TRAPITOS AL SOL


En el país hay dos ciudades en que la actividad de cuidacoches es regulada por el Estado. En la Capital Federal, el tema está entrampado en un ida y vuelta de proyectos y leyes que no avanzan o que fueron vetadas. El trasfondo ideológico y político de una actividad que podría dar trabajo formal a quienes no lo tienen.

Por Nilda Villagra Pérez y Federico Sereno

Por Malena Adandía

Por Malena Adandía

Trapitos, cuidacoches y hasta mercaderes del espacio público, diferentes nombres para la misma actividad a la cual los porteños ya están acostumbrados. Son consecuencia de una sociedad en la que hay falta de acceso y oportunidades, y también desempleo; donde hay que reinventar maneras de subsistir. Una realidad de la que hay que hacerse cargo.

En Montevideo, Uruguay, la actividad está reglamentada desde 1933, existe un registro y el cobro por cuidar los coches estacionados en la vía pública es “a voluntad”. En la Argentina, los trapitos se dividen en dos grandes grupos: los que están a favor de la regularización y los que están en contra. Actualmente, existen ciudades en que la actividad medida y regulada por el Estado funciona muy bien, pero ¿qué sucede en la Ciudad de Buenos Aires? ¿Por qué es tan difícil ponerle reglas?

LA EXPERIENCIA MUNICIPAL

En la ciudad de San Carlos de Bariloche, provincia de Río Negro, se estableció un Sistema de Estacionamiento Medido y Solidario (SEMS), que contempla el orden vehicular y la generación de fuentes de ingresos. En la actualidad hay 140 operadores que forman parte de cinco cooperativas que tienen contrato con la Municipalidad. La iniciativa buscó “ordenar el tránsito y generar fuentes de trabajo para personas en situación de calle”. De lo que se recauda, el 70 por ciento es para los sueldos de los operadores y el 30 restante para la Municipalidad, que lo reinvierte en obras viales, según afirma.

En Mendoza capital se incorporaron al programa de “Estacionamiento Medido” las personas que ya realizaban la actividad en la calle. Impulsado por el gobierno de esa ciudad, se implementó un registro único de beneficiarios que priorizó a las personas socioeconómicamente más vulnerables. El sueldo de los tarjeteros oficiales proviene del 50 por ciento de lo racaudado por la venta de las tarjetas de estacionamiento.

UNA EXPERIENCIA QUE NO ARRANCA

En la Ciudad de Buenos Aires, el artículo 79 del Código Contravencional de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que refiere al “uso de espacio público y privado”, establece como contravención la práctica de “exigir retribución” por el cuidado de un vehículo, aunque no así recibir dinero en forma voluntaria.

En 2011, la Legislatura porteña aprobó una ley que regulaba la actividad y creaba un registro de “cuidadores de vehículos” a cargo del Ministerio de Ambiente y Espacio Público. Estableció que la retribución sería siempre de “carácter voluntario”. En el 2012, el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, la vetó.

La presidenta del bloque del Frente para la Victoria, Gabriela Alegre, y su par legisladora Claudia Neira presentaron en abril de 2014 un proyecto de Ley de Registro de Cuidadores de Vehículos. No prosperó.

El PRO también tuvo una iniciativa a cargo de los diputados porteños Cristian Ritondo y Roberto Quattromano. Propusieron la reforma del Código Contravencional para “prohibir la actividad de cuidacoches y de limpiavidrios sin autorización legal”, con sanciones de 500 a 5000 pesos, y hasta cinco días de arresto para quienes ejerzan la actividad. Tampoco consiguió los votos necesarios para ser aprobado.

“Los cuidacoches son personas que se adueñaron del espacio público y los vecinos no pueden ser extorsionados si quieren estacionar el auto en cualquier lugar que esté habilitado. Esta conducta produce una sensación de impunidad, porque si no le pagan, la integridad del coche corre riesgo”, comentó en referencia al viejo proyecto el diputado Roberto Quattromano.

Actualmente, la diputada Neira busca la creación de un “Registro de Cuidadores de Vehículos” que funcione en el ámbito de la Subsecretaría de Uso del Espacio Público. Para inscribirse, los interesados deberán tener más de 16 años y se dará prioridad a jubilados y discapacitados. La retribución de los cuidacoches siempre será de carácter voluntario.

Por el contrario, el diputado del PRO Juan Pablo Arenaza ya lanzó un proyecto de sistema de obleas y grúas medidas que está en licitación. Argumentó que, “en ciudades grandes como Buenos Aires, no se puede implementar un sistema de estacionamiento medido porque es muy difícil de controlar” ya que “los barrios se convirtieron en estacionamientos gigantes”. Además, comparó que, en ciudades chicas como Bariloche, los cuidadores son “personas con necesidad social”, sin embargo “en Buenos Aires el 80 por ciento son  mafias”.

