—Si le tuvieras que explicar a alguien qué hace Axel Fiks, ¿qué le dirías?
—Le preguntaría si alguna vez escuchó hablar del indie y le diría que es parecido, peeeero… Si es un tachero, ponele, le diría que hago rock y listo, más fácil que explicarle. Hago rock, tengo una guitarra y canto. El tachero está contento, sos rockero y capaz hasta te cobra un poco menos el viaje.
La vivienda es a fin a la personalidad de aquel que vive en ella, así como las letras de una canción, un poema o un libro. Axel abre el Meet y posiciona el celular de modo que el fondo sea su cocina, la cual tiene una entrada a su derecha, lo que me hace pensar que a lo mejor es la puerta de servicio. De fondo hay tres botellas vacías de una bebida blanca, que parecen ser ediciones especiales por la forma añejada que tienen. Es un departamento moderno de Palermo Soho. Hay una mezcla de madera y metal en los estantes y la barra. Axel es como su hogar: tiene su lado metálico, amante de la clásica guitarra eléctrica y a la vez tiene su lado suave, indie y amoroso.
—Se me rompió algo de la compu, pará, esto es grave.
Al comenzar la entrevista, un pico de sonido en rojo, algo horrible había sucedido. Axel temía por su música y como consecuencia, por su futuro. Al final había sido simplemente la placa de sonido externa que se había desenchufado.
Axel Fiks es músico, compositor, letrista y en general, artista. Tiene 23 años de edad y lleva alrededor de cinco siendo conocido en la escena musical. No le gusta estar estancado en un solo género, en una sola pieza. A la vez le preocupa quedar encasillado en una cosa, como puede ser el rock indie o repetirse a sí mismo. Desde su primer proyecto Idilio en 2018, Axel es fanático de hablar de amor, pero no del amor en sí.
—Busco decir una verdad. Que a su vez es una manera de conectar con otras personas, un medio. No quiero que suene como a ego, pero soy una persona que se vulnera para escribir.
Desde que te vi soñé con vos Me fui riendo solo al decirte adiós Bajo la luna me dabas ternura, besaba tu lunar Me hablaste de magia y de astrología Fumaste tabaco, te hablé de mi vida Nunca te volví a ver, no entendí muy bien por qué
Escribió en la canción Mili, tema de su primer álbum.
—Intento ser lo más transparente posible. Como transparente al punto de poner el nombre de la chica, que es algo que no sé si haría, pero que en su momento fue como para llamarle la atención.
Arma un cigarrillo y habla con el pucho en la boca. Es tanta la concentración con la que lo arma como la relajación que se percibe luego de la primera pitada.
Axel ha tenido muchas influencias de escritores y poetas argentinos, algo que lo destaca del resto de artistas que hacen un género parecido: escritores como Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, o pintores estadounidenses como Edward Hopper, son algunas de sus musas. En modo de sampleo le dedicó un tema a Cortázar en 2018 llamada Para Julio. Canción que tiene el jazz, propio del escritor, y el lado suave e indie, propio de él mismo. También en ese año, además de empezar en la música y de producirse a sí mismo, Fiks estudiaba Letras, carrera que lo ayudó a ordenarse a la hora de escribir sus canciones.
—Deberíamos ser más poetas, que es algo que tiene por ejemplo El Indio. Que más allá de que te guste la melodía de la canción o no, te comunique algo de una manera muy poética. Miguel Abuelo también lo tenía. Hubo muchos poetas. Creo que eso estaría bueno revivirlo… tener una impronta más única.
—¿Siguen existiendo estos poetas?
—No sé. No sé si hoy en día la gente aprecia eso. Quizás en los 70 u 80 ser alguien muy bien hablado y usar un lenguaje superenroscado era mucho más digno de admiración que ahora. Entonces vos te ponés a hacer eso, a enfocarte en tu poesía desde ese aspecto y por ahí terminás siendo un tremendo personaje.
Más calmado, explicativo y confiado de aquello que dice y con el cigarro por la mitad, Axel parece necesitar de segundos para poder ser el primero, para lograr sentir, para escribir. En un encuentro que tuvimos el año pasado me había contado que para poder salir al escenario a tocar necesitaba una copa de vino. En el show que dio en Niceto Vega a fines del año pasado estaba muy enérgico y feliz: feliz de poder compartir su música y de tocar en vivo. En sus canciones, tanto sus letras como la voz que utiliza en ellas, siempre hay una relación amorosa con las sustancias. Una especie de romantización a lo prohibido, típico del indie.
