Un viaje en colectivo despertó mis sentidos y descubrí cuánto extraño viajar con mi madre en ese transporte público. 

Por Antonella Cabrera

El bondi verde agua se está acercando. La despido a mi vieja y veo cómo le brillan los ojos verdes. Siempre le cuesta despedirse, y en este contexto más. No me alcanzan los dedos de la mano para contar las veces que viajé con ella en el 92. Recuerdo vivamente como ella, con mi hermana en brazos y conmigo de la mano, subía en este colectivo que nos lleva a la casa de los abuelos. Se bancaba los cuarenta minutos de viaje con dos nenas inquietas a cuestas. Pero hoy me toca viajar sola.

Antes de subir miro bien que el cartel diga “hasta Retiro”. Me pasó más de una vez tener que bajar en Flores porque ahí terminaba el recorrido. Por suerte este es el que me lleva a mi destino. Subo, saludo al chofer, “hasta Corrientes y Lambaré, por favor”, le dijo. Apoyo la sube en la caja, y ahí se van mis últimos veinte pesos de carga. Ver al chofer se complica mucho, lo tapa una cortina transparente y me hace acordar al mantel que usaba en plástica para no manchar nada. Miro hacia atrás para elegir dónde sentarme. Hay muchos asientos de cuerina negra vacíos. Parece que pocos se animan a viajar en estos tiempos. Elijo los asientos dobles, aunque vaya sola, que están antes de la puerta trasera. Me siento y me pongo alcohol en gel que me dio mamá.

Son las casi las siete y media de la tarde. El sol se termina de esconder. Las calles están oscuras, y las luces de colectivo se encienden. Vamos por Avenida Directorio. Pensar que estas cuadras las caminaba con mis amigas para ir al parque. Los locales de la Avenida se encuentran apagados. Mi barrio, mi Mataderos, parece estar escondido en alguna otra parte.

Alejo la mirada de las calles, y miro hacia adentro del colectivo, que ya dobló por Av. Olivera. Me vibra el celu y veo que es un mensaje de mi vieja: “avisá cuando llegues”. Guardo el celular en la mochila. Sé que a mi mamá le gustaría acompañarme, pero ella ya me ayudó mucho, y ahora me toca ayudarla a mí, cuidando a mis abuelos.

En el 92 no vuela ni una mosca. Parece que estoy en un boliche móvil, lleno de luces de colores, bailando sola con la mente. Afuera todo está oscuro y adentro la luz roja que avisa que hay un escalón, las luces ultravioletas iluminan el resto del bondi en las noches. Los caños amarillos están descubiertos: no está el tumulto de gente que los tapa. Están los carteles de siempre y los nuevos, que hablan sobre el cuidado del virus. A mi vieja le hubiera gustado viajar así con mi hermanita y conmigo tiempo atrás, y no ir chocándose con toda la gente, pidiendo permiso. 

El colectivo por fin para. Alguien sube en Av. Lacarra. Ya somos dos en el boliche móvil. Voy por Av. Rivadavia, Mataderos ya quedó atrás, ahora estamos en Floresta. Las luces de esta avenida iluminan el doble que las de mi barrio. Los locales, aunque ya están cerrados, igual dan luz. Piedra libre para este colectivo que parece andar solo. De nuevo frena. Sube una pareja en la calle Nazca. En estos tiempos donde no se puede abrazar y besar, ellos parecen romper las reglas. Ya somos varios en el boliche, y lo único que falta es la música, pero la música es el silencio. Es el hitazo del 92.

Parece que ya no puede subir más gente al colectivo. Copamos la capacidad, aunque somos unos pocos. El bondi sigue de largo, sigue en silencio. Me duermo un rato. Aunque no es lo mismo apoyar la cabeza en la ventanilla que en el hombro de mamá. Me despierto cuando dobla en avenida Corrientes. Estoy a dos paradas de bajar. Después de atravesar varios barrios, ya estoy en Villa Crespo. Tengo que acordarme de mensajear a la vieja.

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