DANZA BUTOH: EL CUERPO QUE RENACE DE LAS CENIZAS


¿Sabés qué es bailar entre los muertos? Hay cientos de personas en el mundo que sí, gracias a dos japoneses que transformaron el horror de la Segunda Guerra y las bombas atómicas en una danza hoy convertida en fenómeno global. Como suele suceder, este arte tiene un referente argentino entre sus mayores exponentes. Entrá y conocé la historia.

Por Agustina Arredondo (@AgustinaAredo3), Daniela Santillan (@EugeSantillan) y Norman Flores (@normanesnombre)

Un cuerpo vivo y desnudo se contrae en cada movimiento. Los huesos a flor de piel, desplazamientos lentos, casi imperceptibles. La música guía las extremidades, que en cierto momento comienzan a temblar. Las manos tocan la oscuridad con delicadeza, se hacen espacio en el aire para agarrarar una flor invisible, y contemplarla en todo su esplendor. El pecho primero se relaja, luego percibe y por último escupe su verdad: el intérprete se vacía y entrega todo su dolor a los espectadores; la expresión más pura de la danza de la oscuridad, de las tinieblas, el baile con los muertos, conocido como el Butoh.

Con los cuerpos pintados de blanco, los ojos delineados, las bocas maquilladas, casi desnudos y con gestos infantiles y femeninos, o sombríos y terroríficos, Kazuo Ohno y Tatsumi Hijikata crearon el Butoh para sanar las heridas que sufrió Japón tras la Segunda Guerra Mundial. Un argentino, Gustavo Collini Sartor, fue discípulo de Kazuo y aprendió los valores de la danza oriental al convivir día a día con su maestro. Como sus mentores, que transformaron el dolor en arte, él bailó y se filmó en la ex ESMA, centro clandestino de detención de la última dictadura militar, para que la memoria de los desaparecidos no se olvidara jamás.

Cuando se habla del Butoh se dice que las sombras de los vivos bailan al mismo compás que las de los muertos, no sólo con almas conocidas, sino también con las de todo el pueblo. Por lo tanto, es común que alguien que está viendo pueda imaginar que hay dos o más personas bailando, aunque en el escenario sólo se ve a una. A la hora de presentar su obra, el artista se maquilla de blanco. Algunos dicen que es por la tradición del teatro asiático, otros, por la relación que tiene este baile con los cuerpos muertos, y están los que sostienen que el maquillaje se usa para “borrarse” la cara y la piel. Muchos bailan casi sin ropa o desnudos. Las mujeres llegan a pelarse y a arrancarse los dientes para alejarse de la “belleza convencional” que se ve en el arte. La música que suena puede ser oriental, occidental, o simplemente el sonido ambiente; con eso alcanza. Al mismo tiempo que el bailarín está exponiéndose, mostrando su alma, los espectadores se reconocen, indagan cuáles son sus propios límites y prueban si son capaces de reaccionar ante la entrega que hace el artista en escena. Más que de una danza, los cultores del Butoh hablan de grandes movimientos catárticos del cuerpo para limpiarse, “sacarse las dagas de las guerras”, como decía el precursor Kazuo Ohno.

El bailarín Butoh busca convertirse en una imagen, un sentimiento: aquello que visualiza. Por eso nunca hay obras iguales ni intérpretes que desarrollan la danza de la misma forma. Puede realizarse tanto en un teatro como en la calle, en cualquier lugar. En esos minutos de baile, el bailarín puede ser una flor, una piedra, una silla, o una palabra. Salta, se revuelca en el piso, se coloca en posición fetal, se levanta y abre sus brazos como si estuviera en la orilla de un precipicio a punto de caer. Las posiciones del Butoh pueden llamar la atención por lo estrafalario de sus formas. No hay límite de tiempo para este espectáculo, pero es necesario un fuerte poder mental y corporal para conectarse con su interior y con su exterior. El argentino Gustavo Collini Sartor tiene una forma poética de definirlo: “El ‘BU’ es enterrarse con los pies en la tierra, a favor de la gravedad y el ‘TOH’ es ir en contra de la gravedad para alcanzar el cielo”.

ENCUENTROS DE GUERRA: TRES CAMINOS SE UNEN

La Danza Butoh se originó en el Japón de posguerra, entre cuerpos mutilados y una sociedad completamente desesperanzada. Los artistas empezaron a actuar en la calle y en las universiades, hacían happenings y performance para concientizar sobre lo que sentían que el pueblo estaba perdiendo. Buscaban despertar a esos ciudadanos que habían dejado de lado sus raíces. La memoria debía ser recuperada y había que protestar, hablar con el cuerpo. Kazuo Ohno, nacido en 1906, era un profesor rural de educación física y la primera vez que se acercó a la danza fue en 1929, cuando vio un espectáculo de flamenco de Antonia Mercé, “La Argentina”, en el Teatro Teikok (Imperial) de Tokio.