Mientras el encuentro llega a su fin, el cigarrillo también lo hace. Así como Axel busca que su música sea diferente entre sí y del resto, también lo hace con su vida. Es una persona con vicios, amores y desamores, y la música es el medio que elige para poder comunicar lo que a veces no puede decir.
Si me preguntaran a mí qué hace Axel Fiks respondería que es un medio entre lo que uno piensa que es el amor y lo que es en realidad. Axel es como su cocina, de metal y de madera. Axel es la uva de un vino y el fuego que prende un cigarro, ambos necesarios para poder gozar de eso que nos hace mal, pero que disfrutamos.
“Kbsonia es una artista; desde chiquita, intrusa”, cuenta la referente sanjuanina que ya cuenta con una trayectoria de casi 15 años en la industria musical. Con su estilo electropop, un disco y algunos sencillos logró posicionarse en el under local como una mujer dedicada al arte.
Kbsonia trabaja desde la composición hasta la interpretación de sus canciones; y se convirtió también en productora de eventos desde que abrió su nuevo espacio cultural “Intruses”, desde donde nos recibe para esta entrevista. “Es muy lindo el artista que hay en San Juan”, comparte quien supo probar diferentes géneros musicales como candombe, tango, rock, bossa nova, hasta llegar a su estilo característico.
Sobre su nombre artístico solo puede decir que viene de una mezcla entre un apodo que le pusieron y su segundo nombre que nunca usó: “De hecho, cuando era chica, les reprochaba a mis viejos porque me habían puesto ese nombre que no me gustaba”.
-Kbe, ¿cómo llegaste a ese sobrenombre?
-Mi nombre completo y real, lo van a descubrir ahora, porque es secreto: Noelia Sonia Cortéz. Siempre me dijeron “Kbe” porque en una época yo les decía a todos “¡Hola, Cabeza! ¡Cabezón! ¡Cabezona!” y me rebotó ese apodo que yo le ponía a los demás.
Una tarde de ensayo, llegué a la casa de un músico amigo Fago; y me saludó: “¿Cómo andás, Kbsonia?”. Él me bautizó y me lo dijo a modo chiste, pero a mí me encantó. Me sentí identificada por un montón de razones: incluía mi segundo nombre, que nunca había usado para nada y “cabe” que era mi expresión más común para saludar a los demás. En ese momento sentí que “Kbsonia” tenía mucha personalidad, así que lo adopté.
-¿Cuánto tiempo tuviste que trabajar para llegar a tener tu reconocimiento artístico?
-Yo creo que se fue dando muy natural. Fue muy loco porque yo no me lo esperaba, ni siquiera pensaba en ser solista, se fue dando naturalmente. Antes, además, había menos mujeres arriba de un escenario y eso llamaba la atención.
Recibía muchas invitaciones y así fui conociendo un montón de gente hermosa, de músicos y empecé a conocer a personas tremendas que admiraba y de esos músicos fue que empecé a invitarlos a mis colaboraciones. Aunque también hice candombe en una época, donde conocí al otro palo. Es muy lindo el artista que hay en San Juan.
-¿Qué tienen en común Noelia, Sonia y Kbsonia?
-La sensibilidad, no puedo separar. Soy una persona muy sensible, muy emocional; muy conectada con las personas, siempre llego a alguna conexión desde un lugar muy emotivo.
-¿En qué sentís que se interponen o que se pelean entre ellas?
-Se llevan bastante bien, trato de manejarlo el día a día, con el trabajo y otras responsabilidades, pero están muy unidas en realidad, conviven bien.
-¿A qué edad descubriste tu pasión por el canto?
-Yo recuerdo que como a los cinco o seis años. Era una niñita intrusa. En mi casa siempre se escuchó mucha música si bien no hay ningún músico en mi familia, pero mi papá era DJ y mi abuelo escuchaba mucho folklore y era el encargado de recibir en su casa a sus amigos manyines con bombos y guitarras. Yo era muy chiquita y compartía ahí con ellos, hasta no sé qué hora.
Un día agarré las guitarras y pensaba, ¿para qué será esto? Y les desafiné todas las guitarras (ríe). Me atraían un montón los instrumentos, las voces; era el juego en el que yo quería estar.
