LA CONDENA MÁS ALLÁ DEL ENCIERRO


Las mujeres que están presas no solo sufren de la privación de su libertad. Como si eso fuera poco, son maltratadas y humilladas. Sus maridos las abandonan, deben dejar a sus hijos y continúan siendo, desde “adentro”, el sostén de sus hogares.

Por Clara Paz Rapaport, Gonzalo de Pedro y Javier Salerno

En las cárceles de todo el país conviven más de 60 mil presos. Solo en el Sistema Penitenciario Federal, que representa una sexta parte del total, un 8% de la población carcelaria está integrado por mujeres. Según el informe “Mujeres en prisión argentina: causas, condiciones y consecuencias”, la población carcelaria femenina viene en aumento. Y es que creció, entre 1990 y 2012, un 193 %. Del total de mujeres presas, más de la mitad llegó a la cárcel por “mula”, como se denomina comúnmente a las personas involucradas en el traslado de drogas. Sin embargo, como señala Abel Córdoba, el titular de la Procuraduría contra la Violencia Institucional (PROCUVIN), “la mayoría de los presos –tanto hombres como mujeres- no tienen condena firme sino que están procesados”.
Los penales argentinos se encuentran muy lejos de preparar a las mujeres para una re inserción social a futuro. Por el contrario, terminan por reproducir la misma desigualdad y marginalidad que muchas veces impulsó a esas mujeres a delinquir. Una nota publicada en septiembre por la revista Yo Soy (editada por mujeres dentro del penal de Ezeiza) refleja que el 38,5% de las mujeres recibe visitas de forma habitual (esto es, una vez por mes), el 59,2% no recibe visitas o las recibe de manera esporádica, y el 43,9% nunca las ha recibido. Y es ese el principal problema que afecta a las reclusas: el desarraigo, el abandono que sufren por parte de sus familiares. Es común ver que, a diferencia de los hombres, las mujeres recluidas son escasamente visitadas, algunas hasta son abandonadas por sus parejas. Es que por lo general, los centros de detención se encuentran alejados de las localidades de origen de las presas y, en la mayoría de los casos, los familiares y seres cercanos carecen de recursos económicos para acceder a visitarlas. En cambio, para las mujeres con mayores recursos, la situación es distinta: “Las presas que tienen plata están en otra condición, están más cómodas, más tranquilas, las llevan a pabellones más aislados; y si tienen relación con el servicio penitenciario obtienen muchos beneficios”, asegura María Eva Chevallier, tallerista del programa UBA XXII del penal de Ezeiza.
Desde afuera y también desde adentro: aunque son escasamente visitadas, las mujeres presas continúan representado el principal sostén de sus hogares. Yo Soy revela que el 63,5% de las reclusas mantiene a sus familias con el trabajo dentro de la cárcel, que abarca tareas de cocina, encuadernación, tejido, lavadero, costura, huerta, o limpieza del establecimiento. Sin embargo, las presas que están procesados –que son mayoría- tienen menos chances de alcanzar esos derechos laborales. Así, en la unidad 3 del penal de Ezeiza solo el 44,5% tiene trabajo dentro de la cárcel, con una baja remuneración o incluso sin.
Las mujeres sufren en la cárcel violencia mucho más fuerte y más simbólica que los hombres. Son expuestas a agresiones físicas y sexuales que pueden hasta clasificarse como torturas y tratos inhumanos. Un informe del CELS revela que las presas son sometidas a reiteradas e injustificadas revisaciones vejatorias que llegan al desvestido total y la orden de realizar flexiones, incluso en mujeres mayores. A eso se le agregan los golpes, empujones, contactos sexuales no queridos de parte del personal carcelario o de compañeras. Dentro de la cárcel, la requisa es el acto que representa mayor violencia y descalificación. Se suma a la violencia física, la violencia emocional a la que son sometidas mediante humillaciones que apuntan a su intimidad, a todo lo que se relaciona con la limpieza íntima y al contagio de enfermedades.
“Además del problema de hacinamiento, que ya de por sí es violento, las mujeres también sufren los conflictos cotidianos que también afrontaban afuera, como la higiene personal: por ejemplo, los días en que están indispuestas son doblemente caóticos”, afirma Abel Córdoba. Al respecto, la periodista Cecilia Martínez Ruppel, quien dicta un taller de escritura en la Unidad 4 del penal de Ezeiza, afirma que “ellas comienzan a no considerarse mujeres propiamente dichas”. Y explica: “Una vez que pasó mucho tiempo encerrada, la mujer pierde la imagen de sí misma, se despersonaliza al punto de ya no reconocerse como tal frente al espejo, entonces todo es un caos, desde un simple dolor de ovarios hasta indisponerse; se vive ahí adentro como algo que les es ajeno. La humillación y violencia que se ve ahí adentro, la llevan consigo, se les ve en los ojos”.
El encierro, el hacinamiento, el distanciamiento con la familia, el abandono, el mal trato, las vejaciones sexuales, la falta de capacitación y formación adecuada son algunos de los castigos tan cotidianos como reales que sufren las mujeres y cuyos efectos se prolongarán una vez que estén en libertad. Es que, como señala Ruppel, “la humillación y violencia que se ve ahí adentro se les ve en los ojos, y se la llevan consigo”.

