La historia de la cantante mexicana por elección es el centro de un documental que logra develar sus contradicciones y su talento.
El documental “Chavela”, dirigido por Catherine Gund y Daresha Kyi disponible en Netflix, resulta conmovedor de principio a fin. Recorre la vida y obra de la artista Isabel Vargas Lizano, alias Chavela Vargas.
“Es más interesante para todo el mundo no de dónde vienes sino para dónde vas”, dice mientras mueve sus manos con fuerza y expresividad.
Su voz desgarrada canta el canto del alma herida, del amor y su trágico final, sin adornos.
Ella nació un 17 de abril de 1919 en Costa Rica y murió el 7 de agosto de 2012 en México luego de una carrera exitosa y de consagrarse como una cantante única.
“De repente te vistes de una forma extraña y da un brinco la cosa. Se paró la historia un segundo. Yo me puse pantalones y el público se quedó callado”, Chavela habla con parquedad pero también con decisión y coraje.
Vas a conocer a sus amores y amigos: José Alfredo Jiménez, Frida Kahlo, Alicia Pérez Duarte, Almodovar. Su éxito en España y París.
En un mundo patriarcal, misógino y machista, Chavela supo hacerse respetar y cautivar la admiración de muchos y muchas.
En este documental te vas a encontrar con ella, vas a sufrir con ella, vas a querer tomar tequila junto a ella, vas a entrar en su historia, en su arte, en sus adicciones y dolor.
Su voz te va a llevar hacia lo más profundo de su ser y, por qué no, hasta lo más profundo del tuyo.
Los sellos independientes existen desde hace más de medio siglo y, en muchas ocasiones, contaron con catálogos que marcaron la historia de la música. Allí nacieron discos que hoy se siguen escuchando, como son los de las bandas de Attaque 77, Memphis La Blusera, Fun People o Boom Boom Kid, entre otros, en nuestro país.
El avance de la tecnología y las redes sociales jugaron un papel clave en el crecimiento de cualquier artista, sea indie o no, y en el contacto con su comunidad. Pero aun así, la estructura de poder no cambió tanto. Los algoritmos, la inversión publicitaria y la posibilidad de establecer una agenda siguen estando en manos de las majors (grandes sellos discográficos a nivel global).
Un sello discográfico es una empresa que graba, promociona y distribuye música. Firmar con una multinacional como Sony, Universal o Warner siempre se asoció a visibilidad y masividad, pero también a ciertas limitaciones -como fue el conflicto que tuvo Michael Jackson en los 2000 con la primera-. Por tanto, desde mediados del siglo XX los sellos independientes funcionan como refugios de contracultura, espacios en donde las ideas que no encajan en el canon industrial pueden tomar forma.
En Argentina, la industria discográfica nació a partir de que National Odeon (Alemania) abriera su fábrica en 1920 y Victor Talking Machine Company (Estados Unidos) en 1924 convirtieran a Buenos Aires en un polo regional. Artistas de Uruguay, Paraguay y Chile viajaban exclusivamente para grabar. En los años 20, estos sellos instalaron un modelo vertical que consistió en contar con estudio propio, y fabricar y distribuir el material de los artistas que, en su mayoría, hacían tango. Este modelo definió el negocio durante décadas.
La explosión de los sellos alternativos llegó pocos años después. Tal es el caso de Trova que en 1965 le dio lugar a músicos que las multinacionales dejaban de lado. De allí surgieron Ástor Piazzolla y Lito Nebbia. Luego, en 1968, Jorge Álvarez fundó Mandioca. Su lema era “Libertad de creación sin límites” y esta discográfica grabó a Vox Dei y Manal en una época en la que cantar rock en castellano era considerado una excentricidad. Luego apareció Umbral (1980) que registró a V8 y Los Violadores cuando ninguna compañía quería quedar asociada al punk, ya que se lo consideraba “problemático”.
Flyer anunciando un recital de Hermética, banda que formó parte del sello independiente Radio Trípoli.
Sin embargo, en un presente guiado por plataformas digitales, algoritmos y grabaciones caseras, la lógica pareciera que cambió. En la actualidad, ¿sigue siendo necesaria la firma de una major para construir una carrera exitosa o está emergiendo un nuevo tipo de mainstream desde lo indie?
