El hombre de un siglo

Berto era un ser querible, gran contador de anécdotas. Este homenaje es a un padre, abuelo y bisabuelo amoroso.


Eugenio “Berto” Améndola, mi bisabuelo, era una persona de hierro, nada lo tumbaba. Su segundo nombre va entre comillas, ya que el verdadero es Alberto, sólo que en el DNI figura como Berto. Esto sucedió porque su padre cuando vino desde Italia, no hablaba con fluidez el español y la persona que anotaba los nombres lo entendió mal. 

Alberto vivió una vida plena hasta sus 98 años, de hecho, anduvo en bicicleta hasta los 85. Siempre se vestía impecable, el secreto es que un día antes de un almuerzo o cena familiar, él elegía la ropa, la planchaba y la dejaba doblada en la cama para usar al otro día. Los últimos ocho años vivió en Villa Crespo con mi abuela Ester, su hija, luego de que su casa de toda la vida en Chivilcoy fuera vendida por su hijo adoptivo. 

Ester cuenta cómo fue cuidarlo por tantos años: “Hacerme cargo de él fue difícil en algunos momentos, pero me dio la hermosa oportunidad de conocerlo más y creo que en todo este tiempo aprendí muchas cosas sobre la vida. Hacíamos muchas cosas juntos, cuando yo tenía que hacer trámites lo llevaba a dar una vuelta, se quedaba en el auto cuando yo bajaba, y después nos íbamos a tomar un café. Yo también le daba cosas para hacer en la casa, crucigramas, juegos de cartas, juegos de memoria y él estaba contento de poder hacerlos”.

El esposo de Ester, mi abuelo Guillermo, tenía una gran relación con él. Cada vez que recuerda los almuerzos y cenas familiares, sonríe con cariño. Para él era un excelente compañero, gran amigo. “Nos alentamos mutuamente, nos contábamos cosas que habíamos vivido, charlábamos sobre nuestros padres, jugábamos a las cartas”.

Alberto era un gran contador de anécdotas, en ninguna cena familiar faltaba el momento en el que él pudiera contar una de sus aventuras. Las más escuchadas, la de cuando vio emerger un submarino nazi en la plataforma de la Marina, o cuando salía a bailar de joven con su hermano por Chivilcoy. Tenían que hacer 20 kilómetros de camino de tierra en bicicleta de traje para poder estar con sus novias. 

Desde muy joven, sin tener ni el primario terminado, pasó por un montón de oficios, trabajó en un taller mecánico, en un molino donde fabricaba harina, de chofer, pero su trabajo más duradero fue en el Sindicato Luz y Fuerza. Al cumplir 25 años en la empresa, le dieron una medalla de oro que conservó hasta el último día en su mesita de luz. Él tenía contados los años, días y meses que había trabajado en el sindicato (25 años, 8 meses y 21 días) y lo repetía muy seguido.

Era muy amoroso con la gente que quería, nunca voy a olvidar cuando para su cumpleaños de 90, organizamos entre toda la familia el “Torneo de truco Alberto Améndola” con una copa y todo. Tiramos reyes y me tocó hacer pareja con él. Era un muy buen jugador, muy mentiroso y pillo, pero no podías pasarle señas porque no las veía, y todas las jugadas que se discutían se tenían que hacer gritando porque si no, no oía. La copa la terminamos ganando y todavía tengo el trofeo en mi habitación. 

Conmigo era el típico abuelo de antes, venía de atrás me agarraba la mano, me pasaba un billete y al oído me decía: “No se lo digas a tu madre, esto queda acá”. Mis tíos recuerdan que también con ellos, cuando eran chicos, fue un abuelo muy cariñoso. Su única nieta mujer cuenta cómo fue su niñez con él: “Mi abuelo fue muy compinche, sólo lo veía los veranos porque él vivía en Chivilcoy y yo en Capital, pero cuando iba a su casa, me quedaba un mes y medio de vacaciones. Me dejaba hacer cosas que mis papás no, me acompañaba a buscar juncos al lado de la ruta para hacer una choza, y después nos quedábamos a dormir ahí.”

Ester, mi abuela, recuerda verlo con ropa de trabajo. Le gustaba ir a trabajar, siempre iba contento. Cuando volvía, leía unas novelas de cowboy que en ese momento estaban de moda y a veces jugaba con ella. “Me llevaba a la escuela de danzas y a la vuelta nos traía en auto a mí y a mis amigas, siempre le pedíamos dar una vuelta a la plaza en el pueblo donde vivíamos, y él nos llevaba sin chistar.”

Los últimos días de Alberto fueron variando, estuvo bien el último tiempo, aunque cada vez más limitado. Nunca perdió las ganas de vivir ni dejó de hacer fuerza para estar bien, nunca se entregó. “Los últimos quince días de su vida fueron feos, pero en noventa y ocho años y medio, quince días no estuvo tan mal, ¿no?”, dice Ester. Alberto se contagió de COVID y estuvo internado una semana en el Sanatorio Colegiales, se recuperó y terminó en un hogar de ancianos ubicado en las calles Serrano y Vera, donde falleció. 

Mi bisabuelo será recordado como una gran persona y en mi familia lo llevamos en el corazón, no hay un truco que no te haga acordar a él y las cenas familiares ya no son lo mismo que antes. Fue la persona más fuerte que conocí, siempre tuvo ganas de seguir para adelante y eso es una enseñanza que me va a quedar para toda la vida.