EL TIEMPO A TRAVES DE LIEBIG


Liebig es un pueblo de la provincia de Entre Ríos que queda a cinco kilómetros de San José y 10 de la ciudad de Colón. Mientras que estos lugares se cuentan por su presente, Liebig se define por el pasado.

Por Alejandra Nouche

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El sol enrojecido retrocede tras el corredor de árboles de una de las calles de tierra que llevan al río. La bajada hacia la orilla se hace agradable. El agua tonaliza en un plateado y el viento, fresco, suave y eterno, mueve las hojas de los árboles y los botecitos amarrados en los postes de la orilla. Una pequeña comunidad de alrededor de 1.000 habitantes del centro este entrerriano, a diez kilómetros de la ciudad de Colón, espera el ocaso del día. Es un nuevo atardecer en pueblo Liebig, 26 de noviembre de 2015. Pero también podría ser cualquier atardecer de 1975, 1983 o 2004. En el lugar se percibe que se vive en un tiempo distinto. Sin prisas, pero con pausas.
Los primeros rastros se remontan a 1863, cuando Apolinario Benítez instaló a unos 5 kilómetros de la ciudad de Colón un pequeño saladero que después pasó a pertenecer a Juan O´Connor, en 1871. En las inmediaciones se había asentado un poblado precario precursor de lo que sería un emprendimiento pujante. El saladero O´Connor fue comprado por capitales ingleses que fundaron la Liebig’s Extracto of Meat Company, que producía extracto de carne y corned beaf, bajo la fórmula del químico alemán Justus Von Liebig, considerado el padre de la química orgánica. Muchos soldados desde la primera guerra mundial fueron alimentados con las latas de Liebig, ya que tenían gran cantidad de proteínas y vitaminas. Desde la fábrica, que salía al río, se embarcaban directo hacia Europa. Hasta la década del ´50, trabajaron 3.500 obreros en turnos diurnos y nocturnos. Fueron los años gloriosos. El centro fue diseñado de acuerdo a las necesidades de producción. Una manga de madera por donde pasaba el ganado que lo dividía en dos. Así se lograba que la hacienda fuera desde el campo al frigorífico, pero también determinaba una división social, aunque más no fuese por una cuestión operativa, ya que del lado sur quedaron las casas de los obreros y del norte las residencias de estilo inglés del personal jerárquico.

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Todo cambió demasiado desde que el lugar era conocido como Fábrica Colón. Ella sigue ahí, pero sin funcionar y sin el prestigio que le otorgó en el pasado nominar un pueblo. Es ahora una postal de época. Un lugar bucólico con una arquitectura que quedó casi igual a como fue planificada. Sobre las calles obreras las casas bajas van de punta a punta. Se diferencian solo por el color de la pintura que se divide en el arco del zaguán que comparten. La mayor actividad comercial pasa por la despensa y la carnicería. Del lado norte se ven cuatro o cinco chalets de estilo inglés por cada vereda separada por una calle ancha, matizada con árboles añejos. Un museo guarda los tesoros de antaño y el club de pescadores es el lugar más concurrido.
Para 1970 la fábrica cierra sus puertas por el período de un año y luego reabre bajo la firma Fricosa. Sus últimos días productivos estuvieron en manos de la firma Vizental, de la que dependían 2.500 familias que luego se redujeron a menos de 100 hasta que sus instalaciones fueron desmanteladas y vendidas en 1980. El cierre determinó el destino de la mayor parte de la población local. Muchos emigraron, en especial los jóvenes, por falta de posibilidades de desarrollo. En 2008 el turismo comenzó a incrementarse en las vecinas localidades de San José y Colón. Un porcentaje repercutió en Liebig. Es esta una visita sugerida desde los portales turísticos de la provincia, donde se lo promociona como“El sitio soñado donde resguardarse del estrés y deleitarse con una estadía tranquila, segura y entretenida”. Pero también como un pueblo que invita a: “Emprender un atrapante viaje al pasado”. En 2013 se comenzó el asfalto que facilita el acceso al pueblo y se instalaron algunas cabañas para turistas.
“Este es un lugar paradisíaco donde una todavía puede sentarte en la vereda y a la noche dejar la puerta abierta”, cuenta Liliana Teresa Bouvet, directora suplente del nivel primario de la escuela N° 16, Hipólito Vieytes, a la que asisten 133 alumnos. Oriunda de San Bernardo, un barrio cercano a Liebig, ingresó como docente en 1998, y lleva 17 años en la escuela. Bouvet remarca que la matrícula se incrementó desde 2010, cuando tomó la dirección. Entonces solo asistían 90 niños. Ubicado sobre la Avenida Presidente Perón el establecimiento recibe alumnos de barrios vecinos como San Bernardo, El brillante, San José y también de Colón. La docente cuenta que en los últimos años varias familias se instalaron en el pueblo por la tranquilidad que ofrece. “Hay muchos papás que prefieren que sus hijos crezcan acá aunque ellos tengan que trasladarse para trabajar”, aseguró.

