TODA UNA VIDA DEDICADA AL CINE


Mientras los chicos de su edad se la pasaban horas y horas jugando delante de una computadora, él prefería las películas. A los 7 años, ya había visto morir a Marion Crane en la icónica escena de Psicosis, y devoraba todo lo que le ofreciera el cable.  ¿Quién es este guionista, escritor y analista de cine que prefiere mantenerse en el anonimato a pesar de su gran cantidad de seguidores? ¿Quién es Crítico y Cítrico?

Por Francisco Policastro

El estreno de Avengers: Endgame prometía romper todos los récords. Llegaba para cerrar una saga que había comenzado hace más de 10 años, con 21 films interconectados y miles de millones de dólares de recaudación. A nivel mundial, en apenas 90 días, se convertiría en la película más taquillera de la historia y, solo en mayo, los cines argentinos recibirían más de dos millones de espectadores dispuestos a presenciar el final del universo cinematográfico producido por Marvel y Disney. Durante el mismo mes, el último episodio de la serie Game of Thrones se consagró como el más visto de la cadena HBO. Mientras todo eso sucedía, en Twitter, un colectivo de usuarios hablaba sobre el director Clint Eastwood. Comentaba sus películas, compartía sus planos. Buscaba el entendimiento en lugar del consumo, defendía a la relectura por sobre la novedad. Como cada mes, aquel coloquio virtual comenzó con un tweet de una persona que elige mantenerse en el anonimato.


Cuando internet era lento y las ganas eran demasiadas, el futuro analista de cine daba sus primeros pasos frente a la PC en un ciber de su oriundo Mataderos. Mientras a su lado los otros chicos gritaban durante sus partidas en línea de Counter-Strike, él llegaba con su disquete. Tocaba investigar la filmografía del director, guionista y productor de cine Stuart Gordon, así que ingresaba a IMDB (la base de datos cinematográficos más masiva de internet) y guardaba en su dispositivo el listado completo. Luego, en su casa, intentaría emparejar los títulos en inglés de su archivo con los castellanizados de la revista de cable, para marcar las fechas y dedicarle el mes a ese nuevo realizador que había descubierto. Una actividad que, años después, divulgaría masivamente.

Para mayo de 2019 decidió que el director fuera Eastwood, aunque ya había visto sus películas en más de una ocasión. El 30 de abril a las 11:32 posteó en su cuenta de Twitter: “Buenas. Hay #MayodeEastwood”. Inmediatamente, debajo del primer plano con rostro cansado y desafiante del longevo director estadounidense, comenzaron las interacciones de sus más de 26 mil seguidores. “Amigo, quiero decirle que lo quiero mucho”, “Usted está armando el Dream Team con los directores de cada mes”, “Gran oportunidad para descubrir sus primeras pelis. Aguante Clint”, eran algunos de los comentarios que aparecían, además de los más de 300 me gusta y 50 retweets. Con paciencia, Crítico y Cítrico se tomó el tiempo de responder a cada interacción y cada mensaje directo, porque sabe que lo interesante no es la cantidad de seguidores sino el compromiso de cada uno de ellos.


Es sábado por la mañana, su momento preferido para realizar el ritual. El escenario puede ser su pieza, donde dispone de varias opciones: puede ubicarse en la cama apoyado contra la pared, sentarse en la silla que tiene a un costado o incluso hacer ejercicio en su bicicleta fija. Si se inclina por el living, el sillón hará las veces de butaca.

En 2020 Cítrico ya vio más de 500 películas, pero eso no complica la elección; siempre hay mundos por explorar o revisitar. Puede ingresar a internet, descargar la película, conectar la computadora a la TV Led y ver lo que desee cuando quiera. Pero, si tiene la posibilidad, elige no hacerlo de esa manera. Entiende que en el formato físico hay “una sensación distinta”. No solo le brinda la seguridad de poder volver a verla, sino que al tomar el disco y colocarlo en el reproductor, hay una decisión. Por eso se acerca a sus bateas.

