitarra online cuando lo llamaron para trabajar en la nocturnidad en una empresa de telecomunicaciones. Lo primero que pensó fue: “Voy a vivir de noche.”
Con ilusión comenzó a trabajar porque el salario era competitivo en el mercado y, además, derechos sindicales obtenidos y tres días de descanso cada seis trabajados. El lugar de trabajo queda en San Telmo y Pablo vivía a ocho cuadras, en pleno microcentro porteño. Dormía apenas llegaba y, de a poco, comenzó a vivir al revés del resto de la gente.
Vivir al revés. Dormir de día. Caldo de cultivo.
Intentar dormir por la mañana o mantenerse despierto por la noche son opuestos al ritmo natural del sueño-vigilia, dos aspectos relacionados con el ciclo luz-oscuridad.
«Son muchos los recaudos que se deben tener a la hora de trabajar en el turno noche», contó el médico especialista en cardiología Hernán Provera, coordinador de prevención cardiovascular INEBA, (MN 112.732). El profesional insistió en que sobran los estudios que demuestran un mayor riesgo de enfermedad cardíaca en personas que trabajan de noche. “En muchos casos, este aumento del riesgo se atribuye al síndrome metabólico, que se relaciona con el sobrepeso, azúcar elevada en sangre, niveles altos de colesterol y tendencia a la hipertensión arterial”, concluyó.
Estudios científicos sobre la nocturnidad
Científicos del Brigham and Women Hospital en Boston, Estados Unidos, desarrollaron un estudio muy controlado de laboratorio que les permitió ingresar durante 16 días a un grupo de personas para evaluar cómo sus cuerpos se comportaban al invertirse el ritmo circadiano durante 12 horas.La investigación se dividió en dos fases de 8 días cada una. En la primera fase los voluntarios durmieron durante la noche y estaban activos durante el día (tuvieron un ritmo circadiano normal). En la segunda fase, durmieron normalmente durante las primeras tres noches, pero a la cuarta noche se les cambió el horario de sueño de 11AM a 7PM para emular el ritmo circadiano de una persona que trabaja en un turno nocturno de trabajo.Terminadas las dos fases, se compararon los datos de los voluntarios y los hallazgos fueron contundentes. Los cambios del ritmo circadiano se asociaron fuertemente con un incremento de la presión sanguínea, menor actividad del sistema nervioso autónomo, y un incremento de la inflamación.
Daiana es enfermera, durante años trabajó en el turno noche en una clínica en Berazategui, y su testimonio es tajante y concreto: “Trabajar de noche me hacía engordar debido a lo que comía para mantenerme despierta, lúcida y atenta. Y después de día todo era peor, vivía de malhumor porque nunca terminaba de descansar como corresponde”.
Como si esto fuera poco para Pablo, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcula que una persona que trabaje en un turno de noche sufrirá un envejecimiento prematuro de cinco años por cada 15 que trabaje de noche.
La economía nochera. No tan bajón
La industria de la comunicación mueve la economía nacional. Cada vez que prendemos la televisión o la radio y vemos una imagen o escuchamos una voz, sea la hora que sea, hay una persona del otro lado trabajando para que ese contenido se emita y no sufra contratiempos. Hay mucho dinero en juego.
La tarea de Pablo es emitir señales de televisión en un control central de transmisión o Telepuerto o BOC (Broadcast operation center), según la empresa de telecomunicaciones quiera llamar al sector. Su turno es de 23 a 7 horas con una de descanso.
Pero no es la única industria que trabaja 24×7: Los Hoteles y restaurantes son un ejemplo claro del trabajo nocturno. De acuerdo con el último reporte del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE), elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), estos sectores fueron los que tuvieron mayor crecimiento interanual en enero de 2022, con +51,5%.
Fueron, además, uno de los de mayor incidencia en la variación interanual del EMAE, junto con “Transporte y comunicaciones” (+10,1% ia).
Las grandes ciudades no duermen y, es probable, encontrar supermercados abiertos 24 horas. Ni hablar de hospitales, farmacias, y varios sectores más son los que hacen girar la economía cuando la mayoría de los mortales apoyamos la cabeza sobre la almohada.
Pablo se mudó a La Plata donde viaja hasta San Telmo para continuar operando señales de TV por la noche con su economía calmada, su guitarra durmiendo y su sueño alterado.
Más notas sobre SOCIEDAD
SOCIEDAD
El deseo en modo fantasma: vínculos que no llegan a ser
A las seis de la tarde, Lucas llega a su casa después del trabajo. Deja la mochila junto a la puerta, saluda a sus dos gatos, les repone el agua y la comida que dejó a la mañana. Se saca las zapatillas, enciende la hornalla para calentar el agua del mate y se sienta en el sillón con el celular en la mano.
Antes de prender la tele, sin mucha conciencia, desliza el dedo por la pantalla. Abre Tinder. Lo hace todos los días, a veces mientras come, otras veces antes de dormir. Dice que “ya es parte de su rutina”, como chequear los mails o mirar el clima. Mira fotos de mujeres. Selfies, imágenes en la playa, en bares y de viaje. Desliza hacia la derecha a algunas, hacia la izquierda a muchas más.
Derecha significa aprobadas, que son lindas, que “están buenas”. A la izquierda: no me interesa, “paso”. No se detiene demasiado a pensar: el movimiento es rápido, casi automático. “Me acostumbré a mirar sin mirar”, dice. Después ceba el primer mate, deja el celular al lado y pone una serie. No espera que pase nada.
Conseguir pareja se ha vuelto una travesía para muchos jóvenes de entre 23 y 35 años. En tiempos de hiperconectividad, donde el contacto parece estar a dos toques de pantalla, los vínculos se desdibujan. El deseo, los mandatos de género y el miedo al rechazo atraviesan a toda una generación que busca nuevas formas de encontrarse, sin certezas sobre qué significa hoy estar en pareja.
Entre los hombres jóvenes, usar apps de citas se volvió parte de la rutina: una práctica casi automática, frecuente y extendida. Aunque pocas veces reconocida como tal. En 2023, solo en Argentina el número de descargas de la aplicación de citas en Tinder superó las 101.000 siendo en su mayoría usuarios hombres (83,6%).
Sin embargo, esa hiperconectividad convive con un fenómeno que parece opuesto: los vínculos no avanzan. Las mujeres lo describen con frases que se repiten. “Hablamos durante días pero nunca nos vimos”, “Cuando activé para vernos dejó de responderme”, “Todo el tiempo está en línea pero no propone nada”, “Prefieren lo virtual, les basta con una charla que ni está tan buena”.
En ese entramado también pesan los mandatos de género que, de maneras distintas, condicionan cómo se acercan hombres y mujeres al vínculo. Entonces, si antes avanzar dependía de los varones, ¿cómo es la masculinidad hoy? Mariana Palumbo, socióloga argentina, explica que básicamente es “no ser femenino”.
Para muchos varones, mostrarse vulnerables, tomar la iniciativa afectiva o exponerse al rechazo implica romper con la masculinidad tradicional que aprendieron. Del otro lado, las mujeres llegan con una carga distinta. “Nos enseñaron a tener que ser”, menciona Florencia Romano, una de las mujeres entrevistadas para esta investigación.
