LA NENA MALA DE LOS CHICOS BUENOS


Una llama que parece pequeña pero es enorme. Una pasión que podría haberse quedado encerrada en las aulas del secundario pero siguió vigente. Una valentía para enfrentarse a lo que hay que enfrentarse y que a varios les falta. Perfil de la precandidata a legisladora porteña más joven que tuvo la Argentina. Ofelia Fernández, habla rápido, pisa fuerte y perrea hasta abajo.

Por Nazarena Niemaszczuk

Palermo. Son pasadas las tres de la mañana. El piso traspira ese dejo entre humedad y brea que se te pega al calzado y no lo sacas ni con el mejor trapo amarillo del universo. En la barra se escucha la campana que anuncia el anteúltimo dos por uno de la noche. Hay olor a humo, del artificial que es parte del cotillón y también a humo de cigarrillo. En las paredes cuelgan los carteles  de prohibido fumar pero la pibada fuma igual, porque ante todo rebelde. Los glitters de colores impregnados en la piel forman parte del culto. Suena el boom de un bajo bien cumbiero y las manitos bien arriba haciendo palmas.

1Y esta ella, pañuelo verde amarrado en la muñeca, vaso de fernet que va, pitada de pucho que viene. Tiene diecinueve. Hija de una familia de clase media, nieta de militantes peronistas, gen que quizás se saltó una generación pero volvió y con todo. Gen que se despertó una tarde de 2011 post Nesquik y galletitas en donde la vida de huerfanitos de ensueño que mostraba Cris Morena en la pantalla chica se vio interrumpida por una cadena nacional de Cristina Fernández, ex presidenta de la Nación, que con su oratoria, la supo conquistar.

Nickname: Ofelia Fernández de Kirchner y emoji de arcoíris. Ya estaba militando. Siempre estuvo militando.

Cuando a los doce logras que se cambie la fecha de vuelta de tu viaje de egresados para ir a plaza de mayo a bancar la toma, eso es militar. Cuando buscas la manera de ganar popularidad dentro de la escuela quedándote desde las 07:40 hasta las 21:40 para que te conozcan no como la más linda, ni como la más copada, sino para ganarte un puesto, una voz en el centro de estudiantes, eso es militar.

La voz en su interior siempre la llevo a preguntarse, repreguntarse, dudar, contestar y volver a preguntar. La voz que le exigía ponerle voz a las que ya no estaban y las que estaban pero no se animaban.

Ofelia supo siempre ser la que musicalizaba y danzaba a la vez sin ser una noche de fin de semana. Le cantó a más de uno por cámara, micrófono y programas en vivo y los bailo al mismo tiempo con su boca metralleta. “Pendeja atrevida” es el nombre de la canción que ella canta y que titularon sus pares y no tan pares.

Son casi las cinco de la mañana. Pañuelo verde amarrado en la cabeza, al mejor estilo Bandana. Una mancha de fernet en la remera. Un intento de sacar la mancha de fernet de la remera con agua del baño. Un par de piernas cansadas de tanto reggaetón furioso. Una garganta áspera digna de una noche de conversaciones fallidas en una fiesta con altos niveles de volumen. Una garganta áspera, que probablemente nunca se quede sin voz. Porque Ofelia Fernández se queda sin voz, pero te escribe un tuit de menos de 280 caracteres y te da vuelta como una media, una media de red rota, de esas que usan los jóvenes para salir a bailar.

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