Mi hermano más grande escuchaba mucho pop y un día puso un disco de Madonna. Yo había aprendido la melodía y ese día empecé a cantar, descubrí que podía cantar por encima de una melodía y desde ahí no paré más. Hasta que me llamaron del coro de la escuela y aún recuerdo a esa docente que me descubrió en aquel momento.
-¿Cuál es el estilo que más te gusta a vos?
El rock y el pop, ahora me está gustando mucho también el electropop. El tango me gusta también pero tengo que conocerlo mejor, el nuevo disco tiene unos tintes de este género.
-¿A qué edad te compraste tú primer guitarra o te la regalaron?
–Me la regaló mi papá a los 15 años. Era una guitarra usada. Fue muy bonito, porque en ese momento el país estaba muy mal y nosotros peor. Ellos querían hacerme la fiesta y no podían.
-¿La tenés aún?
-Si, se rompió, ya se restauró y la tengo de decoración como un cuadro. Anteriormente, como a los 13 o 14 años, estaba en la casa de una prima de Buenos Aires y tenía una guitarra que no usaba. Me dijo: “Llevatela, yo no la voy a usar”. Y aprendí con esa guitarra, sola, de forma autodidacta. Hace un par de años, empecé a perfeccionarme tomando cursos, porque tenés que seguir desarrollándote todo el tiempo.
-¿Vos también componés las melodías de tus canciones, además de las letras?
-Sí, soy muy activa en cuanto a la creación de las canciones, melodías, letras, producción. Al principio, componía solo con guitarra y voz, nada más; y eso me llevó a un productor y a la participación de otros músicos que también le ponían su impronta.
-¿Cuánto de las canciones que vos componés es tuyo y cuánto es ajeno?
-No siempre es mío, a veces las canciones hablan de lo que estamos viviendo como sociedad, por ahí hago canciones que ni sé de qué se tratan y las entiendo cuando las termino. Algunas tienen mensajes, que te quedan ahí…
-¿Te gusta componer con otro artista?
-Me encanta, lo disfruto un montón. Yo al artista lo libero, lo dejo que él pueda crear, lo ubico en la historia para que esté en contexto, pero lo dejo expresarse y eso me termina sorprendiendo para bien, porque me siento identificada con ellos en algún punto. Son personas que admiro, es muy lindo y muy mágico.
-¿Qué te acordás de tú primer show en vivo como Kbsonia?
-En la primera edición de “Escúchame un Cosita”. Estaba sola y había muchos nervios, ansiedad. No sabía si aceptar. Aunque pensé que podía ser una señal, un empujón. Lo hice sin enchufar, todos sentados y calladitos; super íntimo. Me temblaba todo, después me empecé a soltar.
-¿Cuántas canciones tenías?
-Como nueve canciones, porque me dediqué mucho tiempo antes a componer. Estuvieron inmovilizadas un tiempo y ahí empezaron a salir. Me empezaron a convocar a más lugares, entonces. Aunque siempre están esos miedos, esos de ser artista, de estar transmitiendo emociones.
-¿Cuándo disfrutas más? ¿el pre show, el durante o el post del show?
-El show, ahí me entrego. Y siempre espero que aunque sea a una sola persona le llegue, que le mueva algo dentro.
-¿Cómo manejás tus emociones frente al público?
-Hay veces en las que te encontrás suprasensible; pero hay que separar obviamente, hacer fuerza mental, concentración, yo hago calentamiento antes de subir para sacar tensiones. Me pasó una vez de emocionarme y empecé a contar la historia sobre la canción y me quebré frente al público, lloré y se me quebró la voz, fue muy fuerte. Trato igual de que no me pase eso.
-¿Cómo te sentís ahora, en este espacio que has construido llamado “Intruses”? Donde además de tener la posibilidad de tocar en vivo y hacerse escuchar bandas, se dictan talleres y cursos.
-Es una locura que nació de la nada. Esto iba a ser una tienda de ropa, empezamos a vender ropa y lo ambientamos. Pensamos que para la inauguración cantara yo e improvisamos con pallet un escenario chiquito. Como sonaba tan bien pensamos en por qué no hacer ciclos acústicos.
Después ya empezaron a venir con baterías y de ahí, de a poquito, se fue sumando gente, se fue creando una comunidad. Lo disfruto y lo comparto como artista, el cariño, el respeto, el trato.