Su colección se encuentra dividida en dos. Por un lado, el altar dedicado al terror. A la izquierda, debajo de una máscara de Mike Myers, el villano de Halloween, se halla un mueble de madera con cuatro estantes en los cuales caben unas 17 películas paradas. Allí ubica no solo DVDs, sino también varias cajas de edición coleccionista como la de Viernes 13. A su derecha, la pieza de mobiliario mayor. Un mueble también de madera, de casi dos metros de alto, sobre el cual habita una TV Noblex que ocupa los casi 140 centímetros de ancho. Dentro del mueble hay cinco anaqueles en los que, respectivamente, entran unos 130 Blu Ray. Está completamente lleno.

Las restantes películas se encuentran ordenadas en 9 bateas. El criterio para distribuir sus DVDs y Blu Ray es por directores, agrupados por géneros, orígenes o épocas. En uno conviven Orson Wells, Roman Polanski y Quentin Tarantino. En otro, no cabe un alfiler, se encuentran las películas de Martin Scorsesse, Francis Ford Coppola y Brian De Palma. Taxi Driver y Carlito’s Way están en dos ediciones: la clásica y la de coleccionistas. Hay incluso un sector dedicado al cine oriental. Como si fuera poco, en el piso tiene varios canastos de plástico donde habitan las películas que no entran en estantes o que están guardadas en sobres. Hay una novena repisa en la cual se encuentran las no vistas o las que quiere reveer. Algunas las compró, otras las heredó y algunas ni siquiera sabe cómo llegaron.

Hecha la elección, solo queda sentarse con café en mano y darle play a la película. Todas las distracciones se omiten y sus ojos solo se dirigen a la pantalla porque el requisito es uno solo: prestar la máxima atención. El cine es visual y debe entender la intencionalidad de cada plano y de cada diálogo. “David Bordwell habla de que hay cuatro tipos de significados que puede crear el espectador. El referencial es aquel que tiene que ver con comprender la diégesis, el argumento. El explícito es la idea a nivel conceptual de la película, generalmente narrada a través de un personaje. El implícito se vincula con lo simbólico y con los temas y problemas universales que trata, es más profundo. El sintomático es lo que dice sin intención, sacando deducciones a través del autor y su obra. A nosotros nos interesan estos últimos dos”, explica.

El guionista y director David Mamet dice en su libro Los Tres Usos del Cuchilloque “enterrar el final en el principio es el logro supremo del drama”. Es por eso que una vez terminado el film, Crítico y Cítrico llega la última etapa del ritual. Le haya gustado o no, le haya parecido buena o no, vuelve a mirar los primeros 10 minutos. “Es darle la oportunidad de ver que más tiene para ofrecer. Te aclara todo el panorama, para bien o para mal, de varios de los interrogantes que uno tenía antes de ver la película. Me parece indispensable. A mí me sirvió mucho para aprender”, desliza. Incluso, si vuelve a quedar atrapado por ese primer acto, se queda viendo la película hasta el final. Como hicieron sus maestros, aquellos que más allá de la técnica y la estructura cinematográfica, le enseñaron a entender el sentido.


Sebastián De Caro es director de cine y estrenó su documental sobre Riquelme en 2020. Así como desde chico viendo al 10 de Boca en la cancha, Cítrico entendió que debía pensar cada pase antes de hacerlo, aprendió a analizar el cine como un arte, como una vehiculación de ideas más complejas a través de los cursos de análisis que brindó Sebastian sobre sus colegas Brian De Palma y Steven Spielberg, director de Ready Player One.

