CAMBIO DE LUGAR


Escribir sobre el padre. Ese era el tema para un trabajo, en el contexto de la materia Redacción. Tenían tiempo, el mes completo de las vacaciones de invierno, como si alcanzaran los días para pensarlo y arrancar. Siempre es tan difícil como incómodo narrarlo. Por suerte están los que se animan. Araceli Sued cursa primer año en la carrera de Periodismo Deportivo. Así quiso contar a su padre, la historia sobre un duelo sin golpes bajos.

Por Araceli Sued | @araacai

Araceli Sued, foto

La puerta de la antesala de quirófano se abre de repente. Una enfermera se asoma y me llama: “Araceli, ¿podés venir por favor?” Es raro, no recuerdo haberle dicho mi nombre. Me levanto del asiento y cruzo la puerta. Hay un tipito, con el torso desnudo, sentado en una camilla. Sus pies no alcanzan a tocar el piso. Las manos descansan sobre sus rodillas. Mientras me acerco, me sonríe tímidamente. Es un nene atrapado en el cuerpo de un adulto. Por suerte (o por desgracia), ese tipito es mi papá.
Mi viejo se acomoda su pelo negro, y se peina los bigotes con la mano. Tiene puesto un jean, calzado por debajo de la panza. Y está en cuero. “Les dije que te llamen a vos, que seguro me podías ayudar”, dice. Tiene un vendaje en el brazo izquierdo, cerca del hombro.
La enfermera llama a mi mamá y la hace entrar, al mismo tiempo que el médico irrumpe en el lugar. “Tuvimos complicaciones con las venas, hubo que cambiar el lugar de la fístula”, nos explica.
El cirujano habla y retira la venda. Mamá mira, pero sin ver. Presto atención, ambas escuchamos. El médico hace una pausa. Vuelvo a asentir. Me mira a los ojos y me pregunta: “¿Vos qué edad tenés?” No me extraña que, después de todo, también me hubiese sorprendido. “Dieciocho”, le contesto. Hace un gesto de aprobación y sigue explicando. Papá no se detiene en su brazo, me mira a mí. No mira, pero siente y sentir esa marca en su cuerpo le genera suficiente fastidio e impresión. Y ahí lo supe. A partir de ese momento, de allí en adelante, sería yo quien lo cuidara a él. Sin saberlo, sería mi oportunidad de ayudarlo en su infierno, antes de que se fuera. A todo hijo le toca, en algún momento de su vida, convertirse en padre de sus padres.
Estamos en la cocina de casa. Los dos, solos, en nuestro mundo, en nuestra unión. Leo y sigo cuidadosamente los pasos para limpiarle la herida lo mejor posible. Él sigue sin mirar su brazo, pero siempre me mira a mí. Sus ojos emanan un tácito pedido de perdón. Le sonrío, como expresándole un ‘todo está bien’. Empezamos a entendernos así, y las palabras empiezan a sobrar.
Así seguimos, durante tres meses, tres veces por día, hasta que la herida cerró. Durante ese tiempo, él siempre me miró a mí, con un ‘gracias’ que no mencionó, con un ‘perdón’ que nunca dijo. No hacía falta.
Lo hizo por última vez el 2 de octubre de 2013, y disfrazado de una sonrisa le volví a expresar un ‘todo está bien’. Sabíamos que entre él y yo, las palabras sobraban.

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