Es un espacio cultural porque la gente asiste y sabe que va a ver artistas. No es lo mismo que un bar, porque ahí hay gente no va a ver el show, está en la suya. Acá lo lindo es eso, que el público viene a disfrutar el show y el artista entiende eso.
-¿Creés que ser mujer te dio posibilidades o te puso trabas en la industria musical en San Juan?
-Depende, antes podíamos tocar en bares pero no en shows o eventos grandes. Hoy en día está la Ley de Cupo Femenino, con la que más mujeres se animan a subirse a un escenario, es distinto.
-¿Cómo construís el personaje Kbsonia con respecto al vestuario?
-A mí siempre me atrajo mucho lo visual, es muy importante, porque da otro mensaje que conecta con el artista.
Créditos: Hippy Muerto Producciones
-¿Qué herramientas tenés a mano frente a la exposición y los haters?
-A mí me cuesta un montón, pero antes me costaba más. Ahora trato de darle importancia a lo que me abraza, a las personas que me cuidan, que están. Pero te duele el maltrato, post pandemia tenía muchísima carga y me convocaron a grabar un video para promover el turismo en la pandemia. Hubo un video que subió el Gobierno en el que aparecí y empecé a recibir mensajes privados de hombres que me escribían que una mujer “como yo” no podía representar a la provincia y cosas así, fue muy doloroso.
Aparte yo estaba en el pre lanzamiento de mi primer disco, estaba muy movilizada y no me podía mover de la cama. Empezaron a venir mis amigos, a acompañarme y tuve que aprender que son cosas que pueden pasar.
-Y ahora, ¿estás pendiente de las reproducciones, seguidores, likes, comentarios y todo lo que abarca el mundo de las redes sociales?
-Al principio lo hacía y me generaba ansiedad; hoy en día me preocupo más de la gente que está alrededor, no me da energía hacer eso. Me estoy encargando de la producción del nuevo disco.
-¿Cómo te sentiste cuando te convocaron a participar en la Fiesta Nacional del Sol en 2025?
-¡Fue muy emocionante! Yo me había inscripto, como todos los años, pero no me lo esperaba ni ahí. Nunca había visto a un artista local en ese escenario. Espero que de ahora en más pase, porque fue una experiencia increíble.
En ese momento sentí que me lo merecía, que había trabajado tantísimo. Le agradecí a mi papá, que ya no está en este plano, porque él era mi fan número uno, él siempre confió en mí como artista y sentí que él me mandó su energía. Sentí mucho amor y confianza, ese show para mí fue increíble.
-Tuviste la posibilidad de hacerte escuchar por un público nuevo.
-Sí, es difícil hacerle entender a la gente que escucha más lo popular, que en San Juan hay artistas que están buenos. Yo los veía en un primer momento y sentía que no entendían nada, como que me miraban… y empezó a suceder que se empezaron a prender y se puso bueno, fue re loco.
-¿Qué se viene ahora en este 2026?
-Se vienen cosas muy lindas, por fin sale el segundo disco. Ya está todo listo, queda ajustar algunos temas y listo. Estoy haciendo el arte de tapa y trabajando con mi productora Hippy Muerto. Y se vienen más sorpresas musicales.
-¿Qué le diría la Kbsonia de hoy a la Noelia de seis años que estaba escuchando folklore con los abuelos?
-Le diría que confíe, aunque se sienta sin dirección.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Hace calor adentro del teatro. No es el calor del verano porteño ni el de una sala sin aire; es otro, más denso, más vivo. Es el calor de los cuerpos antes de salir a escena, del maquillaje todavía fresco, del murmullo que vibra detrás del telón. Alguien prueba una nota. Otro marca un paso en silencio. En el escenario, todavía vacío, hay una silla que no es una silla: es historia. En minutos, ese espacio se va a llenar de palabras, música y una pregunta que atraviesa siglos: ¿quién fue realmente Juan Bautista Alberdi?
La función está por comenzar en el Teatro Regina, sobre la Avenida Santa Fe, y el murmullo del público anticipa que no será una noche convencional. Las luces bajan de a poco, las conversaciones se apagan y el escenario empieza a latir. Con más de 20 intérpretes en escena y una puesta que cruza música original, actuación y revisión histórica, “Alberdi, el musical”no busca contar una biografía ordenada, sino abrir una pregunta: quién fue Alberdi más allá del prócer.