En dicha película, el protagonista debe llegar al final de una carrera virtual, repleta de obstáculos, para conseguir una llave. El mayor desafío para lograrlo es superar a King Kong, quien destruye a cada coche que se acerca a la meta. Para hacerlo, el personaje descifra que debe manejar en reversa. De esta manera se convierte en el primer vencedor de la historia. Cítrico subió a YouTube su propio análisis de esta película en 2019. Allí explica que para llegar al final el personaje debió “leer entre líneas” archivos del creador del juego, lo cual puede significar la idea de insertar ideas soslayadas en los films. Además de eso, plantea que la idea de ir hacia atrás para resultar ganador va en contra del consumo capitalista, que ir siempre detrás de lo nuevo limita la posibilidad de pensar.

“La avidez de novedades nos va a asesinar. Vuelvan a leer los libros que leyeron. Dialoguen con la obra nuevamente. Es la diferencia entre ser un Don Juan que todas las noches necesita levantarse una mina distinta o alguien que se atreve a habitar el tiempo y crecer”, sentenció Sebastián subido al escenario de TEDx Tandil el 11 de noviembre de 2013. La charla se llamó Cómo robar el mundo, mismo nombre del podcast en el que logró darle voz a muchos referentes con amplios conocimientos en temas específicos, desde los  especialistas en historietas Lucas Ferrero y Andrés Accorsi para profundizar en Marvel y DC, hasta el protagonista y director de la saga Torrente, Santiago Segura. Para el primer capítulo, el fundacional, invitó para hablar de El Padrino al teórico, escritor, docente, narrador, poeta y ensayista Angel Faretta.


Cítrico nació el 23 de abril de 1991, el mismo año en el que Terminator 2, dirigida por James Cameron, se estrenaba en EEUU, consagrándose como la película más taquillera del año y, hasta ese momento, la segunda con mayor recaudación de todos los tiempos (516 millones de dólares). Angel Faretta encontró plasmados en el film muchos de los elementos de la teoría que había desarrollado sobre el arte en general y el cine en particular a lo largo de su vida.

En febrero de 2018, sentado en un pequeño puff rojo, con un papel que usaba de guía y pasaba de mano en mano, retomaba su rol de docente en un curso de cuatro clases en el cual explicaba la trascendencia de la obra. Exponía los elementos de su libro El Concepto del Cine, para luego centrarse en la película. Durante cuatro encuentros que sumaban seis horas, explicaba que, debajo de la primera historia entendible por todos, hay más niveles. Cuando John Connor utiliza un robot para combatir al mal, él ve a David Wark Griffith, el director de A Corner in Wheat(1909), utilizando al cinematógrafo para oponerse al mundo liberal. Cuando una doctora observa a la paciente psiquiátrica Sarah Connor desde detrás de una puerta, él encuentra la idea del capitalismo separando a los iguales para poder dominarlos. Apostado frente al profesor, Cítrico escuchaba atentamente.

Ángel fue quién lo orientó y le brindó lo que le estaba faltando. Le revalidó que pensar incrementa el disfrute. Además de estas ideas, también pudo conocer presencialmente a quien un día le había escrito por privado, interesado por las cosas que publicaba y que, unos meses más tarde, tendría la idea que lo cambiaría todo. En ese curso, se encontró con el comediante Lucas Rodríguez.


—Bienvenidos a un nuevo episodio de Krakozhia Podcast. ¡KRAKOZHIA PODCAAAAAST! Cítrico quién les habla. Desde el otro lado del mundo, está el señor Juan Manuel Álvarez Branda. ¿Cómo le va, Juanma?

El latiguillo de inicio lo pronuncia detrás de una foto del actor Matt Damon, ya que su cámara no funciona. Con ese grito le hace saber a los oyentes que inició un nuevo programa de Krakozhia, el podcast de análisis técnico y simbólico de cine. Su primer episodio fue publicado el cuatro de agosto de 2018 y hoy se emite el episodio número 53, en el que toca hablar sobre The Host. La película debió someterse al “Test Krakozhia”, que es el medio que los cuatro integrantes utilizan, mediante intercambios de pareceres, planos e ideas, para ver si el film es efectivamente material de uso para un programa. Una vez llegado a un acuerdo, todos vuelven a ver la película elegida como otras que se relacionen, ya sea por el director, el contexto o el género.