La mujer tiene que ser amorosa, cuidadora, empática y destacarse en su trabajo. Al respecto, Palumbo agrega: “La mujer masculinizada existe y eso también cambia los modos de relacionarse. Masculinizada en el sentido de que van al frente, no piden permiso, ocupan espacios de poder y piden lo que quieren”. Esto choca con un otro que muchas veces se repliega, se muestra ambivalente o no responde a estas mujeres que son “todo”. Y, en esa asimetría, el encuentro se vuelve cada vez más difícil.

Créditos: Infobae
Florencia prende el celular cuando sale de la ducha. Tiene cinco notificaciones nuevas de Instagram. Un like a una foto vieja, dos reacciones a historias y un comentario sobre el tatuaje que se ve en una foto de espaldas. No conoce a ese usuario, pero tampoco la sorprende. “Están ahí, todo el tiempo. Te aparecen, te miran, te siguen, te mandan un emoji”, dice. Ya aprendió que eso no significa nada.
Que puede haber una seguidilla de reacciones sin que haya una sola conversación. Que puede haber un chat, incluso fluido, y que nunca llegue el encuentro. “Y cuando sos vos la que decide hablar, la que propone una cita, se van. Desaparecen. Pero siguen ahí. Siguen viendo tus historias. Como si solo les alcanzara con eso”, amplía.
En 2023, el 28% de los usuarios argentinos de servicios de citas en línea tenían entre 25 y 34 años de edad, siendo el rango etario que más usa las aplicaciones, seguido por los usuarios de entre 35 y 44 años.
Florencia tiene 30 años y se considera “feminista”. Es docente, le gusta la política y la literatura. Usa apps de citas desde hace años, pero dice que cada vez le gustan menos. “Es como estar en un catálogo, todos mostrando lo mejor que tienen. Me resulta muy superficial, me da incomodidad”, cuenta.
De decenas de matches, solo conoció en persona a dos. En general, los chats no prosperan. A veces, ni siquiera arrancan bien. Al respecto, comparte: “Me escriben cosas como: ‘¡Qué feo ser de Boca!’ o ‘¡cambiá esa camiseta!’. Como si fuera un jueguito de pelear, un intento de hacerse los graciosos”.
No es la única que lo vive así. Lo charló con amigas y a todas les pasa algo similar. “Siento que los hombres ya ni usan palabras. Dan likes, reaccionan y esperan que una adivine qué quieren. O directamente esperan que una arranque la charla”, describe. Ella lo hace, toma la iniciativa pero cuando lo hace con claridad, cuando invita a salir a algún chico, suele encontrarse con la ambigüedad. El famoso “dale, sí, me copa”, seguido del silencio; o del famoso “che, me colgué, ¿la semana que viene podes?”. La otra semana llega. Y no hay mensaje.
La experiencia de Florencia se enmarca en una transformación más amplia: el deseo, ese motor de búsqueda, aparece desdibujado. Mauricio Strugo, psicólogo y sexólogo especializado en relaciones afectivas, dice que muchos varones jóvenes hoy están desconectados del deseo. “La sexualidad se volvió un trámite. Muchos prefieren el mundo virtual, donde no hay esfuerzo, no hay rechazo, no hay exposición. Hoy pueden poner un video, cumplir la fantasía y ya está”, explica y sigue: “Pero esa libido que se descarga ahí, no se transforma en acción. No hay acumulación de deseo que empuje al encuentro”.
Strugo insiste en que eso repercute en todos los niveles del vínculo: “La sexualidad implica esfuerzo. Implica buscar, exponerse, animarse a la frustración”. Entonces, por miedo e incomodidad no hacen nada. Florencia se ríe cuando escucha esto. Sin embargo, piensa: “Sí, es eso… Yo invito, pero se van. No entiendo el motivo, si es que no saben qué hacer. Pero en esa espera, algo pasa. Queda todo el tiempo una pregunta dando vueltas: ¿de verdad querrá conocerme o alcanza con mirar?”.
Agustina Troncoso tampoco tiene miedo a proponer. A sus 23 años, cuando algo le interesa, lo dice. Si la conversación por chat se estira demasiado sin definiciones, ella activa. “¿Nos vemos?”, se anima. No lo hace una vez. Lo hace cada vez que cree que hay onda. La respuesta suele ser positiva: “Dale, de una”, “el jueves estoy libre”, “me re copa”. Pero a medida que se acerca el día para verse, algo cambia. Los mensajes se espacian, las respuestas llegan tarde o ni llegan. Y cuando llega el día, no aparece nadie. A veces contestan al día siguiente con una excusa, con una justificación. Pero la sensación se repite: los chats entusiasman y los cuerpos no se encuentran.
Agustina dice que no le interesan las charlas que surgen de apps de citas. “No me gusta mucho hablar por ahí. Me aburro rápido, siempre es lo mismo: ¿de qué laburas?, ¿De qué zona sos?, ¿Qué estudias?. Yo prefiero pasar rápido a lo presencial, ver si hay onda de verdad; porque por chat todo parece igual. Medio muerto, sin gracia”, comparte y lo dice sin enojarse, pero con un dejo de resignación. No le molesta que el otro no quiera verla. Lo que le molesta es la falta de claridad: “Si no te intereso, decímelo. Pero no me digas que sí, para después colgarme”.
Las aplicaciones de citas, que intentan facilitar que las personas se conozcan, también parecen haber perdido su encanto inicial. Las descargas anuales de Tinder bajaron más de un tercio desde su momento de mayor éxito en 2014. Otra aplicación popular, Bumble, afirma que sus usuarios están interesados en las citas sin presión. Según la agencia de encuestas Savanta, más del 90% de la generación Z -personas nacidas entre 1997 y 2012- se sienten frustradas con esta clase de aplicaciones.
El caso de Agustina revela otro aspecto del escenario actual: la dificultad para sostener el deseo cuando hay que traducirlo en un hecho. En una cita concreta, en un cuerpo real. Sobre esto, Jimena Nieto Bolzan, licenciada en Psicología, habla de una “revolución cultural” que afecta, sobre todo, a las relaciones iniciales. “Todo es más cómodo en lo virtual con las apps de citas”, asegura.
Actualmente se arman vínculos donde no hace falta poner plata, ni esfuerzo y tampoco exponerse emocionalmente. Se arma una conexión sin compromiso que muchas veces se mantiene en la ilusión, pero no en el hecho. Agustina coincide. Siente que los hombres se conforman con la charla y desaparecen justo cuando hay que verse. Pero no desaparecen del todo: siguen viendo las historias de Instagram, siguen presentes. Como si quisieran seguir ahí, pero sin involucrarse.
La paradoja se vuelve cada vez más común: vínculos que parecen avanzar, pero se disuelven al momento del encuentro. Una virtualidad que habilita el contacto pero posterga el deseo. “Es como si se olvidaran de que del otro lado hay una persona”, dice Agustina. “Y que esa persona está esperando algo que nunca llega”.

Créditos: Getty Images
Lucas desliza fotos con el pulgar pero no espera que pase nada. La pantalla se llena de rostros, cuerpos y ubicaciones. Algunos le llaman la atención, otros no. En el fondo, sostiene que lo hace porque ya forma parte de su día. Como prender la tele. Como cebar el primer mate. “No sé si tengo ganas de conocer a alguien. Capaz sí, pero no lo pienso mucho”, admite.
