LA PESCA DE LA VERDURA


En el Mercado Central, ubicado en el barrio de Villa Celina, del distrito de la Matanza, hay 18 galpones que contienen 648 puestos mayoristas de venta de verdura. Según explica el puestero Oscar Galdeano, la demanda de mercadería bajó y cada vez es más cotidiano que tiren verdura que, hasta el año pasado, solían vender y ahora ya no. Esto genera una postal que no se veía desde hace muchos años: alrededor de 800 familias van a buscar comida a los volquetes que son una especie de pileta de verdura casi descompuesta.

Cuando se sumergen en la verdura se proyecta una imagen que representa un silencio absoluto, quizás porque no importe nada más en ese momento que procurarse el alimento. Las personas están con un cuchillo en la mano, como pescador limpiando el pescado, sacando la parte podrida de la verdura. “También están los que se llevan verdura para luego revenderla”, según cuenta Héctor Odetti, mayorista, dueño de “Patagonia Sunrise”, testigo de la recolección.

 

Los nuevos tiempos de la Argentina van de la mano de las pesadillas ya vistas en la economía de la gente y también en el Mercado Central. Galdeano, mayorista verdulero, asume: “El ejemplo más claro fue cuando los productores fueron a repartir verdura a la Plaza de Mayo.” De esa manera fueron a manifestar que no pueden vender y las tienen que desechar, pero hay un factor determinante que cuenta Galdeano: “Los valores se han caído, y la situación del país nos ha tocado el bolsillo a todos”. Se sabe que hubo una devaluación de la moneda local a principios de este año. Eso generó, según datos del informe de la Universidad Católica Argentina, que tres de cada 10 argentinos sea pobre.

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El método que algunos han decidido abordar para poder llevar algo a las mesas de sus casas consiste en recolectar la verdura que fue tirada por los 648 puesteros. El producto que no se pudo vender hasta el viernes y que no va a aguantar el fin de semana se arroja en los 36 volquetes que están en cada esquina de los 18 galpones. Algunas verduras están en mal estado, otras un 50% está podrido y existen las que se descartan en un 100%. Todos los días de la semana pero, más precisamente los viernes, 720 familias levantan la “cosecha”. Cuchillo en mano, como pescador sacando las tripas o las escamas, tiran lo que no se puede comer. Las personas van en silencio, avergonzadas por ir a buscar verdura desechada. Los nuevos pobres se bancan las malas pestes y el aroma a putrefacción. Bajo el sol y una nube de moscas que los acompañan sin pedir permiso, para poder concebir el pago; algo para comer o rescatar para poder vender.

Una de las personas que va y junta para vender y comer es una leyenda en el Mercado Central. Se llama Elba Alcose, tiene 70 años y hace más de 15 años que trabaja de esto. Le ha tocado vivir la crisis del 2001. Para ella fue tan devastadora que algunas noches las pasó en el Mercado. Elba le pone empeño todos los días y viene desde el barrio La Salada, al costado de la Ribera: “Recojo lo que puedo y que medianamente esté bueno. Se junta, se limpia y se plancha para que esté listo para la venta. De lo contrario, no ganamos nada. Y lo que junto también lo como”. Cada bolsa de cebolla, que alcanza a juntar vale 70 pesos. A veces, vende 10 o 15 bolsas. Cuando sobran, una o dos, las rebaja porque no se puede llevar tanto peso a la casa. Para comer, siempre separa algo para ella.

Héctor Odetti es mayorista y dueño de “Patagonia Sunrise”. Le vende a las cadenas de supermercado y, un pequeño porcentaje, a los minoristas. Pero cómo selecciona la verdura en que está en buen estado y la que no: una vez que viene la mercadería que les venden los productores, se hace una orden de decomiso, es decir, tirar lo que esté en mal estado: “Vienen 2.000 kilos de mandarina. Ese porcentaje se decomisa para ver qué es residuo y qué se vende a los sectores minoristas. Lo que es residuo para nosotros , se tira a los volquetes pero, la gente lo recicla para comer”, sentencia Héctor. Pero además de ser vendedor, forma parte de una agrupación con Tropical Argentina S.R.L y Cofrubar Argentina S.R.l, entre otras firmas. Reparten una revista llamada “Frutihortícola”, donde detallan los nutrientes de cada verdura y fruta y cuáles son los necesarios para todos los días. El objetivo es promover la vida sana. “Pero ahora que le vamos a decir a la gente, qué vida sana le vas a proponer. Si la gente no tiene para comer y suplanta la verdura por la harina. De qué le vas a hablar”, lamenta Héctor.

Juan Sendra es electricista, carpintero y hoy es otro más que junta verdura para comer o vender. Lleva su carro despintado por el uso, donde transporta sus cajones con la cosecha. La bolsa de red de lechuga la vende llena a 40 pesos “En cualquier verdulería solamente el kilo cuesta 20 pesos”, afirma. Además, comenta que siempre fue a buscar, pero ahora se lamenta: “Hay más personas que vienen a recolectar”. También está el caso de Silvia Chirino, que viene desde Lomas de Zamora hace 30 años y asiente: “Es verdad que se han sumado varias personas a principios de año, se nota demasiado, pero yo tengo que venir igual y recolectar para mí, mi marido y mis hijos”. Como estas personas también está Cristina Correa, que lleva consigo su carro desbordado de lo que juntó y una válvula tapada del corazón. Se suman sus 66 años, un marido ciego, que recibe una pensión, y sus gastos de luz, gas y alquiler. “No puedo con todo, pero tengo que venir, esto es una gran ayuda para mí y mi marido. Sin embargo no me alcanza”, se lamenta Cristina, con una mirada perdida hacia el sol.

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Algunos de los que van a levantar la cosecha a los volquetes dicen que la consecuencias de que se vayan a buscar para comer o vender, verdura desechada y que luego la conviertan en comida, es producto de una devaluación del peso de un 40 %. Se le suma el aumento de la inflación. El siguiente paso fue que la economía decreció al menos un 2 %. Es decir, donde hay una devaluación, hay un contingente de personas que automáticamente pasan de la clase media pobre a la pobreza. Otros que son pobres pasan a la indigencia. Todo lo que sucede en el Mercado Central está a la vista, dentro de esta montaña de verduras, que algunos llaman residuos, y a otros les calma el hambre.

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