—Un poco nervioso por este nuevo formato, pero emocionado por hacer nuestro primer vivo en Twitch—responde Juanma, quien estrena auriculares comprados especialmente para la ocasión—. Del otro lado, como siempre, está Luquitas Rodriguez.

La jornada es especial porque están cumpliendo dos años al aire. Sin embargo, este episodio no se diferenciará del resto: terminará cuando ninguno tenga nada más que decir. Esta decisión fue acordada desde un inicio cuando Lucas le sugirió a Cítrico que este era el formato en el que debían transmitir sus ideas. El tiempo les dio la razón: su capítulo más escuchado, con más de 200 mil visitas en Youtube, está enteramente dedicado a Relatos Salvajes de Damian Szifron y dura dos horas y treinta y ocho minutos.

—Yo estoy bastante en Twitch, pero nunca había salido en conversación—contesta Lucas mientras reparte su mirada entre sus compañeros y los controles de la transmisión—. De hecho estoy seguro de que algo mal estamos haciendo. A mí me toca presentarles al señor Manuel Mamud. ¿Cómo le va?

La presentación continúa circularmente porque esa es la idea: que no haya un conductor, que cada integrante sea parte del engranaje. Un engranaje que se construyó y se construye desde las redes. Así como sucedió con Lucas, Manuel Mamud también llegó desde el lugar de espectador virtual. Tras ver algunos análisis de Cítrico, empezó a compartirle sus opiniones y el intercambio llevó a que fuera elegido como el tercer integrante del podcast. Esa misma interacción es la que utilizan hoy para medir la audiencia. Desde finales de 2019 no revisan la cantidad de escuchas en Spotify. Si bien una duración más corta podría amplificar su llegada (incluso contaron con una oferta económica para dejar de ser un podcast independiente, pero el requisito de acortar el producto final los alejó), eligen guiarse por el diálogo con los oyentes y su nivel de compromiso.

—Contento por este nuevo formato y un poco enojado porque no me dejaron ponerme una foto de David Bowie—dice Manuel, refugiado detrás de una imagen del actor Christian Bale—. Con Cítric no mostramos la cara pero tenemos al menos la imagen de dos tipazos.

Previo a cada episodio, la cuenta oficial de Twitter indica cuál será la película a analizar en el próximo episodio. Es a partir de ahí que muchos oyentes se comunican con los distintos integrantes para prepararse. Si Cítrico vio 3 veces Midsommar, una película que no le gustó pero quería tener argumentos válidos para esgrimir esa opinión, los escuchas no se quedan atrás: les consultan qué otras películas deben ver para comprender cada vínculo que se establezca en el programa. De hecho, fueron ellos quienes mediante su voto decidieron la temática de esta emisión, aunque quizás les represente el escollo más difícil. —Hace tiempo que queríamos hacer el programa en vivo pero no se logró. Finalmente la pandemia consiguió hacer esto—recuerda Cítrico—. Para hoy propusimos tópicos, no queríamos hablar solo de una película. La opción elegida por ustedes fue “la muerte del cine”.


A lo lejos veía venir el 126, aunque podría haber sido el 180. Su práctica era algo novedosa, ya que en Buenos Aires recién empezaban a aparecer los primeros exponentes. Ser un joven de 12 años tampoco ayudaba. Conseguir el visto bueno del chofer era quizás la mayor dificultad. Pero las horas de trabajo no podían haber sido en vano. Así que estiraba el brazo derecho y, segundos después, subía el primer escalón hacia al asiento del colectivero.

Una vez arriba, Cítrico se paraba en la mitad del vehículo y el monólogo comenzaba. Desde el momento en que vio Seinfeld, sentía que quería ser eso: comediante y actor. Ya hacía tiempo que escribía casi 10 historias por semana, pero con el stand-up intentaba dar un paso más. Intentaba ser como sus ídolos.

