LOS RICOS MUESTRAN LA HILACHA


Todas las mañanas algunas cuadras del centro de tigre son tomadas por largas colas de usuarios de todos los niveles sociales que aguantan las inclemencias del tiempo y los plantones para ahorrarse los aumentos en las facturas de gas. Hay jubilados y gente de bajos recursos, pero también propietarios de casas en los barrios cerrados más exclusivos.

Por Denise Lanusse

Hubo un tiempo donde los descuentos y rebajas eran sólo para los trabajadores. Hoy los ricos se animan, perdieron la vergüenza. Cuadras y cuadras de usuarios, una verdadera aglomeración humana hacen fila bajo un sol sin misericordia para reclamar los fuertes aumentos y los subsidios de gas suspendidos por el gobierno.
Anteojos Ray ban, carteras Hermes, impecables brushings asoman en la vereda emparchada de la calle Cazón al 1400, única sucursal en el partido de Tigre. Hombres y mujeres curiosos se aglutinan. Necesitan hablar, comentar esta peculiar aventura.
Conversan en voz alta, aclaran que es la primera vez que hacen una cola para pedir un descuento pero que la situación y la crisis del país no les da otra alternativa. Repiten sin cansancio que este gobierno se ensaño con ellos que no hay duda que es un castigo para los que más tienen. Calculan que la aventura va a durar más de dos horas, pronostican, hacen apuestas.
Celina, 40 años, separada de un prestigioso abogado relojea su Iphone último modelo y con una sonrisa delicada comenta: “Vivo en un country de Pacheco, me llegó 7750 pesos éste último bimestre, una locura. Espero que me rebajen a la mitad”.
Desde el 2008 los clientes de gas reciben facturas de las empresas distribuidoras con un item “costo de gas importado”. Su legalidad fue siempre más que dudosa entonces la Defensoría del Pueblo logró un cuarto intermedio y que no se pagará este concepto. Quedaría pendiente hasta que se resolviera judicialmente el asunto. En la actualidad, El Gobierno es cuestionado por exigir requisitos más rigurosos que luego serán revisados para alcanzar la posibilidad de este beneficio.
Dos hombres bronceados con camisa a rayas, huelen un perfume con canela, zapatos náuticos y pantalón beige. Parecen Chasman y chirolita. Uno de ellos con alma caritativa expresa: “Ayúdemos a este señor inválido. No está en condiciones de hacer esta fila, voy hablar con alguna autoridad”. La muchedumbre lo ovaciona y felicita su gesto.
Las historias son diversas y la brecha de los descuentos es amplia. Las abultadas subas se deben a la combinación de menores subsidios y el aumento de tarifas. Las quejas y reclamos invaden las oficinas de Gas Natural Fenosa. Un cartel en la entrada de la colapsada dependencia notifica que para conservar los subsidios los usuarios deben cumplir por lo menos con uno de los siguientes requisitos para ingresar al registro de los exceptuados: jubilación mínima como único ingreso, estar desempleado, presentar un certificado de discapacidad, padecer una enfermedad crónica o constancia de habitar en una vivienda precaria.
La fila avanza, faltan cinco metros para llegar al umbral de la oficina prestadora del servicio. Pasó una hora y media. El colectivo línea 60 circula velozmente.
Una ráfaga de viento caliente adormece los demandantes.
Se vislumbra la saturada oficina. No tiene más de 80 metros cuadrados con dos cajeros al fondo y una mesita precaria a la izquierda para los reclamos. La gente mayor se sienta en el piso con resignación. La transpiración invade, la impaciencia e indignación reinan.
Las subas pueden llegar al 670%. Los hogares que bajaron el gasto en un 20% en el último bimestre no tendrían quita en el subsidio. Los que descendieron el consumo entre 5 y 20%, sólo se les quitará 50% del total.

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Los usuarios descontentos aclaran que las escandalosas subas son siempre en los countries y barrios cerrados. No se cansan de criticar la ineficiencia y burocracia del gobierno. Falta poco para llegar a la meta. Varias madres con hijos pequeños se excusan y piden pasar sin hacer la larga fila. Algunos se quejan, la mayoría con razón. Un hombre de importante altura, buen vestir y con una muleta de aluminio brillante pide pasar y explica su discapacidad. Nadie le cree. Nadie se anima a refutarlo y pasa. De pronto, tira la muleta y se desplaza con soltura. Saca unos fajos de billetes y paga varias boletas. La fila entera, indignada lo abuchea, lo increpa. Con una exultante sonrisa y sin muleta se retira victorioso.

Llega el turno de Celina. Muestra la boleta y el descuento es sólo de $ 762. La usuaria defiende con verborragia su postura y aclara que el bimestre anterior tuvo una quita mayor. No se resigna y sigue la discusión. El tesorero no cambia su decisión y le explica con amabilidad los cambios de este último periodo. Ella guarda la boleta en un sobre gris y al salir declara: “Por un descuento de $ 700, no pienso mover un dedo el próximo bimestre”.
Sin embargo pasan los días, pasan las semanas y las largas colas no dan tregua en los distintos centros de pago del suministro de gas en el país. Todo indicaría que esto no va a cambiar.
Los cajeros de las sucursales aumentaron su actividad notablemente. Uno de ellos le susurra a su compañero: “Los tiempos donde los ricos no reclamaban parecieran haber terminado, igual que los subsidios otorgados sin causa justificada. Tal vez, esta decisión por parte del Estado sea la punta del iceberg de una sociedad más justa”.

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