Autogestión, crisis y digitalización
Según datos del estudio de 2025 de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI), el mercado global se contrajo en la década de los 90 y los 2000, y las majors derivaron sus inversiones hacia lo más rentable: la distribución. La consecuencia fue un recorte de catálogos, una homogeneización sonora y un desinterés casi total por nichos o géneros que no prometieran crecer a gran escala.
Así es como apareció una nueva generación de sellos indie. La escena se apoyó en clubes como el mítico “Cemento” de Oscar Chabán, que a su vez fue dueño de “Cromañón”; al mismo tiempo que la tecnología también ayudó a impulsar distintos proyectos: la música era difundida en redes sociales como MySpace y la estética lo-fi convirtió la limitación tecnológica en una estética.
Cassette del disco “Dulce Navidad” de Attaque 77, editado por el sello independiente Radio Trípoli Discos en 1989.
A principios de los 2000 surgieron los sellos digitales Netlabels y Ventolín Records, que ofrecían discos gratuitos online antes de que encontrar música de esa forma fuera algo común. Marcos Zurita, uno de los fundadores de Ventolín, dijo que el sello surgió con el espíritu de “uno hace canciones para que las escuche el otro y ya”.
“No hace falta manager ni que te pongan cinco estrellitas en ningún lado ni nada (…). Y entonces teníamos amigos que por ahí gastaban cinco lucas en editar un disco y después estaban con el disquito de acá para allá, sin saber qué hacer”, cita Zurita en el trabajo de investigación “Sellos discográficos independientes y nuevas tecnologías en la crisis de la industria de la música” del sociólogo Diego Vecino.
Rápidamente, la computadora se transformó en el nuevo estudio. Esto permitió que artistas que no contaban con un gran presupuesto pudieran experimentar y distribuir su música en plataformas como Bandcamp, que se fundó en 2008 y sigue siendo elegida por muchos.
Hernán Montenegro, integrante de la banda hardcore indie Las cosas que perdimos en el fuego, que homenajea a la escritora Mariana Enríquez, expresa: “Cada vez salen más proyectos pero al mismo tiempo es imposible para una banda crecer por su propia cuenta. Se cobran entradas muy baratas”. “Si la banda graba y ensaya es porque los integrantes ponemos plata de nuestro trabajo para que eso suceda. A veces tocar significa perder dinero”, lamenta el músico marplatense.
Por su parte, Santiago Juan Segura, periodista y autor de “Pozo Guerrillero Irascible”, la biografía de la banda Don Cornelio y la Zona, opina algo muy similar: “Ventajas de un sello independiente creo que no hay ninguna. En general es poner mucho de vos y recibir poco, tengo esa triste sensación. Me parece que en general se va a pérdida”.
El caso de Bohemian Groove
En los últimos años, sellos indie como Bohemian Groove, creado por Dylan León Masa, más conocido como Dillom, irrumpieron con catálogos híbridos: artistas que ya contaban con millones de reproducciones en Youtube junto a proyectos pequeños como Nenagenix. Todo comenzó cuando el propio Dillom rechazó un contrato de una major, según contó en entrevista con la periodista Romina Zanellato: “Lo que detecté al conocer a artistas y colegas que tenían más experiencia y tenían contratos con majors, y lo primero que me generó rechazo fue la limitación de las decisiones artísticas por sobre el proyecto”.
En “Bohemian Groove Skit”, la parodia incluida en Post Mortem, el álbum debut de Dillom, una voz digna de villano de Disney reza: “Bohemian Groove es tu lugar en el mundo. El sello discográfico donde tus artistas favoritos consiguieron el estrellato tan solo dejando el 99% de sus regalías y la titularidad de sus masters, ¡por tan solo 200 años después de muerto!”.
El sábado 29 de noviembre de 2025, en el espacio cultural “Otra Historia” tocaron Coramina, Ornamento, Nácar y Parásito Paraíso. El lugar es chico, cada tanto estallaba un pitido ensordecedor del micrófono y Coty Luquez, la cantante de la primera banda, le pidió, entre risas, al sonidista que lo solucionara.En el público habría unas 50 personas, ninguna mayor de 30.
Cuando terminó el show, todos se dispersaron hacia el fondo del bar para jugar al metegol, tomar vino y sacar fotos con cámaras analógicas. Se habló de bandas que hace años hicieron algo parecido -a lo que Rosalía propuso en “Lux”, pero sin recibir el mismo reconocimiento-, y se recomendaron artistas que recién empiezan y tienen apenas un single subido, como Coramina.