En el transporte público no había mucho tiempo, así que empezaba inmediatamente la seguidilla de gags. La mayoría de los chistes eran sobre diversos temas, predominando los familiares, ya que tenían que ser aptos para todos los pasajeros. Una vez terminado el breve show, llegaba el momento de la venta. Sus manos agarraban los sobres que contaban con tapas de su propio diseño. Sobre el fondo blanco tenían su nombre grabado en negro, ya que no tenía mucho conocimiento para hacer otra cosa. Adentro se encontraban los discos sobre los que había grabado sus monólogos.

La falta de práctica actoral, el poco conocimiento de los espectadores respecto al formato y la inexperiencia en la escritura de stand-up representaban un cóctel arriesgado, y las ventas no desmentían esa hipótesis. Sin embargo, encontraba el rédito en afrontar el roce con el público. Con el tiempo entendería que, detrás de los diálogos de sus referentes Kramer, Jerry, Elaine y George, había alguien que los escribía.


En el año en el que comenzó a estudiar guión, el gobierno de Cristina Fernández emitió la Resolución 125, que modificaba el sistema de retenciones impositivas a la exportación de soja, trigo y maíz. La Sociedad Rural rechazó esa medida y promovió un paro agropecuario de 129 días que dividió a la opinión popular. Se empezaba a gestar la grieta.

Sus docentes lo sabían y por eso había una recomendación clara: ser muy cauto al expresar opiniones políticas. Eran conscientes de que hablar a favor o en contra de algún partido, idea o hasta medida podía cerrar puertas a posibles trabajos. Por eso, si quería tener un amplio abanico de posibilidades, debía mantenerse en el anonimato.

Dada su pasión por el cine, es lógico pensar que estuviera buscando un complemento para la palabra “crítico”. Pero no. Ni siquiera se reconoce como tal. Le gustaba la palabra “cítrico”. Le causaba gracia. Al ingresar el usuario, el nombre ya estaba tomado, así que debía darle alguna vuelta. Ponerse a jugar con las palabras lo llevó a su nombre definitivo: Crítico Cítrico. Hoy utiliza ese rol solo para firmar sus videos de análisis en el canal de Youtube de A Sala Llena, su participación en Krakozhia Podcast, sus entrevistas y hasta su artículo en Diario Xeneize. Elige incluso no mostrarse físicamente a excepción de los cursos presenciales que dicta, pese a que ha escrito libros y guiones de cortos y mediometrajes que fueron dirigidos tanto por él como tomados por otros directores para llevarlos a la pantalla. Aparece en los créditos, pero sólo sabrán que participó quienes conocen su nombre verdadero. Si bien hoy podría utilizar sus seguidores para publicitar sus proyectos, no lo considera necesario. Elige seguir fiel a ese camino, ya que lo que tiene para decir es suficiente para saber quién es.


Mientras la familia se prepara para cenar, el chef del lujoso restaurante se acerca llevando en sus manos un mono que no para de gritar y patalear, como si supiera su destino. Con esfuerzo y luchando contra la resistencia del animal, consigue ponerlo en una pequeña jaula en el medio de la mesa, dejando solo su cabeza al descubierto. Es en ese momento cuando los comensales toman sus martillos y comienzan a golpear su cráneo salvajemente. Una vez fallecido, toman un cuchillo, le retiran el cuero cabelludo y empiezan a servirse de su cerebro. La cena se sucede entre charlas y risas.

Frente a la pantalla y con tan solo 7 años, Cítrico miraba Rostros de Muerte, un falso documental que llegó a ser censurado en 46 países. Era la tercera vez que la alquilaba aunque, incluso a esa edad, sabía que lo que veía no tenía buena calidad. Sin embargo, el asco y rechazo que le generaba venía acompañado de la fascinación por la controversia. Le quitaba la inocencia. Y, en el caso de que el miedo o la repulsión lo vencieran, contaba con su hermano mayor al lado.