Las mujeres representan el 8% de la población carcelaria del Sistema Penitenciario Federal.

Las mujeres representan el 8% de la población carcelaria del Sistema Penitenciario Federal.

Yo Soy: las voces de adentro que resuenan afuera

Un micrófono y una ronda grande de mujeres se apoderó del bar de FM La Tribu. Al entrar nadie pensaría que es una presentación de una revista, parece una charla entre amigas mediada por un micrófono. Es la presentación de la revista Yo Soy, una publicación del taller Tinta Revuelta de la asociación civil Yo No Fui. Se respira un clima de intimidad, se nota que todas comparten algo fuerte, esos vínculos que se crean en la complicidad de atravesar juntas un proceso dificil, de superarse y de conocerse mucho.
La asociación, o el embrión de lo que después fue “yo no fui”, comenzó con un taller de poesía dictado en el año 2002 en la cárcel de mujeres de Ezeiza de la mano de María Medrano. El taller original terminó, pero María siguió, y la semilla creció. Hoy en día dan talleres de encuadernación artesanal, diseño textil, serigrafía, carpintería, letras y publicaciones, fotografía y bibliotecología.
Dentro del espacio del taller no se comparte solamente conocimiento, como dice la docente Cecilia Martinez Ruppel: “las chicas que vienen a este taller vienen con muchas ganas de hacer catarsis, valoran mucho el hecho de que vaya alguien de afuera a escucharlas; encuentran ahí un espacio que no tienen adentro”.
La reja divide el adentro y el afuera, sin embargo la asociación está en los dos lados, funciona como un puente. “La idea es dar talleres adentro como afuera porque nos dimos cuenta en el avance de los talleres que lo más difícil es también cuando salen, cuando están adentro la falta de contención con los de afuera; y cuando están afuera que no tienen absolutamente ningún tipo de motivación para salir adelante”, agrega Cecilia.
Todas juntas en el bar de La Tribu, escuchándose, emocionándose, compartiendo, de la misma forma que en los talleres fuera del penal, igual que en los talleres dentro del penal. Esa forma tan humana de relacionarse permiten pequeños milagros. “Quién hubiera dicho que iba a terminar hablando así”, bromea Liliana Cabrera, quien comenzó siendo una alumna introvertida de los talleres dentro del penal y ahora es docente y charlatana. Y también milagros grandes, la reinserción, que no depende solamente de tener un oficio, sino de tener un proyecto, tener una identidad y tener quien te acompañe.
Un grupo que sostiene que “lo único irreal es la reja”, que pudo entrar dentro y fuera de la carcel, ahora da el próximo paso. El salir de ese círculo y comunicar a la sociedad. Como dice Cecilia Martínez Ruppel: “La revista es una forma de acercarle a ‘doña rosa’ la vida de las chicas que está adentro.”

Leave a Comment


Your email address will not be published.