EL ETERNO RETORNO DEL SALÓN PUEYRREDÓN


Cuatro meses después de la clausura, ETER se acercó al mítico reducto punk para contar el regreso en el que trescientas personas vibraron al ritmo de casi una decena de bandas.

Por Juan José Mamani, Julián Mocoroa y Martín Riano

Foto Salón Puey (1)

Batra cruza Avenida Santa Fe mientras se le van arremolinando unas quince personas. Viene de tocar con su banda, El Sepulcro Punk, como telonero de Los Mentirosos, en Groove. A simple vista es uno más de la procesión punk que recorre los doscientos metros que separan a ese boliche de la tierra prometida del under porteño. A Batra más que a ningún otro le espera una noche movida: después de permanecer clausurado por cuatro meses, es la gran reapertura del Salón Pueyrredón, mítico antro del que él es socio y responsable.
Por los ventanales y balcones que dan a la calle ya se puede ver que el Salón desborda de público y que en la puerta, sobre la vereda e invadiendo un poco la calle, unas cien personas más esperan poder entrar, mientras pasan los minutos y el número de aspirantes va creciendo. Batra, a quien ya nadie llama Horacio Luna sino simplemente Batra, llega a la puerta del Salón y son una veintena los que lo rodean, los que intentan la bendición para lograr entrar a la reapertura que ya colmó la capacidad permitida de trescientas personas. Intercambia unos saludos, y se pierde escaleras arriba. Para los que no logran entrar, la consigna es clara: si sale uno, entra uno. El Salón está repleto.
“El Salón Pueyrredón es un lugar de encuentro y participación”, dice Batra al hablar de la casona ubicada al 4560 de la Avenida Santa Fe, en el barrio de Palermo, pero que originalmente estaba en la avenida Pueyrredón en su cruce con la avenida Córdoba. Nació hace casi dieciocho años por la necesidad de un grupo de amigos a quienes se le dificultaba encontrar un lugar donde pasar el tiempo escuchando la música que les gustaba: punk rock, post punk y, por sobre todas las cosas, bandas under, bandas nuevas. El antiguo Salón Pueyrredón, aquel ubicado en la avenida homónima, va tomando color de mito, al igual que el debut de Diego Armando Maradona, o las presentaciones de V8 o Sumo. Muchos aseguran haber estado allí, pero pocos son los que se sentaron en los asientos de cuero verde rebatibles arrancados del Sarmiento, que oficiaban de reservados. Fueron cuatro años sobre la Avenida Pueyrredón, luego una fugaz estadía al 1500 de la calle Bartolomé Mitre, y catorce años y contando al margen de la avenida Santa Fe. Con las mudanzas, los dueños de este emblema de la noche under porteña decidieron no cambiarle el nombre, y como resultado tampoco cambió su esencia. Aunque la afluencia de público pasó de contarse en decenas a cientos, creciendo también su fama y reconocimiento, la esencia de su origen sigue intacta: el Salón Pueyrredón es una comunidad contracultural.
En diciembre pasado las puertas del Salón fueron atravesadas por la temida faja: apremiada por el décimo aniversario de la tragedia de Cromañón, la Agencia Gubernamental de Control dispuso la clausura de este local y de otros cuarenta, siendo la más resonante la del Centro Cultural Konex. A cada pregunta sobre la razón de la faja, Batra responde: “Fue sin motivos”. Sin agregar detalles, sus palabras son indignación. En el ambiente under se dice que de ese modo el Gobierno de la Ciudad se sacaba de encima varias cosas: la mala publicidad para con los familiares de las víctimas de la tragedia, y tener que trabajar y reglamentar la flamante legislación sobre el tema.