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En 1938 fue reclutado para ir a la Guerra del Pacífico (la que dio inicio a la Segunda Guerra Mundial) a combatir en territorio Chino y en Nueva Guinea. Pasó años como prisionero. Luego de que el ejército japonés se rindiera, tras las bombas atómicas de Hiroshima y Nagazaki, Kazuo regresó en un barco a su tierra, mientras veía todo tipo de vejaciones que sufrían sus compañeros en manos de sus enemigos.

Al llegar a su hogar, le explicó a su mujer que de alguna forma tenía que sacar todo lo que había vivido, sentía que tenía que limpiarse, sanarse. Empezó a bailar por las calles vestido de mujer y pintado de blanco. Su hijo, Yoshito, no comprendía lo que le pasaba a su padre y por esa razón le contó a su maestro de teatro, Tarsumi Hijikata, los excéntricos movimientos que empezó a realizar Kazuo después de la guerra. Su profesor pidió conocerlo y al verlo, le explicó a su alumno: “Lo que tu padre hace es danza contemporánea; quiero trabajar con él porque es todo lo que le pido a mis alumnos que sean”. El profesor Tatsumi Hijikata también había tenido una marcada relación con la guerra: su hermana había sido vendida por sus padres para prostituirla. Después de muchos años, decidió ir a buscarla. La encontró antes de que muriera de sífilis. La prostitución de las mujeres japonesas en ese tiempo se había potenciado por la injerencia de las bases americanas. Desde el momento en que Tatsumi vio la tristeza en los ojos de su hermana, empezó su repudio ante los “invasores” occidentales.

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El argentino Gustavo Collini Sartor, actor, bailarín, coreógrafo y director, conoció a Kazuo Ohno gracias a la distinguida directora de teatro Ellen Stewart, su madrina artística, quien también le presentó a otro de sus grandes educadores: el director polaco de teatro antropológico Jerzy Grotowski  (Recuadro). En 1986, Gustavo se encontró personalmente por primera vez con Kazuo en la única visita que el bailarín japonés realizó al país. Junto a su hijo Yoshito, vinieron a presentar la obra “Admirando a la Argentina”, un homenaje a Antonia Mercé, quien se había convertido en su musa. Ese espectáculo había sido el primero que montó el ex-prisionero de guerra en 1979, con 70 años edad.

A partir de ese encuentro, Collini Sartor inició su camino con el butoh. Fue el primero en inaugurar un estudio (Mundo Butoh) dedicado exclusivamente a la enseñanza de esta danza en la Argentina. Empezó a dar clases y a montar obras (por ejemplo, El Andrógino). También fusionó la cultura nacional con la japonesa al crear el Tango Butoh: una expresión artística musical con el bandoneonísta de Piazzolla Daniel Binelli, con apoyo de Horacio Ferrer (Presidente de la Academia Nacional de Tango), y la dirección de Susana Torres Molina. Esté no sólo era un show de baile, al mismo tiempo fue una serie de televisión dividida en 15 capítulos. Y en 1995, editó el libro “Kazuo Ohno, El último Bailarín de la danza”.

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Al igual que sus maestros, el artista occidental vivió la experiencia de transformar las cenizas de dolor su país a través de su cuerpo. Realizó una filmación en la ex ESMA. La idea fue escrita junto al guionista Gustavo Bellati (El Elegido, Resistiré). El bailarín interpreta a Nicolás, un joven que nació en cautiverio en ese centro clandestino de detención de la última dictadura cívico-militar.

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La producción mezcla la actuación en formato ficción con testimonios documentales reales, y forma parte de Orígenes, un proyecto que engloba diferentes disciplinas artísticas como el cine, el baile, la música y las artes marciales. “Este proyecto es bastante amplio, por eso tiene una parte de investigación, de estudio y otra de producción”, explica Collini a la hora de hablar de su gran proyecto, que viene produciendo desde hace cuatro años.

Anteriormente, en 2008, el artista protagonizó un corto llamado “Ciudad Invisible”, donde interpreta a un personaje que baila durante toda la película, y recorre la Ciudad de Buenos Aires integrándola con la estética Butoh.

LAS PALABRAS QUE SE TRANSMITEN DE MAESTRO A MAESTRO

Luego de conocer la historia, el camino que une a cada uno de los referentes de esta danza y de haber compartido esa misma pasión junto a ellos, Gustavo Collini explica: “El Butoh se trata de una estética, no es una moda. Tiene una forma visual distinta a la convencional y no es teatro de texto, es un texto interior”.