En el ambiente se sentía el hambre voraz de descubrir música nueva. Montenegro nota una diferencia entre el público joven de hace unas décadas y el de ahora: “Siento que no les importa mucho si es mainstream o independiente. Un día van a un estadio y al otro a un show para mil personas”.
“Lo que sí veo es que buscan una representación en la persona. Que se vea como ellos y sienta como ellos. Sino, les falta algo para comprometerse. Yo era fanático de bandas sin conocer a sus integrantes, sin saber qué comían, qué hacían; pero, sin embargo, era fan”, agrega.
Hablar de un “nuevo mainstream independiente” implica repensar qué significa el mainstream hoy. El líder de la banda que homenajea a la escritora argentina cuenta cómo se vive desde adentro: “El mainstream monopolizó el consumo de la gente. Las redes sociales encerraron a las personas en el algoritmo y hay mucho dinero involucrado para que la gente conozca a un puñado de bandas”.
Segura también reflexiona sobre el futuro de los sellos independientes: “Es tal vez el peor momento del mundo para meterse en un emprendimiento así, pero de los momentos malos se sale con creatividad y arte también”. “Y los argentinos somos creativos porque no nos queda otra, cada diez años tenemos una crisis que hace volar todo por los aires”, concluye.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Por fuera, el ritmo no se detiene. Parece una esquina más del microcentro porteño, una postal acelerada de la Ciudad de Buenos Aires. Pero si uno se anima a atravesar ese umbral en Perú al 200, la Manzana de las Luces se abre como una compuerta: una puerta al pasado.
Este complejo histórico-cultural es el centro donde se forjó la identidad argentina. Allí, donde hoy se mezclan visitas guiadas y exposiciones, alguna vez se debatieron decisiones claves para el país. Con más de 300 años de historia inscripta fue sede del Colegio Nacional de Buenos Aires, del Cabildo y albergó la primera imprenta del Río de la Plata, según el sitio oficial de Turismo de Buenos Aires.
Recorrer la Manzana es como entrar en una novela de época. Sus paredes gruesas y patios empedrados detienen el tiempo. El verdadero corazón de la mística está bajo tierra, con el mayor atractivo: los túneles coloniales, oscuros pasajes subterráneos que conectaban edificios clave como el Cabildo y la Catedral.
Al descender, la calle Perú desaparece. El aire se vuelve frío, denso, con ese inconfundible olor a tierra mojada y misterio. Uno toca los ladrillos rojizos, ásperos y fríos. La guía explica que estos pasajes se usaron para contrabando, defensa y, según la leyenda, como rutas de escape secretas de las élites. La oscuridad crea una atmósfera casi cinematográfica.
“Mágico. Un viaje en el tiempo, pura historia y arquitectura”, cuenta Silvina, una turista argentina. Y agrega emocionada: “Los hallazgos son impresionantes. Quedamos a la espera de nuevos descubrimientos”. “Excelente lugar. Recomiendo muchísimo la sala de los legisladores: es hermosa y te muestra cómo era todo antiguamente”, coincide Omar, un turista extranjero.
El valor histórico es incalculable. En tiempos de los jesuitas se enseñaban filosofía y matemáticas. Fue en este mismo predio donde se instaló la Real Imprenta de los Niños Expósitos, la primera del Río de la Plata, fundamental para difundir las ideas que encenderían la chispa de la Revolución de Mayo. Es decir, los secretos de la Manzana no solo están bajo tierra; también se imprimieron en papel.
Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, el edificio cambió de funciones hasta su declaración como Monumento Histórico Nacional en 1942. El sitio oficial del Ministerio de Cultura de la Nación indica que la última restauración reveló estructuras subterráneas coloniales inéditas, pozos de agua y antiguos sistemas cloacales. Lo que hay bajo tierra es tan fascinante, o más, que lo que se conserva en superficie.
Créditos: Argentina.gob.ar
Cada visita a la Manzana es distinta: una tarde tranquila de otoño, un domingo de feria de libros o, si la suerte acompaña, una noche de visitas guiadas con linternas donde la penumbra hace que los túneles parezcan, por fin, murmurar secretos al oído del visitante.