A veces conecta con alguien, intercambian mensajes, hay buena onda. Pero cuando la posibilidad de verse aparece, todo se desdibuja. La cabeza se le llena de preguntas: ¿tengo que buscarla? ¿Tengo que pagar todo? ¿Tengo que parecer seguro aunque no lo esté?
En su adolescencia tuvo la autoestima baja. No da detalles, pero reconoce que eso todavía lo acompaña. Hoy, a los 30, siente que a su generación los educaron con reglas que ya no aplican. Que ser hombre era tener que ofrecer, sostener, llevar adelante. Y que ahora, con mujeres más decididas, esos mandatos se desordenaron. “Si una viene muy de frente, me incomoda. Me pasó. Es como si me sacara del lugar que me enseñaron a ocupar”, comparte.
Entre sus amigos no hay conversaciones íntimas. No hay palabras para hablar del miedo, del deseo, del afecto. “Solo si estás muy en la mierda podés decir algo. Si no, ni se te ocurre”, confiesa. Lo dice sin enojo, pero con cierta resignación. Como si fuera natural que no haya espacio para nombrar lo que pasa. Esto coincide con estudios realizados por la Mental Health Foundation, en los cuales se indica que los hombres tienen más dificultades para expresar sus emociones. El 22% admite mentir sobre cómo se siente, en comparación con el 10 % de mujeres que también lo hace.
Strugo apunta contra ese silencio: “Muchos hombres no saben dónde ubicarse en estos nuevos modos de vincularse, por eso no avanzan. Aunque las nuevas generaciones atravesadas por el feminismo están trabajando mucho en diferenciarse de la masculinidad tradicional del machismo, parte del conflicto es que no tienen las herramientas para construir esta nueva masculinidad”. Entonces aparecen estos nuevos hombres que quieren ser distintos, pero no saben cómo. Y ahí en ese intento de cambiar se vuelven pasivos, ambiguos, evitan el riesgo, y el deseo se diluye.
Lucas no usa esas palabras, pero algo de eso aparece en su relato. Le cuesta reconocer qué quiere; y cuando alguien más lo quiere se corre: “Me ha pasado que una mina se me acerque y yo me quede quieto. No sé si por miedo o porque no supe qué hacer”. La escena se repite entonces: dos personas que podrían encontrarse, pero no lo hacen. Porque no se animan, porque no saben cómo, o porque esperan que el otro actúe e igual así, no pasa nada.
Rodrigo Fernández no se queja. Dice que está bien, que no tiene problemas para relacionarse, que le gusta conocer gente. Tiene 26 años, está soltero y, aunque no le pone nombre a lo que busca, admite que le gustaría estar en pareja. Ya lo intentó una vez con una chica con la que salieron un tiempo, se sintió cómodo, incluso ilusionado. Pero no funcionó. “Yo quería algo más serio, ella no. Estábamos en momentos distintos”, recuerda.
Cuando lo cuenta, lo hace sin enojo. Es que lo que más le dolió fue la desincronía. Esa diferencia de ritmos que no siempre se puede resolver. Aun así, no siente que le cueste vincularse aunque reconoce que hay algo que no logra cambiar: su vergüenza.
La timidez no es el problema en sí, sino lo que implica en una cultura donde al varón se le exige ir al frente, tomar la iniciativa, mostrarse seguro. Palumbo lo explica así: “La masculinidad, tal como se construyó culturalmente, está asociada a la virilidad, prestigio, violencia y poder. Pero muchos varones no se sienten cómodos con ese modelo, sin embargo tampoco encuentran otra referencia clara. No hay un manual de cómo ser hombre sin repetir el machismo, sin que eso implique inseguridad o retraimiento”.
Rodrigo, al igual que Lucas, no habla de estas cosas con sus amigos. No porque no quiera, sino porque “no se da”. En su familia tampoco hubo conversaciones sobre vínculos o afectividad. “Lo fui aprendiendo a medida que me pasaban cosas. Como que me fui armando solo”, expone el primero. Y ese “solo” no suena a victimismo, pero sí a falta de acompañamiento. A una masculinidad aprendida por intuición.
La socióloga señala que el cambio cultural es profundo, pero no inmediato. “Hoy hay mujeres que están muy empoderadas, que ocupan espacios, que toman decisiones, y eso está buenísimo. Pero muchas veces se encuentran con varones que se repliegan. Que no responden, que no se animan a estar a la altura de esos nuevos modelos. No por mala intención, sino porque no saben cómo hacerlo. No tuvieron referentes, no tuvieron educación emocional”, explica.
Rodrigo, por su parte, cree que no rechaza a esas mujeres. Al contrario, le atraen: “Me gusta cuando una sabe lo que quiere. A veces me cuesta seguir el ritmo, pero no me asusta”. Lo dice con sinceridad. Y en su tono hay una calma que contrasta con otros relatos. Como si él, aun con dudas, estuviera un poco más cerca del deseo. Del propio, al menos.

Créditos: Psicología y mente
Luciana tiene 24 y relata la misma situación, dice que muchas veces se siente como “la que insiste”, la que propone, la que arranca la charla, la que tiene que sostener. Lo cuenta con hartazgo: “Me pasa todo el tiempo que hablamos durante días y después no pasa nada. Incluso cuando ellos proponen vernos, a último momento desaparecen. Y cuando soy yo la que invita, dejan de responder”.
Esa ambigüedad, ese quedarse “medio adentro y medio afuera” del vínculo, se repite tanto que ya parece un patrón. Y a veces se vuelve difícil entender qué está pasando. “Porque si alguien te habla todos los días, si se ríe, si te dice que le gustas… vos pensás que tiene interés. Pero cuando querés concretar algo, se esfuma”, agrega.
Ahí entonces aparece la contradicción más difícil: seguir conectados, pero sin encuentro real. Estar disponibles, pero sólo hasta cierto punto. Como si el deseo se exprimiera en el chat y no hiciera falta nada más.
Ariela es la psicóloga de Luciana y cuenta que escucha ese tipo de relatos cada vez con más frecuencia. “Muchos hombres se quedan atrapados en el universo virtual porque no hay esfuerzo, no hay exposición, no hay posibilidad de rechazo”, describe y continúa: “Pero lo que no se dan cuenta es que esa pasividad también genera malestar en las mujeres, que sienten que tienen que tirar del vínculo todo el tiempo. Que no hay reciprocidad real”.
Para la especialista, esa dinámica no es solo interpersonal sino que responde a un cambio de época. Durante décadas, el mandato era que la mujer tenía que esperar. Hoy eso cambió. Las mujeres proponen y avanzan. Pero del otro lado todavía hay muchos varones que no saben cómo responder a eso. Que se sienten desbordados, intimidados o directamente paralizados. Y, en ese desajuste, lo que queda es una especie de vínculo fantasma. Una conversación que no lleva a ningún lado, pero que tampoco se corta.
Así lo siente Luciana. Ella no tiene problema en ser directa, le gusta saber lo que quiere y decirlo. Pero eso, lejos de facilitar los encuentros, muchas veces los complica. “A veces pareciera que cuanto más clara sos, más se corren. Como si no supieran qué hacer con eso”, dice. Y cuando eso pasa una vez y otra, y otra más, algo se rompe. La joven se lamenta: “Te empezás a cuestionar si estás haciendo algo mal. Caigo en la idea horrible del deber ser la mujer que espera, la pasiva, como las de antes. Aunque sepa que yo no soy así. Aunque sé que lo que estoy haciendo es lo que espero del otro”.