Collini cuenta que Kazuo Ohno decía: “Hay que volver al punto cero, al del espermatozoide y el óvulo y descubrir el origen de las emociones; hay que hacerlo desde tu verdad, con tu propia experiencia, hay que renacer de las cenizas atómicas como el ave fénix”. Y lo resume con estas palabras “El Butoh es cómo volver a lo real y a lo sincero de cada uno. Además, cuenta que la danza requiere un estado mental particular, la unión del cuerpo, de los huesos con la mente y con el alma. Nace desde el vacío, ese lugar en donde no se piensa y sólo fluye. Fluye con movimientos lentos, bruscos, tercos o suaves. Fluye con el cuerpo en silencio.

El referente argentino remarca que el aprendizaje no está escrito: “No se lee en los libros, yo lo enseño contagiando al otro mi verdad”. Sobre el tiempo de aprendizaje que le lleva a cada individuo conocerse a sí mismo, Gustavo explica: “Durante los primeros cuatro, cinco años descubren cómo son sus huesos y cómo se expresan, qué les pasa a sus esqueletos cuando están sentados, parados. Una vez que se aprende todo eso, hay que ver qué es lo que quieren hacer. Yo les digo que es preferible no mostrarse antes, más allá de los experimentos que pueden ir haciendo porque el Butoh se tiene que ir gestando”.

Kazuo Ohno, como ya se dijo, empezó a los 70 años, y bailó hasta el momento de su muerte, cuando tenía 103. Collini admite: “Todos pueden bailar, los que tienen experiencia en danzas y los que no; lo podés hacer hasta la edad que quieras”. Por su parte, el hijo de Kazuo, Yoshito, hoy es el máximo exponente del butoh a nivel mundial y con 75 años sigue bailando.

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En la actualidad esta disciplina japonesa está extendiéndose cada vez más en el mundo. “Quizás este es un momento en el cual el Butoh pueda unir, eso es lo que a mi más me interesa con la danza”, analiza Collini. De todas formas, remarca que se perdió el rumbo que los grandes maestros trazaron: “Tatsumi se quería matar cuando veía lo que los otros hacían y llamaban Butoh”. El referente argentino tiene miedo que el butoh se reformule y que se quede “sólo una moda, como el sushi” y que de esa manera se pierda su esencia, su historia y su enseñanza.

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“CUESTA ENTENDER EL BUTOH DESDE LO INTELECTUAL, HAY QUE EXPERIMENTARLO”

María Florencia Kais y Luciana Sayanes tienen al mismo maestro, pero una baila desde un sentido terapéutica para lograr la armonía, y la otra, para crecer en su carrera artística.

Por Gonzalo Albornoz (@Gonzalo_alb)

Cuando a alguien le pica el bichito de ser bailarín, el máximo logro al que apuntan es a bailar en el histórico Teatro Colon; pero no todas las danzas que existen son del género clásico o musical ni necesitan cientos de personas sobre el escenario. Sólo una persona puede transmitir con el Butoh sentimientos inexplicables que van desde el asco y el dolor hasta la hermosura del alma del ser humano.

María Florencia Kais tiene 36 años y es alumna de Gustavo Collini, profesor del estudio llamado “Mundo Butoh”. Empezó hace cinco años y se acercó al establecimiento del barrio porteño de Belgrano porque estaba buscando algo diferente. Su primer acercamiento fue a partir de investigaciones por Internet, para entonces le llamó la atención la historia y el origen del Butoh, aquella disciplina hoy se convirtió en su pasión.

Anteriormente, María había estudiado y practicado danzas clásicas y otros tipos de bailes, pero la particular danza japonesa le despertó especial interés. Ella no baila frente al público, jamás pensó en hacerlo. No lo hace en miras de una carrera artística, todo lo contario, María es profesora de inglés y el Butoh la ayuda a conectarse con la gente y consigo misma desde otro lado.

“Es un arte hermoso y muy profundo, pero cuesta entenderlo desde lo intelectual, hay que experimentarlo”, exclama con una sonrisa María, quien además no se considera bailarina ni intérprete, sino una persona que experimenta, estudia budismo y lo toma como una especie de terapia física y al mismo tiempo psíquica. “A mi me encanta que el Butoh logre que el cuerpo cuente la verdad, siempre este tiene algo que decir” afirma.

Luciana Sayanes también es alumna de Gustavo Collini desde hace cuatro años, pero en los últimos meses se alejó del entrenamiento de esta danza para enfocarse más en el canto lírico, su otra pasión. Por mera casualidad o justamente porque está en esa etapa en la que su maestro explica que un alumno ya conoce los huesos y las posturas de su cuerpo, Luciana encuentra “contradicciones” en base a la “ortodoxia” de esta danza. Por ejemplo, el maquillarse de blanco o reposarse siempre en el dolor cuando “más allá de la oscuridad, sea lo que sea que se represente, puede haber brillitos de colores”.