La obra dirigida por Pablo Flores Torres se apoya en una idea clara: sacar al personaje del lugar estático en el que muchas veces lo ubica la historia oficial. “Queríamos sacarlo del bronce”, explica el también actor y sigue: “Alberdi no era un tipo lineal. Tenía contradicciones, tensiones internas. Eso es lo que nos interesaba llevar al escenario”. Esa intención se traduce en una estructura narrativa que alterna momentos históricos con lecturas contemporáneas, evitando el tono escolar y apostando por una experiencia más sensorial.
El trabajo previo no fue menor. La obra se construyó a partir de textos históricos como sus Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina publicadas en 1852, donde Alberdi sentó principios fundamentales que influirían en la Constitución de 1853. A esos documentos se suman cartas personalesy análisis de historiadores que revisan su figura desde una mirada crítica. Esa base documental funciona como una fuente indirecta que sostiene el rigor del relato, incluso cuando la escena se permite licencias poéticas.
En escena, Alberdi no es uno solo. Diferentes intérpretes lo encarnan desde distintas perspectivas, rompiendo con la idea de un protagonista único. Esa decisión genera un efecto fragmentado que obliga al espectador a reconstruir al personaje. “No queríamos que el público reciba una versión cerrada”, cuenta Malena Bruzzo, una de las intérpretes del elenco. Y agrega: “La idea es que cada uno arme su propio Alberdi, que lo piense, que lo discuta”.
La música original, también compuesta por Flores Torres, cumple un rol central. No aparece como un complemento, sino como parte del relato. Hay momentos en los que el canto reemplaza completamente al texto hablado, y es ahí donde la obra alcanza uno de sus puntos más altos. Las letras condensan ideas políticas, dilemas personales y discusiones que todavía resuenan en la Argentina actual, generando una conexión directa con el presente.
Desde lo visual, la puesta apuesta a la síntesis. El vestuario a cargo de Silvina Parodi y la escenografía diseñada por Mil Hojas Producciones construyen un espacio flexible que sugiere más de lo que muestra. No hay reconstrucción histórica literal, sino una estética que mezcla elementos de época con recursos contemporáneos, reforzando la idea de que Alberdi no pertenece solo al pasado.
El proceso de producción también da cuenta de la magnitud del proyecto. Más de 40 personas participaron entre elenco, técnicos y equipo creativo. Meses de ensayo, ajustes constantes y decisiones colectivas dieron forma a una obra que no busca comodidad. “Fue un proceso intenso”, señala Merlina Di Rocca, otra de las integrantes del elenco del musical, y continúa: “Había que encontrar un equilibrio entre lo histórico y lo escénico. No podíamos caer ni en lo académico ni en lo superficial”.
En la sala, el público acompaña desde ese mismo lugar intermedio. No es una obra para especialistas, pero tampoco simplifica su contenido. Se perciben silencios, atención y aplausos que llegan después de procesar lo visto. Hay una conexión que va más allá de lo emocional: también interpela desde lo intelectual.
“Nos interesaba que el público salga con preguntas, no con respuestas cerradas”, sostiene Flores Torres. Y esa intención se mantiene a lo largo de toda la obra, especialmente en los momentos donde el pasado dialoga con el presente sin necesidad de subrayarlo.
Cuando termina la función, el aplauso no corta del todo el clima. Los actores saludan, pero algo queda suspendido en el aire. En los pasillos, el calor vuelve a sentirse, aunque distinto. Afuera, la noche avanza con su ritmo habitual, ajena a lo que acaba de suceder adentro.
Tal vez ahí esté el mayor logro de “Alberdi, el musical”: transformar por un rato un nombre de manual en una experiencia viva. Hacer que un prócer deje de ser una figura intocable para convertirse en un ser atravesado por dudas, ideas y contradicciones.
Y cuando las luces se apagan del todo y el teatro queda vacío, la silla en el escenario vuelve a ser solo una silla. Pero algo persiste. Una pregunta, quizás. O una certeza incómoda: que la historia nunca está completamente terminada.
“Alberdi, el musical” es una propuesta innovadora con lenguaje musical actual, que busca narrar la vida y legado de Juan Bautista Alberdi. La obra recorre su trayectoria hasta sus últimos días. En julio y hasta el domingo 2 de agosto de 2026 se encuentra con funciones a las 20 horas en el Teatro Nacional Cervantes.