En los relatos de Lucas, Rodrigo, Agustina, Florencia y Luciana hay algo en común: el desencuentro. A veces aparece como repliegue, otras como sobreesfuerzo. Por momentos es miedo y por otros es confusión. Pero nunca, para ninguno de los géneros, es indiferencia. Detrás del chat sin respuesta, del match que no se concreta, de la cita que se cae a último momento, hay un deseo que no sabe cómo expresarse. Un vínculo que no se termina de animar. Una búsqueda que se frustra antes de empezar.
Palumbo habla de un “momento de tránsito”: “Vemos una reconfiguración de los guiones sexuales desde el término ‘sociabilidad erótico afectiva’ que implica valentía, compromiso y responsabilidad en el vínculo”. Por tanto, hace hincapié en que el movimiento feminista cambió las pautas de socialización. “Dado el avance del feminismo, las pibas están empoderadas y con más herramientas para ir al frente a la hora de relacionarse. En cambio, los varones, en general, no. Se encuentran ahora frente a una demanda o mujer nueva, pero sin herramientas simbólicas para responder”, comenta.
Esa desigualdad emocional –no estructural, no salarial, sino íntima– impacta en el modo de vincularse. No porque las mujeres pidan demasiado, sino porque muchos hombres aún no saben cómo sostener un vínculo emocional sin sentir que pierden algo: el control, la distancia, la compostura.
Ariela, por su parte, plantea una metáfora que resume bien el panorama: “Es como si todos quisieran conectar con alguien, pero nadie se quiere sacar los auriculares. Nos seguimos hablando desde mundos separados. Desde la comodidad de la pantalla, desde la protección de no mostrarnos del todo”.
Según ella, eso no es necesariamente negativo. Pero sí exige un nuevo aprendizaje: cómo vincularnos sin certezas. Cómo exponernos sin sentir que estamos haciendo algo mal. Y Strugo lo retoma, pero desde otro lugar: “No es que los hombres ya no deseen. Es que el deseo, hoy, está lleno de capas: miedo al rechazo, miedo a incomodar, miedo a no estar a la altura, miedo a parecer lo que no se quiere ser. Y cuando hay tanto miedo, es difícil que el deseo avance”. Por eso insiste, no se trata solo de entender qué quieren los varones o las mujeres. Se trata de entender qué está pasando en el medio, en ese territorio donde ya no sirven las fórmulas viejas, pero todavía no hay reglas nuevas.
Lo que aparece no es un final sino un escenario. Uno en el que las mujeres proponen, pero se cansan. En el que los hombres dudan, pero no siempre se animan a decirlo. En el que las palabras existen, pero muchas veces no circulan. Y en el que la tecnología, que vino a facilitar los encuentros, parece, por momentos, congelarlos.
La pregunta que queda flotando no es si los vínculos están en crisis. Sino si esa crisis no será, también, una oportunidad. Para que el deseo, más silencioso, más torpe, más humano, pueda volver a encontrar una forma. Aunque no sepamos todavía cuál.
*Estudiantes de la carrera de Periodismo.
Además en ETER DIGITAL:
Ruth Zurbriggen: pedagogía de luchas y desobediencia
El poder destructivo de no pedir consentimiento
SOCIEDAD
Darle el valor que tiene: sobre el vaciamiento de la Casa de Moneda
“Mirá pá, ahí hay justo uno sin patente”, le dice un chico a su papá al notar lo que parece un ejemplo de lo que todos veían al caminar las calles un día cualquiera. El auto de marca Chevrolet estacionado en la calle Comodoro Pedro Zanni, una de las que rodea a la Casa de Moneda Argentina, no cuenta con su patente correspondiente y es algo que se repite con otros dos autos, de distinta marca, los cuales notó el niño justo antes de entrar a una cafetería.
Encontrar esta característica en los autos ya parece un juego en el que todos participan, como cuando buscan patentes con números capicúa. El desfinanciamiento del edificio estatal encargado de, entre otras cosas, diseñar y fabricar las chapas que se ubican en los vehículos, hace que haya faltantes.
“Las noticias de la falta de patentes las seguimos todas, la aparición de nuestro reclamo en los medios hizo que se entendiera que no es nuestra culpa, nosotros estamos trabajando y queremos seguir haciéndolo”, expresó Carolina (su apellido no será nombrado por motivos de confidencialidad), diseñadora gráfica que trabaja en la Casa de Moneda.
Quizás otra de las características más impactantes del desfinanciamiento que está llevando adelante el Gobierno es el cierre del jardín de infantes anexado a los terrenos. Además, hay un negocio inmobiliario que pretende desplazar el edificio de la institución y reemplazarlo por complejos de departamentos modernos. El edificio estatal cuenta con varios departamentos y en cada uno se realizan diferentes tareas, las cuales venían realizando un total de 1.300 empleados.
“Despidos hubo pocos”, intenta aclarar Carolina, quien se encarga actualmente de fabricar las patentes. Desde que asumió Javier Milei hubo 100 desvinculaciones en su comienzo y, luego al cerrar una de sus plantas, comenzaron a ofrecer retiros voluntarios. También existe el trabajo tercerizado en otros países y esto hace que varios empleados queden sin actividad dentro de la institución y deban reubicarse a puestos para los cuales no están capacitados.

ATE frente a la Casa de Moneda.
La Monedita: lo que dejó el jardín maternal en Retiro
El edificio de la Casa de Moneda ocupa entre dos y tres manzanas rodeadas por rejas negras y cuenta con un terreno continuo donde antes funcionaba un jardín para niños conocido como “La Monedita”. Padres y madres que forman parte de la institución dejaban a sus hijos e hijas en ese lugar previo a ingresar a realizar su labor con la tranquilidad de tenerlos a unos pocos metros de ellos. Funcionó durante 75 años, pero el 20 de diciembre del 2024 dejó de ser así.
El vocero presidencial, Manuel Adorni, ese día apareció en todas las teles del país para dar otra serie de anuncios, como todas las mañanas. Entre ellas, una que cambiaría la realidad de los trabajadores y trabajadoras de la Casa de la Moneda. Con la excusa de que solo habían 65 alumnos, dato que es real, se determinó el cierre del jardín. Pero también agregó que “se gastaba más de un millón de pesos por alumno al mes”, lo cual nunca se demostró.
“Si lo que él dijo es cierto, quiere decir que alguien se estaba llevando un montón de plata, y deberían investigar a ese alguien; no cerrar La Monedita”, menciona Carolina indignada luego de agarrar con ambas manos su café para dar un sorbo.
En la conferencia de prensa había mencionado que, en proporción, había “un empleado cada dos chicos” y que había un servicio médico de “ocho empleados que, hace cuatro años, había solo dos”, y que por estos se gastaba en servicios médicos unos “370.000 dólares por año”. “Imaginen el despilfarro que hasta tenían dinero para administrar dentro de este delirio de jardín”, sentenció y concluyó el vocero: “Poco sentido tiene mantener el servicio de los degenerados fiscales”.