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Marcelino Damián Mansilla, alías “el Peti”, tiene 68 años. Es un hombre de estatura pequeña, tez morena y sonrisa generosa. Nació en Concordia, pero pasó gran parte de su vida en Liebig. Vive en “la soltería”, un tipo de construcción destinada a los obreros “golondrina” que trabajaban en forma eventual en el frigorífico. Desde un único zaguán se tiene acceso a una galería de distribución por donde se ingresa a las habitaciones. Mansilla hoy está jubilado. Ahora colabora con el club de pescadores y lo disfruta. “Acá somos como una gran familia, cada vez que te cruzás en la calle con alguien lo saludás, aunque lo cruces 20 veces al día, lo saludás igual”, comenta entusiasmado.
Una de las pocas fuentes de ingreso después del cierre de la fábrica fue la pesca. Cuando funcionaban las cuasimonedas en 2001 El Peti, que era pescador, pasó de vender 80 kilos de pescado a 10 y después de los 10 que pescaba vendía 3 y el resto lo regalaba. Dice que por eso muchos lo aprecian. “Además te pagaban con Federales, que no valían nada. Ibas a comprar una yerba y costaba 10 Federales y al otro día costaba 15”, recuerda. Mansilla no cambia por nada su lugar en el mundo. Conoce a todos, y todos lo reconocen. Eso lo gratifica.
Del lado norte, sobre la calle Evans, un chalet hace esquina con el horizonte y deja ver la ruta 14. Allí vive Ignacio Ismael Barreto. El hombre, nacido en 1924, empezó como mensajero y logró ser parte del personal jerárquico. “Yo ya sabía mucha contabilidad y hablaba inglés”, explica. Llegó a contador general en el 1964 y el administrador de la compañía, Samuel Croswel, le dijo: “Mire Barreto, usted puede ser muy buen director de orquesta pero si los músicos no saben tocar los instrumentos, va a ser inútil, tiene todo mi apoyo para despedir a quién quiera y conformar su personal. “Pero el personal eran todos amigos, nos habíamos criado juntos, como los iba a dejar en la calle”, comenta. Sin escapar a la lógica de otros lugares, el presente se cuela en el pasado y un bocinazo anuncia la llegada del delivery. Después de pagar el almuerzo que trajo su vecina, Barreto, el autor del libro Liebig fábrica y pueblo, considera que este es su aporte al desarrollo turístico.
Barreto guarda el mejor recuerdo de aquellos ingleses que fueron sus jefes. Con la voz entrecortada por la emoción relata que antes de iniciarse la guerra por Las Islas Malvinas, el director de la firma, en Londres, intentó interceder ante Margaret Thatcher, pero la primer ministro conocida como la Dama de Hierro fue intransigente. “El pedía por favor que se consultara a los 250.000 británicos que vivían en la Argentina y que siempre habían sido tratados como hijos de esta tierra”, pero eso nunca pasó”, se lamenta.
El tiempo sigue su paso a través de Liebig, algunos de sus habitantes seguirán ligados a un pasado que los marcó para siempre. Otros empiezan su historia en este nuevo tiempo. El desafío, según sus propios moradores, es hacer equilibrio para conservar un paisaje idílico y sustentarse a través del turismo. Si esto es posible, la respuesta está escrita en el futuro.

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