DESPERTARSE EN EL TEATRO


El ritual de los argentinos cuando deciden ir a ver una obra de teatro es por la noche. El esquema sería obra y cena o cena y obra. “Mi hijo sólo camina un poco más lento”, dirigida por Guillermo Cacace, propone romper con esta estructura al ponerse en cartelera en el horario matutino.
“Me encantaba la idea de que sea por la mañana. Sentía que algo estaba sucediendo, algo revolucionario, que salía de lo corriente y quería ser parte. Mi hora más productiva es cuando recién me levanto. Sin lugar a dudas es otra la recepción en ese momento del día. Sentí la diferencia al ver la obra. Fue el opuesto a cuando hago una actividad teatral al final de una jornada laboral o de un largo día”, explica Belén Cantenys, licenciada en Bellas Artes. Ella fue a ver la obra por la repercusión que tuvo entre “sus pares” y por la intriga de un espectáculo independiente con las entradas agotadas con tanta anticipación.
“Que hayamos decidido que la función sea a la mañana tiene que ver con una cuestión de coherencia con lo que la obra solicitó. La luz del día y que recién nos levantemos genera que sea un dispositivo de percepción más que un espectáculo u obra de teatro convencional. El día hace un trabajo muy importante en donde los cuerpos de los actores, con lo que pueden dar, y del público, con como lo que puede recibir, provoca más porosidad en la apreciación de lo que queremos mostrar”, explica Cacace.

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Algunos espectadores encuentran en el horario un beneficio para resguardarse de la inseguridad. No está pensado con esa idea, según remarca el director, pero es otra opción que se toma en cuenta.
El director y los actores sostienen que el horario es imprescindible para que la obra salga con otra naturalidad. El espacio en el que surge la escena cuenta con ventanales grandes que escenifican el lugar con la luz que ingresa por ellas en la franja horaria de 10 a 14 horas. Mientras la sala comienza a llenarse, los actores saludan con un “buen día”, ofrecen mate y frazadas para más comodidad de los espectadores.
Los protagonistas esperan junto a los espectadores en la sala. No está marcado el límite entre el público y ellos. La pieza, que escribió del joven dramaturgo croata Ivor Martinic, cuenta la relación de una madre (Mia) con su hijo (Branko), que padece de una enfermedad. El drama, con partes cómicas, se centra en aceptar al otro, diferente, y la aceptación de la no motricidad de Branko para la familia entera, representada por 11 actores.
La obra se encuentra en cartelera hace dos años. Las localidades cuestan $220 y se tienen que sacar con un mes de anticipación, porque si no se agotan. Elsa Bloise representa a la abuela Ana, una mujer canosa de edad mayor, quien no quiere revelar la misma, cuenta que “la obra es un éxito porque es un relato de la vida misma” y agrega: “Lo que más me gusta es que no tenemos mucho que trabajar. Es el diario de una familia tipo”. Al comenzar la función ella la presenta y dice: “Si me olvido la letra, mis compañeros me van a ayudar”. El director complementa que ellos se toman cada obra como un ensayo en el que comparten e invitan a la gente.
La obra no está destinada a un público en particular. Entre los espectadores se encuentran desde gente mayor hasta menores. El ritual cambia. En la función de las 11.30 al salir se almuerza y en el horario de las 14 se merienda. “El beneficio es empezar el fin de semana con toda la potencia que te da el teatro. Tendría que haber teatro a toda hora. Más sabiendo que es una obra no comercial. Me encantó la idea del horario. Además el ritual que lleva ir al teatro y este era algo distinto”, expresa Rosana Ceruti, una espectadora invitada por su hija a una salida “diferente”.
Juan Tupac Soler hace el personaje de Branko y explica la diferencia que existe por el horario de la obra. “Va en contra de los rituales normales. A la noche se va al palo de acá para allá. Acá es: me despierto, desayuno y voy. ¿Quién se pone un despertador para ir al teatro? Bueno, ahora sí. Con nuestra obra la gente viene con otra disposición. Después se van a almorzar o a merendar, no a cenar”, cuenta mientras se saca el vestuario deportivo que caracteriza a todo el elenco.

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“Creíamos que iba a ser un fracaso, íbamos a hacer una obra los domingos a las 11 de mañana. Creímos que no iba a venir nadie”, exclama Cacace. Al principio según él era fácil llenar la sala Apacheta, ubicada en el barrio de San Cristóbal, porque solo tenían una función. Se preguntaron qué hacer con la demanda que tenían. Entonces sumaron otra función. Volvieron a agotar, sumaron dos más. Con un nivel de cuatro funciones por fin de semana, con 80 espectadores cada una y en total hace dos años en cartelera siendo una cooperativa que solo recibió dos subsidios en sus comienzos.

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