Las familias que tenían a sus hijos yendo a La Monedita entonces debieron rearmar su rutina diaria. El sector de recursos humanos les ofreció a los trabajadores y trabajadoras un monto que no puede cubrir una guardería privada. Las complicaciones no se hicieron esperar, padres y madres debieron empezar a hacer malabares con sus horarios y organizaciones para poder dejar a sus hijos e hijas en algún lugar seguro para luego ir a sus puestos de trabajo.
Los horarios de trabajo en Casa de Moneda son de 6 a 14 horas, y de 14 a 22 horas, y ninguna guardería privada cuenta con esquemas similares. Además, a los chicos y chicas también les afectó el cierre por el hecho de adaptarse a uno nuevo con distintas maestras y nuevos compañeros.
La Monedita funcionaba todo el año, tenían la currícula de un jardín y, en vacaciones de invierno y de verano, contaba con una colonia, es decir, que también la complicación se vería durante los recesos escolares. Las docentes que trabajaban en ese jardín, luego del cierre, quedaron desempleadas.

Créditos: Casa de Moneda Argentina
En La Monedita se admitían infancias de entre 45 días y cinco años, y que garantizaba que los padres y madres tuvieran a sus hijos cerca. Las madres durante su trabajo se acercaban al jardín para amamantar a sus bebés y así podían sostener la lactancia hasta los dos años como cualquier pediatra recomienda.
A su vez, para las trabajadoras era importante poder reinsertarse al mundo laboral luego de su licencia por maternidad de una manera sana tanto para ella como para su hijo o hija. Carolina fue una de las mujeres que pudo tener a sus hijos en La Monedita y hoy lamenta que sus compañeras no puedan tener la misma suerte que tuvo ella, al igual que tampoco lo tendrán los hijos e hijas de ellas.
Los hijos de la diseñadora gráfica hoy siguen juntándose a jugar con los amiguitos que hicieron en La Monedita, esto se debe al fuerte vínculo que mantuvo ella con las compañeras que también pudieron aprovechar este espacio para sus niños o niñas.
La herencia de trabajar en la Casa de Moneda
Gustavo (su apellido también quedará reservado en anonimato) trabaja en el taller de la institución estatal, se dedica a la realización de estampados para pasaportes y tabacaleras junto a otros 19 empleados que trabajan con él. Antes de trabajar allí, hacía impresiones digitales.
Arrancó su camino en este trabajo por su padre, quien se jubiló con 40 años de aportes y le convenció para que iniciara allí asegurando que este trabajo era “lindo y eterno”. Antes, tenía otro oficio pero su padre le insistió para que empezara su camino en la Casa de Moneda y continúe su legado.
Siempre fue igual. Su padre también sufrió con las diferentes políticas y han habido pérdidas de trabajo “pero no como ahora”, asegura Gustavo. En el taller siempre hubo trabajo, pero desde diciembre, después de la última entrega de pasaporte y estampillas de tabacalera, los trabajadores no están haciendo nada. Se quedan en sus puestos esperando a que aparezca alguna tarea para realizar, porque hay una decisión política de tercerizar las labores que hace la institución y por eso no están trabajando. “De repente que ocurra esto te da bronca e impotencia. Es algo que nunca pensé que pudiera pasar. Pero bueno, estamos acá en la lucha”, expresa un tanto resignado.

Hubo un tiempo que fue hermoso en la Casa de Moneda
Corría el año 2011 cuando Carolina solo contaba con el título de Tecnicatura en Diseño Gráfico. Luego de jornadas en las que se dedicaba a imprimir tarjetas para celulares, decide iniciar una búsqueda laboral. Después de pasearse por diferentes páginas, se encuentra con una propuesta que le cambiaría la vida. Sin aclarar el puesto y el lugar, el anuncio solicitaba conocimientos en numeración y en gráfica. “Su solicitud ha sido enviada con éxito” fue el mensaje que apareció en pantalla rápidamente.
Al principio, trabajaría como operaria y, al tiempo de hacer carrera y tras pasar por diferentes sectores, la trasladaron a Jefa de Control de Calidad. En este puesto realizaría, años más tarde, un viaje a China para verificar la calidad de los billetes a imprimir para su circulación en Argentina: “Fue maravilloso haber pasado por esa experiencia. Más allá de que fue trabajo lo disfruté un montón porque crecí profesionalmente y pude llevar adelante esa gran oportunidad, que salió bien por suerte”.
“El terciario es privado, no hay una opción estatal para estudiar un título superior en materia gráfica”, explicó la diseñadora al justificar los motivos por los que debió postergar 10 años su carrera. Por un lado, no tenía los ingresos y por el otro, le faltaba tiempo.
En otras gráficas los horarios de trabajo son de 12 horas mayormente y eso le impedía tener tiempo para cursar y estudiar. Cuando ingresó a la Casa de Moneda pudo empezar el terciario. El primer año lo pagó ella y el segundo año se hizo cargo la institución. Al respecto, emocionada cuenta: “Ese gesto para mí fue muy importante. Siempre voy a estar muy agradecida de que hayan confiado en mí y que me hayan ayudado a desarrollarme en lo profesional”.
En el caso de Gustavo, lo que lo marcó fue la pandemia de COVID-19 en 2020. Nadie podía trabajar, a excepción de los puestos laborales considerados esenciales. Éste fue el caso de los trabajadores de la Casa de Moneda como él que se siente orgulloso de su rol: “Éramos indispensables. El país estaba parado y nosotros trabajamos para que saliera todo adelante”. Al continuar los trámites de documentación y la impresión de billetes, entre otras tantas tareas, requería que los trabajadores continuasen sus labores dentro de la institución.
La lucha por la preservación del edificio de la Casa de Moneda Argentina
A los alrededores del edificio histórico que se ingresa por la Avenida Antártida Argentina en el barrio de Retiro, hay varios edificios modernos que se realizaron en el último tiempo. Los trabajadores de la institución no pueden evitar sospechar que la intención de cerrar un edificio histórico de casi 150 años no es más que un plan que forma parte de un negocio inmobiliario para beneficiar a unos pocos.
El cierre del jardín es una consecuencia de esto, aunque no hayan podido vender esa parte del terreno, porque está anclado al inmenso campo que ocupa el edificio estatal. “Nosotros sentimos que el proyecto inmobiliario se nos viene encima”, manifestó Carolina, agobiada por la situación que tiene a varios compañeros y compañeras con el mismo sentimiento y que, además, son cuarta generación, es decir, su mamá, su abuela y su bisabuela o bisabuelo han venido a trabajar a Casa de Moneda.
Las noticias de la falta de patentes en los autos llegan a oídos de quienes trabajan en la institución y las distintas medidas de reclamo que fueron haciendo en contra del cierre del departamento estatal convocaron a los diferentes medios, sin embargo ninguno fue en ningún momento. Solamente la noticia del abrazo simbólico del 22 de abril tuvo repercusión mediática y, a partir de ese momento, empezó a tener empezó a circular la versión de los trabajadores respecto a la falta de identificación vehicular.
El Presidente apareció al principio de su Gobierno en ciertos medios, a los cuales después concurrirá con frecuencia, con su pelo un tanto alborotado y su forma tan efusiva y determinante para decir una frase que afectaría el futuro de quienes forman parte de la institución: “Se acabó el curro de la Casa de la Moneda”.
Esta frase va a la par del pensamiento que tiene Javier respecto a que la emisión monetaria es contraproducente para que un país funcione y es por eso que, para el mandatario, esta institución debe cerrar sus puertas cuanto antes.
