TEATRO EN CRISIS: ACTUAR CON FRAZADA


Debido a las subas de las tarifas de los servicios, el teatro sufre una de las peores crisis de los últimos diez años. Los actores y directores buscan una solución frente a un conflicto que los pone al límite de cerrar salas y buscar estrategias de supervivencia en tiempos macristas.

Por Mariano Cervini y Noralía Savio Balbuena

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La noche del teatro La Sonrisa de Beckett parece sacada de un cuento de García Márquez. Un puñado de actores interpreta Antígona Vélez, la obra de Marechal. A la poca luz del ambiente, agobia un frío de nieve, injusto para los espectadores que se acomodan en la penumbra en las sillas de plástico que hacen de butacas. De repente, justo antes de que empiece la función, se escucha la voz de Nacho Farías, el responsable de la sala, que aparece en el escenario con una pila de frazadas y se dirige al público. “Les pido disculpas, pero los altos costos de la boleta de gas me impiden encender la calefacción. Por eso les ofrezco estas frazadas, para que puedan ver la obra más cómodos”, dice y la gente se sorprende con la idea. “La luz también la usamos al mínimo; por eso muchos entran esquivando sillas, porque no ven nada”, agrega Farías que parece cruzar el límite entre el realismo mágico y la mágica realidad.
La situación de esta sala independiente es la misma que atraviesa la mayoría de los teatros del país. Las subas en las tarifas de los servicios ordenada por el Gobierno nacional llegan a más del 300% de luz y hasta 500 % de agua. Un ataque directo a la cultura; primero y principal a los colectivos artísticos que trabajan a pulmón. “Pasamos de pagar alrededor de 1200 pesos a 7500. El aumento es desmedido e imposible de costear, ya que la actividad no produce una ganancia extraordinaria”, dice Laura Carpinetti, programadora del teatro La Carpintería del Abasto. Los aumentos tampoco pueden costearse con la suba de entradas. Un teatro independiente promedio tiene de 60 a 200 butacas y las entradas van desde 150 hasta 300 pesos. Si se equipararan los costos, las entradas deberían venderse entre 600 y 800, imposible para cualquier bolsillo en tiempos de crisis.
Los números de la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales indican que las entradas que se venden por semana, el 10% va a derechos de autor. Del monto restante, el 70 por ciento va a parar a las compañías y solo el 20 restante se lo queda el teatro. Ese monto menor nunca alcanza. A los que mantienen las salas se hace imposible pagar los servicios de luz, gas, agua, limpieza y empleados.

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Luciano Ricio es actor. Su obra Lima Japón Bonsai convoca unas 30 a 40 personas todos los domingos a las 23:00 en el teatro El Extranjero, del circuito under del Abasto. “Esta suba en los servicios nos deja más que complicados. Todos optan por los descuentos, combos de 2×1. Realmente es muy difícil y agotador; es un trabajo diario el de promocionar la obra, las redes sociales en ese sentido tienen mucha llegada y visibilidad pero tampoco alcanza”, dice y comenta que el director de La Omisión de La Familia Coleman, Claudio Tolcachir, decidió hacer los ensayos de la mañana con luz natural. No se puede costear algo que no se puede pagar.
Según los datos de la Asociación Argentina de Teatro Independiente (ARTEI), son más de 300 salas afectadas con el tarifazo. Liliana Weimer, la directora del organismo que nuclea a más de 50 salas, emitió un comunicado para informar que impulsarán en la Justicia una medida cautelar y un recurso de amparo para frenar el aumento. “No podemos permitir que nos quiten la cultura. Estamos todos muy unidos, los del ambiente cultural. Luchamos también por EMAD, que es la Escuela Municipal de Arte Dramático, que está en estado de emergencia”, agregó.
El circuito comercial tampoco quedó afuera de este problema. En mayo, desarmaron la pantalla de led del teatro Tabarís que se usaba como marquesina por los altos costos. Gustavo Yankelevich, el productor encargado, manifestó su disgusto por la medida vía Twitter. “Es una lástima que todo atente para que se vaya apagando la luz de la actividad teatral”, dijo. El desarme de estructuras coincide con las refacciones a medias de los teatros que dependen del Gobierno de la Ciudad. El Teatro San Martin, más allá de la promesa de refacción y acondicionamiento, sigue cerrado y su apertura recién será en mayo del año próximo. El vínculo entre el Ministerio de Cultura porteño y los actores está resquebrajado.
“Creo que el teatro hoy está atravesando un momento muy difícil. Poner en funcionamiento una obra de teatro es muy costoso. Pensemos que si en nuestras casas tenemos foquitos de 100 watts, en los teatros son mínimo de 500 hasta 1000”, dice Eduardo Misch, actor y tallerista desde 1990. A los independientes se les hace cuesta arriba. Si un foco se quema, lo tienen que cambiar ellos, no hay personal, y el problema de las salas “grandes” es que tienen a las personas pero cada vez les cuesta más pagarles.
El elenco de “Otro Plato de Fideos”, del director Juan Astorga, tuvo que suspender la función el último viernes en El Ópalo por falta de público: no fue nadie. La frustración de no poder salir a escena afecta a un colectivo de actores y también a los espectadores que no pudieron ir, porque decidieron cuidar el bolsillo. “La sala no puede hacer más de cuatro descuentos”, acota.
Lo importante es la planificación y el diálogo. El Ministerio de Cultura es un espacio que debe proteger a los teatros con políticas proteccionistas que al día de hoy no existen. En el contexto actual, que bien parece sacado de una novela de García Márquez se piden soluciones realistas y no mágicas.

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