Insomnio

Fiestas electrónicas, drogas químicas y un ritual que persiste en el tiempo. Nos metemos en la noche porteña para vivirlo desde adentro.


Todo retumba como un sonido resonante, constante, directo desde las paredes hacia el latido de mi corazón. Por momentos se acelera tanto que tengo que morderme los labios para calmar la ansiedad. Mojarme la cara con agua fría puede ser una buena idea. Camino hasta el baño, frente a la bacha las canillas están cerradas, apenas sale una gota, saco la lengua y la tomo igual.

— ¿Por qué no sale?

— Para que vayamos a comprar.

La cerámica está fría y me apoyo un segundo para descansar. Como un torbellino que no para, mi cabeza se vuelve a despertar. Tengo que conseguir agua como sea, pero ya. Busco en mis bolsillos, las llaves de casa siguen en su lugar. Algo de plata todavía me queda, tampoco es que lo pueda calcular, pero los billetes están.

La música sigue cual locomotora a destino y mi cabeza vuelve a girar. Lentes de sol, chupetines, encuerados, y el calor que flota por cada recoveco del lugar. Casi como estar en la playa.

Ya empiezo a bajar, me doy cuenta rápido porque vuelvo a sentir mis pies cansados de tanto pisar y pisar.

— Necesito tomar aire.

Ahora el desafío son los 50 escalones que hay que trepar. Estamos en un sótano, bajo tierra, hundidos, me doy cuenta tarde que necesito escapar. Salimos y los primeros rayos de sol empiezan a deslumbrar mis pupilas dilatadas, reacias a la luminosidad. Pienso en lo inmenso del cielo, tan puramente extenso con sus nubes blancas y en constante movimiento. Mi cabeza da vueltas, pero no me siento tan sola, el cielo también.


“Que se haya instaurado un debate alrededor del status de la electrónica demuestra la importancia que adquirió. La discusión puede remontarse hasta mediados de los años 70 ‘s, cuando la música disco despertaba resquemores en los sectores más “puristas” del ambiente. Por aquella época la música bailable era tocada con instrumentos clásicos que usaba cualquier banda. Con el correr de los años, las máquinas hicieron su entrada adquiriendo cada vez más importancia”, aseguró Enzo Maqueira, el escritor del libro “Electrónica”.

Pese a que en sus inicios era asociada exclusivamente a una forma de música culta occidental, desde finales de 1970 la tecnología empezó a ser más accesible en cuestión de precios, propiciando que la música creada por medios electrónicos se hiciera más popular. Cuando la electrónica mostró su gran capacidad de convocatoria, la polémica se hizo aún más radical, poniendo en cuestión si se trataba o no de un producto artístico.

La relación entre el éxtasis y las fiestas electrónicas tiene sus antecedentes en las primeras raves neoyorkinas, en los años 80’s, cuando el género musical acid house hacía mover toda la noche a afroamericanos y blancos desclasados en busca de poner el cuerpo en un estado de éxtasis continuo. Enzo Maqueira, el periodista y escritor especializado en el tema analizó: “Rave significa “delirar” y eso se buscaba en aquellas fiestas que revolucionaron la manera de hacer música bailable. A mediados de los años noventa, empresarios de la música se asociaron con productores de discos y viejos DJ ‘s para hacer una música donde las máquinas reemplazaban a los clásicos instrumentos del rock”.

En Buenos Aires la movida también llegó en los noventa. Las raves se realizaban en lugares públicos pero exclusivos. La provisión de droga funcionaba igual: El éxtasis no se conseguía en cualquier lugar.


Desirée Falessi es una DJ porteña que durante los últimos años supo ganarse un lugar en la escena en base a constantes apariciones en cabinas de Buenos Aires, el interior del país, Chile, Colombia, Ecuador y casi todo Latinoamérica. Sus “sets” o pistas extendidas navegan de una manera ecléctica distintos géneros musicales, desde lo retro vintage a las vertientes más eclécticas del electro, break y techno.

Desirée Falessi en las bandejas.

“Las chicas tomamos el control de la cabina”, anunció en sus redes para convocar a sus oyentes al lugar. Desirée maneja la energía de la pista como ninguna. Se viste íntegramente de negro desde que tiene uso de razón y la inspiran los días grises. Su profesión es la de pasar música hasta el amanecer. Con cada jornada abre las puertas de su universo musical en donde los seguidores viajan sin escalas de comienzo a fin. “Un hermoso ritual con pura química”, aseguró la DJ.

Hoy en día existe en nuestra sociedad cierto prejuicio hacia la música electrónica. Algunos la tildan de elitista y a la mayoría hasta les resulta aburrida de escuchar. Resulta extraño tildar a un género musical “para unos pocos”, cuando en realidad lo único que el género exige a sus oyente es que se lo sepa apreciar. Nada más que estar predispuesto, y saber escuchar.


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