El 18 de noviembre del 2024, día en que se recuerda la Soberanía Nacional, el Gobierno actual decide cerrar la planta ex Ciccone ubicada en Don Torcuato. En ese lugar se fabricaban las patentes para los autos, entre otras cosas, y toda la maquinaria que correspondía a ese lugar se trasladó a la Casa de Moneda.
Un operativo de seguridad llega sin previo aviso a la planta, comienza la desmantelación y el traslado de la maquinaría de una manera inadvertida. El lunes a primera hora, llegan los trabajadores de a sus puestos de trabajo y quienes están en el sector de impresión de billetes se encuentran con las nuevas tareas: fabricar patentes.

ATE en la Casa de Moneda
Los empleados tuvieron que arrancar de cero. Carolina, que se especializa exclusivamente en la impresión de billetes, de un día para el otro, comenzó a trabajar en patentes. “Tuve que volver a empezar, y en tiempo récord”, aclaró. Las patentes debían salir a la calle, tardaron una semana en hacer la mudanza y había que ensamblar y armar todas las máquinas, finalmente, explicarle al personal cómo funcionaban. “Absolutamente improvisado, porque nadie sabía bien cómo hacer ese trabajo, fue todo a prueba y error”, recuerda si bien a los 10 días ya se producían patentes con normalidad.
Actualmente, en la Casa de Moneda se está duplicando y triplicando la cantidad de lo que se producía en la planta de Don Torcuato. “Nosotros estamos realizando las patentes, la incógnita es: ‘¿Por qué no las están entregando?”, plantea Carolina. Quizás tiene que ver con todo el nuevo procedimiento que están haciendo el Ministro de Desregulación del Estado, Federico Sturzenegger, referido a la identidad y legalidad automotriz que cada vez es menos transparente y dudoso.
Gustavo y Carolina son delegados de ATE (Asociación Trabajadores del Estado), y es desde donde reciben el apoyo y el respaldo de la sede de Capital ante cada reclamo. Las ideas de difusión surgen por parte de los trabajadores de la Casa de Moneda, y entre los que ya se realizaron están: el abrazo simbólico, una radio abierta y un proyecto de ley que acompañaron los diputados nacionales Hugo Yasky, Sergio Palazzo y Juan Marino.
En 2010, el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner tomó la importante decisión de expropiar la empresa Ciccone Calcográfica, la cual se encontraba en quiebra y era la que se encargaba de imprimir la moneda argentina además de fabricar las chapas para los autos.
La maquinaria que tenía la empresa y la Casa de Moneda es antigua y tan solo llega a emitir hasta 28 billetes por pliego. Nunca se renovaron y funcionaban a contramano de las del resto del mundo, las cuales llegaban a emitir hasta 50 billetes por pliego. El Gobierno de Alberto Fernández, justo antes de su partida había invertido en una máquina nueva y moderna para la institución, pero nunca llegó a instalarse; y este Gobierno actual tampoco está invirtiendo en eso, por lo que se encuentra en desuso y juntando polvo.
Desde el 2011 hasta ahora se invirtió mucho dinero en ésta institución. Se contabilizaron aproximadamente 15 máquinas que se compraron desde los años que ingresaron Carolina y Gustavo hasta la fecha, y eso forma parte de una gran inversión que realizan los ciudadanos mediante el pago de los impuestos. “Si se cierra la Casa de Moneda, ¿qué va a ser de todo eso?”, se pregunta Carolina.
En 2020 todas esas máquinas antiguas fueron desarmadas, de esta manera, los empleados se quedaron sin maquinaria para emitir billetes. Por lo tanto, el país se vió en la necesidad de imprimir el 100% en el exterior.

En el puesto de Gustavo se encuentran con la expectativa puesta en una nueva orden de pasaportes, con ansias de trabajar y darle valor a la institución porque también decidieron llevarlo a una tercerizada, pero la empresa no está cumpliendo con los requisitos que se necesitan para esta documentación.
“Se los están desaprobando los clientes y nuevamente vienen a pedir a Casa de Moneda”, lamenta Gustavo. Sin embargo, se rompió una pieza electrónica de una de las máquinas y están necesitando que traigan un repuesto desde Alemania. Para la desafortunada suerte de éste y sus compañeros, el Gobierno no está invirtiendo en insumos para la institución y la ansiedad de trabajar se encuentra trabada por una decisión política en contra del valor y la calidad de la Casa de Moneda.
Es un proceso muy a cuentagotas de desabastecimiento y desfinanciamiento. En el taller había 20 empleados y quedaron solamente tres a back up. Es decir que si entra un trabajo, hay un grupo para hacerlo, pero a los demás los esparcieron por otros talleres. “La realidad es que no hay trabajo en ningún lado, salvo en patentes o en escasos lugares”, determina Gustavo.
La comunidad de la Casa de Moneda
Algunos trabajadores compañeros de Carolina y Gustavo comparten que la Casa de Moneda funciona como una comunidad donde hay historias de vida, progreso, solidaridad, compañerismo y familia. Todo esto sale a la luz a raíz de un episodio de lucha contra una decisión por parte de un Gobierno que pretende cerrar la institución.
Si bien existe cierta ignorancia sobre el funcionamiento de la institución, incluso un desconocimiento a su existencia o su rol en la sociedad, su importancia radica en la producción de elementos que hasta resultan cotidianos para la población. Tales como la impresión y el diseño de documentación o la fabricación de estampas para diferentes productos o, como se mencionó anteriormente, la fabricación de patentes para los autos o la impresión de billetes para el Banco Central.
Gustavo observa que la gente habla de la Casa de Moneda solo por su rol en la fabricación de billetes, pero que él trata de defender su rol: “Yo hago tu analitico, tu título universitario. Hay un montón de laburos de los cuales la gente no tiene conocimiento”.
En algunas páginas de compra venta, se ven anuncios de oferta de patentes y otros servicios como los que realizan en la Casa de la Moneda, los precios son altos comparados con la oportunidad de tenerlo a un menor costo o en algunos casos gratis si se realizan en una institución estatal.

Créditos: ATE Capital
Ambos empleados y delegados de ATE, al igual que sus compañeros, comparten la angustia, la preocupación y el enojo; pero más allá de lo que pueda significar para ellos su espacio de trabajo y el cariño que le puedan tener a su puestos, ellos tratan de hacer entender a la gente el significado de esa institución para el país. “Es importante que tengamos la autonomía de imprimir nuestros propios elementos de seguridad, algo que es fundamental”, expresa Carolina y concluye: “Hicimos todos un esfuerzo para que esto tenga algún valor, entonces es darle el valor que tiene”.
*Estudiantes de la carrera de Periodismo.
Además en ETER DIGITAL:
tCierre de empresas en la era Milei: El caso de la gráfica Morvillo
El maltrato y la desconexión total del Gobierno nacional con los jubilados
En la Ciudad de Buenos Aires se ven individuos aislados y también grupos de familiares que duermen en plena calle mientras muchos otros caminan a su lado, indiferentes, rumbo a sus hogares. Entre esos dos extremos se encuentran quienes viven en hoteles y pensiones, cuyas fachadas están disimuladas entre los edificios antiguos de la zona sur.