Al Salón Pueyrredón, al igual que a otros espacios clausurados, la habilitación provisoria como centro cultural le permitiría seguir funcionando, y no hay nada que diga lo contrario. La ley que se sancionó a fines del año pasado pero que aún no está reglamentada los define exactamente así: “El espacio no convencional y/o experimental y/o multifuncional en el que se realicen manifestaciones artísticas de cualquier tipología, que signifiquen espectáculos, funciones, festivales, bailes, exposiciones, instalaciones y/o muestras con participación directa o tácita de los intérpretes y/o asistentes”. Y la disposición advierte que “la actividad de baile no podrá ser la actividad principal de los Centros Culturales”. En el Salón Pueyrredón no solo tocan bandas y pocos bailan. También funciona una radio, se hacen todo tipos de muestras, hay ferias de libros y fanzines, se filman videos, se hace teatro, se pasan películas, se han dado charlas de todo tipo y ha sido espacio de reunión para todo aquel que quiera ser parte.
Promedian las doce y media de la noche, técnicamente ya es sábado, pero en el Salón acontece la tercera y última fecha inaugural de este nuevo retorno. En el escenario el cuarteto punk Mal Pasar desata el pogo de la gente. Como todas las bandas anunciadas en las tres noches de festejos, son amigos de la casa. En el tercer piso de la casona, Batra describe la atmósfera del Pueyrredón: “Toda la gente que está abajo, la mayoría, toca en bandas, son artistas, o están envueltos en alguna movida. Cuando no vienen a tocar, vienen al bar”. Lo cuenta orgulloso, encerrado en un cuarto acustizado que garantiza que el grabador no registre los decibeles de quilombo que más abajo agitan a los trescientos dichosos que lograron ingresar. En el cuarto hay un montón de instrumentos: esta noche tocan más de ocho bandas. Una cantidad increíble de músicos, plomos, asistentes, colaboradores y amigos circulan por los interiores del Salón, esos a los que no hay acceso salvo para quien es habitué.
El Salón Pueyrredón reabrió cuatro meses después de ser clausurado y sin que tuvieran que ponerle un clavo encima. Ni un clavo, ni un matafuego, nada. Solo mediaron trámites burocráticos para que vuelva a abrir sus puertas. “Cuestión de papeles”, prefiere decir Batra. Y agrega: “Fue todo papel, el lugar está como tiene que estar. Tengo todo ignifugado, matafuegos, plan de evacuación, seguridad, libreta sanitaria, toda la gente en blanco. Todo”.
Durante esos cuatro meses hubo recitales de apoyo donde muchísimas bandas se juntaron para darle una mano a quien tantas noches les posibilitó un lugar donde tocar. Hoy el Salón Pueyrredón cuenta con una habilitación provisoria como Centro Cultural. Ya pasaron más de diez años de la tragedia de Cromañón, y para los bares con música en vivo todavía no existe reglamentación clara sobre los requisitos necesarios para obtener una habilitación definitiva.
En el escenario, la mítica banda Alerta Roja se va despidiendo con uno de los himnos del punk nacional: Derrumbando la Casa Rosada. El Batra se va preparando con su bajo para subir al escenario con su otra banda, Responsables no Inscriptos. Ahí comparte formación con otro de los históricos que hacen al Salón Pueyrredón, Gustavo,voz y guitarra de la banda emblema del lugar. Serán algunas pocas canciones y dejarle el turno a Superuva, y después más bandas. Afuera, sobre la Avenida Santa Fe, un quilombo de gente espera que salga uno, para poder ser ese otro que entra.