MATERIAS PENDIENTES

Otro tema preocupante y diferente es el “negocio” que se genera en la cercanía de los estadios de fútbol y que está al frente de integrantes de las barras bravas de clubes de fútbol. Según un informe realizado por la ONG Defendamos Buenos Aires, durante las actividades que se realizan en las canchas se recaudan 12 millones de pesos mensuales por “cuidar coches”. Para esto tampoco hay consenso ni solución.

“El PRO se la pasó haciendo fuegos de artificio Y levantando un proyecto de prohibición que es inaplicable, pero cuando quisimos discutir la prohibición de los cuidacoches en los espectáculos masivos, que claramente son mafias con nombre y apellido, dejaron de hablar del tema y se olvidaron de los trapitos -critica Neira-. Al PRO le preocupa más el jubilado que pide monedas en una esquina de barrio que la ‘mafia de cuidacoches’ en la cancha de Boca.”

Cuatro años sin acuerdos. Una problemática que va en ascenso y que tiene un futuro incierto.


La vida en una cuadra
Cris es la trapito más antigua de Belgrano, lleva 20 años en la zona. “Varias veces me pegaron en el pecho, pero nada me saca las ganas de ser feliz.”

Por Micaela Arbio Grattone

Por Malena Adandía

Por Malena Adandía

Se levanta del cordón de la vereda, se sube un poco el pantalón y se limpia las migas del pebete que comía. Camina dos pasos sobre la calle y, como si lo hubiese previsto, advierte un Fiat Uno bordó que viene de frente. Escucha un motor a varios metros de distancia con el oído perfectamente entrenado y espera a tenerlo cerca para indicarle con un trapito naranja en la mano dónde tiene lugar. Pero el conductor acelera, no se detiene y casi la pisa. Ella, con los labios pintados de rosa y sus rulos canosos sueltos, aprieta los dientes, mira la patente y se come las ganas de insultarlo. “A los hermanos hay que tratarlos bien. Si no, no te dejan guita.”
Maria Cristina Ismael trabaja hace veinte años en Ciudad de la Paz entre Olazabal y Blanco Encalada, frente a la iglesia evangélica “Rey de Reyes”. Esa cuadra es su territorio. La mayoría de los “hermanitos” que esperan el culto ya la conocen, la saludan, le dan charla. La llaman “Cris” y es la trapito más vieja de la zona.
Los sábados duerme en la pizzería “San Cayetano” porque tiene buena onda con Andrés, el dueño, que le da lugar para que no vuelva a casa tan tarde. Ella afirma que Belgrano es un barrio jodido y que hay de todo, gente que trabaja como ella y otra que lo hace para pagarse los “vicios”.
Cristina llegó a ese lugar por Norberto, su ex marido, que trabaja a unas cuadras. “Antes limpiaba casas, pero estaba cansada. Además, Norber era muy celoso y prefería tenerme cerca.” Una noche, Cristina se hizo amiga del cura después de llegar a la cuadra golpeada por su ex marido. “Ahí me di cuenta que este lugar no era sólo un trabajo, era una casa. Todos me conocen y me siento cuidada. Si tengo algún problema, que es muy raro, le aviso a los hermanos de la iglesia o a los del kiosco, y listo.”
Son las ocho de la noche y la fila para entrar a la celebración da vuelta la esquina. Analía, una creyente, se para al lado de Cristina y le cuenta que se fracturó la mano. Le pide si no le puede cuidar unas bolsas y le deja 15 pesos. Le agradece y se va.
Con 61 años, cuatro hijos y dos maridos golpeadores, a Cristina se la ve contenta. Le gusta ir al Tigre y darse ciertos gustos: salir a comer, comprase algo para la casa y tomar unos mates al río. Las marcas y las arrugas impregnadas en su piel muestran que la vida le dejó cicatrices. La calma en su respiración y la paciencia de sus palabras impactan con un mensaje de tranquilidad inusual.
Cada tanto pasa alguno que quiere meterse en su cuadra, pero no hace falta que nadie haga nada, con sólo ver a Cristina siguen de largo. Ella no despega los ojos de los autos en ningún momento. Está de miércoles a domingos. Se levanta temprano, desayuna y sale. A veces reza un rato. A todos les dice “mi amor”, “cariño” o “hermano”, y se sonroja cuando le dedican un piropo. Vive en Villa Pueyrredón y se jubiló hace poco. Con eso vive. Confiada, dice que no la pasa mal.
Se hacen las nueve y un Corsa gris asoma por Olazabal. Ella se para y con el trapito le hace señas de que hay lugar. El auto estaciona y el conductor y una mujer se bajan. Cristina les pregunta si quieren que les cuide el vehículo y él le dice que no, que no se haga problema, que van y vuelven. Ella responde que igualmente se lo mira. “No me cuesta nada”, dice en tono picarón. Se sienta en la esquina y espera que el tiempo se pase para volver a casa. A los diez minutos regresa el conductor y le deja veinte pesos. Cristina le agradece y lo saluda hasta la próxima.
“Varias veces me pegaron en el pecho, pero nada me saca las ganas de ser feliz. El trabajo me mantiene parada, mi vida está en esta cuadra”, dice Cristina, atenta a algún motor de auto.

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