La licenciada en Trabajo social y doctora en Ciencias Sociales (UBA), María de la Paz Toscani dice que el empobrecimiento de la clase media hizo que familias enteras llegaran a estos lugares, antes habitados generalmente por hombres solteros. El mercado de alquileres formales les exige demostración de ingresos que tripliquen el monto de la mensualidad, garantías propietarias, meses de depósito, pagos adelantados y abonar impuestos y servicios. Cumplir con estos requisitos es algo que hoy día no está al alcance de cualquier trabajador.
Algunos de los habitantes de las pensiones más precarias alternan entre ellas y la calle. Cuando alguna changa (trapito, arregla tutti o seguridad) les permite disponer de unos pesos pueden reunir sus pocas pertenencias y dormir bajo techo. Cuando no logran seguir pagando vuelven a la vía pública. La especialista opina que, en este contexto político local y nacional, no se avizora ninguna solución, dado las consideraciones que continúa exponiendo.
La morada familiar no se percibe como un derecho en el mismo nivel que la salud y la educación. “Está mercantilizada”, dice Toscani y amplía: “No se piensa en fomentar la vivienda pública, sino que más bien nos encontramos en un momento social en el que prima el individualismo, bajo la premisa de que cada quien tiene que resolver su situación”.

Créditos: Página 12
Ante esta situación los sectores populares se adecúan a otras formas de habitar la ciudad. Al igual que lo que sucede con la gente que duermen en los cajeros de los bancos y otros refugios improvisados, puede que algo les haya salido mal a aquellos que viven en hoteles pensión, ubicados en una zona poco amigable para el imaginario popular. Quizás ellos mismos se culpabilizen, pero puede que no sea así.
En el informe titulado “Habitar en un hotel pensión en Constitución”, Toscani expresa que los inquilinos poseen orígenes diversos: oriundos de CABA o del conurbano que llegaron a vivir allí luego de transitar una crisis económica o laboral, clase media empobrecida a partir de los hechos del 2001, gente del interior y de países limítrofes que arriba en busca de oportunidades laborales, y también una camada más reciente de ciudadanos provenientes de República Dominicana, Senegal y Haití.
También informa que, aunque históricamente fue más común la presencia de hombres solos, hace varios años que se advierte un aumento en la cantidad de mujeres y familias. A su vez, el relevamiento de hoteles familiares de la Ciudad del Ministerio Público de la Defensa que data del año 2023, si bien no aporta cifras precisas, destaca que Constitución alberga en sus hoteles a personas migrantes y travestis. Al respecto, la licenciada agrega que “prostitutas y transexuales que ejercían la prostitución durante la pandemia” no pudieron realizar su trabajo y, en muchos casos, fueron echados de sus alojamientos por no poder pagarlos.
En la calle Rincón 1380 funciona el Hotel Bariloche. Tiene 25 habitaciones en las que se alojan familias con hijos, personas solas y parejas. Rocío Giménez reside allí desde hace dos años y ocupa una pieza con baño privado junto a su hijo de ocho años. Ella tiene 28 y está separada del padre del chico, que vive en San Justo, es recolector de residuos y aporta regularmente la cuota alimentaria.
Rocío vivía antes en Moreno, Provincia de Buenos Aires. Se radicó en la Ciudad por motivos de trabajo. La casa de Moreno la compartía con hermanos, por lo cual no recibe por ella ninguna renta, pero ahorra tiempo y dinero porque dejó atrás largos viajes diarios.
La joven no quiere quedarse. Aspira a una vivienda mejor, a la que no puede acceder todavía. Realiza tareas domésticas, pero ahora está esperando que le salga un trabajo en la fábrica de alfajores Fantoche, con lo cual sus ingresos y posibilidades aumentarían. Cursó un profesorado de Educación Física.
Se expresa con soltura. Si bien no es su caso, dice que “no todos desean irse” y cuenta que “hay alojada gente mayor” que podría vivir en algún geriátrico o residencia para adultos, pero “prefiere la libertad de movimientos” que allí tiene.
Otros residen en el hotel desde hace más de ocho años. No están “de paso”, como ella. Comparte que la convivencia “se le hace difícil” porque todos vienen de diferentes lugares, en diferentes condiciones de educación y “pasa de todo”. Ella está poco, pero dice que es “un desastre”.
Más allá de los choques habituales, todos son trabajadores. Las mujeres se desempeñan como empleadas domésticas y los hombres que conoce son porteros de escuela, operarios de empresas de fumigación y taxistas. Las condiciones edilicias no son buenas, de hecho el establecimiento estuvo clausurado y muestra la faja pegada a la pared.
En el Bariloche, hay agua caliente y gas natural. La cocina es compartida, y los baños también. Los hay privados, con un precio superior. La escuela pública contiene a su hijo cuando ella sale a trabajar y, además, le brinda comedor, clases de natación y cursos varios.
Respecto de subsidios sabe que existen. De hecho, tiene la tarjeta “Ciudadanía Porteña”, que le otorga créditos para la compra de alimentos, artículos de limpieza, higiene y útiles escolares. Rocío sabe que hay inquilinos que reciben apoyo por su situación de vulnerabilidad habitacional. Ella paga un alquiler mensual de $260.000, actualizado trimestralmente. Es casi lo que cuesta un departamento de un ambiente, pero la diferencia consiste en que no paga ni servicios ni impuestos, y tampoco le piden garantía alguna. Explica que “por eso permanece en un sitio donde no se encuentra a gusto y que la tiene en permanente estado de alerta”.
Toscani dice que, a veces, aparece alguien que exige mejoras en servicios esenciales, como el agua y la electricidad, o se niega a pagar por disconformidad, y se expone por ello a ser echado de los hoteles. “Los encargados no acuden a los sistemas legales sino que le pagan a la policía, con la que sostienen este tipo de arreglos”, sostiene.
Osvaldo Carballo, encargado desde hace dos años del Hotel Familiar Roxy, ubicado en Combate de Los Pozos entre Humberto I° y Carlos Calvo, accede a brindar alguna información, pero no quiere ser grabado, para evitarse problemas. Dice que en 23 habitaciones viven unas 40 personas. Entre ellas existen tanto inquilinos estables como temporarios. De los permanentes, hay porteños que “decidieron independizarse de padres o parejas”. También viene gente del interior del país.
En cuanto a edades, son todos mayores, ya que no se permiten niños. Dentro de ese abanico se encuentran desde “matrimonios jóvenes hasta jubilados”. Una pieza para dos personas con baño privado cuesta $380.000 por mes. Si el baño es compartido, $340.000. Si se tratara de un solo ocupante el precio no varía, por eso la mayoría son parejas.
Para los pasajeros, los precios por día son de $25.000 con baño privado y de $20.000 con baño compartido. No se firman contratos, no se cobra ni luz ni gas ni impuestos. Además, comparte que “no hay costos extras, tampoco hay recibos”, se anota el número de documento del cliente, éste paga e ingresa. Se comparte la cocina, el agua caliente es central y hay gas natural.
El lugar se ve prolijo y cuidado. Los montos que se piden son parecidos a los de alquiler de un departamento, pero no se solicita garantía ni depósito ni ningún otro ítem más que el alquiler mensual. La convivencia, según Osvaldo, es “normal”. Durante el día queda poca gente porque salen a trabajar. A los aspirantes a ingresar “los semblantea”, y si los percibe conflictivos los rechaza. No entran visitantes sin permiso. Hay cámaras de seguridad que se revisan regularmente.