LOS ADMINISTRADORES DEL PUNK

Por Manuel Migdalek

El Salón Pueyrredón, es un comunidad contracultural, tal cual reza su cartel que da a la calle. Aunque es llevado adelante principalmente por dos personas, más de una decena hacen posible su funcionamiento.
La cara visible, que a diferencia del resto de los mortales, “no tiene un nombre y apellido”, es un treintañero largo que se hace llamar Batra. El otro se llama Gustavo, y no solo es su socio en el Salón, sino que también comparten el comando al frente de la banda Responsables No Inscriptos.
El primer acorde se escuchó hace 18 años. Batra y Gustavo junto a otros amigos, en lugar de quejarse por la falta de espacios para juntarse y disfrutar la música que les gustaba, decidieron crear el propio. Fue así que armaron el salón, en épocas en que era fácil conseguir habilitación, o simplemente abrir sin papel alguno. Con la apariencia de bar, y la constante presentación de bandas en vivo, emprendieron un camino que no imaginaban que perduraría hasta hoy.
En un entrepiso reparado del ruido, la cara visible y bajista de “Responsables No Inscriptos” recuerda los inicios: “Surgió porque música punk no ponían en ningún lado, y Gustavo y otros pibes que hacían fiestas en casas terminaron alquilando un lugar que fue creciendo. Siempre todo fue planteado desde el lado del músico que se encontraba sin alternativas cuando buscaba donde presentarse. Teníamos que alquilar clubes de barrio porque punk rock no podías tocar en ningún lado”.
Batra no solo administra el Salón y toca junto a Gustavo en Responsables No Inscriptos. Es también líder de El Sepulcro Punk, banda en la que canta y toca el bajo, y de la cual difícilmente obtenga rédito económico. Consultado sobre cómo subsiste, Batra es contundente: “El lugar se sustenta vendiendo cerveza, a fin de cuentas es una bar, y los bares se mantienen vendiendo cerveza”.
El principal aspecto contracultural del Salón, reside en un ideal de Batra: “Nunca se le cobró a ninguna banda por tocar, ni lo vamos a hacer. El espacio está abierto para quienes quieran difundir su música”.

Foto Salón Puey (3)

“EL SALÓN ES EL EMBLEMA DE QUE EL ROCK SIGUE VIVO”

Así lo define Nicolás Cabré, cantante de Bestiario, una de las bandas que tocaron en la reapertura.

Por Martín Po Strejilevich

El Salón Pueyrredón es un sobreviviente del circuito under que empezó con el Picadero y siguió con Cemento. Cuenta con un amplio escenario; un buen sistema de sonido con cabina para el operador, una pasarela flotante que conecta el escenario con los camarines. Además tiene una barra con mesas que miran un mini escenario donde se lee poesía y otro espacio con venta de libros independientes.
“Es uno de los pocos espacios artísticos donde se puede mostrar la música que uno hace en buenas condiciones técnicas, explica Diego Brixton, cantante de la banda Brixton y uno de los organizadores de la radio del Salón. Y agrega: “No es que se necesite mucha inversión ni nada raro, simplemente que este lugar está hecho por y para músicos.”
El público es variado. Hay punks, djs, metaleros y hasta la fauna palermitana. Adueñados de la barra, la banda Bestiario toma cerveza y ríe, recibiendo con abrazos de reencuentro los amigos que van llegando.
“El salón es el emblema de que el rock sigue vivo en Buenos Aires a pesar de que la música se volvió un business total dejando relegadas cosas que para nosotros son muy importantes”, asegura Nicolás Cabré. Y sigue: “La mayoría de los lugares en Capital privilegian cuánta gente puede traer una banda y cuánto sacan con las entradas. Acá se insiste en el arte”.
Luis Aranosky es el cantante de la banda Cachito Rock, la banda que abre el primer día de la reapertura. “Yo pasé por miles de circuitos mentirosos de la Capital. Te puedo nombrar rápido el Matienzo y el Emergente. En ambos toqué y se venden como circuitos de cultura, pero el Salón representa un montón de lugares que vinieron post-Cromañón como es el caso de Zaguán Sur y que fueron realmente faros culturales”.
Desde la avenida Santa Fe se pueden ver los dos balconcitos franceses llenos. Dentro, cada músico que llega es una fiesta, van dejando los instrumentos a un lado y se saludan entre todos como pasa en los clubes de barrio cuando llegan los amigos.
“Este lugar es eso: una casa para amigos”, dice seguro Nacho, guitarrista de MC Condom, desparramado en uno de los escalones de los camarines. “Es un club de habitués, como quieras llamarle, lo importante es que este lugar permite que las bandas sigan subsistiendo”.

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