Los sellos independientes existen desde hace más de medio siglo y, en muchas ocasiones, contaron con catálogos que marcaron la historia de la música. Allí nacieron discos que hoy se siguen escuchando, como son los de las bandas de Attaque 77, Memphis La Blusera, Fun People o Boom Boom Kid, entre otros, en nuestro país.
El avance de la tecnología y las redes sociales jugaron un papel clave en el crecimiento de cualquier artista, sea indie o no, y en el contacto con su comunidad. Pero aun así, la estructura de poder no cambió tanto. Los algoritmos, la inversión publicitaria y la posibilidad de establecer una agenda siguen estando en manos de las majors (grandes sellos discográficos a nivel global).
Un sello discográfico es una empresa que graba, promociona y distribuye música. Firmar con una multinacional como Sony, Universal o Warner siempre se asoció a visibilidad y masividad, pero también a ciertas limitaciones -como fue el conflicto que tuvo Michael Jackson en los 2000 con la primera-. Por tanto, desde mediados del siglo XX los sellos independientes funcionan como refugios de contracultura, espacios en donde las ideas que no encajan en el canon industrial pueden tomar forma.
En Argentina, la industria discográfica nació a partir de que National Odeon (Alemania) abriera su fábrica en 1920 y Victor Talking Machine Company (Estados Unidos) en 1924 convirtieran a Buenos Aires en un polo regional. Artistas de Uruguay, Paraguay y Chile viajaban exclusivamente para grabar. En los años 20, estos sellos instalaron un modelo vertical que consistió en contar con estudio propio, y fabricar y distribuir el material de los artistas que, en su mayoría, hacían tango. Este modelo definió el negocio durante décadas.
La explosión de los sellos alternativos llegó pocos años después. Tal es el caso de Trova que en 1965 le dio lugar a músicos que las multinacionales dejaban de lado. De allí surgieron Ástor Piazzolla y Lito Nebbia. Luego, en 1968, Jorge Álvarez fundó Mandioca. Su lema era “Libertad de creación sin límites” y esta discográfica grabó a Vox Dei y Manal en una época en la que cantar rock en castellano era considerado una excentricidad. Luego apareció Umbral (1980) que registró a V8 y Los Violadores cuando ninguna compañía quería quedar asociada al punk, ya que se lo consideraba “problemático”.
Flyer anunciando un recital de Hermética, banda que formó parte del sello independiente Radio Trípoli.
Sin embargo, en un presente guiado por plataformas digitales, algoritmos y grabaciones caseras, la lógica pareciera que cambió. En la actualidad, ¿sigue siendo necesaria la firma de una major para construir una carrera exitosa o está emergiendo un nuevo tipo de mainstream desde lo indie?
Autogestión, crisis y digitalización
Según datos del estudio de 2025 de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI), el mercado global se contrajo en la década de los 90 y los 2000, y las majors derivaron sus inversiones hacia lo más rentable: la distribución. La consecuencia fue un recorte de catálogos, una homogeneización sonora y un desinterés casi total por nichos o géneros que no prometieran crecer a gran escala.
Así es como apareció una nueva generación de sellos indie. La escena se apoyó en clubes como el mítico “Cemento” de Oscar Chabán, que a su vez fue dueño de “Cromañón”; al mismo tiempo que la tecnología también ayudó a impulsar distintos proyectos: la música era difundida en redes sociales como MySpace y la estética lo-fi convirtió la limitación tecnológica en una estética.
Cassette del disco “Dulce Navidad” de Attaque 77, editado por el sello independiente Radio Trípoli Discos en 1989.
A principios de los 2000 surgieron los sellos digitales Netlabels y Ventolín Records, que ofrecían discos gratuitos online antes de que encontrar música de esa forma fuera algo común. Marcos Zurita, uno de los fundadores de Ventolín, dijo que el sello surgió con el espíritu de “uno hace canciones para que las escuche el otro y ya”.
“No hace falta manager ni que te pongan cinco estrellitas en ningún lado ni nada (…). Y entonces teníamos amigos que por ahí gastaban cinco lucas en editar un disco y después estaban con el disquito de acá para allá, sin saber qué hacer”, cita Zurita en el trabajo de investigación “Sellos discográficos independientes y nuevas tecnologías en la crisis de la industria de la música” del sociólogo Diego Vecino.