Este rincón escondido en el corazón de Buenos Aires la Manzana de las Luces invita a detenerse, mirar y recordar que, a veces, lo extraordinario está justo debajo de nuestros pies.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Algún distraído va caminando por Avenida Santa Fe al 1600, entre Rodríguez Peña y Montevideo y al levantar la vista se encuentra con el cartel con el nombre que se mantiene fijo, uno que pareciera desde siempre. Mirar hacia adentro es como dejarse caer por el agujero negro de “Alicia”. La galería no será el país de las maravillas, pero resiste como un refugio que contrasta con la velocidad y rutina diarias que se dan afuera, en la calle, en la realidad cotidiana. La esencia de la galería: murales, graffiti y paredes intervenidas.
Los turistas hacen videos de sus recorridos cuando visitan la Galería Bond Street y comentan en foros y la mencionan en el sitio Tripadvisor como un lugar esencial para visitar por quien viaje a la Ciudad de Buenos Aires. “Un clásico de la Ciudad”, “Un paseo curioso de ver y agradable para mentes abiertas”, “Realmente bonito, único en el mundo”, son solo algunas de las opiniones que dejan en el portal turístico dándole una puntuación de 4,0 y en el puesto 247 de cosas para hacer en Buenos Aires.
Joaquín Amat -personaje clave en esta historia- en su canal de YouTube “Canal Cero” donde publica los videos que se filmaron en la galería en la época en que ésta empezaba a nacer, dice: “Quisimos construir un arca de Noé oculta en lo más profundo de Buenos Aires”.
En el comienzo: “Y la luz se hizo sobre la galería”
La Galería Bond Street fue un proyecto del estudio de arquitectura Aslan y Ezcurra, quienes también fueron responsables por la remodelación de las viejas Galerías Bon Marché -hoy Galerías Pacifico- y el estadio de River Plate en el barrio de Núñez; además de otras galerías comerciales de la Ciudad de Buenos Aires y proyectos industriales en todo el país.
La constructora Lanusse estuvo a cargo de la obra sobre terrenos que pertenecían a dos familias: los Azulay y los Vaisberg. Ubicada en Avenida Santa Fe al 1670 tiene acceso doble: por la Avenida o por Rodríguez Peña, donde también está la entrada del edificio de departamentos.
Fue inaugurada en 1963. La idea original era que fuera una galería comercial, algo así como la prehistoria de un shopping, un estilo de paseo de compras que era muy popular en esa época. Otra particularidad es que fue la primera galería en la que se instalaron escaleras mecánicas.
Créditos: Claudio Larrea – Brando
A raíz de la compleja situación económica de los años 70, una de las familias propietarias decidió vender su parte, por lo que no renovó los alquileres que estaban activos, y así varios locales se vaciaron. Esa venta no prosperó y con el tiempo la galería fue quedando desierta.
Los 80: la movida de la Bond Street
La historia cuenta que fue Alfredo Rosso en 1985 el primero en abrir un local en la galería casi desierta y lo hizo con la disquería “Tabú”, que luego pasaría a llamarse “Fénix” y estuvo abierta hasta 1994. Rodeados de locales vacíos y apenas algunos de reparaciones de electrodomésticos y calzado; también la artista Liliana Aisenstein inauguró su galería en uno de los locales.
En 1989, Amat y Jorge Pistocchi llegaron a la galería con la intención de llevar a cabo un nuevo proyecto. El primero es arquitecto y pionero en video documental y experimental. En ese momento se encontraba al frente de la fábrica “Amat”, una empresa familiar a la que convirtió en una cooperativa en un intento de sortear los vaivenes de la economía de la época. El segundo, un personaje destacado en el ámbito musical y de contracultura. Fallecido en 2023, fue el fundador de la legendaria revista El Expreso Imaginario y Pan Caliente, entre otras.
Amat lo recuerda a su amigo de la siguiente manera: “A fines del 89, con Pistocchi descubrimos los subsuelos abandonados de la galería Bond Street. Un espacio único, mágico, cargado de historias, locales vacíos, vidrieras rotas, donde podíamos empezar una nueva movida”.
Amat entonces alquiló 14 locales en el subsuelo de la galería a un muy bajo costo, ya que la administración buscaba poblar y darle vida. Esos locales se fueron repartiendo entre amigos y conocidos para ponerlos en funcionamiento: el primero fue el músico Ricardo Iorio que abrió “El perro de hierro”, un local de compra y venta de instrumentos musicales. “Semilla” Bucciarelli, bajista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, abrió un local donde exponía sus pinturas. De a poco el espacio se fue llenando de arte, música y diseño. Esa primera movida le dio el pulso que aún se siente.