La historia también le gustó a Luciana, porque lo considera como un movimiento de protesta: “El Butoh vino a romper con tabúes y a poner en escena lo que no se quería ver, que era la destrucción”. En cuanto a lo artístico, cuenta que bailar es catártico: “El proceso de cómo se llega a los movimientos es cuando se siente que se llegó al máximo, me desdoblo, me expongo, pongo afuera mi alma… lo interesante es el proceso de construcción y la vuelta final al exponerse”.

Para finalizar, Luciana reconoce que más allá del alejamiento de los últimos meses, quiere volver a bailar porque “siempre hay alguna técnica para seguir aprendiendo”. Y en cuanto a su maestro, al igual que hace María Florencia, siente una “enorme gratitud” hacia Collini por todo lo que le enseñó.

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BUTOH – GROTOWSKI: BÚSQUEDAS PARALELAS

Cuando los cultores de esta disciplina mencionan a Grotowski, hacen referencia al director y pedagogo teatral Polaco que realizó un camino de búsqueda que se emparenta con el Butoh.

Por José De Rosa

La búsqueda del bailarín de Butoh apunta a descubrir su expresividad creativa, basada en técnicas orientales que aportan una fusión entre el pensamiento y el sentimiento, analizando los sentidos. Esta disciplina llamada por muchos “Danza – Teatro” va a lo visceral, a perder el cuerpo externo, apunta a una clara ruptura no solo con la gestualidad del Kabuki (opera japonesa) o el teatro Noh de la época imperial del Japón, sino también desde el cuerpo para traducirlo en emocionalidad.

Jerzy Grotowski fue el teórico del teatro de vanguardia del siglo XX. Su objetivo era lograr “la madurez” del actor que se expresa a través de una tensión elevada al extremo, de una exposición absoluta de su propia intimidad.

Plantea Grotowsky que “el cuerpo se desvanece, se quema, y el espectador sólo contempla una serie de impulsos visibles.” En este sentido, el Butoh busca que el que esté arriba del escenario se vacíe completamente. Que pueda deshacerse de todo lo superficial para así llegar a lo más profundo de sus emociones. Los movimientos que logran deben ser despojados de todo. Ellos quieren llegar a que el alma quede expuesta para que los espectadores puedan “ver” aquello que ellos sienten. Sus sentimientos, de esa forma, se transforman en movimientos. Además muchas veces la danza japonesa apela a la desnudez, al igual que el director polaco.

Grotowski era estudioso de los métodos teatrales más importantes de Europa como la extraversión y la introversión, el entrenamiento biomecánico y otras técnicas corporales Dedica un particular reconocimiento a las técnicas de entrenamiento de teatro oriental, las Ópera de Pekín, el Teatro Kathaali Hindú y el Teatro Noh de Japón. El Butoh también requiere de un entrenamiento físico muy exigente ya que trabajan con el tono muscular hasta el extremo. La búsqueda de lo extracotidiano, el punto exacto de concentración, la utilización de signos que apuntan a eliminar los elementos de la conducta natural, es el elemento esencial de la expresión en el teatro de Grotowski.

En el caso del Butoh, la búsqueda apunta a llegar a la esencia de la persona, a sus orígenes despojándose de todas las “capas” que lo rodean.

FOTOBUTOH04.JPGCon relación al trabajo del director Polaco, el inglés Peter Brook , uno de los directores más deslumbrantes e influyentes del teatro contemporáneo, dijo: “El Trabajo de Grotowksi lo lleva a penetrar cada vez más profundo en el mundo del actor, hasta el punto en que éste deja de ser actor para convertirse en el hombre esencial. Para ello se requieren todos los elementos dinámicos del drama. De manera tal que se pueda exprimir cada célula del cuerpo para que revele sus secretos”. Lo que persigue el Butoh es que el cuerpo “hable” por sì solo, porque quienes interpretan esta danza entienden que el cuerpo tiene memoria y lo que ellos quieren es traerla de nuevo. Su objetivo es separar el cuerpo de la mente, para que este pueda decir aquello que tiene para contar y antes estaba escondido.

Links de videos

Tatsumi Hijikata, de 1972: http://www.youtube.com/watch?v=rIGN0GpegyQ
Yoshito Ohno: http://www.youtube.com/watch?v=TrGSk1NHBnM
Gustavo Collini Sartor y Claudia Lapacó http://www.youtube.com/watch?v=YrSLXNPN6BY

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