Desde chico fue su primera influencia y la clave para que no le restrinjan ninguna película. A comienzo de mes llegaba la revista del cable y juntos la abrían directamente en la página de terror. Empezaban a anotar canal, día y horario de absolutamente todas las películas del género que aparecieran. Así, a los 6 años, ya había visto varias películas de Freddy, y un sábado a la mañana, tiempo después de cumplir los 7, vio morir a Marion Crane en la icónica escena de Psicosis de Alfred Hitchcock.

Más tarde y empezando a ampliar la mirada, llegaría el momento del cuaderno. Comenzaba a escribir cada hoja por sobre el margen, con una intención de ser prolijo que se desvanecía con el correr de las líneas, las letras que se superponían cada vez más y las sobreescrituras para enmendar errores. Luego de colocar la fecha en el centro del renglón, redactaba debajo las películas que hubiera visto en esa jornada. A la izquierda, por fuera de los márgenes colocaba el horario y, a la derecha, su género, canal y calificación. Dentro de cada letra “O” colocaba un punto, hoy no recuerda por qué. Terminado el mes realizaba su top de 10 favoritas y las 5 mejores de cada temática. Casi no había días en los que no se hubiera sentado a ver alguna y empezaba a promediar 400 por año. Cuando con la televisión no alcanzaba, debía complementar con el videoclub.


  • Nombre tres películas de Woody Allen.
  • ¿Cuál fue la última película que ganó el Oscar?
  • Nombre dos películas que estén en el cine en este momento.

Quién abriera el diario Clarín en la sección clasificados y tuviera interés en el aviso de búsqueda de empleado para un DVD club del barrio de Belgrano debía, además de presentar su currículum, contestar dos páginas de preguntas como éstas. Era importante que quien ingresara a trabajar supiera del tema, por lo que Cítrico las redactaba y evaluaba sus respuestas. Intentaba colocar alguna un poco más compleja para detectar si algún postulante superaba a la media.

Pese a esto, el cuestionario era en vano. Ya sabía, después de tres años y medio en el lugar y dos como encargado del comercio, que todos los candidatos, a la larga, terminarían consiguiendo el trabajo. Las renuncias no tardaban en llegar, especialmente por la magra correlación entre horas trabajadas y salario, sumado a que la cadena Blockbuster ya se había ido del país y los clubes de alquiler empezaban a desaparecer. La forma para mantenerse era encontrar otra veta para usufructuar el puesto.

Poder llevarse las películas era un gran beneficio. Si bien ya existían muchas formas de acceder a ellas, no era un proceso tan cómodo y disponer de la totalidad del catálogo de manera gratuita era un gran aliciente. Además de eso, empezaba a conocer personas con sus mismas inquietudes, aquellos con quienes en el futuro compartiría proyectos y rodajes. Y al público. A escuchar sus intereses. A saber cómo interactuar. Empezaba a conocer el ida y vuelta real.


—Queremos agradecerles a todos los que estuvieron y a los que están escuchando esto por Spotify. Quienes están pueden twittear #KrakozhiaLive si les gustó así los leemos. Muchísimas gracias por haber estado —cierra Cítrico la emisión número 53.

Normalmente el programa se hubiera grabado en la casa de alguno de sus integrantes y, una vez terminado, llegaría el momento de pensar la cena. La misma mesa donde estarían dispuestos sus dos micrófonos se convertiría en el receptáculo de platos, cubiertos, charlas, risas y disfrute. Luego, cada uno se iría a su casa con el deber cumplido. La pandemia les quitó esa posibilidad, aunque el Zoom emerge como alternativa para prolongar la compañía. El único inconveniente está en que, cuando los amigos de Cítrico quieran ver su cara, se encontrarán con una foto de Matt Damon o de Brad Pitt. Sin embargo, eso no es un problema. Todos saben que la sustancia no se encuentra en lo primero que se ve.

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