El libro de la buena memoria: los orígenes de la Bond Street
Nora Destéfano fue parte también de esa movida y la recuerda con cariño. Ahora es instructora de yoga y bailarina, y actualmente vive en Capilla del Monte; pero conoció a Pistocchi en el recordado “Centro Cósmico La Paternal”. A través de él conoció a Krisha Bogdan, actriz, bailarina y coreógrafa, quien además de ser pareja de Miguel Abuelo, venía de hacer performances en Europa.
Bogdan convocó a Destéfano para participar en “La Víspera”, un espectáculo de danza y performance con música de Los Redonditos de Ricota. Al recordarlo, Nora asegura que fue lo mejor que hizo en su vida. Y esa amistad la llevó a que en 2017 publicara su libro Los orígenes de la Bond Street donde relata esos primeros momentos de la galería como espacio alternativo entrelazados con ficción a través de las experiencias de sus personajes.
El libro cuenta la historia de tres chicas que visitan la galería y observan intentando comprender un entramado de hechos y protagonistas, y a quienes su curiosidad lleva a cuestionar muchas cosas.
Además aparecen allí, como telón de fondo, hechos políticos, de corrupción y negociados que tuvieron lugar en la Argentina de finales de los 80 hasta 2016 en una forma de viaje en el tiempo, de atrás hacia adelante y de adelante hacia atrás. Como dice la canción “El tiempo no para” de Bersuit Vergarabat: “Yo veo el futuro repetir el pasado, veo un museo de grandes novedades y el tiempo no para”.
Sobre cómo era el día a día en la galería en esa época, Destéfano cuenta que ella trabajaba durante la mañana y por las tardes atendía en un local que funcionaba como galería de arte en el que se exhibían esculturas. A pesar de ser esa su función principal también ayudaba con lo que pudiera surgir. “Hasta comprar cinta scotch”, agrega con sonrisa.
Créditos: Usuario de Tripadvisor
Los registros en YouTube: el archivo casi laberíntico de Amat
Durante esa etapa de renovación de la galería y apertura de los locales, había cámaras filmadoras que iban pasando de mano en mano, según comparte Amat en su canal. La idea era que todos pudieran registrar lo que sucedía con su propia visión. Esos videos estuvieron guardados durante muchos años, hasta que Amat los digitalizó y subió a YouTube.
En ellos se puede ver a todos los participantes de esa movida: los que atendían sus locales, los visitantes y los shows de bandas que se organizaban en los pasillos. La galería se veía un poco distinta, casi en estado embrionario a lo que es hoy.
Si bien ese proyecto original de crear una comunidad artística autosustentable no prosperó a largo plazo, la galería se estableció como un espacio de resistencia alternativo en la ciudad. Algo de ese espíritu quedó y el lugar pasó a ser un refugio, un lugar de encuentro para jóvenes y distintas tribus urbanas.
Existe una cuenta Archivo General de la Bond, que hoy tiene más de 29.000 seguidores, que sube fotos y videos de chicas y chicos que se reunían en la galería y en la plaza del Palacio Pizzurno, entre 2007 y 2008 principalmente. Lo que se destaca es que la mayoría de los que visitaban el lugar eran de las tribus urbanas “emo” o “darks”.
La nostalgia del recuerdo
Hoy se puede ver a “La Bond” más grafiteada que nunca con locales de tatuajes y piercings, ropa y algunos sobrevivientes que llevan décadas. Entre ellos, la librería “El Rayo Rojo” desde 1991, un local muy especial donde se pueden encontrar libros de arte, ocultismo, fotografía, y ediciones especiales de clásicos, entre otras cosas.
También se encuentra la zapatería “Koturno” que se mantiene y, recientemente, cumplió 30 años con sus diseños especiales de calzado de plataforma alta que se fabrican en el país. A pesar del contexto actual, no hay locales vacíos.
Créditos: Claudio Larrea – Archivo / La Nación
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Un chico camina rápido con sus amigos, se lo ve incómodo, y les dice que “se quiere ir”. “Este lugar es un asco”, insiste. Una chica lo oye y en voz baja dice al aire: “Sí, andate. Este lugar no es para vos”.
En uno de los grupos de Facebook dedicados a la galería alguien pregunta: “¿A quién veo el sábado en La Bond?”. Tal vez, ese alguien se encuentre con algún otro alguien medio perdido que anda buscando su arca de Noé en plena Ciudad de Buenos Aires.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.