Las llaves para el ingreso son magnetizadas. Hay un cartel que explicita que “quien las pierde debe pagar $10.000 para su reposición”. Respecto de si quienes habitan allí están conformes o se quisieran ir a una vivienda individual, el encargado expresa que no habla demasiado con los inquilinos, no es de preguntar, pero se da cuenta de que son conscientes de que esto es lo mejor posible para ellos.
La socióloga Juliana Marcus en su Trabajo Académico denominado “Del Conventillo a los hoteles-pensión”, promovido por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires expresa que “al tener la condición legal de hoteles”, los habitantes de estos establecimientos no son considerados inquilinos sino “pasajeros o huéspedes”. Es decir, habitantes temporales que, por lo tanto, no pueden acogerse a la protección de las leyes de alquileres, y sobre ellos el hotelero puede ejercer el derecho de admisión y desalojo.
La Constitución, reformada en 1994 con la incorporación de Pactos Internacionales, cita el derecho a la vivienda, pero en los hechos esto no se cumple. No hay inmuebles estatales dispuestos para vivienda social. Y dice al respecto: “No hay privacidad para las familias que conviven en esos espacios. Ir al baño ya suele ser difícil para sólo dos o tres personas de un mismo grupo, y esto hay que multiplicarlo por la cantidad de habitantes que lo comparten”.
“Se originan conflictos, lo cual tiene mucho que ver con las características de este tipo de obligada convivencia. Para funcionar con la liberalidad con la cual lo hacen, salteando las leyes que regulan los alquileres de vivienda y los procedimientos judiciales pertinentes deberían, como hoteles, ofrecer mínimamente servicio de ropa de cama y limpieza en las habitaciones”, elabora la especialista.
La permanencia del mercado de alquiler de piezas a lo largo de más de un siglo se explica por la rentabilidad que otorga a propietarios de inmuebles obsoletos, pero bien situados. El rentar las habitaciones por separado a una demanda constante, integrada por un grupo social de bajos recursos económicos que no tiene posibilidad de acceso a una vivienda diferente es beneficioso.

Créditos: El Grito del Sur
La encargada del Hotel Familiar del Sur, ubicado en una planta alta de Humberto 1° y Solís no acepta entrevistas. Sale de allí Abigail Demirci, una joven que dobla la esquina y camina por Solís en dirección a Carlos Calvo. En plena calle accede a responder algunas preguntas. Cuenta que vive en el Del Sur con sus padres desde siempre. Tenía tres años cuando llegó y ahora supera los 20.
Vinieron desde la provincia del Chaco y se instalaron en Buenos Aires, en busca de mejores horizontes. Su papá se desempeñaba antes en tareas de seguridad, y ahora lo hace en un taller. Su madre y ella trabajan en gastronomía. Justamente, iba camino al lugar de su empleo.
Abigail no tiene subsidios. Ni siquiera sabe de su existencia. En el hotel, la mayoría de sus habitantes residen de manera permanente. Muy pocos son los que están de paso. Suelen ser gendarmes o estudiantes. Sobre si los inquilinos se encuentran a gusto expresa que “la mayoría sí”, porque no tienen que pagar ni luz ni gas ni impuestos, ni cumplir con los requisitos que piden las inmobiliarias para ingresar a una vivienda individual.
Sin embargo, no deja de reconocer que ese alivio económico tiene un costo: su familia, por ejemplo, no dispone de un baño exclusivo sino que lo debe compartir con otras. Tanto es así que ahora, muchos años después, están pensando en mudarse para tener más privacidad. El precio de la locación no sería mucho mayor al que abonan, pero sostener el pago de la mensualidad y ahorrar el dinero necesario para el ingreso a una locación convencional se torna complicado.
Sobre la convivencia dice que sus padres y ella “están poco”, prácticamente sólo van a dormir aún así “hay problemas, porque el compartir baños y cocina genera rispideces”. Se producen discusiones por algunas conductas, o la falta de ellas, en temas inherentes al mantenimiento del orden y la limpieza. “Las protestas a los gritos se han naturalizado. No hay conciencia de vecindad. Rara vez intervienen los encargados, pese a que sería parte de sus funciones”, comparte.
El hotel cuenta con dos pisos y un total de aproximadamente 50 habitaciones, donde conviven alrededor de 150 personas. La mayoría de ellas son nativas de la ciudad. También hay provincianos y algunos extranjeros, especialmente venezolanos. A la gente mayor no le queda más alternativa que subir largas escaleras, porque ascensor no hay.
Respecto de espacios de relajación, esparcimiento o comunicación, sólo existe un patio-pasillo al cual dan las habitaciones. Pero nadie se instala ni transita por él, salvo para ir a tender o buscar ropa en la terraza. Hay agua caliente y gas natural. Las partes comunes son higienizadas por las o los encargados de turno, aunque no con demasiada regularidad. Se come en los cuartos y la cocina se utiliza sólo para cocinar, describe.
La licenciada Toscani es autora de varios trabajos sobre el funcionamiento de los hoteles-pensión ubicados en la Comuna 1 de CABA. Desarrolla su labor en el Centro de Estudios Urbanos y Regionales (CEUR), dependiente del CONICET, ubicado en el Barrio de Once. Antes que en los hoteles se había interesado en los conventillos, una forma de convivencia habitacional que resuena como “típicamente porteña” y que, comparada con la de los hoteles y pensiones, presenta mayor estabilidad, debido a la menor rotación de habitantes.
Cuando comenzó a ingresar a los hoteles advirtió que muchos funcionaban de manera súper ilegal, “manejados por mafias que se apoderaban de los inmuebles”. A veces, el vínculo es tan poco claro respecto de quién es el locador que el alquiler no se le abona al verdadero dueño sino a quien detenta el poder de aceptar o echar a los inquilinos. “La violencia latente a veces cobra víctimas”, dice la experta y agrega: “Conocí a una mujer que vivía con su hijo en un hotel de la zona, en el que se vendía droga. El muchacho intervino para que el narco fuera echado y en represalía lo asesinaron en plena calle”.
No obstante, dice que a veces se producen “acciones solidarias”. Recuerda el intento de desalojo de una familia compuesta por una mamá con dos hijas, que vivían en un sótano. Cuando la madre salió rumbo a una farmacia para comprar medicación destinada a una de las criaturas que estaba enferma, la dueña del hotel sacó a la calle a las niñas de 7 y 4 años. Se le debían alquileres. Pero los vecinos no permitieron ese desalojo. Llamaron a la Defensoría e intervino el Ministerio Público Tutelar porque había menores y la familia volvió a ingresar.
El subsuelo que alquilaban ni siquiera era apto para que funcionara allí una vivienda. En el transcurso de su actividad descubrió que había piezas que eran de 2 x 2 metros. Se acuerda, muy patente, de una nena que le dijo: “Vení, pasá, ésta es mi casa”. Y era un reducto muy estrecho, sin ventanas, con dos camas. No había espacio para más. Así y todo parecía feliz de estar recibiendo a alguien.
*Estudiantes de la carrera de Periodismo.
Además en ETER DIGITAL:
El drama de alquilar en la Ciudad de Buenos Aires
CABA: una ciudad que se transforma a costa del bienestar de los vecinos