Rápidamente, la computadora se transformó en el nuevo estudio. Esto permitió que artistas que no contaban con un gran presupuesto pudieran experimentar y distribuir su música en plataformas como Bandcamp, que se fundó en 2008 y sigue siendo elegida por muchos.
Hernán Montenegro, integrante de la banda hardcore indie Las cosas que perdimos en el fuego, que homenajea a la escritora Mariana Enríquez, expresa: “Cada vez salen más proyectos pero al mismo tiempo es imposible para una banda crecer por su propia cuenta. Se cobran entradas muy baratas”. “Si la banda graba y ensaya es porque los integrantes ponemos plata de nuestro trabajo para que eso suceda. A veces tocar significa perder dinero”, lamenta el músico marplatense.
Por su parte, Santiago Juan Segura, periodista y autor de “Pozo Guerrillero Irascible”, la biografía de la banda Don Cornelio y la Zona, opina algo muy similar: “Ventajas de un sello independiente creo que no hay ninguna. En general es poner mucho de vos y recibir poco, tengo esa triste sensación. Me parece que en general se va a pérdida”.
El caso de Bohemian Groove
En los últimos años, sellos indie como Bohemian Groove, creado por Dylan León Masa, más conocido como Dillom, irrumpieron con catálogos híbridos: artistas que ya contaban con millones de reproducciones en Youtube junto a proyectos pequeños como Nenagenix. Todo comenzó cuando el propio Dillom rechazó un contrato de una major, según contó en entrevista con la periodista Romina Zanellato: “Lo que detecté al conocer a artistas y colegas que tenían más experiencia y tenían contratos con majors, y lo primero que me generó rechazo fue la limitación de las decisiones artísticas por sobre el proyecto”.
En “Bohemian Groove Skit”, la parodia incluida en Post Mortem, el álbum debut de Dillom, una voz digna de villano de Disney reza: “Bohemian Groove es tu lugar en el mundo. El sello discográfico donde tus artistas favoritos consiguieron el estrellato tan solo dejando el 99% de sus regalías y la titularidad de sus masters, ¡por tan solo 200 años después de muerto!”.
El sábado 29 de noviembre de 2025, en el espacio cultural “Otra Historia” tocaron Coramina, Ornamento, Nácar y Parásito Paraíso. El lugar es chico, cada tanto estallaba un pitido ensordecedor del micrófono y Coty Luquez, la cantante de la primera banda, le pidió, entre risas, al sonidista que lo solucionara.En el público habría unas 50 personas, ninguna mayor de 30.
Cuando terminó el show, todos se dispersaron hacia el fondo del bar para jugar al metegol, tomar vino y sacar fotos con cámaras analógicas. Se habló de bandas que hace años hicieron algo parecido -a lo que Rosalía propuso en “Lux”, pero sin recibir el mismo reconocimiento-, y se recomendaron artistas que recién empiezan y tienen apenas un single subido, como Coramina.
En el ambiente se sentía el hambre voraz de descubrir música nueva. Montenegro nota una diferencia entre el público joven de hace unas décadas y el de ahora: “Siento que no les importa mucho si es mainstream o independiente. Un día van a un estadio y al otro a un show para mil personas”.
“Lo que sí veo es que buscan una representación en la persona. Que se vea como ellos y sienta como ellos. Sino, les falta algo para comprometerse. Yo era fanático de bandas sin conocer a sus integrantes, sin saber qué comían, qué hacían; pero, sin embargo, era fan”, agrega.
Hablar de un “nuevo mainstream independiente” implica repensar qué significa el mainstream hoy. El líder de la banda que homenajea a la escritora argentina cuenta cómo se vive desde adentro: “El mainstream monopolizó el consumo de la gente. Las redes sociales encerraron a las personas en el algoritmo y hay mucho dinero involucrado para que la gente conozca a un puñado de bandas”.
Segura también reflexiona sobre el futuro de los sellos independientes: “Es tal vez el peor momento del mundo para meterse en un emprendimiento así, pero de los momentos malos se sale con creatividad y arte también”. “Y los argentinos somos creativos porque no nos queda otra, cada diez años tenemos una crisis que hace volar todo por los aires”, concluye.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.